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martes, 8 de febrero de 2022

Benedicto XVI desmiente las acusaciones contra él y pide perdón a todas la víctimas de abusos


 

El Papa emérito Benedicto XVI ha escrito una extensa carta, publicada en la web de la Santa Sede, en relación al informe sobre los abusos producidos en la Archidiócesis de de Múnich y Freising, y de la cual fue arzobispo entre 1977 y 1981, momento en el cual fue nombrado por San Juan Pablo II prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En dicho informe un bufete de abogados de Múnich analizó los casos de abusos que se habrían producido durante las últimas décadas, lo que incluía el breve periodo en el que el entonces arzobispo Ratzinger fue titular de la sede bávara. Cuatro posibles casos de su etapa en Múnich aparecían en el informe, y en un memorial de 82 páginas Benedicto contestó al bufete sobre su actuación y cómo no hizo dejación de funciones en aquel momento.

Pese a todo, el informe y la aparición de Benedicto XVI, como no podía ser de otro modo al haber sido arzobispo en Múnich, dio la vuelta al mundo. Por ello, además de la carta del Papa emérito se ha publicado un informe de los cuatro expertos en Derecho Canónico que le ayudaron a realizar el memorial  de 82 páginas enviado al bufete de abogados de la capital de Bavaria.

“En la gigantesca tarea de aquellos días ―la redacción del pronunciamiento― se produjo un error en cuanto a mi participación en la reunión del Ordinariato del 15 de enero de 1980. Este error, que lamentablemente se produjo, no fue intencionado y espero que sea disculpado.”, afirma Benedicto XVI.  El Papa emérito se refiere a una reunión en la que se trató la llegada de un sacerdote a la diócesis y que luego se descubrió que había sido un abusador.

Ratzinger, como arzobispo de Múnich

De este modo, afirma: “me afectó profundamente que el descuido se utilizara para dudar de mi veracidad, y presentarme incluso como mentiroso”.

A continuación, el Papa emérito realiza una “confesión”  que se centra en cómo cada día la Iglesia reconoce su culpa y pide perdón por sus errores en cualquier ámbito. “Cada vez me llama más la atención que, día tras día, la Iglesia ponga al principio de la celebración de la Santa Misa ―en la que el Señor nos entrega su palabra y a sí mismo― la confesión de nuestras culpas y la petición de perdón. Rogamos públicamente al Dios vivo que perdone nuestra culpa, nuestra grande, grandísima, culpa”, escribe el gran teólogo alemán.

Benedicto XVI recuerda que en los numerosos encuentros con víctimas de abusos sexuales que ha tenido como prefecto primero y como Papa después ha podido “percibir en sus ojos las consecuencias de una grandísima culpa”. Además asegura haber aprendido “a entender que nosotros mismos caemos dentro de esta grandísima culpa cuando la descuidamos o cuando no la afrontamos con la necesaria decisión y responsabilidad, como ha sucedido y sucede demasiadas veces”.

Por ello, añade que “hoy nuevamente puedo sólo expresar a todas las víctimas de abusos sexuales mi profunda vergüenza, mi gran dolor y mi sincera petición de perdón. Ya que he tenido importantes responsabilidades en la Iglesia Católica, mayor es mi dolor por los abusos y errores que se han producido durante el tiempo de mi misión en los respectivos lugares. Cada caso de abuso sexual es terrible e irreparable”.

Una respuesta de los expertos que ayudaron al Papa emérito

Como anexo a la carta del Papa emérito se ha publicado un breve informe de tres páginas realizado por los cuatro expertos en derecho que ayudaron a Benedicto XVI en la redacción de las respuestas a la investigación de Múnich. Son Stefan Mückl, Helmuth Pree, Stefan Korta y Carsten Brennecke.

En dichas respuestas se generó una gran polémica por un error de transcripción que daba a entender que el entonces arzobispo Ratzinger se había ausentado de la reunión de 1980 en la que se tomó la decisión de aceptar a un sacerdote que había participado en abusos, cuando en realidad sí había estado.

Los expertos en derecho reiteran que el Ratzinger cuando recibió a aquel sacerdote en Múnich no tenía conocimiento de que era un abusador. En la reunión de enero de 1980 no se mencionó el motivo por el que iba a ser tratado, ni se decidió emplearlo en labores pastorales. Los documentos confirman lo dicho por Ratzinger.

A continuación, tal y como recoge Vatican News, se explica detalladamente el motivo del error relativo acerca de la presencia inicialmente denegada de Ratzinger: sólo se permitió al profesor Mückl ver la versión electrónica de las actas, sin que se le permitiera guardar, imprimir o fotocopiar documentos. En la fase posterior del tratamiento, el Dr. Korta cometió involuntariamente un error de transcripción al suponer que Ratzinger estaba ausente el 15 de enero de 1980.

Por lo tanto, este error de transcripción no puede ser imputado a Benedicto XVI como una consciente declaración falsa o "mentira". De hecho, ya en 2010 varios artículos de prensa hablaban de la presencia de Ratzinger en esa reunión y el propio Papa emérito, en la biografía escrita por Peter Seewald y publicada en 2020, afirma haber estado presente.

Los expertos afirman que en ninguno de los casos analizados por el informe Joseph Ratzinger estaba al tanto de los abusos sexuales cometidos o sospechosos de ser cometidos por sacerdotes.

La documentación no aporta ninguna prueba de lo contrario y, de hecho, en respuesta a preguntas concretas sobre este punto durante la rueda de prensa, los mismos abogados que redactaron el informe afirmaron que presumían con probabilidad que Ratzinger lo sabía, pero sin que esta afirmación fuera corroborada por testimonios o documentos.

Benedicto XVI

Por último, los expertos niegan que las respuestas que redactaron en nombre del Papa emérito minimizaran la gravedad del comportamiento exhibicionista del sacerdote. "En las memorias, Benedicto XVI no minimizó el comportamiento exhibicionista, sino que lo condenó expresamente. La frase utilizada como supuesta prueba de la minimización del exhibicionismo está sacada de contexto".

En su respuesta, Benedicto XVI dijo que los abusos, incluido el exhibicionismo, son "terribles", "pecaminosos", "moralmente reprobables" e "irreparables". En la valoración del derecho canónico, "se limitó a decir que según el derecho entonces vigente, en opinión de los consejeros de derecho canónico, el exhibicionismo no era un delito de derecho canónico, porque la norma penal correspondiente no incluía un comportamiento de ese tipo en el caso en cuestión".

A continuación ofrecemos de manera íntegra la carta publicada por Benedicto XVI en la web de la Santa Sede:

Carta del Papa emérito Benedicto XVI acerca del informe sobre los abusos en la Arquidiócesis di Múnich y Freising

 

Ciudad del Vaticano, 6 de febrero de 2022

 Queridas hermanas y queridos hermanos:

Tras la presentación del informe sobre los abusos en la arquidiócesis de Múnich y Freising el 20 de enero de 2022, quisiera dirigiros a todos vosotros unas palabras personales. En efecto, aunque fui arzobispo de Múnich y Freising menos de cinco años, sigo teniendo un profundo sentimiento de pertenencia a la arquidiócesis de Múnich como mi patria.

En primer lugar, me gustaría expresar unas palabras de sincero agradecimiento. En estos días de examen de conciencia y reflexión he experimentado tanto apoyo, tanta amistad y tantas muestras de confianza como no hubiera imaginado. Quisiera agradecer especialmente al pequeño grupo de amigos que redactó, con abnegación, mi memorial de 82 páginas para el bufete de abogados de Múnich, que no podría haber escrito solo. Además de las respuestas a las preguntas que me planteó el bufete, también se añadían la lectura y el análisis de casi 8.000 páginas de documentos en formato digital. Estos colaboradores me ayudaron después a estudiar y analizar el informe pericial de casi 2.000 páginas. El resultado se publicará más adelante, como suplemento a esta carta.

En la gigantesca tarea de aquellos días ―la redacción del pronunciamiento― se produjo un error en cuanto a mi participación a la reunión del Ordinariato del 15 de enero de 1980. Este error, que lamentablemente se produjo, no fue intencionado y espero que sea disculpado. Decidí, en su momento, que el arzobispo Gänswein lo hiciera presente en el comunicado de prensa del 24 de enero de 2022. Esto no disminuye en absoluto el cuidado y la dedicación que era y sigue siendo un imperativo evidente para esos amigos. Me afectó profundamente que el descuido se utilizara para dudar de mi veracidad, y presentarme incluso como mentiroso. Pero me han conmovido aún más las numerosas expresiones de confianza, los cordiales testimonios y las conmovedoras cartas de aliento que he recibido de tantas personas. Estoy especialmente agradecido al Papa Francisco por la confianza, el apoyo y las oraciones que me ha manifestado personalmente. Por último, quisiera agradecer a la pequeña familia del Monasterio “Mater Ecclesiae”, cuya comunión de vida en los momentos felices y en los difíciles me da esa solidez interior que me sostiene.

A las palabras de agradecimiento es necesario que siga ahora una confesión. Cada vez me llama más la atención que, día tras día, la Iglesia ponga al principio de la celebración de la Santa Misa ―en la que el Señor nos entrega su palabra y a sí mismo― la confesión de nuestras culpas y la petición de perdón. Rogamos públicamente al Dios vivo que perdone nuestra culpa, nuestra grande, grandísima, culpa. Está claro que la palabra “grandísima” no se aplica de la misma manera a cada día, a cada día en particular. Pero cada día me interpela si también hoy no deba hablar de grandísima culpa. Y me dice de forma consoladora que por muy grande que hoy sea mi culpa, el Señor me perdona, si me dejo examinar sinceramente por él y si estoy realmente dispuesto al cambio de mí mismo.

En todos mis encuentros con víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes, especialmente durante mis numerosos viajes apostólicos, he percibido en sus ojos las consecuencias de una grandísima culpa y he aprendido a entender que nosotros mismos caemos dentro de esta grandísima culpa cuando la descuidamos o cuando no la afrontamos con la necesaria decisión y responsabilidad, como ha sucedido y sucede demasiadas veces. Como en aquellos encuentros, hoy nuevamente puedo sólo expresar a todas las víctimas de abusos sexuales mi profunda vergüenza, mi gran dolor y mi sincera petición de perdón. Ya que he tenido importantes responsabilidades en la Iglesia Católica, mayor es mi dolor por los abusos y errores que se han producido durante el tiempo de mi misión en los respectivos lugares. Cada caso de abuso sexual es terrible e irreparable. Me siento consternado por cada uno de ellos en particular, y a las víctimas de esos abusos quisiera hacerles llegar mi más profunda compasión. Comprendo cada vez más la repugnancia y el miedo que Cristo experimentó en el Monte de los Olivos cuando vio todas las cosas terribles que debía superar interiormente. El hecho de que los discípulos estuvieran dormidos en ese momento representa, por desgracia, una situación que se repite incluso hoy y por la que también me siento interpelado. Por eso, sólo puedo elevar mis oraciones al Señor y suplicar a todos los ángeles y a los santos, y a vosotros, queridas hermanas y queridos hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Muy pronto me presentaré ante al juez definitivo de mi vida. Aunque pueda tener muchos motivos de temor y miedo cuando miro hacia atrás en mi larga vida, me siento sin embargo feliz porque creo firmemente que el Señor no sólo es el juez justo, sino también el amigo y el hermano que ya padeció Él mismo mis deficiencias y por eso, como juez, es también mi abogado (Paráclito). En vista de la hora del juicio, la gracia de ser cristiano se hace evidente para mí. Ser cristiano me da el conocimiento y, más aún, la amistad con el juez de mi vida y me permite atravesar con confianza la oscura puerta de la muerte. A este respecto, recuerdo constantemente lo que dice Juan al principio del Apocalipsis: ve al Hijo del Hombre en toda su grandeza y cae a sus pies como muerto. Pero el Señor, poniendo su mano derecha sobre él, le dice: «No temas: Soy yo...». (cf. Ap 1,12-17).

Queridos amigos, con estos sentimientos os bendigo a todos.

Benedicto XVI

J.Lozano / ReL































lunes, 8 de octubre de 2018

Soy católico pero ¿qué tengo que ver yo con los abusos?

Si un miembro sufre, todos sufren con él, dice san Pablo...

MŁODY MĘŻCZYZNA
Para Jesús los pequeños son los más valiosos. Son objeto de su predilección. Por eso me anima a no escandalizar a los pequeños:
“Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar”.
Los pequeños, los débiles, los vulnerables, los abandonados, los que sufren la soledad y el desprecio. Sí, esos a los que nadie quiere y de los que nadie se preocupa. Jesús tiene una atracción especial por aquellos que sufren.
Y yo no puedo escandalizarlos, ni hacerles ningún daño. ¡Cuánto daño causan los abusos en la Iglesia! ¡Cuánto dolor provocado en corazones inocentes!
El que abusa, el que escandaliza, el que utiliza al débil. La autoridad mal ejercida. Esa herida en el corazón de la Iglesia. Ese grito de los inocentes que duele en el alma.
Decía el papa Francisco: Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversiónSi un miembro sufre, todos sufren con él, nos decía san Pablo. Las heridas nunca prescriben.
Ante tantos casos de abusos y daño causado a inocentes, me duele el alma. Soy Iglesia. Parte de una Iglesia que sufre. Cuando un miembro sufre yo sufro con él.
Y tal vez con mi propio pecado contribuyo. Tal vez no soy yo el que daña, pero sí el que está detrás sin aspirar a la santidad, sin soñar con las alturas, llevando una vida cómoda y aburguesada.
Yo con mis omisiones puedo hacer daño. También con mis silencios. También con mis pecados. No me olvido de ello.
Estoy unido como Iglesia a tantos que sufren. A tantas personas inocentes que sufren. En una sociedad que abusa de los más débiles, que se aprovecha de los desprotegidos, y rinde pleitesía a los poderosos.
¡Qué peligroso el poder que me tienta y seduce! Y dejo de cuidar y proteger al débil. Al inocente y desvalido que no me da nada.
Jesús me pide que no escandalice, que no vuelva mi rostro alejándome del herido. Quiere que se despierte en mi corazón la misericordia, la compasión, la solidaridad. Esa mirada que se vuelca sobre el que está abajo, sufriendo, solo, despreciado y herido.
Ante los abusos de autoridad, de conciencia, sexuales, el alma se rebela. No lo quiero. No puedo permanecer callado. Es el grito que brota en el corazón de Cristo.
compruebo mi propia debilidad, por mi pecado. La propia humillación que debería hacerme más humilde.
No sé si siempre sucede. En ocasiones me repliego y protejo. Y digo que me atacan, que atacan a la Iglesia, a Cristo.
La humillación que está unida a la expiación por los pecados. La necesidad de orar y renunciar por amor a los más débiles. Y ser yo para ellos lugar de descanso, de encuentro. Yo sanador de heridas estando herido.
El papa Francisco me invita a asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes.
Una mirada que enaltece, que respeta, que no juzga ni condena. Una mirada que eleva y devuelve al que está herido la dignidad perdida.
Reconozco que el mejor elogio que me pueden hacer es decirme que no juzgo al que se acerca. Que abro la puerta y lo espero.
A veces no es así. Necesito que cambie mi corazón. Necesito una conversión profunda que me haga mirar con benevolencia a todo hombre.
¡Cuánto me cuesta! ¡Qué fácil dejarme tentar por el poder de los poderosos y despreciar al que no me puede dar nada!
Decía Jean Vanier: ¿Cómo estamos ante el sufrimiento y la vulnerabilidad?. Él me habla de mi actitud ante mi propio sufrimiento, ante mi vulnerabilidad.
Pero también ante la de los que me rodean. Me alejo del vulnerable porque no sé cómo acogerlo, quererlo y servirlo.
No sé cómo acercarme al que no me puede dar poder a cambio de mi cariño. Al que no tiene nada que ofrecerme.
Y me siento impotente tantas veces para levantar al caído y perder el tiempo junto al herido. Es como si tuviera otras prioridades.
Jesús me invita a cuidar al inocente, a salvar al desvalido, a proteger al vulnerable. Quiero cambiar la mirada. Quiero empezar a ser yo más niño para mirar con inocencia y con verdad.
Para descubrir en el más pobre y desvalido el rostro herido de Jesús. Y cambiar mis planes. Detener mis prisas. Alejar mis formas seguras y prepotentes.
Abajarme para hablar desde mi propia pequeñez. Yo mismo soy pequeño y lo olvido. Es como si los halagos y elogios me hicieran creer que tengo un valor añadido.
No es verdad. Soy de barro, estoy herido, soy frágil. Esa conciencia de pequeñez me hace más solidario con el desprotegido, con el vulnerable. Me convierte en protector de los que nada tienen.
Escucho el clamor del que sufre. Me detengo ante él. Le abro mi alma.









jueves, 6 de septiembre de 2018

Carta a «El País» y «El Periódico» de un seminarista: celibato, abusos y defensa de la Iglesia


Iñigo es seminarista en el Seminario de Barcelona
La Iglesia Católica está viviendo durante las últimas semanas momentos muy convulsos ante los escándalos de abusos por parte del clero, la participación de algún importante miembro de la Iglesia y el encubrimiento de otros.
Como en otras ocasiones se ha puesto el foco en el celibato como uno de los causantes de estos casos. Y así se han hecho eco distintos medios de comunicación. Para dar otra versión y ofrecer su testimonio en estos tiempos difíciles, Iñigo de Alfonso Mustienes, seminarista de la Archidiócesis de Barcelona, ha enviado una carta al director de algunos de estos medios. Y El Periódico o El País la han publicado. Esto es lo que dice:
Sobre el celibato
“Tengo 32 años y soy seminarista en Barcelona. Antes del seminario estudié Derecho y me dediqué a temas legales internacionales.
Llevamos unos años en los que se van haciendo públicos hechos asquerosos de obispos, sacerdotes y religiosos que han abusado de niños y adultos indefensos. Esos abusadores deben ser puestos, como muchos ya lo están, ante las autoridades judiciales para que recaiga sobre ellos todo el peso de las leyes. Y, por supuesto, como también se está haciendo, deben ser expulsados de los ministerios que desempeñan.
Es un error pensar que con abolir el celibato o permitir que las mujeres se puedan ordenar, como piensan algunos, se soluciona el problema. Hay muchos más abusos y violencia doméstica en un matrimonio y nadie piensa en poner celibato opcional entre los esposos, que ya lo es, según libertad de cada uno.
Yo sentí la llamada de Dios. Yo libremente escogí seguirle aceptando una decisión que sé que no se entiende. Es una vida de amor y entrega. Una vida en la que debemos ver, y para eso nos forman, a las personas que se nos encomiendan a través de la Iglesia como nuestra verdadera esposa.
Una vida de entrega que solo en la verdadera vida de piedad y entrega a los demás puede funcionar. Pero teniendo muy claro que el sacerdocio no es un derecho de nadie. Es la Iglesia quien debe discernir sobre si yo soy apto o no. Y soy yo quien debo ser 100% sincero para esta vida de entrega y de amor fraterno”.
ReL







viernes, 31 de agosto de 2018

Ante los fallos en la Iglesia, ¿qué actitud adoptar desde la fe? Cuatro consejos que pueden ayudarte

Dios no suelta de su mano a la Iglesia, por muy grandes que sean sus pecados de sus hijos


El Papa Francisco orando por las víctimas de los abusos
El Papa Francisco orando por las víctimas de los abusos







Una cosa ha sido leer las escrituras -explica en Catholic Net la periodista Silvana Ramos-, encontrarme con la historia de Job y sorprenderme con la grandeza de su fe y fidelidad a Dios. Job, mi gran aliado en la caída. Sinceramente hoy la imagen de Job a duras penas me saca a flote; el enojo, la vergüenza, la indignación, es escándalo, el sentir el orgullo aplastado, el amor tirado por el piso, la confianza traicionada. ¡Cómo duele la Iglesia en estos días! Quiero compartir lo que como pueblo católico estamos viviendo, esperando que este recurso de alguna manera pueda aportar en algo hacia la necesaria enmienda de la Iglesia. Una iglesia que no solo es responsabilidad de algunos, sino de todos sus miembros.
Las denuncias por abuso y encubrimiento son reales, los hechos me dejan sin palabra, la culpa es innegable y grande, muy grande. Cuando las denuncias empezaron a ver la luz, la primera reacción que he visto en muchos de mis hermanos (incluida yo), es tratar de salir a defender, a excusar lo sucedido, a tratar de separar el trigo de la cizaña: “¡No son todos!”, “la Iglesia está tomando cartas en el asunto…”, “sucedió hace muchos años”. Las palabras se quedan cortas, parecemos locos tratando de defender lo indefendible.
Los amigos se nos vienen encima, la familia también, muchos abandonan la fe, el odio de otros tantos crece y con argumentos sólidos: ¿Cómo no llenarse de rabia contra aquel que me prometía el cielo mientras mataba a mis hijos? Yo que soy madre, no quiero ni pensar en el dolor de las víctimas.
Quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones que nacen durante este tiempo a raíz de lo que la Iglesia vive en este minuto:
 
Dios como cimiento único de mi fe
Los abusos que suceden dentro de la Iglesia Católica, me atrevo a decir, son mucho peores que los que suceden fuera de ella, justo porque la misión de la Iglesia es el bien de la humanidad misma. Bien que tiene que ver con la verdad y el amor que provienen del mismo Cristo. Creo que aquí necesitamos prestar atención: ¿hasta qué punto vivo mi fe en la Iglesia como una participación en una simple institución donde mi valor está en el prestigio y las obras, y no en mi necesidad de Cristo?
La corrupción ciega el alma, si te encuentras en ese punto, en el que no puedes ver el mal que se ha obrado y se viene obrando y solo te interesa salir bien parado de este asunto, vas por mal camino. La Iglesia es un camino dejado por Dios, un camino para recorrerlo de su mano y no a solas. En el minuto en que se piensa que la Iglesia significa seguridad, prestigio, éxito e inmunidad… se pierde el camino.
 
La comunidad se vive a todo nivel, incluso en el pecado
Si la fe se torna en vivir un simple conjunto de reglas y rituales en lugar de vivir la fe como una relación con Dios, que es amor, vas a ciegas. Te has convertido en un autómata, sin sentido y a la merced de tus propias carencias y debilidades. Si miento, pensando en que no hago ningún daño porque es una mentira pequeña de la que nadie se va a enterar, me estoy engañando a mí mismo. Hay que ser fiel en lo poco para poder ser fiel en lo grande.
El mal, por muy pequeño que sea, tiene consecuencias que repercuten en toda la comunidad. ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a justificar e incluso a encubrir situaciones malas por salvaguardar un nombre? Si amo a Dios y amo a la Iglesia que Él mismo ha fundado, necesito tener la libertad de actuar y con premura señalar, denunciar en primera persona el mal cometido. No se trata de volverse como esos niños pequeños que corren a quejarse con su madre por todo, indiscriminadamente y sin fundamento. No. Se trata de vivir con firmeza la opción por el bien y la verdad que nos conduzcan al amor. Y parte de ese bien es no convertirnos en cómplices del mal.
 
La fe está a prueba
La fe de los católicos ciertamente en este tiempo está a prueba. Todos estos acontecimientos que nos horrorizan nos llenan de dolor y de vergüenza, son muchas veces casi insoportables. Provoca salir corriendo y abandonarlo todo, que el último que salga apague la luz. Pareciera que la solución es abandonar la Iglesia, destruirla, cuántos claman por esto. Dios sostiene a la Iglesia, no nos olvidemos de esto nunca, y justo por eso hay que mirarlo a Él y seguirlo a Él en primer lugar. Jesús se enfrentaba sin miedo y señalaba a los fariseos, recordemos que fariseos podemos ser nosotros mismos, si perdemos ese sano temor a las debilidades propias y nos empezamos a creer perfectos, vamos por mal camino.
 
El mal existe, y el demonio también
En un mundo en que la ciencia y la razón son lo único que priman, hablar del demonio resulta poco creíble. Qué gran victoria la de la él, hacernos creer que no existe. Parece que es más fácil creer en los unicornios que en el demonio. Si miráramos con un poco más de atención nuestros propios actos y el suceder de las cosas, nos daríamos cuenta, no solo de su existencia, sino que estaríamos más pendientes de las opciones que escuchamos y por las cuales optamos. El trabajo del demonio es tentarnos, nuestras almas se pierden cuando en libertad optamos por el mal. Esta última frase tiene que hacer eco hasta para un no creyente. Pero ¿cómo puedo optar por el bien una y otra vez cuando me creo inmune al mal? O negando su existencia. No es simplemente crianza en valores y tener una voluntad férrea, creo que primero se trata de reconocernos pequeños, frágiles y necesitados de asistencia, asistencia de Dios que nos levanta cuando caemos y nos perdona siempre que volvemos a casa. Empecemos pues, una y otra vez optando por el bien profundamente.
“Se trata de despertar la conciencia sobre la gravedad de los problemas, de hacer leyes apropiadas, de controlar el desarrollo de la tecnología, de identificar a las víctimas y perseguir a los culpables de crímenes, de ayudar en su rehabilitación a los menores afectados”, explica el Papa Francisco.
La Iglesia atraviesa duros momentos, y nuestra fe está puesta a prueba con un fuego abrasador del que muchos no logran salir ilesos. Pero justo hoy cuando más nos duele, cuando no encontramos respuesta, cuando no vemos la luz, cuando parece que hemos sido abandonados en la oscuridad, elevemos nuestras plegarias al Señor, con la tristeza, la furia y la incomprensión que reina en nuestro corazón.
¡Hoy me dueles Iglesia! pero que no se opaque mi fe, que no desaparezca la esperanza. Te invito a unirte en oración en este momento, reza un padre nuestro o un ave maría por este dura prueba que atravesamos todos.
ReL







domingo, 26 de agosto de 2018

Sacerdote no quería usar alzacuellos tras escándalo de abusos y esto fue lo que pasó

P. Jonathan J. Slavinskas

En un emotivo mensaje en Facebook, un sacerdote admitió que ante los escándalos de abusos sexuales del clero llegó a sentir vergüenza de portar el característico alzacuellos, pero una increíble experiencia le devolvió la paz.

Se trata del P. Jonathan Slavinskas, nacido el 25 de junio de 1984 en Worcester, en el estado de Massachusetts (Estados Unidos), y ordenado sacerdote el 2 de junio de 2012.  Actualmente es párroco de St. Bernard's Catholic Church of Our Lady of Providence Parish.

En su mensaje compartido en redes sociales el 19 de agosto, el presbítero relató que durante la semana estuvo “caminando con un corazón pesado” y “completamente enojado y frustrado como resultado de los informes de abusos en Pensilvania y la situación de McCarrick (ex cardenal)”.

Recordó que cuando era estudiante de secundaria y luego en la universidad, los escándalos habían estallado por primera vez en el noreste del país, por lo que era consciente de la “sombra” que se arrojaría sobre él si decidía convertirse en sacerdote. No obstante, continuó con su ministerio confiando en el Señor.

“Mi oración continua ha sido por las víctimas. A medida que siguen las noticias, mi corazón se desgarra más. Ahora, el alzacuellos representa algo totalmente opuesto a lo que debería. Mientras andaba me preguntaba cuántas personas que vieran mi alzacuellos se preguntarán: ‘¿Este también es (un abusador sexual)?”, escribió.


Luego, dijo que en los últimos días, tras mudarse de la rectoría a la parroquia y mientras repartía útiles escolares a numerosos jóvenes del vecindario, se dijo: “Quítate el alzacuellos”. Sin embargo, una experiencia que tuvo al visitar un hospital le devolvió la esperanza y su deseo de volver a portarlo con alegría.

“Esta mañana, no quería ponerme el alzacuellos. Yo estaba avergonzado. Estaba cansado. Estaba enojado, pero lo hice. Luego, cuando visité a feligreses enfermos en el hospital, pasé junto a una mujer que estaba afuera de una habitación. Mientras continuaba hacia el ascensor, ella se acercó por detrás y me preguntó si era un sacerdote católico. Estaba listo para recibir el golpe…”, relató el P. Slavinskas.

Sin embargo, “cuando me volví y dije ‘sí’, (la mujer) me preguntó, con lágrimas en los ojos, si podía ungir a su hermano que se estaba muriendo de cáncer”.

Entonces, el P. Slavinskas reflexionó y se dijo a sí mismo que no importaba lo que había pensado sobre el alzacuellos en los últimos días, pues esta mujer “lo vio como un signo de esperanza y de la presencia de Cristo”.

“Si decidía no usarlo, su hermano no habría recibido la Santa Cena que necesitaba y toda su familia podría no haber experimentado consuelo”, reconoció.

También, el P. Slavinskas recordó que el alzacuellos no trata sobre lo que él podía sentir o no, sino que se “trataba de Jesucristo”, de “que recordemos que no estamos viajando solos en este mundo”.

“Ciertamente no soy digno de usarlo, pero me doy cuenta de que estoy llamado a usarlo, no para mí, sino por el bien de los demás. Cuando me lo coloque, debo pedirle a Dios que me convierta en un santo sacerdote, un puente y no un obstáculo”, escribió el presbítero.

Luego de esta experiencia el P. Slavinskas empezó a rezar cada mañana por “una conciencia más profunda de la gran responsabilidad y magnitud de lo que representa” esta prenda que forma parte de la indumentaria de un sacerdote.


También pidió disculpas al pueblo de Dios “por cualquier dolor que haya causado mientras usaba el alzacuellos” y las veces en las que podría haber ignorado su “deber de ser un sacerdote bueno, santo y lleno de fe”.

“Pido oraciones de perdón y fortaleza”, expresó.

Finalmente, pidió disculpas a quienes fueron “profundamente heridos de la manera más horrible por miembros de la Iglesia”.

“No sé lo que vendrá mañana, pero sé que tengo que ponerme ese alzacuellos”, dijo que el P. Slavinskas, quien recordó que su ministerio continúa porque "todavía hay almas que Cristo quiere atraer a su presencia y su paz".

“Por favor, haga una oración por mí”, concluyó el P. Slavinskas.












sábado, 25 de agosto de 2018

Interesante reflexión de un joven cura ante los abusos: su experiencia, una crítica y una anécdota

Seán Connolly habla de su peor semana como sacerdote y cómo ha encontrado la fuerza

Sean Connolly no tiene todavía 30 años y hace apenas 3 que fue ordenado sacerdote
Sean Connolly no tiene todavía 30 años y hace apenas 3 que fue ordenado sacerdote







Los graves escándalos que han estallado en Estados Unidos han causado un gran dolor a los millones de católicos del país y de todo el mundo. También han provocado un gran sufrimiento en los muchos sacerdotes buenos que hay, que ahora son también señalados y que además sienten tristeza, rabia e impotencia ante los delitos de sus hermanos.
Sin embargo, muchos de estos sacerdotes han hechos públicos sus sentimientos, el dolor y tristeza que sienten, las dudas que incluso han vivido, pero también han reivindicado el don que para ellos es el sacerdocio. Uno de estos sacerdotes es Seán Connolly, un joven que todavía no llega a la treintena y que actualmente es vicario parroquial en una iglesia de Nueva York.
Por qué ser sacerdote
En una carta que publica Catholic World Report, Connolly recuerda que apenas lleva ordenado 3 años, que según él fue el día “más feliz” de su vida. “Al igual que muchos sacerdotes jóvenes de hoy, mi celo por la casa del Señor (Sal. 69: 9), la Iglesia, no era algo que siempre haya poseído. Tuve que descubrirlo en medio del laicismo generalizado de nuestros días”.
Connolly explica que el gran descubrimiento para él “​​fue el piadoso ejemplo de mi abuelo en el tiempo que pasé con él al final de su vida. Esto provocó una curiosidad intelectual dentro de mí para estudiar la fe por mi cuenta. Nunca olvidaré la euforia de mis años universitarios, al leer el Catecismo , GK Chesterton, Peter Kreeft, las vidas de los santos y más”. “Encontré a Jesús y su Iglesia, una voz audaz que proclamaba la verdad y la virtud en nuestro mundo quebrantado”, afirma.
Este joven sacerdote cuenta que “el mundo me mostró todas las formas en que se puede caer, pero cuando descubrí la Iglesia, encontré la única forma de levantarme”.
sean-connolyy
Luchar por la Novia de Cristo
Con el tiempo discernió que era la voluntad de Dios que entregara por completo su vida como sacerdote. Ingresó en el seminario en 2010, mucho después de que estallara la noticia del escándalo de abuso sexual cometido por clérigos y que estalló en 2002.
“A pesar de los asquerosos pecados de algunos de sus sacerdotes y el patético encubrimiento de algunos de sus obispos, no iba a permitir que este mal tuviera la última palabra. Iba a hacer mi parte y luchar por la Novia de Cristo, la Iglesia. Y entonces, entré al seminario”, cuenta este sacerdote estadounidense.
Sin embargo, otro duro golpe le esperaba. Connolly asegura que “mi espíritu de lucha ha sido cuestionado por las revelaciones de la terrible semana pasada, con el informe del gran jurado que detalla siete décadas de abuso sexual y encubrimiento en seis diócesis de Pensilvania. Ha sido la semana más dura de mi breve sacerdocio. He tenido sentimientos de enfado, incredulidad, tristeza y vergüenza”.
La Iglesia no puede ser como una empresa
En su opinión, considera que “parece que la Iglesia ha sido administrada institucionalmente como si fuera una empresa. Con demasiada frecuencia, los fieles han sido vistos no en términos de sus almas inmortales, sino más bien en términos de clientes. Predicar fe y moralidad se volvió secundario para mantener a los clientes contentos. Que saliera a la luz el escándalo es malo para los negocios. Y así, el santo temor que viene con el conocimiento fiel de que todos seremos juzgados por Dios al final de nuestras vidas dio paso al encubrimiento del escándalo para proteger la reputación de la compañía. Un punto positivo que puede venir de esta crisis es que la Iglesia puede ser guiada y gobernada como una Iglesia nuevamente, no como una compañía. Y que los fieles sean vistos como almas hambrientas de Dios, no como clientes que buscan charlas felices”.
A su vez, insiste en que los sacerdotes y obispos que han cometido pecados graves y crímenes atroces son culpables de causar escándalo, que es “un acto de asesinato espiritual”, por lo que serán juzgados por Dios y las autoridades apropiadas. Sin embargo, agrega, “no podemos permitirnos caer en la tentación de estar tan escandalizados que perdamos la fe y dejemos la Iglesia. Hacer eso sería un suicidio espiritual. Es necesaria la distinción que tiene que hacerse entre la Iglesia y sus ministros humanos, que son falibles”.
"Quiero ser un sacerdote mejor y más santo"
“No podemos y no debemos permitir que sus pecados nos separen de la Iglesia de Cristo. Ese sería el golpe sobre el hematoma de la catástrofe de este escándalo”, sentencia.
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En su carta, Seán Connolly reconoce que “durante estos días pasados mi celo por la casa del Señor ha sido desafiado, pero no ha menguado. A raíz de la revelación de este escándalo, quiero ser un sacerdote mejor y más santo. Yo, junto con algunos de mis amigos sacerdotes he decidido llevar a cabo penitencias adicionales, como el ayuno, para ofrecer a Dios en reparación por los pecados de los sacerdotes. Debemos responder a este mal con nuestra bondad. Ahora más que nunca debemos abrazar la herencia de la fe católica que hemos recibido de nuestros antepasados. Ahora más que nunca, debemos ser valientes en nuestra proclamación de las enseñanzas de la Iglesia. Ahora más que nunca, debemos aceptar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación, especialmente el celibato por el Reino”.
La procesión que le terminó de convencer
Los días aciagos del escándalo coincidieron con la festividad de la Asunción de la Virgen, precisamente una de las patronas de la parroquia de este joven sacerdote. Estaba prevista una procesión y una pequeña fiesta.
“Estábamos preparando mesas y sillas, colocando las flores en la estatua de Nuestra Señora, que se llevaría en procesión. En medio de esta agradable atmósfera, llegaron un reportero y un camarógrafo de un medio de comunicación local. Lo primero que pensé fue: "¡Qué bien vinieron para cubrir nuestra procesión y fiesta!". Pronto me di cuenta, sin embargo, que estaban allí para contar cómo uno de los sacerdotes depredadores nombrados en el informe del gran jurado había sido asignado a mi parroquia hace más de 50 años”.
"Te necesitamos"
Admite que sintió la tentación de dejarse llevar por la desesperanza y dejarse robar el espíritu de aquel día festivo. Pero cuenta que “mis feligreses no permitieron que eso sucediera. Trescientos de ellos salieron el miércoles por la noche. Su propio celo por la casa del Señor me inspiró. Ellos claramente aprecian su identidad católica, la Fe y la Iglesia. Fuimos en procesión por el vecindario llevando a nuestra Señora, cantando himnos y rezando el rosario. Cuando regresamos a la iglesia, el sol se estaba poniendo maravillosamente sobre nosotros cuando concluimos con la Letanía de Loreto”
Cuando acabo, cuenta el religioso, un feligrés se me acercó con lágrimas en los ojos. ‘Padre’, dijo, ‘esta procesión fue una luz en la oscuridad de estos tiempos difíciles. Gracias por tu sacerdocio. Te necesitamos. Necesitamos todos ustedes buenos sacerdotes. No te bajes Cuelga ahí. Recuerda lo que Nuestra Señora dijo en Fátima, que a través de todo, 'Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará' ".