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sábado, 13 de noviembre de 2021

Cómo tratar 4 heridas que todos tenemos que sufrir


Es mejor vivir heridos que parecer perfectos, y saber lidiar con las limitaciones que conllevan la vida, el amor, la muerte y la fe

Hay cuatro cosas que son difíciles de remediar, difíciles de sanar, incluso una de ellas no se puede evitar: la vida, el amor, la muerte y la fe. Por ello muchos les han puesto el apelativo de heridas.

Vida que nos zarandea, amor que nos descoloca, muerte que nos aturde y fe que nos despierta la incertidumbre.

Hoy queremos profundizar en cada una de ellas y comprender, un poco más, por qué son heridas que necesitamos sufrir:

1LA VIDA

La vida es bonita, pero tremendamente imperfecta, y esto es porque todo en ella es frágil.

El error, el fallo, es parte inevitable de la condición humana. Hagamos lo que hagamos habrá siempre un coeficiente de error en nuestras obras. No se puede ser sublime a todas horas.

“Los pedagogos dicen que por eso es preferible permitir a un niño que rompa alguna vez un plato y enseñarle luego a recoger los pedazos, porque “es mejor un plato roto que un niño roto”. Es cierto.

No existen hombres que nunca hayan roto un plato. No ha nacido el genio que nunca fracase en algo.

Lo que sí existe es gente que sabe sacar fuerzas de sus errores y otra gente que de sus errores sólo casa amargura y pesimismo.

Y sería estupendo educar a los jóvenes en la idea de que no hay una vida sin problemas, pero lo que hay en todo hombre es capacidad para superarlos.

No vale, realmente, la pena llorar por un plato roto. Se compra otro y ya está. Lo grave es cuando por un afán de perfección imposible se rompe un corazón. Porque de esto no hay repuesto en los mercados”.

Martín Descalzo

2EL AMOR

Hoy vivimos en un mundo donde la inseguridad del amor implica mucha ansiedad para las personas. Inseguridad tanto de amar como de ser amado.

El amor de nuestro tiempo es un amor de ciclo corto que no aprende ni crece, que no tiene tiempo ni de madurar ni de avanzar.

Es un amor mucho más fácil pero más volátil, pues no puede mantener el esfuerzo que implica tener una relación.

Es un amor que quiere promesas, pero no el compromiso que implica mantenerlas.

En una sociedad en la que el amor esta teñido con exceso de sentimiento, cuando ya no lo hay, no queda nada.

Por esto es necesario ser heridos por un amor profundo y bien vivido, que, aunque nos golpee, ensanche el corazón.

3LA MUERTE

La muerte es algo que hay que tapar, y el tapar (y un poco negar), a la muerte y al dolor nos ha hecho perder perspectiva. El realismo se saber que hay un final que llena de hondura el presente.

Al no reconocer a la muerte como parte de la vida nos hacemos tremendamente vulnerables a ella y nos vamos volviendo incapaces de asumirla.

Cuando ella llega parecemos sorprendidos al constatar que nos ha fallado la vida cuando siempre supimos que eso es y que todo en ella es un profundo misterio, como la vida misma.

Todos los días se muere un poco; el caer en la cuenta de ello y reconocerlo, nos prepara para la soledad y el vacío que esta encierra.

4LA FE

No es nuevo que vivimos en un mundo de una fe contracorriente en el que creer es un acto casi ofensivo para el colectivo.

La fe, desde hace un buen tiempo, es un reto para los que la tenemos, un reto social.

Pero además de esto, hay una batalla, una herida de fe que se vive en el interior del corazón.

Esa en la que Dios hace silencio, esa en la que nos cuesta escuchar, esa fe que nos lleva al vértigo y que más que una certeza es una incertidumbre.

Una que debe vivirse en soledad y que solo se resuelve poniéndose de rodillas ante el misterio.

No podemos no vivir, no amar, no creer en algo o en alguien y no morir. Es mejor vivir heridos que parecer excelsos, pues inevitablemente, no lo somos.

Luisa Restrepo, Aleteia 


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miércoles, 6 de febrero de 2019

Confianza y autoridad, ¿incompatibles para educar a adolescentes?

Muchos padres o adolescentes confunden el tema de la confianza con la falta de autoridad.

PARENTING
Existen muchos manuales, libros y artículos sobre cómo tratar a los adolescentes. Sin embargo, muchas veces como padres nos encontramos ante situaciones a las que no les vemos solución. Puede ser porque nuestros hijos han cambiado tanto que no los reconocemos, o porque tienen un grupo de amigos que los influencia a enfrentarse a comportamientos de riesgo, o puede ser incluso que hayan levantado un muro tan alto de comunicación que nos hace imposible llegar a ellos. La realidad es que a veces la relación con nuestros hijos adolescentes es todo menos fácil, y nuestra firmeza y seguridad como padres en estos casos es vital.
En primer lugar debemos recordar siempre que los hijos descansan en la autoridad de los padres. Tratar de entenderlos, de aceptar sus intereses y de ser sus amigos está muy bien, pero si nos concentramos en esto olvidándonos de nuestra autoridad como padres, les estamos haciendo un flaco favor.
La palabra autoridad viene del latin “augere” que significa ayudar a crecer. Si nuestra posición ante nuestros hijos es de iguales, y no somos capaces de establecer nuestra autoridad, pues no los ayudamos a crecer. La autoridad es capaz de imponer límites y de que estos límites se cumplan, con el fin de alejarlos de los riesgos y de los peligros de las malas decisiones.
Cuando establecemos una hora de llegada, por ejemplo, lo hacemos con varios motivos: en primer lugar para que entiendan que ellos, como hijos, deben atenerse a unas normas del hogar que se establecen por el bien común. También porque sabemos que después de ciertas horas de la noche no se encuentra nada bueno, y en ultimo lugar para que se acostumbren a que la verdadera libertad también tiene límites.
Muchos padres o adolescentes confunden el tema de la confianza con la falta de autoridad. Los padres que imponen límites no confían menos en sus hijos, sino que reconocen los riesgos en que incurren los adolescentes y jóvenes que crecen sin limites claros. No basta decir “yo confío en él”, hay edades en que hay que ayudarlos a crecer para que esa confianza se vaya ganando poco a poco. 
El tema de la confianza también se confunde con el tema de los límites en la privacidad. Hay padres que no tienen idea en qué andan sus hijos porque simplemente creen que deben confiar ciegamente. Pues la confianza se gana, y si como padres no tenemos idea de lo que hace nuestro hijo porque nos ignora o nos miente, debemos saber que nuestro primer deber como padres es protegerlos de todo peligro, así esto implique revisar su celular, tener un localizador o revisar los bolsillos.
Muchos padres se han arrepentido años más tarde de no ejercer esta autoridad, de ser tan solo amigos, de dejarles hacer lo que quisieran. No pudieron intervenir a tiempo y sus hijos cayeron en conductas de riesgo que son casi imposibles de recuperar.
La idea no es antagonizar ni convertirse en policías, pero si recordar en todo momento que está en nosotros ejercer aquella autoridad que nos obliga a “ayudar a crecer”. Aunque una de las características de estas edades es creer que lo saben todo y que son invencibles, los padres sabemos que no es así.
Muchas veces un permiso negado, o una regla clara, aunque no les guste cumplirla, son los deterrentes que los alejarán de situaciones en las que nunca hubiesen querido estar. Y si no lo reconocen en el momento, seguro lo reconocerán en algunos años cuando nos digan: “gracias por ejercer tu autoridad”.
  María Verónica Degwitz, Aleteia