Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta ACEPTAR. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ACEPTAR. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de junio de 2022

El reto de aceptar a nuestros familiares como son

 

pelea familiar


¿Aún estás esperando a que un familiar tuyo cambie? Y peor aún ¿tu afecto está condicionado a que cambie, y si no lo hace, de plano ya no lo quieres?

Eso de querer cambiar a los demás, o estar a la espera de que algún día van a cambiar, es algo que estresa mucho y suele causar constantes  frustraciones.

¿Aún estás esperando a que un familiar tuyo cambie? Y peor aún ¿tu afecto está condicionado a que cambie, y si no lo hace, de plano ya no lo quieres? 

El valor tan grande que tiene el principio de aceptación, es uno de los más significativos avances en el crecimiento y la madurez.

Aceptar a las personas como son, es un acto de caridad, es practicar el amor incondicional. Te quiero tal y como eres; desde luego que habrá algo que no me agrade de ti pero lo puedo pasar por alto, porque mi amor a ti es mayor que mi intolerancia.

Aceptar, es no querer corregir o buscar los defectos y las fallas de alguien, y reconocer que así como están, son aceptables.

Uno de los principales dramas de las relaciones intra familiares, es el hecho de estar supervisando y vigilando el comportamiento de los seres queridos, para corregirlos y señalarles los errores que están cometiendo.  Es una manera inadecuada de mostrar aceptación al otro, porque más bien se está haciendo evidente que los estamos observando con una mirada llena de críticas y juicios, sobre lo que son o están haciendo. 

Se agrava el asunto, cuando además de vigilar, nos molestamos y nos altera, hasta el punto del enojo o la desesperación, por lo que nuestro ser querido está haciendo que no nos parece. Y además, nos damos el permiso de regañar, querer dar lecciones y sermones. Lo que conlleva a que las relaciones se deterioren y compliquen aún más. 

Amar es aceptar

En cambio, cuando llegas a a la feliz conclusión de aceptar, con cariño y determinación, que lo quieres a pesar de sus defectos. Entonces si estás recibiendo los beneficios directos de amar incondicionalmente y aceptar que las cosas están bien, como son, aunque a ti no te parezcan. 

Finalmente, los desplantes de reclamo y regaño constante a tu pareja o hijos, acaban por ser un ejemplo, muy claro, de que no los aceptas. De que te molesta su manera de ser y de que quisieras que modificarán las cosas que a ti te incomodan. 

Estás pensando en ti, en vez de en el otro. quieres que te den gusto a lo que tu esperas, y no toleras que no cumplan tus expectativas. Y, una actitud así, tiene tintes de egoísmo y de la necesidad de controlar a los demás y al  no respetar su modo de ser. Lo que implica, que no los estás aceptando tal y como son. 

Aceptar, es fluir con los demás, es que cada quien sea de la manera que quiere ser. Sin que se respire un aroma de intolerancia y supervisión. 

Dice un sabio dicho popular, que el verdadero amor, es aceptar, plenamente la voluntad de Dios, que se haga la suya y no la nuestra. Pues pase lo que pase, los planes de Él son mucho mejores que los nuestros.  Si  realmente queremos estar en sus manos, pues lo que suceda, es su voluntad. Y aceptarlo, de un buen modo, es reconocer que su misericordia y gracia, son infinitamente superiores a cualquier cosas que a nosotros se nos pueda ocurrir. 

Solo puedo cambiarme a mi mismo

Si acepto mi realidad y a mi persona, también he de hacerlo con la vida de los demás, y en eso consiste el sentido del respeto.  Así también, de paso, cumplimos con la regla de oro al «hacer al otro, lo que nos gustaría que los demás nos hicieran».  Si quiero que me quieran y acepten como soy, sin que me estén corrigiendo, pues tendré que hacer lo mismo con los otros. 

El camino de la aceptación nos acerca más a la armonía con la vida, a vivir con mayor equilibrio y a descubrir la realidad, de que en vez de querer cambiar a los demás, sólo tengo el poder de cambiarme a mí mismo y tratar de ser mejor persona. Desde luego, aceptando tus errores y defectos y proponiéndote superarlos de una manera firme y decidida. 

De ésta manera no caemos en la tentación de ser conformistas y de dejar de esmerarnos por mejorar. Lo que implica que, aceptar es también reconocer que nos equivocamos y que podemos corregirlo, pero en nosotros mismos y no en la vida de los demás. Que allí es donde empieza el conflicto en la relaciones humanas. Pues en «vez de querer ver la paja en el ojo ajeno, no miramos la viga que tenemos en nuestros propios ojos». 

Así que hagamos un especial esfuerzo por aceptar a tus seres más cercanos, tal y como son, resulta un muy buen inicio para practicar, más conscientemente nuestra caridad.

Guillermo Dellamary, Aleteia 

Vea también     Las diez ventajas del matrimonio y de la familia natural sobre cualquier otra opción según los especialistas























lunes, 15 de noviembre de 2021

Así dan ganas de vivir en casa


Ojalá con mis manos, mis palabras, mi alegría y mi oración pudiera hacer que mi comunidad, mi familia, mi hogar, fuera cada vez más un lugar de paz, de alegría y esperanza

La vida en comunidad es un don. Me alegra poder encontrar un lugar en el que descansar, una familia de hermanos con los que compartir la vida.

Allí no tengo que ser de una determinada manera para que me acepten. No tengo que estar a la altura, ni decir la palabra correcta.

En ese espacio sagrado en el que la amistad es posible puedo darme sin temor y me aceptan como soy.

Allí soy reconocido en mi verdad, no me exigen que sea diferente. No importan ni mis cargos ni mis encargos, soy sólo un hermano más, no ese Padre que muchos ven desde lejos.

Me conocen como soy, en mis defectos, en mis virtudes y me aceptan. No compito con mis hermanos.

Así es la comunidad que sueño. Desde la que poder vivir. Así es la vida en familia que todos anhelan. Esa comunidad en la que crecer y desde la que poder ser fecundo.

No es perfecta, es la mía

DŁONIE

Por eso idealizo en ocasiones la comunidad. Quiero que sea perfecta y no siempre lo es.

No quiero compararme con nadie ni querer ser lo que no soy. Soy original, soy único. Mis hermanos me admiran no por mis logros ni por mis éxitos, sino por mi persona.

No valgo más cuando me alaban, ni menos cuando soy criticado. En los momentos de dolor me acompañan en silencio, compartiendo mis lágrimas. En los momentos de alegría se alegran conmigo.

Saben lo que pienso y nunca interpretan ni mis gestos, ni mis palabras. No hablan mal de mí a mis espaldas y yo tampoco hablo de los demás juzgándolos.

Sé que no es perfecta la comunidad que habito, no lo pretendo porque nada es perfecto, sólo en el cielo lo será.

Aquí, desde que nazco, vivo la gracia y el pecado. Toco el sueño y la realidad. Siento el dolor y sufro las heridas.

Mi aportación es única

Pero sé que no habrá comunidad si yo no pongo mi parte, no habrá amor humano si yo no me entrego, no habrá familia si yo no la construyo con mis manos.

No quiero preguntarme, como a veces hago, qué es lo que recibo. Si no recibo mucho, me frustro y enojo y busco otra comunidad, otra familia, otros amigos, otro grupo. O me quedo solo.

Más bien es otra la pregunta: ¿Qué más puedo dar por mis hermanos? ¿Qué más puedo hacer para que la vida en común sea más plena?

Si no me dejo complementar por mis hermanos no creceré, no seré mejor persona. Si veo a mi hermano como una amenaza me alejaré de él.

Y si he sido herido al darme, tendré miedo de aportar lo mío, me asustará que me rechacen.

La importancia de la humildad

Necesito ser más humilde y no pretender estar siempre en el centro. No busco ser reconocido cada día, por todo lo que hago, no importa que mi servicio quede oculto.

No llevo cuentas del bien que hago, ni lo publico para que me agradezcan. Puede que se olviden de darme las gracias por lo que hago, pero no por ello dejo de servir con alegría.

Puede que no estén atentos a mis necesidades, y no por ello dejo de preguntarle a mi hermano qué necesita que haga yo por él.

Cuando me pongo en el centro, nada funciona, siento que sin mí nada sale bien y me duele que no me tomen en cuenta.

Cuando aprendo a escuchar y callar, cuando mi amor son obras y no palabras, todo va mejor.

El ambiente familiar que permite crecer

Importa mucho el ambiente que hay en la comunidad, en mi casa, la atmósfera que se respira.

Si hay una alegría sana, crezco, echo raíces y no tengo necesidad de buscar continuamente fuera de casa el amor que me falta.

Creo en la comunidad porque en ella puedo descansar y encontrar la fuerza para cada día de entrega.

La fuerza de la unión

No estoy solo en medio de las dificultades, no todo depende de mí, no vivo salvando al mundo yo solo con mis talentos.

Me doy cuenta de lo frágil que es mi sacerdocio, mi corazón herido, y sé que sin vínculos hondos en algunos hermanos no puedo seguir adelante.

Tengo hermanos ante los que no tengo que demostrar nada. Conocen mi historia, incluso mis pecados y me aceptan, me animan y están siempre a mi lado.

No me cuestionan continuamente, no ponen en duda mi amistad, no me critican cuando no estoy presente.

Amo a mi familia

Amo esa comunidad en la que cada uno puede ser fiel a sí mismo sin tener que juzgar al resto.

No tengo que hundir la imagen de mi hermano para brillar yo, no es necesario. Necesito ser fiel a mí mismo sin tener que parecerme a los demás. No hay moldes.

Amo esa comunidad que enaltece, no ese ambiente en el que se critican con facilidad mis errores.

Ojalá con mis manos, mis palabras, mi alegría y mi oración pudiera hacer que mi comunidad, mi familia, mi hogar, fuera cada vez más un lugar de paz, de alegría y esperanza.

Construir así un lugar en el que Dios y María estén presentes. Un hogar donde mis raíces encuentren tierra fecunda y pueda yo vivir sin turbarme, sin miedo a la vida, sin nada que esconder, con ganas de vivir en casa. Una comunidad santa y pecadora a la vez.

Carlos Padilla Esteban, Aleteia


VEa también     Consagración de los hogares a la Familia de Nazaret




























sábado, 13 de noviembre de 2021

Cómo tratar 4 heridas que todos tenemos que sufrir


Es mejor vivir heridos que parecer perfectos, y saber lidiar con las limitaciones que conllevan la vida, el amor, la muerte y la fe

Hay cuatro cosas que son difíciles de remediar, difíciles de sanar, incluso una de ellas no se puede evitar: la vida, el amor, la muerte y la fe. Por ello muchos les han puesto el apelativo de heridas.

Vida que nos zarandea, amor que nos descoloca, muerte que nos aturde y fe que nos despierta la incertidumbre.

Hoy queremos profundizar en cada una de ellas y comprender, un poco más, por qué son heridas que necesitamos sufrir:

1LA VIDA

La vida es bonita, pero tremendamente imperfecta, y esto es porque todo en ella es frágil.

El error, el fallo, es parte inevitable de la condición humana. Hagamos lo que hagamos habrá siempre un coeficiente de error en nuestras obras. No se puede ser sublime a todas horas.

“Los pedagogos dicen que por eso es preferible permitir a un niño que rompa alguna vez un plato y enseñarle luego a recoger los pedazos, porque “es mejor un plato roto que un niño roto”. Es cierto.

No existen hombres que nunca hayan roto un plato. No ha nacido el genio que nunca fracase en algo.

Lo que sí existe es gente que sabe sacar fuerzas de sus errores y otra gente que de sus errores sólo casa amargura y pesimismo.

Y sería estupendo educar a los jóvenes en la idea de que no hay una vida sin problemas, pero lo que hay en todo hombre es capacidad para superarlos.

No vale, realmente, la pena llorar por un plato roto. Se compra otro y ya está. Lo grave es cuando por un afán de perfección imposible se rompe un corazón. Porque de esto no hay repuesto en los mercados”.

Martín Descalzo

2EL AMOR

Hoy vivimos en un mundo donde la inseguridad del amor implica mucha ansiedad para las personas. Inseguridad tanto de amar como de ser amado.

El amor de nuestro tiempo es un amor de ciclo corto que no aprende ni crece, que no tiene tiempo ni de madurar ni de avanzar.

Es un amor mucho más fácil pero más volátil, pues no puede mantener el esfuerzo que implica tener una relación.

Es un amor que quiere promesas, pero no el compromiso que implica mantenerlas.

En una sociedad en la que el amor esta teñido con exceso de sentimiento, cuando ya no lo hay, no queda nada.

Por esto es necesario ser heridos por un amor profundo y bien vivido, que, aunque nos golpee, ensanche el corazón.

3LA MUERTE

La muerte es algo que hay que tapar, y el tapar (y un poco negar), a la muerte y al dolor nos ha hecho perder perspectiva. El realismo se saber que hay un final que llena de hondura el presente.

Al no reconocer a la muerte como parte de la vida nos hacemos tremendamente vulnerables a ella y nos vamos volviendo incapaces de asumirla.

Cuando ella llega parecemos sorprendidos al constatar que nos ha fallado la vida cuando siempre supimos que eso es y que todo en ella es un profundo misterio, como la vida misma.

Todos los días se muere un poco; el caer en la cuenta de ello y reconocerlo, nos prepara para la soledad y el vacío que esta encierra.

4LA FE

No es nuevo que vivimos en un mundo de una fe contracorriente en el que creer es un acto casi ofensivo para el colectivo.

La fe, desde hace un buen tiempo, es un reto para los que la tenemos, un reto social.

Pero además de esto, hay una batalla, una herida de fe que se vive en el interior del corazón.

Esa en la que Dios hace silencio, esa en la que nos cuesta escuchar, esa fe que nos lleva al vértigo y que más que una certeza es una incertidumbre.

Una que debe vivirse en soledad y que solo se resuelve poniéndose de rodillas ante el misterio.

No podemos no vivir, no amar, no creer en algo o en alguien y no morir. Es mejor vivir heridos que parecer excelsos, pues inevitablemente, no lo somos.

Luisa Restrepo, Aleteia 


Vea también     Heridas en Familia - Papa Francisco












































domingo, 20 de junio de 2021

Aprende a cambiar tu mirada sobre los demás

 

MŁODA KOBIETA


Cambiar la forma en que miras a alguien puede cambiar a la persona misma

«Cambiar tu mirada, cambiar nuestra mirada»: esta es la misión de la asociación Wake Up Café con personas que salen de la cárcel.

Como llevo tres años dirigiendo debates allí, aprecio plenamente la calidad de este consejo: cambiar tu punto de vista sobre el otro, negarte a juzgarlo demasiado rápido, acercarte a él con una mirada nueva, no solo libera una cualidad de las relaciones humanas, sino que también puede cambiar a la persona misma.

Es esta idea la que me gustaría explorar aquí: presenta un interés humano que no es solo valioso para la relación de ayuda. En nuestra actividad profesional sabemos bien que la forma en que miramos a nuestros clientes, a nuestros compañeros, o incluso a nuestras tareas diarias; el significado que les damos; todo ello influye en nuestro estado de ánimo, en nuestra vida, para bien o para mal.

Aprender a liberar la mirada

No todo el mundo es como el contemplativo que mira su objeto por lo que es: la mirada del científico está dirigida a la búsqueda del conocimiento, la del investigador por el descubrimiento, la del emprendedor por el éxito… Cada uno de nosotros mira el mundo animado por un deseo diferente. 

Por no hablar de las emociones que influyen en nuestra mirada, la mayoría de las veces sin nuestro conocimiento. Los miedos, sobre todo, dirigen nuestra mirada hacia los riesgos a evitar, exponen a nuestro juicio los peligros, las seguridades a construir, las personas de las que desconfiar…

La mirada no está exenta de hábitos, buenos o malos, conscientes o no. Liberar la mirada es aceptar volver a empezar, mirar como si fuera la primera vez, pero también es proyectar algo más que la indiferencia o la preocupación: discernir activamente lo positivo del otro y reconocerlo. 

Este es solo el comienzo que tendremos que confirmar en reciprocidad: modificando nuestra propia mirada, expresando acogida más que retraimiento, algo cambia en nosotros, pero también en el que estamos mirando. A menudo basta con quererlo para obtener los primeros frutos.

Pierre d’Elbée, Aleteia -


Vea también            Revalorizar el Matrimonio y la Familia - Papa Francisco