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miércoles, 27 de enero de 2016

Uno de los mejores argumentos pro-vida que leerás nunca

Una conversación a más de mil pies de altura
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Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo.
—Papa Francisco, Misericordiae Vultus, número 6.

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Lo único que quería cuando subí al avión era desconectar, disfrutar de algo de silencio y leer Catolicismo: Un Viaje al Corazón de la Fe, del obispo Robert Barron, que acababa de descargar en mi iPhone. Había sido un fin de semana de no parar de hablar, muy atareado, que incluía hacer una presentación de dos horas en una conferencia mariana.

Pero cuando una mujer de veintitantos se sentó a mi lado, algo me hizo dejar el teléfono para ver si hacía migas con ella. “¿De dónde vienes?”, preguntó.
“Vengo de hablar en una conferencia católica en San Luis”, contesté. “Y ahora voy a casa, en Nueva Orleans”.
Me contó que se llamaba Paige, que se iba a casar en mayo y que había estado hacía poco en Israel durante un mes con su prometido judío, en una visita para asistir al bar mitzvá de un amigo.

Me reveló el horror que sintió al contemplar la violencia que es parte rutinaria de la vida allí, en especial ahora que los extremistas musulmanes apuñalan de forma aleatoria a personas judías.
“Apuñalaron a un hombre justo al lado de nuestro hotel”, se lamentó. “Y ni siguiera salió en las noticias. ¡Es increíble!”.
Ambas coincidimos en que el mundo necesita mucho menos odio y violencia y mucho más amor.

Paige me contó que sus padres la habían educado fuera de la fe, aunque la habían enviado a colegios católicos durante toda su vida.
De algún modo, la conversación llegó al tema del aborto. “Sé que eres católica”, dijo como disculpándose, “pero yo soy totalmente proelección. Una de mis mejores amigas es obstetra y ginecóloga y quiere aprender a hacer abortos en embarazos avanzados. Se siente muy mal por las personas que de verdad quieren ser padres, que quieren un bebé con todas sus fuerzas, pero luego descubren que su bebé tiene alguna anomalía mortal. Se quedan impotentes, porque viven en Luisiana y la ley de ese estado les impide practicar un aborto en periodo avanzado”.

“Bueno”, me aventuré con cautela, poniendo todo el esfuerzo posible en usar mi tono de voz más amable, “es cierto que sería un dolor terrible saber que tu bebé va a morir a pocas horas de nacer. Pero lo que sería aún peor sería vivir el resto de tu vida sabiendo que tú fuiste la causante de su muerte”.

Los ojos de Paige se agrandaron.
“Conozco a personas que han sobrevivido a algo así”, continué, y le conté la historia del candidato a la presidencia Rick Santorum y su esposa, Karen. “Ellos tuvieron la posibilidad de dar la bienvenida al mundo a su hijo, Gabriel, bautizarle, sostenerlo en sus brazos y colmarlo de amor durante al menos unas pocas horas. Fue una forma muy misericordiosa de tratar a ambas partes, tanto ellos como el niño”.

A estas alturas, los grandes y preciosos ojos azules de Paige no apartaban su mirada de los míos.

“Esta es la cuestión”, proseguí mientras tenía su atención. “Ambas estamos de acuerdo en que el mundo necesita más amor. Y por eso precisamente estoy en contra de la pena capital, de la guerra y de la violencia contra judíos, mujeres y bebés en el útero. El aborto es un acto muy violento tanto para la mujer como para el bebé. Haría falta tantísimo amor en tantos ámbitos por todo el mundo…”.

Paige seguía con sus ojos clavados en los míos y terminé por reír un poco nerviosa: “Debes pensar que estoy loca por contarte todo esto en un avión”.

“No”, dijo lentamente. “Estoy escuchando… escucho lo que me dices”.
El avión tocó tierra. “Ha sido un placer hablar contigo”, dijo Paige con una sonrisa. “Me caen bien las Judys. Voy a comprar tu libro”.

“Para mí también ha sido un placer, Paige”, respondí con otra sonrisa. “Que Dios te bendiga”.

Así, una hora de viaje en avión de Dallas a Nueva Orleans me había ofrecido la inesperada oportunidad de una defensa de la vida humana a una milla de altura, todo un regalo.

Porque, aunque Paige había sido criada sin fe, sí fue criada con amor. Y cualquiera puede entender la lógica del amor, incluyendo alguien que es “totalmente proelección”.

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