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miércoles, 15 de abril de 2020

Tres ideas para redescubrir el matrimonio en tiempos de confinamiento prolongado... o después

John Cuddeback habla como filósofo... y padre de seis hijos

Una escena de «A prueba de fuego [Fireproof]» (2008), de Alex Kendrick, con Kirk Cameron y Erin Bethea. Una película sobre la importancia de tomar la iniciativa para que el matrimonio funcione o, si está mal, se arregle.

John Cuddeback lleva tantos años casado (un cuarto de siglo) como siendo profesor de Filosofía. Católico y padre de seis hijos, desde su blog Life Craft ofrece consejos y orientaciones para la vida familiar que oscilan entre las aplicaciones prácticas y la elevación de los principios.  
Algo de ambas cosas hay en uno de sus últimos posts, en los que propone tres ideas para redescubrir el matrimonio en este periodo de confinamiento obligado por la pandemia, pero que por supuesto valían antes y valdrán después.
Es muy realista: “A menudo, el matrimonio consiste en el ejercicio de reconocer un don en lo que no parecer serlo”. Y aunque "compartir un hogar es una bendición esencial y definitoria del matrimonio”, eso no impide que “pasar en casa una cantidad de tiempo imprevista por una cuarentena sea muy difícil”. Se dirige sobre todo a los maridos -porque ellos son los destinatarios habituales de su blog-, pero las cosas que propone valen también para las esposas.
Filósofo de profesión, Cuddeback acude a fuentes no habituales en estas cuestiones. Y así, pone como ejemplo la forma resolutiva y adaptada a las circunstancias con las que Alejandro Magno o Julio César, según  reflejan las Vidas paralelas de Plutarco, tomaban decisiones en el campo de batalla asumiendo su responsabilidad en la consecución de los objetivos. Sabían "aprovechar la oportunidad", algo que debe hacer siempre un padre de familia: "¿Qué oportunidades se me presentan a mí ahora?", nos invita a preguntarnos.
También acude a Jenofonte, cuyo Económico es el tratado más completo sobre la vida matrimonial que nos dejó la Grecia clásica, escrito además por un gran general que entiende el arte doméstico sobre el modelo del arte político o militar, en la medida en que se trata de gobernar a otros. Jenofonte subraya la responsabilidad del esposo en convertir a su mujer en su colaboradora en el hogar, para lo cual debe, por encima de todo, serle fiel.
Cuddeback interpreta a Jenofonte explicitando "dos principios de la vida matrimonial. Primero: lo que nos corresponde como pareja es crear juntos un hogar. Juntos debemos ser los artesanos de nuestra vida, responsables de esta pequeña comunidad, empezando por nuestra propia relación. Segundo: tendremos que aprender a ver el plan natural de Dios para ese proyecto sencillo pero ¡ay! tan arduo y a veces tan fastidioso".
Todo lo cual significa “hacer todo lo posible para sacar adelante nuestras respectivas responsabilidades". Ahora bien, "parte del desafío consiste en que las responsabilidades son diferentes, así que no podemos limitarnos a mirar lo que hace el otro para repetirlo". Hay que tomar la iniciativa.
"Como hombre", explica Cuddeback, "me corresponde especialmente reconocer que debo poner en marcha algunas cosas en mi hogar y en mi matrimonio”. En ese espíritu, “he aquí tres cosas que un hombre podría decidirse a hacer hoy, según responde un buen general ante la realidad que tiene delante".
"Si son demasiado básicas u obvias, me disculpo por anticipado", dice.
1. Hacer algo que facilite la vida de mi esposa.
Se trata de cosas sencillas que puedan hacerse hoy mismo, ya mismo. Habremos, sí, de dar otros pasos, pero por su mayor importancia tendrán "el peligro de ser, o de parecer que son, algo para hacernos sentir bien con nosotros mismos o para ganar puntos". Sin embargo, "hacer cosas pequeñas y más discretas es una forma magnífica de poner en práctica y fortalecer mi resolución de amar mejor". Los ejemplos son obvios: limpiar el baño, tender la ropa, hacer la compra o a llevar o recoger a los niños: “La clave es hacerlo sinceramente y sin fanfarria", antes de pasar "a asuntos de mayor entidad, como tomar la iniciativa ante algún problema que tengamos -o que tenga mi mujer- con un hijo, o con algún familiar o amigo”.
2. Mostrar lo mucho que aprecio lo que hace mi mujer.
"Hay que hacerlo con sinceridad, sencillez y discreción", insiste John: "No se trata de una actuación en la que nos contemplamos a nosotros mismos y luego nos felicitamos con una palmadita en la espalda. Debemos intentar hacerlo y sentirlo como queremos que sea: un aprecio sincero". Desde un "Soy consciente de que siempre haces esto por mí. ¡Gracias!” a un “Me encanta tu actitud positiva”, pasando por un “Eres genial haciendo esto”, un “Me gusta cómo le hablas a los niños” o un “Gracias por hacer esto todos los días, sé que es duro para ti”.
3. Preguntarle a mi esposa cómo puedo ser mejor marido.
"Esto  hay que hacerlo bien", avisa Cuddebak, "pero no es muy complicado". En primer lugar, “tengo que estar convencido de ello, reconocer que tengo que aprender de ella sobre mis defectos, y que estoy realmente dispuesto a escuchar”. Así que cuando se vuelva extrañada y me diga “¿Qué pasa? ¿Has estado leyendo algún blog sobre cómo ser mejor marido?” tendré que "poder mirarle a los ojos y dejar claro que voy en serio".
* * *
La buena noticia de estas tres ideas es que depende de uno mismo "intentarlo y estar convencido de lo que hago".
Queda por abordar una objeción: "¿Y por qué no hace ella lo mismo por mí?"
"Lo cierto es que tal vez lo está haciendo y yo no me doy cuenta" responde John, pero, "en última instancia, yo debo estar dispuesto a amarla primero. ¿No lo hice cuando le pedí que se casara conmigo? Mi amor por ella no es una respuesta a lo que ella hace por mí, o a lo que me hace sentir. Es lo que yo quiero darle a ella. Eso es ser un hombre en el matrimonio.  ¡Y  puedo volver a empezar hoy mismo!"
C.L. / ReL




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