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domingo, 1 de marzo de 2026

Evangelio del día - Domingo 2 de Cuaresma A - ¿No sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado en la Santa Misa Dominical presencial?

 


Primera lectura

Lectura del libro del Génesis 

Génesis 12, 1-4a

En aquellos días, dijo el Señor a Abram: “Deja tu país, a
tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que
yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré.
Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan.
 En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abram partió,
como se lo había ordenado el Señor.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 

2 Timoteo 1, 8b-10

Querido hermano: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.

Este don, que Dios nos ha concedido por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad, ahora se ha manifestado con la venida del mismo Cristo Jesús, nuestro Salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Mateo

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

Las palabras de los Papas

La “luminosidad” que caracteriza este evento extraordinario simboliza el objetivo: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre de repente sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su historia. (…) Jesús transfigurado sobre el monte Tabor quiso mostrar a sus discípulos su gloria no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde lleva la cruz. Quien muere con Cristo, con Cristo resurgirá. Y la cruz es la puerta de la resurrección. Quien lucha junto a Él, con Él triunfará. Este es el mensaje de esperanza que la cruz de Jesús contiene, exhortando a la fortaleza en nuestra existencia. La Cruz cristiana no es un ornamento de la casa o un adorno para llevar puesto, la cruz cristiana es un llamamiento al amor con el cual Jesús se sacrificó para salvar a la humanidad del mal y del pecado. En este tiempo de Cuaresma, contemplamos con devoción la imagen del crucifijo, Jesús en la cruz: ese es el símbolo de la fe cristiana, es el emblema de Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Hagamos que la cruz marque las etapas de nuestro itinerario cuaresmal para comprender cada vez más la gravedad del pecado y el valor del sacrificio con el cual el Redentor nos ha salvado a todos nosotros.  (Francisco - Angelus, 12 de marzo de 2017)

(vatican.va

Reflexión sobre la acuarela

Puede parecer casi sorprendente que la Iglesia ponga ante nosotros el radiante misterio de la Transfiguración en el corazón de la Cuaresma. Estamos ayunando, haciendo limosna, caminando con paso firme hacia la Cruz, y de repente nos vemos bañados por la luz. Pero quizá sea ése precisamente el sentido. Antes de llegar al Calvario, vislumbramos la gloria. En el Evangelio, Jesús conduce a Pedro, Santiago y Juan lejos de las orillas familiares de Galilea y a una alta montaña. Las montañas en las Escrituras nunca son accidentales; siempre son lugares de revelación. Y allí, en ese momento luminoso, Pedro suelta lo que muchos de nosotros sentiríamos: “Señor, es maravilloso que estemos aquí”. Es el grito instintivo del corazón cuando el cielo parece estar muy cerca. Me encantan las reacciones de Pedro en esta lectura.

Profundamente conmovido, Peter quiere actuar de inmediato. Quiere hacer algo. Quiere construir tres tiendas, preservar el momento, ayudar, contribuir. Es una respuesta muy humana. Cuando la gracia nos toca, queremos asegurarla, organizarla, tal vez incluso controlarla. Pero lo que Pedro presenció en la montaña no fue un momento de construcción; es un momento de contemplación. Antes de que Pedro pudiera siquiera empezar a construir, la voz del Padre interrumpe: “Este es mi Hijo, el Amado... escúchale”. Algunos encuentros con Dios no son para pasar a la acción, simplemente están ahí para saborearlos, para disfrutarlos. Cuando renunciamos al impulso de querer siempre 'hacer algo' y tomar las riendas, cuando simplemente nos quedamos en silencio maravillados, algo puede cambiar dentro de nosotros. La luz puede asentarse más profundamente en la quietud. Y ese corazón que escucha en silencio es lo que nos sostendrá cuando la montaña dé paso al camino que lleva a Jerusalén... ese es nuestro viaje cuaresmal...

Nuestra acuarela de David Roberts muestra este viaje a Jerusalén. Vemos peregrinos a la izquierda en lo alto de una colina, mirando hacia la ciudad sagrada. Sus tejados y agujas brillan en la distancia. Desde esta posición elevada, el camino parece claro y atractivo, pero el camino a Jerusalén no es recto y atraviesa llanuras lisas. Atraviesa valles, serpentea alrededor de ríos y sortea terrenos rocosos, recordándonos que la peregrinación de la fe exige esfuerzo, resistencia y confianza. Al igual que estos viajeros en la ladera de la colina deben dejar la comodidad de la cima y abrirse camino hacia abajo, hacia los desafíos de abajo, así nuestro viaje cuaresmal nos llama no sólo a admirar la luz prometida de la Pascua, sino a caminar por los valles del arrepentimiento, la oración y la transformación que nos llevan hasta allí.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración  

"...Señor, es bueno estar contigo, pero mejor aún, Señor, es tener la certeza de que estás conmigo en la vida por tu gracia, por tu amor. Es bueno estar seguro de que también mi rostro ha de ser un rostro transfigurado, iluminado, resplandeciente en la medida en que tú me vas transformando. Libremente, alegremente, jubilosamente te suplico que yo me vaya identificando cada vez más contigo hasta el punto de poder decir con los apóstoles: "Qué bien estamos aquí Señor. Danos la fuerza de entrar contigo en el camino hacia el calvario". Amén."

(cf. P. Ignacio Larrañaga)

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