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lunes, 23 de marzo de 2026

Evangelio del día - Lunes de la 5a. Semana de Cuaresma


 

Lectura de la profecía de Daniel

Daniel 13, 41-62

En aquel tiempo, la asamblea creyó a los ancianos que habían calumniado a Susana y la condenó a muerte. Entonces Susana, dando fuertes voces exclamó: “Dios eterno, que conoces los secretos y lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que éstos me han levantado un falso testimonio. Y voy a morir sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí”. El Señor escuchó su voz. Cuando llevaban a Susana al sitio de la ejecución, el Señor hizo sentir a un muchacho, llamado Daniel, el santo impulso de ponerse a gritar: “Yo no soy responsable de la sangre de esta mujer”.

Todo el pueblo se volvió a mirarlo y le preguntaron: “¿Qué es lo que estás diciendo?” Entonces Daniel, de pie en medio de ellos, les respondió: “Israelitas, ¿cómo pueden ser tan ciegos? Han condenado a muerte a una hija de Israel, sin haber investigado y puesto en claro la verdad. Vuelvan al tribunal, porque ésos le han levantado un falso testimonio”.

Todo el pueblo regresó de prisa y los ancianos dijeron a Daniel: “Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, puesto que Dios mismo te ha dado la madurez de un anciano”. Daniel les dijo entonces: “Separen a los acusadores, lejos el uno del otro, y yo los voy a interrogar”.

Una vez separados, Daniel mandó llamar a uno de ellos y le dijo: “Viejo en años y en crímenes, ahora van a quedar al descubierto tus pecados anteriores, cuando injustamente condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, contra el mandamiento del Señor: No matarás al que es justo e inocente. Ahora bien, si es cierto que los viste, dime debajo de qué árbol estaban juntos”. Él respondió: “Debajo de una acacia”. Daniel le dijo: “Muy bien. Tu mentira te va a costar la vida, pues ya el ángel ha recibido de Dios tu sentencia y te va a partir por la mitad”. Daniel les dijo que se lo llevaran, mandó traer al otro y le dijo: “Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te sedujo y la pasión te pervirtió el corazón. Lo mismo hacían ustedes con las mujeres de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a ustedes. Pero una mujer de Judá no ha podido soportar la maldad de ustedes. Ahora dime, ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?” Él contestó: “Debajo de una encina”. Replicó Daniel: “También a ti tu mentira te costará la vida. El ángel del Señor aguarda ya con la espada en la mano, para partirte por la mitad. Así acabará con ustedes”.

Entonces toda la asamblea levantó la voz y bendijo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos viejos, a quienes, con palabras de ellos mismos, Daniel había convencido de falso testimonio, y les aplicaron la pena que ellos mismos habían maquinado contra su prójimo. Para cumplir con la ley de Moisés, los mataron, y aquel día se salvó una vida inocente.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Juan

Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?”

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

Las palabras de los Papas

¡Qué diferencia entre el Maestro y los acusadores! Estos habían citado la Escritura para condenar; Jesús, la Palabra de Dios en persona, rehabilita completamente a la mujer, devolviéndole la esperanza. De esta situación aprendemos que cualquier observación, si no está movida por la caridad y no contiene caridad, hunde ulteriormente a quien la recibe. Dios, en cambio, siempre deja abierta una posibilidad y sabe encontrar caminos de liberación y de salvación en cada circunstancia. La vida de esa mujer cambió gracias al perdón. Se encontraron la Misericordia y la miseria. Misericordia y miseria estaban allí. Y la mujer cambió. Incluso se podría pensar que, perdonada por Jesús, aprendió a su vez a perdonar. Quizá haya visto en sus acusadores ya no personas rígidas y malvadas, sino personas que le permitieron encontrar a Jesús. El Señor desea que también nosotros sus discípulos, nosotros como Iglesia, perdonados por Él, nos convirtamos en testigos incansables de la reconciliación, testigos de un Dios para el que no existe la palabra “irrecuperable”; de un Dios que siempre perdona, siempre. Dios siempre perdona. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Un Dios que sigue creyendo en nosotros y nos brinda a cada momento la posibilidad de volver a empezar. No hay pecado o fracaso que al presentarlo a Él no pueda convertirse en ocasión para iniciar una vida nueva, diferente, en el signo de la misericordia. No hay pecado que no pueda ir por este camino. Dios perdona todo. Todo. (Francisco - Homilía en la Santa Misa en la Plaza de los Graneros en Floriana, 3 de abril de 2022)

(vatican.va)

Reflexión sobre el cuadro

En la lectura del Evangelio de hoy nos encontramos con tres grupos de personajes: Jesús, una mujer y un grupo de hombres expertos en la ley judía. Estos hombres llevan a la mujer ante Jesús, alegando que ha sido sorprendida en adulterio. Sin embargo, su verdadera intención no es tanto la preocupación por la mujer como el deseo de tender una trampa a Jesús. Le ponen en una situación difícil: si la condena, corre el riesgo de contradecir su propio mensaje de misericordia; si se niega a condenarla, pueden acusarle de desobedecer la Ley de Dios. Parece realmente atrapado. Para los expertos de la Ley, Jesús es su verdadero objetivo; sólo están utilizando a la mujer como una herramienta en su intento de desacreditarlo.

Pero Jesús no cae en su trampa. Lo que hace que la situación sea aún más sorprendente es lo diferente que Jesús mira a la mujer en comparación con los que la acusan. Los hombres sólo la ven a través de la lente de un único momento de su pasado. Se centran totalmente en el pasado de la mujer. Jesús, sin embargo, siempre mira al pasado, al presente y al futuro. Mientras sus acusadores la definirían para siempre por un fracaso, Jesús reconoce que su historia no ha terminado. Y así es como el Señor nos mira también a cada uno de nosotros. No nos reduce a un error o a un momento oscuro de nuestro pasado. Por el contrario, Él ve toda la historia de nuestras vidas, y quiere ayudarnos en el presente, para que podamos construir un futuro mejor. Dios sabe que nuestra historia sigue desarrollándose mientras vivamos; que aún quedan nuevos capítulos por escribir.

La mujer sorprendida en adulterio (1644), de Rembrandt, muestra el momento en que los escribas y fariseos llevan a la mujer acusada ante Cristo. Rembrandt van Rijn estructura cuidadosamente la escena para resaltar el significado espiritual de la historia: Cristo está de pie en el escalón superior y está bañado por la luz, mientras que los acusadores permanecen en la sombra y en los escalones inferiores de la composición. De este modo, Rembrandt sugiere visualmente la autoridad moral de Jesús. La mujer se arrodilla humildemente ante Cristo, su vulnerabilidad contrasta con la tensa y acusadora multitud que la rodea. Rembrandt pintó esta obra en 1644, cuando tenía unos 38 años. El cuadro muestra todas las cualidades de madurez que distinguen a Rembrandt: una iluminación dramática, una profunda visión psicológica y un enfoque en el drama espiritual interior más que en la mera narración exterior.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

"Señor Dios, hoy me acerco a ti con un corazón arrepentido. Reconozco que he fallado, que mis acciones y palabras no han estado de acuerdo con tu voluntad. Perdóname por mis pecados y lávame, Señor.
Gracias por tu amor incondicional y por el regalo de tu perdón. Crea en mí un corazón puro y renuévame por dentro. Ayúdame a aprender de mis errores, a crecer en sabiduría y a vivir en obediencia a ti. Confío en tu misericordia. En el nombre de Jesús, Amén".


domingo, 6 de abril de 2025

Evangelio del día


 

Libro de Isaías 43,16-21.

Así habla el Señor, el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas;
el que hizo salir carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una mecha.
No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas;
yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa.
Me glorificarán las fieras salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido,
el Pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza.


Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.

Hasta los mismos paganos decían:
“¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!

¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.

El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas.


Carta de San Pablo a los Filipenses 3,8-14.

Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo.
y estar unido a él, no con mi propia justicia -la que procede de la Ley- sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe.
Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte,
a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos.
Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.
Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante
y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús.


Evangelio según San Juan 8,1-11.

Jesús fue al monte de los Olivos.
Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos,
dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?".
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".
E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí,
e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?".
Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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Bulle

San Ambrosio (c. 340-397)
obispo de Milán y doctor de la Iglesia
Carta 26, 11-20; PL 16, 1044-1046


El sol de justicia: la nueva ley en el templo

Una mujer culpable de adulterio fue conducida por los escribas y los fariseos ante el Señor Jesús. Ellos, como unos traidores, la acusaron de tal suerte que, si Jesús la absolvía, infringiría la ley, pero si la condenaba, parecería que negaba el motivo de su venida al mundo, el de perdonar el pecado de todos...
Mientras que ellos hablan, Jesús, con la cabeza agachada, escribe en el suelo con su dedo. Al darse cuenta de la expectación de ellos, Jesús levantó la cabeza y dice: “Aquel que entre vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra.” ¿Hay algo más divino que esta sentencia: que condene el pecado aquel que esté sin pecado? ¿Cómo se puede tolerar que un hombre condene el pecado de otro hombre, excusando su propio pecado? ¿No se condenaría él mismo con más severidad condenando en otro lo que él mismo comete?
Jesús hablaba así escribiendo en el suelo. ¿Por qué? Es como si dijera: “¿Por qué te fijas en la paja en el ojo de tu prójimo y no quitas la biga del tuyo? Jesús escribía en el suelo con el dedo con que había escrito la Ley (Ex 31,18) Los pecadores estarán inscritos en la tierra mientras que los justos están inscritos en el cielo, tal como Jesús dice a los discípulos: “Alegraos porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.” (Lc 10,20)
Al escuchar las palabras de Jesús, los fariseos se marchaban,” uno tras otro, empezando por los más viejos...” El evangelista tiene razón cuando dice que “salieron” porque no querían estar con Cristo. Aquello que está “fuera” del templo es la letra; lo que está dentro son los misterios. Aquello que los fariseos buscaban en las enseñanzas divinas eran las hojas y no el fruto del árbol. Vivían en la sombra de la ley y no eran capaces de ver el sol de justicia. (Ml 3,20) (EDD)

Reflexión sobre el cuadro

Los hombres que llevaron a la mujer a Jesús se centraron únicamente en sus defectos pasados, mientras permanecían ciegos ante su propio pasado. Jesús, en cambio, la vio bajo una luz totalmente distinta: contempló toda su vida, no sólo su pasado inmediato. Él siempre mira más allá. Él mira toda nuestra vida, desde el día en que nacimos, y tiene en cuenta todo lo que nos ha sucedido. El pasado inmediato es una cosa, pero la vida entera es otra muy distinta. Los hombres de nuestra lectura del Evangelio se fijaron en su pasado inmediato y no pudieron ver más allá. Además, Jesús también reconoció que ella tenía un futuro, un futuro que sus acusadores le habrían negado.

Cuando el Señor nos mira, ve el cuadro completo, no sólo defectos o errores aislados. No se detiene en algunos momentos oscuros, sino que abarca la totalidad de nuestro camino. El Señor entiende que nuestras vidas no se definen por un solo capítulo, sino que son una historia que se desarrolla, que aún se está escribiendo, llena de potencial para la redención y la renovación. Por eso es tan importante el sacramento de la Confesión, que nos pone de nuevo en camino.

Vasili Polenov (1844-1927) fue un pintor ruso asociado al movimiento Peredvizhniki (Vagabundos), conocido por sus paisajes y escenas histórico-religiosas. Maestro de la luz y la atmósfera, buscaba aportar realismo y profundidad emocional a su obra. Fue uno de los pintores románticos más destacados de Rusia. Sus viajes a Oriente Próximo influyeron enormemente en sus pinturas bíblicas, en particular en su célebre serie sobre la vida de Cristo, que incluye Cristo y la mujer tomada en adulterio que hoy nos ocupa. Su aproximación al arte religioso fue innovadora, representando escenas bíblicas con precisión histórica y un sentido de realismo cotidiano más que de gran teatralidad.

En nuestro cuadro vemos el dramático momento en que Jesús se enfrenta a los escribas y fariseos que han llevado ante él a una mujer acusada de adulterio. En el centro izquierdo de la escena está sentado Jesús, vestido con una sencilla túnica, tranquilo y sereno, irradiando un aire de sabiduría y serena autoridad. Su expresión, serena pero firme, refleja su divina justicia y compasión, mirando fijamente a la mujer, que parece mortificada por lo que está sucediendo. El escenario es un antiguo patio de Oriente Próximo recreado con autenticidad, reflejo de las profundas investigaciones de Polenov y de sus viajes a Tierra Santa.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Oración para conocer los propios pecados

Ilumíname, Señor, con tu luz
y disipa las tinieblas
que me envuelven.

Muéstrame los pecados
que hay en mi corazón
y así no te ofenderé más.

Como a la samaritana,
dime lo que he hecho,
para que me arrepienta
y puedas perdonarme.

Como a David,
envíame profetas
que me reprendan
y concédeme la humildad
que viene de la verdad.

Haz que vea la viga
que hay en mi ojo,
para que no juzgue la paja
en el de mi prójimo.

Abrázame con misericordia,
no sea que la vista de mis pecados
me lleve a la desesperanza.

Rompe las cadenas
de mis malos hábitos,
que me tienen prisionero
en Egipto, lejos de ti.

Dame el deseo
de no ofenderte nunca,
ni siquiera en lo más pequeño
ni siquiera por un instante.

Amén

(infocatolica.com)






















lunes, 18 de marzo de 2024

Evangelio del día

×Libro de Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62.

Había en Babilonia un hombre llamado Joaquín.
Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy bella y temerosa de Dios;
sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés.
Joaquín era muy rico, tenía un jardín contiguo a su casa, y los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de todos.
Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos, escogidos entre el pueblo, de aquellos de quienes dijo el Señor: «La iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y jueces que se hacían guías del pueblo.»
Venían éstos a menudo a casa de Joaquín, y todos los que tenían algún litigio se dirigían a ellos.
Cuando todo el mundo se había retirado ya, a mediodía, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido.
Los dos ancianos, que la veían entrar a pasear todos los días, empezaron a desearla.
Perdieron la cabeza dejando de mirar hacia el cielo y olvidando sus justos juicios.
Mientras estaban esperando la ocasión favorable, un día entró Susana en el jardín como los días precedentes, acompañada solamente de dos jóvenes doncellas, y como hacía calor quiso bañarse en el jardín.
No había allí nadie, excepto los dos ancianos que, escondidos, estaban al acecho.
Dijo ella a las doncellas: «Traedme aceite y perfume, y cerrad las puertas del jardín, para que pueda bañarme.»
En cuanto salieron las doncellas, los dos ancianos se levantaron, fueron corriendo donde ella,
y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros.
Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven y que por eso habías despachado a tus doncellas.»
Susana gimió: «¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros.
Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor.»
Y Susana se puso a gritar a grandes voces. Los dos ancianos gritaron también contra ella,
y uno de ellos corrió a abrir las puertas del jardín.
Al oír estos gritos en el jardín, los domésticos se precipitaron por la puerta lateral para ver qué ocurría,
y cuando los ancianos contaron su historia, los criados se sintieron muy confundidos, porque jamás se había dicho una cosa semejante de Susana.
A la mañana siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, su marido, llegaron allá los dos ancianos, llenos de pensamientos inicuos contra Susana para hacerla morir.
Y dijeron en presencia del pueblo: «Mandad a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín.» Mandaron a buscarla,
y ella compareció acompañada de sus padres, de sus hijos y de todos sus parientes.
Todos los suyos lloraban, y también todos los que la veían.
Los dos ancianos, levantándose en medio del pueblo, pusieron sus manos sobre su cabeza.
Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón tenía puesta su confianza en Dios.
Los ancianos dijeron: «Mientras nosotros nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos doncellas. Cerró las puertas y luego despachó a las doncellas.
Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver esta iniquidad, fuimos corriendo donde ellos.
Los sorprendimos juntos, pero a él no pudimos atraparle porque era más fuerte que nosotros, y abriendo la puerta se escapó.
Pero a ésta la agarramos y le preguntamos quién era aquel joven.
No quiso revelárnoslo. De todo esto nosotros somos testigos.» La asamblea les creyó como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y la condenaron a muerte.
Entonces Susana gritó fuertemente: «Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que suceda,
tú sabes que éstos han levantado contra mí falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí.»
El Señor escuchó su voz
y, cuando era llevada a la muerte, suscitó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel,
que se puso a gritar: «¡Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer!»
Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: «¿Qué significa eso que has dicho?»
El, de pie en medio de ellos, respondió: «¿Tan necios sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin evidencia a una hija de Israel?
¡Volved al tribunal, porque es falso el testimonio que éstos han levantado contra ella!»
Todo el pueblo se apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a Daniel: «Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, ya que Dios te ha dado la dignidad de la ancianidad.»
Daniel les dijo entonces: «Separadlos lejos el uno del otro, y yo les interrogaré.»
Una vez separados, Daniel llamó a uno de ellos y le dijo: «Envejecido en la iniquidad, ahora han llegado al colmo los delitos de tu vida pasada,
dictador de sentencias injustas, que condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, siendo así que el Señor dice: 'No matarás al inocente y al justo.'
Conque, si la viste, dinos bajo qué árbol los viste juntos.» Respondió él: «Bajo una acacia.»
«En verdad - dijo Daniel - contra tu propia cabeza has mentido, pues ya el ángel de Dios ha recibido de él la sentencia y viene a partirte por el medio.»
Retirado éste, mandó traer al otro y le dijo: «¡Raza de Canaán, que no de Judá; la hermosura te ha descarriado y el deseo ha pervertido tu corazón!
Así tratabais a las hijas de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros. Pero una hija de Judá no ha podido soportar vuestra iniquidad.
Ahora pues, dime: ¿Bajo qué árbol los sorprendiste juntos?» El respondió: «Bajo una encina.»
En verdad, dijo Daniel, tú también has mentido contra tu propia cabeza: ya está el ángel del Señor esperando, espada en mano, para partirte por el medio, a fin de acabar con vosotros.»
Entonces la asamblea entera clamó a grandes voces, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él.
Luego se levantaron contra los dos ancianos, a quienes, por su propia boca, había convencido Daniel de falso testimonio
y, para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron la misma pena que ellos habían querido infligir a su prójimo: les dieron muerte, y aquel día se salvó una sangre inocente.


Salmo 23(22),1-3a.3bc-4.5.6.

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo.


Evangelio según San Juan 8,1-11.

Jesús fue al monte de los Olivos.
Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos,
dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?".
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".
E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí,
e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?".
Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.


Bulle

San Juan Pablo II (1920-2005)
papa
Encíclica “Dives in misericordia”, §2 (trad. © copyright Librería Editrice Vaticana rev.)


“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”

“A Dios nadie lo ha visto”, escribe San Juan para dar mayor relieve a la verdad, según la cual “precisamente el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer” (Jn 1,18)... Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de la misericordia”, (2Co 1,3) nos permite “verlo” especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante su Espíritu, actúa en lo íntimo de los corazones humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios “Padre de la misericordia” constituye, en el contexto de las actuales amenazas contra el hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia.
En la presente Encíclica deseo acoger esta llamada; deseo recurrir al lenguaje eterno —y al mismo tiempo incomparable por su sencillez y profundidad— de la revelación y de la fe, para expresar precisamente con él una vez más, ante Dios y ante los hombres, las grandes preocupaciones de nuestro tiempo.
En efecto, la revelación y la fe nos enseñan no tanto a meditar en abstracto el misterio de Dios, como “Padre de la misericordia”, cuanto a recurrir a esta misma misericordia en el nombre de Cristo y en unión con El ¿No ha dicho quizá Cristo que nuestro Padre, que “ve en secreto”(Mt 6,4), espera, se diría que continuamente, que nosotros, recurriendo a El en toda necesidad, escrutemos cada vez más su misterio: el misterio del Padre y de su amor?
Deseo pues que estas consideraciones hagan más cercano a todos tal misterio y que sean al mismo tiempo una vibrante llamada de la Iglesia a la misericordia, de la que el hombre y el mundo contemporáneo tienen tanta necesidad. Y tienen necesidad, aunque con frecuencia no lo saben. (EDD)

Oración

(... perdónanos nuestras ofrensas...)J