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miércoles, 15 de julio de 2026

El Camino Sinodal Alemán

Protestantismo con sotana

Viñeta satírica ficticia, producida con inteligencia artifical

Viñeta satírica ficticia, producida con inteligencia artifical


    Después de meterme con el padre James Martin y con la comunión en la mano, me toca ahora hablar del Camino Sinodal alemán. 

    Que conste que no tengo ningún placer en escribir estas cosas. Pero alguien tiene que decirlas.

    La obsesión con lo gay

    Hay aproximadamente 1.400 millones de católicos en el mundo. De ellos, en torno a un 3 o 4 por ciento, en las estimaciones más generosas, tiene atracción homosexual. 

    De ese porcentaje, una fracción pequeña se identifica activamente como homosexual practicante y pretende que la Iglesia lo celebre. Y sin embargo, si uno lee los documentos del Camino Sinodal alemán, podría llegar a pensar que el tema más urgente para la Iglesia en este momento histórico, con todo lo que está pasando en el mundo, con la persecución de cristianos en decenas de países, con el colapso de la familia, con la crisis de vocaciones, con millones de bautizados que no saben ni qué es el Credo, es precisamente ese. La homosexualidad. La bendición de parejas. La "reevaluación magisterial" de lo que el Catecismo dice sobre el tema.

    Me alegro de que alguien se preocupe por acompañar a las personas con atracción al mismo sexo. Yo lo hago. Lo llevo haciendo años. Pero desde el Evangelio y e Magisterio, no desde las presiones de un lobby. Y lo que el Camino Sinodal alemán lleva años haciendo no tiene nada que ver con el acompañamiento pastoral. Tiene que ver con otra cosa. Vayamos a los hechos.

    Crónica de una muerte anunciada

    El Camino Sinodal arrancó en 2019 con una excusa noble: dar respuesta a la crisis de abusos. Perfectamente comprensible. Necesario, incluso. Pero en algún momento del proceso, alguien debió de pensar: ya que estamos, aprovechamos para reformar todo lo demás. Y lo demás resulta ser prácticamente la totalidad de la doctrina moral de la Iglesia.

    En la quinta asamblea plenaria, celebrada en Frankfurt en marzo de 2023, con más del 80% de los obispos alemanes votando a favor, el Camino Sinodal aprobó, entre otras cosas, la bendición de parejas homosexuales, presentada como extensión de la "revalorización de la homosexualidad como variante normal de la sexualidad humana". Esas son sus palabras, no las mías. 

    También aprobaron pedir a Roma la revisión de los números 2357-2359 del Catecismo, que son precisamente los que califican los actos homosexuales de intrínsecamente desordenados y llaman a la castidad a las personas con atracción al mismo sexo. Una extraña obsesión con lo gay, como ya hemos dicho, como si en la Iglesia no hubiera nada más. De lo que está lleno el corazón, habla la boca. 

    El diaconado y eventualmente el sacerdocio femenino. La abolición del celibato sacerdotal. Que los laicos puedan predicar en misa, bautizar y casar. La ordenación de personas homosexuales y transexuales.

    Todo esto aprobado en votación. Con obispos levantando la mano. En 2023. Con el Catecismo encima de la mesa. 

    Imagina por un momento que eres un catequista de un pueblo, que llevas veinte años intentando explicarle a los jóvenes de tu parroquia lo que dice la Iglesia sobre la sexualidad humana, y que un buen día abres el periódico y lees que más de 80 obispos alemanes han votado que eso que tú enseñas hay que cambiarlo. 

    Imagina lo que siente ese catequista. Imagina lo que siente el joven que a los dieciséis años luchó contra sus tendencias y decidió vivir en castidad porque creía que la Iglesia le decía la verdad. Eso es lo que produce la ambigüedad: no liberación, sino desorientación y abandono. Y me lo han dicho los jóvenes que acompaño. 

    Roma locuta, ¿causa finita?

    Pero hay algo que me resulta todavía más llamativo que las propuestas en sí, y es la actitud ante Roma cuando Roma dice que no.

    Porque Roma ha dicho que no. Varias veces. Con firmas de los más altos cargos de la Curia. La Congregación para la Doctrina de la Fe negó las bendiciones de parejas homosexuales en 2021. Los alemanes las celebraron de todas formas, ese mismo año y al siguiente. Roma dijo en enero de 2023 que el proyectado Consejo Sinodal no estaba previsto en el derecho canónico y que cualquier decisión en ese sentido sería inválida.

    Georg Bätzing, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, calificó las preocupaciones vaticanas de "infundadas" y anunció que seguirían adelante. 

    En febrero de 2024, una carta firmada conjuntamente por los cardenales Parolin, Fernández y el entonces cardenal Prevost, hoy León XIV, repitió que el Consejo Sinodal carecía de legitimidad canónica. Dos meses después, los obispos alemanes lo aprobaron igualmente

    El cardenal Fernández rechazó por escrito el vademécum de bendiciones en noviembre de 2024. En abril de 2025, la Conferencia Conjunta lo aprobó de todas formas.

    Es una danza curiosa. Los alemanes viajan a Roma, hablan con los cardenales, vuelven a casa diciendo que han tenido un diálogo "positivo y constructivo", y a continuación hacen exactamente lo que tenían previsto hacer antes de salir de Frankfurt. 

    Hay una palabra para esto, y no es "sinodalidad". Es desobediencia. Sistemática, calculada y, a estas alturas, bastante descarada. Y aquí hay que hablar de Fiducia Supplicans, porque sería deshonesto no hacerlo.

    Fiducia Supplicans

    En diciembre de 2023, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó esa declaración abriendo la posibilidad de bendiciones pastorales a parejas en situación irregular y a parejas del mismo sexo, precisando que esas bendiciones no suponían equiparación alguna con el matrimonio. El documento levantó un terremoto dentro de la Iglesia, y lo que ocurrió a continuación es bastante instructivo.

    El Camino Sinodal alemán, que llevaba años esperando exactamente algo así, se abalanzó sobre el documento y lo interpretó de la forma más expansiva posible. 

    Georg Bätzing fue de los primeros en expresar satisfacción. La diócesis de Espira, las de Limburgo, Osnabrück y Rottenburg-Stuttgart publicaron directrices para implementarlo lo antes posible. El resultado fue un vademécum alemán de bendiciones ritualizadas para parejas homosexuales que convertía la "bendición espontánea y no litúrgica" del documento en algo que se parecía bastante a una ceremonia formal, con formularios, estructuras y todo lo demás. 

    Y ya he contado lo que pasó: Roma lo rechazó por escrito; sin embargo, fue su propio documento el que motivó esto. En fin, el que lea, entienda. 

    Pero lo más llamativo de Fiducia Supplicans no es lo que hicieron con ella los alemanes. Lo más llamativo es lo que produjo en el resto del mundo. El continente entero de África dijo que no, en bloque, con una declaración del cardenal Ambongo. "Las bendiciones extralitúrgicas propuestas en la declaración no pueden llevarse a cabo en África sin exponerse a escándalos", escribieron. 

    Unas treinta conferencias episcopales del mundo se pronunciaron en contra de su aplicación. Las Iglesias orientales en comunión con Roma se desvincularon directamente del documento. 

    El cardenal Müller, emérito de la Doctrina de la Fe, lo criticó con frases que no dejaban mucho margen a la interpretación. El arzobispo de Oviedo lo calificó de "demagogia que retuerce la tradición cristiana y el Magisterio de la Iglesia".

    Un documento que divide así a la Iglesia universal tiene un problema. El problema no lo tienen los que lo rechazan.

    Lo que Fiducia Supplicans consiguió, en la práctica, fue dar a los alemanes algo con lo que trabajar y al mismo tiempo demostrar que la Iglesia de las periferias reales, la que crece, la que tiene mártires, la que bautiza adultos cada año, no iba a seguir esa dirección. 

    La paradoja es perfecta: los obispos del continente más pobre y más perseguido del mundo resultaron ser los más claros en la defensa de la doctrina, mientras que los del país con mayor presupuesto eclesiástico del mundo seguían buscando cómo forzar las cosas un poco más. No sé si eso dice algo sobre la relación entre la comodidad material y la claridad doctrinal, pero al menos hace pensar.

    La sangría alemana

    ¿Qué ha producido todo este proceso de apertura y renovación en la Iglesia alemana? La Iglesia alemana pierde entre 350.000 y 500.000 fieles al año. Hay diócesis enteras donde no se ordena ningún sacerdote. Una encuesta de 2023 revelaba que el 68% de los católicos alemanes no cree en la divinidad de Cristo, aunque muchos siguen pagando puntualmente el impuesto eclesiástico. Las vocaciones cayeron en picado durante estos años. 

    Francia, que no ha seguido ese camino, ve miles de bautismos de adultos cada año y un aumento de la asistencia a misa entre los jóvenes. Alemania, en cambio, sigue cerrando iglesias a razón de cientos por año.

    El Camino Sinodal se vendió como la solución a la crisis. No es cierto. Es parte del problema. Y encima muy caro: la Iglesia alemana es la mayor contribuyente financiera de la Santa Sede. Hay quien dice que esa circunstancia tiene algo que ver con la paciencia de Roma. Pero no debemos tener esa mirada tan demasiado humana...

    Para ser justos: hay obispos valientes dentro de Alemania que lo están pasando mal. 

    Solo tres votaron en contra de todos los textos en 2023: Voderholzer, Schwaderlapp y Wörner. A ellos se suman Woelki, Oster, Hanke y alguno más que han firmado cartas recordando que el Vaticano se ha opuesto claramente y que ellos no participarán en el Consejo Sinodal. 

    A esos obispos hay que agradecerles la valentía. Están siendo minoría incómoda en su propia conferencia episcopal, y eso tiene un coste que no quiero ni imaginar.

    Y hay que mencionar también que cuatro mujeres teólogas y filósofas que habían participado en el proceso lo abandonaron públicamente en 2023, denunciando que "ponía en duda doctrinas y creencias católicas centrales". Cuatro mujeres con más cabeza que muchos obispos que levantaron la mano.

    Al Santo Padre, León XIV

    • Santo Padre, con todo el respeto que le debo y con la franqueza que me exige mi ordenación: pienso que es hora de hablar claro sobre el Camino Sinodal alemán, con la misma claridad con que se ha hablado sobre las ordenaciones de la FSSPX. Porque si hay energía institucional para excomulgar a quienes ordenan obispos sin mandato pontificio, debería haberla también para decirle a una conferencia episcopal que lleva años desafiando el Magisterio, aprobando textos que piden cambiar el Catecismo y creando estructuras que Roma ha declarado canónicamente inválidas, que eso tiene un nombre y ese nombre no es "sinodalidad".
    • Esto lo digo con perplejidad genuina y con la preocupación de quien lleva años viendo cómo los fieles que quieren vivir su fe con coherencia no saben a qué atenerse. Cuando la Iglesia habla con ambigüedad, los más radicales de un lado y del otro se frotan las manos: los lefebvristas para decir que tenían razón en marcharse, y los progresistas para seguir empujando porque comprueban que la resistencia es blanda. Santo Padre, por favor, escúchenos. Necesitamos su caridad y su claridad. 

    La lógica de fondo

    El problema, en todo caso, no es solo alemán. Hay una lógica de fondo que dice: la Iglesia tiene que adaptarse a los tiempos, tiene que escuchar a la cultura, tiene que dejar de insistir en cosas que molestan a la gente. Aplicada consecuentemente, esa lógica lleva siempre al mismo sitio: a una Iglesia que ha perdido su esencia, que ya no tiene nada que decirle al mundo porque ha aprendido a decirle exactamente lo que quiere oír. Una Iglesia así no convierte a nadie. Se convierte en una ONG, y además cutre.

    He escrito en otro lugar que la Iglesia no posee la verdad, sino que la custodia. No es suya para cambiarla ni adaptarla. Se la entregaron, y tiene la obligación de transmitirla intacta. Los pastores no somos propietarios del depósito de la fe. 

    Somos guardianes. Y un guardián que empieza a vender el contenido del almacén porque le parece que ya nadie lo quiere está cometiendo una traición, aunque lo haga con una sonrisa y con buenas palabras sobre la misericordia. Bueno, es un mal ejemplo. El caso es que no somos los dueños. No es tan complicado de entender. 

    Mientras tanto, los evangélicos más radicales señalan a la Iglesia católica y dicen que es un desastre, que no se puede saber qué cree, que sus obispos contradicen su propio Catecismo. Y tienen razón en el diagnóstico, aunque se equivoquen en la conclusión. Porque la conclusión no es que la Iglesia católica sea falsa. La conclusión es que hay gente dentro de ella haciendo todo lo posible para que lo parezca.

    No conviene olvidar que la mayor parte de la Iglesia, de los curas y de los fieles somos normales. No damos qué hablar a los medios de comunicación, somos mayoría silenciosa. Pero eso no justifica que callemos ante estas barbaridades. Ya es suficiente.

     Jesús María Silva Castignani, ReL

    Vea también    El camino sinodal alemán en su fase final




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