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miércoles, 9 de octubre de 2019

Si eres creyente, este es el mejor servicio que puedes hacer

Y si lo haces desinteresadamente, el miedo a compartir se va,
y tú y el mundo se vuelven mejores

POMÓC DZIECKU NIE BYĆ SAMOTNYM

Con servir basta para tocar un día el cielo. Tengo que estar contento con hacer simplemente lo que tengo que hacer. Sin esperar la recompensa del aplauso y el premio. Sin pretender que detrás de mi entrega vengan frutos visibles.
Sólo tengo que ponerme a servir. Tan sencillo como eso. No pretender que me sirvan. Ponerme en manos de María sin esperar nada. Sin exigir nada.
¿Y cuál es el mejor servicio que yo puedo realizar? “Dirigir a toda realidad una mirada de esperanza es el mejor servicio que los creyentes podemos aportar al mundo de hoy“.
Mi mundo necesita esperanza. Necesita creer en medio de las dudas y las desconfianzas. Mi servicio es traer esperanza a un mundo que tiene miedo y sufre.
Ser luz en medio de la noche. Aire fresco en el calor sofocante. Me gusta ver así mi servicio. Un servicio oculto, en lo pequeño.
Y luego, al final del día, agradecer a Dios porque he podido estar a su servicio sin quejas, sin dejar de luchar un instante. Esa actitud es la que quiero tener cada mañana. La actitud del que sabe que todo lo que hace es por amor.
El servicio es amor. El servicio al que menos tiene, al que más sufre. Esa forma de vivir la vida es la que yo quiero vivir. Un servicio oculto, que no busca el aplauso ni el reconocimiento.
Me gusta vivir así. Sin pretender nada. Servir cada día buscando el lugar sencillo donde Dios me quiere. Hacer todo lo que Dios me mande. Sin buscar nada más. Sólo entregar mi vida con sencillez, con alegría.
El mayor servicio es el que se hace con una sonrisa, con un corazón lleno de esperanza y alegría. Pero me cuesta dar sin esperar. ¿Quién es capaz de no esperar nunca nada? ¿Cómo sé hasta cuánto puedo esperar?
He aprendido que es más bello y gratificante dar que recibir. Enriquece, me hace más hondo. Ensancha el alma. Me vuelvo mejor persona cuando vivo pensando en dar. Sin buscar mi propio bienestar. Sin pretender estar yo bien.
Es un misterio. Doy y recibo más a cambio de mi entrega. Pero a veces veo que doy mientras espero recibir algo a cambio. Tal vez no sea conscientemente. Pero en mi corazón anida esa esperanza.
No lo quiero hoy, de forma inmediata. Pero a lo mejor sí mañana. O en algún otro momento. Ayudo por si algún día necesito yo ayuda. Doy por si algún día puedo recibir.
Dar sin esperar nada a cambio es una gracia, un don de Dios. Esa actitud me lleva a perder el miedo de compartir. Doy mi vida, regalo una palabra, una sonrisa, un gesto. Soy creativo con mis detalles.
Pienso en lo que los demás necesitan. Me pongo en su lugar y los sirvo. Para que saquen de su corazón la mejor versión de sí mismos. Es mi mejor manera de servir.
Sirvo desde la verdad de cada uno. No impongo mi forma de ver la vida. Simplemente doy para que otros tengan. Con sencillez. Sin más pretensiones.
Mi problema es cuando me dedico a servir mis propios intereses. Lo que yo deseo, lo que me hace falta. No pienso en los demás, en los débiles, en los que no tienen. Pienso sólo en mí, en lo que a mí me hace falta. Esa actitud es la que mata mi servicio. Mata mi alma y me cierra en mi carne egoísta.
Abrir la mirada al prójimo, al que no conozco, al que me necesita, es la actitud que me salva. 
Carlos Padilla Esteban, Aleteia

miércoles, 25 de mayo de 2016

Lo que necesitas escuchar, y no siempre te dicen




“El mundo se mueve por amor. Se arrodilla ante él con reverencia”.

No es una frase mía, es de la película “El bosque”. Y me parece fantástica.

Creo firmemente que estamos necesitados de palabras y gestos de amor desinteresado. Es una de las hambrunas de nuestro mundo; una hambruna que, de forma más lenta  y silenciosa, también mata.

Desde el amanecer hasta la noche somos exigidos. En casa, en el trabajo o incluso entre amigos. En el ámbito público, y también en el privado. Siempre salen a relucir nuestras carencias, nuestros errores, los reproches. Todo aquello bien hecho era nuestra obligación, inmerecedora de reconocimiento; sin embargo, en cuanto no lleguemos a algo, se levantarán voces reclamando nuestra falta. “Siempre negativo, nunca positivo”, que diría Van Gaal.

Es una vorágine atroz que nos destruye; entre jefes, empleados, esposos, padres e hijos, amigos… ninguno podemos dar la talla. Se puede tener la ilusión de darla, pero es vana ilusión, que antes o después, cae.

Es por ello impresionante el poder que tienen las palabras de aliento y de amor, que nunca están de más, que nunca sobran. Reconocer el esfuerzo de cada día, la labor hecha, y ser agradecido; por aquellos con quienes compartes tus días, por su trabajo, por su dedicación. Hacer sentir especiales a aquellos que nos rodean; importantes para nosotros. Es algo que no tiene precio, que derriba todo muro por alto que se nos antoje.

Y en la familia más que en ningún sitio. No vale dar los sentimientos por supuestos. Un día sin un te quiero es un día perdido. De los te quiero se alimentan esposos e hijos. Nunca son demasiados, nunca son inoportunos. Nada sana más. Nada fortalece más. Nada da más seguridad a nuestros pequeños. Nada sostiene más a los esposos.

Y también entre los amigos, y entre los hermanos de fe. Qué importante hacerlos sentir queridos, tal como son, sin tallas, sin fachadas, sin exigencias. Sí, llamando a la verdad, pero amando a la vez, recordando siempre cuán únicos son, y qué bendición es compartir la vida con ellos, más aún cuando es una vida de fe.

No creo que sea algo ñoño, ni utópico. Creo que es posible. Empezando por cambiar nuestro “refunfuñamiento” constante, desde que suena el despertador hasta que nos acostamos (más tarde de lo que queríamos, una vez más), por bendiciones a Dios. Viendo nuestra historia, y pudiendo decir “Señor, está bien hecha como está”. O como decía el santo: “amar lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace”. Cuando estamos reconciliados con nosotros mismos y nuestra vida, es más fácil librarse de “la mirada sucia”, aquella de la que tanto se quejaba Resines en “Los Serrano”, y ver a los demás con ojos de misericordia, como nos invita la Iglesia en este año.



Y es que por esto clama este mundo nuestro. Mientras nuestras comunidades no sean espacios donde todo el que llegue se sienta especial, acogido, querido, consolado… mientras no cuidemos unos de la vida de los otros, porque nos importan, porque los queremos… la nueva Evangelización será un esfuerzo baldío.

Ojalá nuestros días se llenen de palabras dignas de ser las últimas que hayamos pronunciado. Nuestro mundo las necesita. Cada uno de nosotros precisamos de ellas.