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viernes, 4 de octubre de 2024

¿Qué hacer si tu hijo tiene miedo y cómo ayudarlo?

 

Es normal que tu hijo pequeño tenga algún miedo, dependiendo su edad. Te mostramos cuáles son los más comunes y qué hacer para ayudarlos a enfrentarlos con calma

Algunos especialistas señalan que hay miedos que son normales de acuerdo a la etapa de desarrollo de los niños, por lo que es importante acompañar en cada etapa a tu hijo y ayudarlo a entender de dónde proviene cada miedo. 

Karen Hutch, Aleteia

Vea también      El temor de Dios es necesario

















lunes, 23 de enero de 2023

Cómo ser feliz teniendo tanto miedo

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Quién pudiera alzarse sobre las nubes que cubren el sol, y descubrir allí en las estrellas el sentido más verdadero para seguir luchando, la luz, esa que algunas personas emanan con su presencia...


La iluminadora respuesta de la Biblia, de Jesús, expuesta con realismo y belleza por el padre Carlos Padilla

Los miedos me paralizan. La oscuridad no me deja caminar seguro. Me escondo detrás de esa puerta que oculta el futuro. Quiero volver atrás, a los días de niño cuando el miedo no era poderoso, o yo quizás era más valiente.

Quiero sentir la mano de mi padre, su presencia, el olor de su colonia, la seguridad de sus pasos, su voz que tranquilizaba todas mis inquietudes.

Quisiera volver a ser ese niño que sólo al ver a sus padres sentía que los miedos desaparecían como por arte de magia.

Ha pasado el tiempo, ha crecido el bosque de los miedos

, ahora son más reales, o más violentos.

Ahora tienen más fuerza y no son solo sombras que se lleva el alba. Son una oscuridad que crece como una plaga en los lugares más recónditos de mi ser.

Allí donde no me confieso a mí mismo que no voy a poder lograr todo lo que me proponga. Allí donde no acabo de perdonarme todos mis pecados. Como si sólo bastara con quererlo para que se hiciera realidad ante mí todo lo soñado.

La luz

Por eso vivo buscando esa luz que me deje ver la senda por la que debo caminar. La Biblia tiene una propuesta:

«El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?
Una cosa pido al Señor, eso buscaré.
Habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.
Espero gozar de la dicha del Señor en
el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor».

Quiero esperar en el Señor para no temblar, pero no siempre lo espero.

Confío en ese Jesús que me mira y me dice que cree en mí, pero se me olvida.

Creo en ese Jesús que sabe que valgo y soy bueno, conoce mi nombre y el color de mis entrañas. Me ha visto subir a las más altas cumbres y descender a los más profundos infiernos.

Lo conozco a Él pero me olvido. Como si las cosas del mundo tuvieran más fuerza y me atrajeran lejos de Él.

Y me pregunto ante la tempestad:

¿Quién logrará quitarme los miedos realmente?

Miro al cielo y todo es oscuro. Y su rostro, el de Jesús, se esconde, o no me basta con mirarlo para confiar.

Destellos de esperanza

Pienso en esa persona que me abraza y me dice que todo va a salir bien después de todas las luchas.

Creo en aquel que me quiere haga lo que haga, fracase o triunfe, porque su amor es una roca inamovible, una roca que me sostiene y salva.

Creo en esa persona que no cambia de parecer de un día para otro, es estable, firme, sólida. Es siempre fiel a sí misma y no me deja solo pase lo que pase.

Creo en esa persona que me hace creer que todo va a ir bien aunque esté siendo derrotado y no parezca haber una salida.

Quiero creer esas palabras que guardo de mi padre como un tesoro. No temas, hijo, todo va a resultar bien.

Amenazas que pesan

¿Para qué vivo inquieto lleno de miedos? No importa mucho porque al final siempre va a estar Dios esperándome.

Los miedos me quitan la alegría y la felicidad. Me turban en medio de mi camino. Es imposible ser feliz teniendo miedo. Me pesa el miedo como una losa.

¿Y si al final todo sale mal? ¿Y si me enfermo y muero? ¿Y si aquellos a los que más amo se enferman y mueren?

¿Y si todos descubren mis pecados y me tratan de acuerdo con mi debilidad? ¿Y si el mundo me juzga y decide que merezco la condena?

¿Y si todos se olvidan de mí y mi nombre queda oculto tras las hojas caídas del otoño? ¿Y si nada de lo que he emprendido llega a buen fin?

Las amenazas se ciernen siempre sobre mí, una tras otra. Y no tengo cómo vencer todos los males posibles de este mundo en continuo cambio.

Mis presentimientos me llenan de inquietud. No voy a poder vencer el mal, superar las pruebas, lograr lo inalcanzable.

El miedo a perder, a fracasar, a quedarme solo es más fuerte que los deseos que tengo de vivir en paz, en casa, amado y calmado.

Ese miedo profundo que no controlo va a menudo acompañado de una profunda tristeza que todo lo enturbia.

Como si mi piel se tiñera de un color gris, turbio. Y no lograra sonreír por cualquier motivo, que es lo que yo quiero.

Porque lo que de verdad deseo es ser feliz, ser libre de todos los miedos que me atan.

Me asusta la oscuridad cuando no logro ver el camino a seguir entre tantos bosques.

Me gustaría alzarme sobre las nubes que cubren mi sol. Y descubrir allí en las estrellas el sentido más verdadero para seguir luchando. La luz, esa que algunas personas emanan con su presencia. Esas almas puras, llenas de esperanza, que irradian una luz que no les pertenece.

A su lado siento la paz que a mí me falta y se levantan vientos que arrastran las oscuridades muy lejos de mí.

Me gustaría ser yo una luz en medio de la noche. Un pozo de luz para los que están perdidos. Pero para eso tengo que dejar que Jesús entre en mi interior y me ilumine.

Tengo que permitir que irradie todo su poder. Tengo que obedecer a su llamada, dejarlo todo y seguir sus pasos. Y ponerme en camino dejando a un lado todos mis temores.

Jesús pide: «Confía»

Busco la luz en mi vida, todo lo que sucede en la noche enturbia mi conciencia. Es oscuro lo que no está lleno de su presencia.

Quiero la claridad para saber qué pasos dar, qué palabras decir. Jesús a mi lado me llena de esperanza y dejo a un lado los miedos.

Si Él me llama todo cobra un sentido. Como la primera vez cuando pronunció mi nombre y lo dejé todo para caminar a su lado.

Y supe entonces que vendrían sombras y noches. Y perdería el calor de su mano, la fuerza de su palabra.

No quiero olvidarme de su llamada. Una y otra vez vuelve hasta mí para pedirme que confíe, que recuerde el primer abrazo, que no desespere y siga creyendo aunque todo a mi alrededor parezca perdido. Su fuerza, su fe y su luz les dan sentido a todos mis pasos.

Carlos Padilla Esteban, Aleteia 

Vea  también      La castidad: una palabra que da miedo




















jueves, 10 de noviembre de 2022

¿Le temes a la muerte? Un sacerdote te dice estas 5 cosas

muerte

Créditos: pxhere.com.

¿Cómo se aprende a morir? ¿Cómo no temer el Juicio de Dios? ¡Estos son cinco pensamientos del sacerdote italiano Fabio Rosini para no temer a la muerte!

1. “¿Cómo se aprende a morir? Morir un poco cada día”

“Resulta que uno no muere muriendo, no es muriendo que uno muere. Cuando uno se pasa la vida tratando de no morir entonces la vida la desperdicia, la desperdicia, la tira. Si por el contrario logras perder un poco la vida… Alguien dijo: “El que pierda su vida la encontrará, el que defienda su vida la perderá”… (…). Será cuestión de aprovechar la próxima oportunidad posible: por los defectos de las personas que nos rodean, por las cosas que nos pasan, por los límites personales”.

2. ” ¿Realmente hice feliz a alguien?”

“Cuando muramos todos nos preguntaremos lo mismo: ¿hay alguien que sea feliz por mí? ¿Realmente amaba a alguien? ¿Le serví a alguien? Creo que sería lindo que en nuestro funeral hubiera tanta gente llorando porque nos extrañan, significa que hemos hecho algo bueno por ellos”.

3. “¿Di mi vida por alguien?”

“Esta es la última pregunta, la que me haré antes de morir: ¿di mi vida por alguien? ¿Le di a alguien verdadera felicidad? Eso me clavará, me dirá la verdad de mi existencia. Al ver llegar mi último día me preguntaré si he hecho algo bueno por alguien. Habré vivido de verdad si puedo responder que sí”.

4. “‘Él vendrá y juzgará a los vivos y a los muertos’: seguro, pero el juez es tu hermano Jesucristo”

“Pero si tu juez es el Señor, ¿pero sabes que no te importa? ¿Pero eres tú a quien le importa? (…) Fin de toda esclavitud. (…) Quédate con Cristo, déjate juzgar hoy. (…) ¿Pero cómo crees que te mira Jesucristo? No como te miras, eres todo muy malo contigo mismo (…) feroz, nunca te das una segunda oportunidad. (…) ¿Sabes cuál es el punto? Que nuestro juez sea uno de la familia, es mi hermano, ya está”.

5. Enseñamos a nuestros Hijos que morir será pasar al Cielo

“Piensa que engendras hijos y los crías como hombres y mujeres del cielo, enséñales a creer en el Bien, a sentirse siempre amados, a creer en la misericordia, a tener un corazón que late con misericordia. ¡Prepárate! (…) Hay que criar niños así, niños llenos de luz. Que se conviertan en niños con corazones convencidos de amor, personas que piensen que la vida es bella y que morir será ir al Cielo”.

(ChurchPOP)

 Vea también     El cristiano y la muerte



















domingo, 10 de abril de 2022

Miedo, inseguridad… ¿Cómo mantener los pies en el suelo en estos momentos?

Strach


A la vista de lo que pasa en el mundo, podemos sentirnos como niños que se meten en el mar un día de viento y las olas los arrollan. Podemos sentirnos abrumados por la impotencia, el miedo por nuestra propia vida y la de nuestros seres queridos, un sentimiento de culpa e ira. Pero ahogarnos en estos sentimientos solo empeoraría la situación.

No nos resulta posible seguir el minuto a minuto de la situación bélica en Ucrania (a menos que seas el jefe de estado o un general de uno de los ejércitos combatientes). Pero es posible que nos afecten las emociones de las personas que tienen una imagen catastrófica o paranoica de la realidad; y que tengamos reacciones de estrés, habiendo perdido la claridad de pensamiento.

La parte tranquila y amorosa de ti te salvará

Nos mantendremos serenos primero por nosotros mismos. Hoy, más que nunca, necesitamos nutrir dentro de nosotros esa parte adulta de nosotros mismos que ve lo que está pasando en nosotros y sabe cómo cuidarnos. Es la parte que es realista, amable, compasiva, eficiente. 

Como una madre buena, ingeniosa, amorosa y cálida que puede preparar un chocolate caliente y cantar una canción llena de esperanza incluso en un refugio bajo las bombas.

Cada uno de nosotros tiene esa parte, pese a que desde fuera pesan los mensajes que nos asustan, nos juzgan, nos derriban. En una situación en la que sentimos una amenaza, también puede darse el caso de que la voz más fuerte en nosotros sea la de un niño que se siente solo, abandonado, indefenso y sin ayuda (sobre todo cuando en nuestra historia sucedieron tales experiencias en las primeras etapas de la vida). 

Necesita aún más la claridad, el apoyo y la fuerza de un guardián interno adulto que se agachará a su lado, tomará su mano y le dirá: “¡Oye, estás muy asustado, lo sé! Nos encargaremos de ti, yo te cuidaré».

Pasando a la observación

Obtenemos acceso a esta parte solidaria de nosotros mismoscuando hacemos una pausa y prestamos atención a lo que sucede dentro de nosotros. Pasamos a la observación. Estamos empezando a ver lo que está pasando con nosotros. Esta parte de nosotros que nos observa advierte: «El pánico me está inundando», «Siento una gran conmoción». Y lo nota con compasión y aceptación: “Sí, es muy difícil”.

¿Lo que es bueno para ti?

También ayuda notar lo que le está pasando a nuestro cuerpo. Tal vez nuestro estómago está apretado. Tal vez los músculos estén tan tensos que nos resulte difícil respirar. 

Reconectarnos con nuestro propio cuerpo es muy importante, porque cuando estamos bajo estrés, podemos desconectarnos reflexivamente (no sentir frío o estar alterados por una enfermedad, sino pasar el día sintiéndonos ocupados o aturdidos). 

Restauramos el suelo bajo nuestros pies cuando cuidamos la fisiología (comer, beber, dormir), el confort térmico, la apariencia (¡sí! Ahora es importante sentirse bien con uno mismo y verse bien, porque nos dará valor a nosotros y a los demás).

Esta parte bondadosa de nosotros sabe lo que es bueno para uno mismo. Cuántos mensajes somos capaces de ver, para luego poder lidiar con la vida o el sueño. Qué llamada telefónica debe terminarse rápido, porque el contacto nos hace sentir peor y no mejor.

Cuando estamos con nosotros (y el guardián en nosotros sostiene de la mano al niño tiernamente asustado), podemos comenzar a restaurar el camino a la libertad. 

Podemos hacerlo a través del contacto con personas que estén bien adaptadas, que no pierdan la esperanza; que actúen con prudencia y que puedan bromear (el humor alivia la tensión). 

La capacidad de actuar vuelve a nosotros al ayudar a los necesitados, porque entonces comenzamos a ver que no somos indefensos; que podemos hacer algo (con toda la humildad y el realismo en la evaluación de nuestras propias capacidades). Y finalmente recuperamos la calma haciendo lo que podemos por nuestra parte (familia, trabajo, hogar).

Aquí y ahora

Es importante que sepamos que, por mucho que pensemos en la catástrofe, no la detendremos si llegara a ocurrir. Y que cada rayo de esperanza, fuerza, amor y decisión libre nos está empujando hacia adelante y ayudándonos a superarla. 

Por lo tanto, tiene mucho sentido hacer el aquí y el ahora, marcarse objetivos y tareas realistas; estar cerca y recargar la batería mientras hacemos lo que nos gusta. Nuestro sistema nervioso necesita urgentemente estas pausas y reinicios, y eso es antes de que se nos agoten las baterías.

Como creyentes, siempre podemos estar respaldados por la conciencia de que Dios siempre estará con nosotros y con todas las víctimas de esta guerra. Amoroso, fiel, compasivo, curativo de heridas. Aquí y del otro lado.

Vea también     No tengas miedo - Orar con los Misioneros del Sagrado Corazón

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Małgorzata Rybak, Aleteia





sábado, 7 de agosto de 2021

6 santos que vivieron con miedo, y sirvieron a Dios igualmente


SAINTS


A veces la fe no siempre se lleva el miedo; nos da la gracia para vivir en medio de él

Con el coronavirus expandiéndose, escuelas y negocios cerrando, y diócesis cancelando misas públicas, hay un espíritu de miedo acechando al mundo.

A los cristianos se les dice que no teman, incluso se les prohíbe estar ansiosos (Filipenses 4,6), pero también vemos a Jesús asustado mientras reza en el huerto antes de su pasión.

Muchos de nosotros hemos experimentado una disminución de ansiedad, miedo y preocupación en cuanto hemos empezado a confiar más en el Señor.

Pero aun así seguimos estando asustados, especialmente ahora que estamos delante de una pandemia global.

Cuando sabemos que debemos confiar en Dios, el miedo parece infidelidad, y eso solo lo empeora.

Pero no estamos solos en lo de encontramos asustados. Antes que reprimir nuestro miedo o permitirle que nos consuma, vamos a ver algunas de las vidas de santos que recurrieron a Dios en sus momentos de terror y encontraron esperanza, incluso si no tenían menos miedo.

6 santos que vivieron con miedo [Galería]

San Agustín de Canterbury (604)

Fue enviado por San Gregorio el grande a predicar por Inglaterra. Pero mientras la compañía viajaba hacia el norte, se les obsequió con historias sobre las formas salvajes de los paganos ingleses y los peligros de cruzar el Canal de la Mancha. Los hombres estaban tan aterrorizados que Agustín dio instrucciones a los otros de quedarse en Francia mientras el volvía a Roma a consultar al Papa. Presumiblemente, Agustín esperaba que Gregorio cancelara la misión; en vez de eso animó a Agustín, quien volvió con sus hombres, finalizó su viaje a Inglaterra, y experimentó un éxito tan grande que es conocido como “el apóstol de los ingleses”.

Sebastián Valfrè (1629-1710)



Parecía seguro y agradable, pero sus escritos cuentan otra historia: estaba aterrorizado. Estaba asustado de que no fuera válido para ser un cura predicador, y por culpa de eso empezó a estar asustado de Dios. Aun así seguía rezando, aunque a veces era angustioso. Celebraba misas, oía confesiones, predicaba el evangelio, todo mientras luchaba con la ansiedad. Y eso es lo que le puso en el camino de la santidad. En muchas formas, Valfrè fue un cura extraordinario. Pero ser un sacerdote corriente en medio de la duda, la angustia y el terror (lo que parece probable que haya sido un trastorno de ansiedad) es casi un milagro.

Francis Libermann (1804-1852)

Había sido siempre sensible, fácilmente asustadizo. Aunque encontró una gran paz y alegría al convertirse al catolicismo desde el judaísmo, eso no significó la ausencia de miedo y ansiedad. Libermann estaba preocupado por haber decepcionado a su padre, por el antisemitismo que vivió, por la epilepsia que le obligó a abandonar sus sueños de sacerdocio y por la terrible responsabilidad de ser director espiritual. Estaba tan preocupado que durante un tiempo tenía miedo de cruzar puentes porqué temía tirarse por ellos. Libermann fue ordenado finalmente y se convirtió en el fundador de una orden misionera; aunque seguía luchando contra el miedo, al final dejó de ser dominado por su ansiedad.

María Yi Seong-Rye (1801-1840)

Estaba casada con San Francis Choe Kyong-Hwan. Pero cuando los dos fueron arrestados por ser cristianos, el menor de María estaba con ella en la cárcel, muriendo de hambre mientras a ella se le secaba la leche. Así que la mujer, que no habría negado a su Señor para salvar su propia vida, apostató para salvar a su hijo. Fue liberada, su fe no cambió pero su corazón se rompió debido a su apostasía. Pronto María fue arrestada de nuevo. Esta vez confió a su hijo a personas que cuidarían de él. Sabiendo que estaría seguro, pudo soportar la tortura física; Por muy grave que fuera, nunca podría compararse con el miedo angustioso de una madre por la seguridad de sus hijos.

Santa Francisca Javiera Cabrini (1850-1917)



Cayó a un arroyo cuando tenía siete años y casi se ahoga. Este accidente la dejó con un miedo al agua de por vida. Así que cuando se acercó al Papa para preguntarle por su aprobación por una nueva orden religiosa misionera en China, esperaba viajar por tierra. En vez de eso, el Papa la envió a los Estados Unidos. Pero Cabrini no estaba dispuesta a dejar que sus miedos se interpusieran en el camino de la salvación de las almas, por lo que subió a bordo de un barco, el primero de más de una docena de transatlánticos a los que subiría en su camino hacia convertirse en la primera santa americana.

San Oscar Romero (1917-1980)



No siempre fue el arzobispo valiente dispuesto a dar su vida. Por naturaleza Romero era tímido y callado. El gobierno opresor de El Salvador lo quería como arzobispo por una sola razón: estaban seguros de que sería fácil de controlar. Pero Romero vio el sufrimiento de su gente y empezó a ser más regido por el amor que por el miedo. Finalmente, el amor por su gente le llevó a vivir valientemente, luchando por ellos a cualquier precio. Aunque sus diarios revelan que Romero seguía siendo luchando (muchas veces preocupado de que su programa de radio saliera mal), dejó de vivir en el miedo y ganó la corona del martirio.

Meg Hunter-Kilmer, Aleteia

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