
En su primer Miércoles de Ceniza como Papa, León XIV recordó, con palabras y con el ejemplo, lo importante que es vivir la Cuaresma con alegría
"Al comienzo de cada tiempo litúrgico, redescubrimos con una alegría siempre renovada la gracia de ser la Iglesia", declaró León XIV durante su homilía en la Misa de Cenizas. Por primera vez en su pontificado, el Papa estadounidense inauguró este miércoles 18 de febrero el tiempo de Cuaresma, un periodo de cuarenta días de penitencia, oración y desprendimiento material para todos los cristianos, en espera de la gran fiesta de Pascua.
En este miércoles tan especial, en el que la Iglesia anima a los fieles a ayunar, León XIV tuvo la oportunidad de recordar que la Cuaresma no es por ello un tiempo triste. Por la mañana, presidió la audiencia general en la plaza de San Pedro, durante la cual se le vio recorrer la multitud en su papamóvil, lleno de alegría, cogiendo las banderas que le tendían, conversando con los fieles y bendiciendo a los bebés.
Sin embargo, por la tarde se le veía más serio durante la procesión del Miércoles de Ceniza en la colina del Aventino, impregnándose de la solemnidad de esta tradición que quiere que el papa camine como peregrino entre dos basílicas —San Anselmo y Santa Sabina— al son de la letanía de los santos antes de celebrar la misa de Ceniza. Y el tono fue igualmente grave en su homilía cuando, citando a su predecesor Pablo VI, lamentó que nuestras sociedades parezcan proclamar a veces "la vanidad ineludible de todas las cosas, la inmensa tristeza de la vida, la metafísica de lo absurdo y de la nada".
Sin embargo, ante el "peso de un mundo en llamas" en el que todo parece consumirse inexorablemente hacia la destrucción y la muerte, León XIV insistió en que la Cuaresma "nos enseña más bien a ver lo que nace, lo que crece". Además, explicó que ese es el "secreto" del ayuno, la oración y la limosna que se pide a los cristianos durante este tiempo: son ayudas para establecer una "profunda armonía" con Dios. Y concluyó: "Es hacia Él hacia quien reorientamos, con sobriedad y alegría, todo nuestro ser, todo nuestro corazón".

Este contraste también quedó perfectamente reflejado en la pesadez de la penumbra que reinaba en la basílica de Santa Sabina, envuelta en el humo del incienso, este miércoles, mientras unos rayos de luz iluminaban, al fondo del ábside, el rostro sereno de León XIV.
I.Media, Aleteia
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