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miércoles, 2 de julio de 2025

Una actriz se sube a un altar y realiza graves ofensas: una campaña de firmas denuncia los hechos

 

La actriz Ane Miren Hernández.FacebookTwitterWhatsappelegramCopiar enlace

La actriz Ane Miren Hernández, conocida como Ane Lindane, se subió esta semana al altar mayor de una iglesia, simuló que se masturbaba con un crucifijo y difundió los vídeos en sus redes sociales

El portal Peticiones Católicas acaba de iniciar una campaña de recogida de firmas para mostrar la indignación con este tipo de ataques gratuitos contra los cristianos

Puedes firmar en este enlace.

Los hechos tuvieron lugar en la localidad francesa de Arbérats-Sillègue, en la región de Amikuze, Baja Navarra, cerca de la frontera con España, en una actuación en el marco del festival Euskal Herria Zuzenean (EHZ).

Presumiblemente, la actriz fue a hacerlo a Francia porque es de los pocos países europeos donde este delito no está recogido en su código penal. Algo que muy pronto podría ocurrir también en España, si se despenaliza el delito contra los sentimientos religiosos. 

La propia actriz publicó el vídeo en sus redes sociales, explicando que era un "monólogo" hecho en "una iglesia sin desacralizar". "Mancillamos, blasfemamos y denunciamos los abusos sexuales de la iglesia", decía Hernández.

"¿Hasta cuándo vamos a permitir que se cometan este tipo de barbaridades contra la fe de los cristianos? ¿alguien nos va a defender por una vez en la vida? ¿Cometerían este tipo de actos si las víctimas no fueran los católicos? Di ¡basta ya! y muestra tu indignación hacia estas blasfemias tan horribles", comentan desde Peticiones Católicas. 

Si te parece algo indignante puedes firmar en este enlace.

Vea también   Diez Palabras de Vida





























domingo, 31 de marzo de 2019

Aprender a discutir en pareja


pareja discutiendo


Muchas veces tenemos poco dominio en lo que decimos, por el escaso esfuerzo que hemos empleado en manifestar lo que conviene o por callar lo que no conviene.
Éste es uno de los motivos que han hecho romper a muchas parejas: hablar
única y exclusivamente guiados por los sentimientos en
momentos emocionalmente negativos, con una gran incontinencia
verbal.
Parece que si no lo decimos las cosas no quedaran claras.
Y con las ideas cargadas, parece que eso que en ese momento estoy viendo con una claridad grande es la verdad más pura. Lo veo clarísimo. Y lo decimos y en el momento de decirlo nos damos cuenta que no deberíamos haberlo dicho. Ha sido peor que si me hubiera callado. Pero ya está dicho.
Cuando veamos que tenemos que decir algo de una manera clara, rotunda, tenemos que tener la fuerza de voluntad de callarnos. Es difícil, pero se puede.
Esa idea no se va a la cabeza, se va directamente al corazón, como un sentimiento negativo que es difícil de quitar. No es una cuestión de inteligencia,son sentimientos.
Ya se que lo que decía no se lo cree, ni lo piensa, pero lo ha dicho. 
Hay está el problema en quitar ese LO HA DICHO del corazón.
Y es que, aunque luego nos arrepintamos, lo que hemos dicho está hiriendo al otro machaconamente. Le resulta muy difícil quitárselo de la cabeza, dejar de darle importancia.
En las discusiones de pareja hay que saber hacerlo con el freno de mano echado, no diciendo todo lo que nos viene a la cabeza,. Tiene uno que saber que está discutiendo con una persona con la que luego se tiene que reconciliar.
En muchas ocasiones, las personas queremos perdonar.
Siempre podemos, pero se nos hace mucho más difícil por lo
que nos han dicho, por la forma, por las expresiones utilizadas,
y eso queda en la cabeza y vuelve como un pensamiento obsesivo
que nos sume en un estado de tristeza y a veces de impotencia.
En estas situaciones, al hablar con los dos miembros de la
pareja, ellos afirman desesperanzados que se podrían perdonar,
pero que no van a ser las cosas como antes, que es imposible,
porque «…¡Con lo que nos hemos dicho! ¿Cómo voy a
olvidarlo?».
Probablemente con el tiempo se olvide o, al menos, se apacigüe
la carga emocional, pero… ¡qué bien estaríamos si no
nos hubiéramos dicho lo que nos hemos dicho!






















miércoles, 17 de octubre de 2018

Perdona, incluso si no olvidas

Creo que el perdón es una de las cosas más fascinantes que los seres humanos somos capaces de hacer

2 WOMAN HUGGING
El acto de perdonar a alguien revela mucho sobre lo que es el perdón en sí mismo. Cuando perdonamos decimos: “te perdono”, no decimos, “te perdoné”. ¿Por qué?
Si le compras flores a alguien, le dices: “te compré flores”, no “te compro flores”. Eso se debe a que fue un acto en el pasado, ya sucedió. Pero no es así con el perdón.
El perdón es mucho más complejo que una declaración de una sola vez.
Es claro que hay algunas cosas que no es necesario perdonar sino disculpar. Cosas pequeñas: discusiones, molestias, egoísmos, etc. Cosas que nos hacen tan poco daño que ni las notamos. Cosas que ni siquiera nos dejan marcas.
Pero, las cicatrices no siempre nos dejan olvidar.
Cuando alguien te traiciona es extremamente complicado perdonar. A veces una mentira puede arruinar tu vida, destruir relaciones o crear problemas de confianza que tardarán años en sanar, si es que lo hacen.
Estas heridas son intrínsecamente desafiantes, pero es en ellas donde vemos el verdadero poder detrás del gesto.
Frente a este dolor, cuando dices las palabras “te perdono”, lo dices en serio en tiempo presente. Estás, sin darte cuenta, enfrentando el hecho de que podrías continuar siendo afectado por esto en el futuro.
Por eso, aunque perdonar y olvidar no siempre sea posible (no porque planees guardar rencor, sino porque simplemente no puedes olvidar ciertas cicatrices), perdonar las cosas que te hirieron tiene que ser una elección continua.
En cualquier momento es muy fácil darse la vuelta y comenzar a guardar rencor. Es fácil culpar a la persona que nos causó dolor. Es fácil odiar,mucho más fácil que perdonar de nuevo.
Y aunque elegir perdonar puede ser más doloroso, nos trae paz. Cuando pronuncias ese “te perdono” no termina ahí, dices perdono porque lo sigues haciendo, continúas perdonando.
Si alguien viniera hoy a pedirme perdón por las cosas profundamente hirientes que me ha hecho, podría afirmar con verdad: “te perdoné”. Lo hice. Está hecho, pero no ha terminado.
El perdón es una elección continua porque todos los días cuando me levanto, puedo ver o sentir las repercusiones de ello.
No porque me afecte directamente, sino porque todo en mi pasado me ha llevado hasta aquí y lo siento de alguna manera.
Ese dolor es parte de lo que soy y perdonar a esa persona es algo que debo seguir haciendo. Es por eso que mejor diría: “te perdono”, porque tengo que hacerlo una y otra vez. Incluso cuando no lo siento dentro digo estas palabras porque hago una elección: mirar el rostro de Cristo y decidir perdonar.
Esto no siempre es bonito, es una elección difícil, una elección que hacemos incluso cuando no tenemos ganas.
Pero ahí radica su poder: incluso si sentimos ira dentro, incluso cuando nos hace llorar y nos lleva a preguntarnos “¿por qué?”, ​​el perdón es todavía una elección que podemos hacer.
Cada vez que elegimos no guardar rencor, perdonamos nuevamente. Cada vez que elegimos no culpar a los demás, perdonamos nuevamente. Cada vez que avanzamos en lugar de detenernos en los errores, perdonamos nuevamente. Por eso puedo decir: “te perdono, incluso cuando no lo olvido”.
“Te perdono” ahora mismo, mañana y dentro de una década.
“Te perdono” como una promesa que puede ser rota y volver a caer en el dolor o en la ira, pero que en cualquier momento puede volver a hacerse.
“Te perdono” porque no ha terminado, pero la misericordia que continúas dando a los demás permanecerá contigo hasta que Jesús te dé la bienvenida con la misma misericordia que mostraste a los demás.
Hasta el día que ese “te perdono” transforme tu corazón.
Pero permítanme hacer una distinción: hay muchos males que nos siguen doliendo años y años, no porque sean muy profundos, sino porque los alimentamos dándoles vueltas en la memoria y en el corazón.
Como dice Martín Descalzo, “no hay cosa más triste que esta gente que es esclava de sus viejos rencores. En lugar de dedicarse a vivir, parece que su oficio fuera recordar, y recordar solo lo malo. No se dan cuenta de que con ello se autocondenan a la tristeza. Y sufren doblemente”.
Por eso como dicen por ahí: “el mejor remedio contra el mal es olvidarse de él”. Lo que pasó, pasó, y algunas veces puede enmendarse, pero no rehacerse.
Y es que como continúa diciendo Descalzo: “(…) El alma de los hombres es muy pequeña; si la vamos llenando de rencorcitos, la tendremos siempre llena y no podrá surgir de ella ni un acto de amor, e incluso, cuando alguien nos ame, no entrará dentro ese gesto de cariño porque tendremos el alma ya llena de esos rencores. (…) Esa es la última razón por la que Dios, además de perdonar, olvida los pecados: porque tiene que dedicarse tanto a amar que no tiene ni tiempo de recordar el mal”.
Por eso, Él y solo Él nos puede dar la gracia de perdonar y también de olvidar.


 Luisa Restrepo, Aleteia