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miércoles, 9 de octubre de 2024

No tengas miedo de pedir que se haga la voluntad de Dios


Confianza en Dios

Dios sabe mejor que nosotros lo que necesitamos, sin embargo muchos cristianos sienten miedo de confiar plenamente en pedir que se haga su voluntad

Rezamos a Dios en el Padre nuestro: "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo". Sin embargo, tal parece que recitar esa parte se hace sin la intención de que se lleve a cabo lo que el Señor quiere, porque en la realidad, muchos cristianos sienten miedo de que la voluntad de Dios se cumpla.

Dios sabe lo que te hace falta

¿Por qué sentir temor de pedir a Dios que se cumpla lo que Él tiene preparado para nuestra salvación? Quizá porque en muchas ocasiones, lo que deseamos no concuerda con lo que Dios sabe que nos hace falta.

Podemos pedir bienes materiales, salud, una larga vida, esperando que Dios actúe como un genio que concede deseos. Por eso, cuando no ocurre lo que queremos, nos sentimos defraudados.

Y peor aún: si llegara a sucedernos una desgracia, nos enfrentaríamos airados contra el Señor, reclamando agriamente por el trato que recibimos.

Miedo infundado

Temor e incertidumbre se apoderan del que tiene poca fe, sin entender que la vida contiene altibajos, porque hemos sido creados para alcanzar la salvación y gozar eternamente de Dios en el cielo.

Pero nos conformamos con los bienes terrenales, efímeros y pasajeros, incluyendo nuestros amores más preciados: familia, pareja, amigos. Por eso, cuando decimos "que se cumpla tu voluntad en mí", deseamos que los males no nos alcancen nunca.

Por eso muchos cristianos de buena voluntad tiene miedo, pero es infundado, porque Dios nos ama infinitamente y nunca nos enviará un mal, como lo ha dicho Jesús en el evangelio:

"También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan".

(Lc 11, 9-13)

Confía en tu Padre celestial

Nuestro Padre celestial quiere nuestro bien, que no nos quepa duda; por eso, como el niño confía plenamente en su padre terrenal, abramos nuestro corazón y nuestros labios para manifestarle que nos abandonamos a Él.

Y tengamos fe ciega en lo que nos envía el Señor, porque dice san Pablo:

Todo el que cree en él, no será defraudado (Rom 10, 11).

Mónica Muñoz, Aleteia

Vea también    Carta XI: Las tres voluntades - Ammonas



jueves, 6 de abril de 2023

Una oración de adhesión a la voluntad de Dios que te impulsa


Según las hermanas paulinas, esta oración ayuda mucho en momentos en que nuestra vida parece perder sentido, y sentimos cerca la depresión

Ponte en las manos de Dios en los momentos más delicados de la vida. Puedes acompañar tu «adhesión» a su voluntad con esta oración de las Hermanas Paulinas. La invocación se encuentra en el libro «Las oraciones de la Familia Paulina» de Paolo Lanzoni (editado en italiano por el Instituto Sagrada Familia).

Oración

Qué me va a pasar hoy, Dios mío, no lo sé.

Todo lo que sé es que nada me sucederá que Tú no hayas previsto y dirigido para mi mayor bien desde toda la eternidad. Esto solo me basta.

Adoro tus designios eternos e impenetrables,
me someto de todo corazón por tu amor
te ofrezco en sacrificio todo mi ser
y lo uno al de Jesús, mi divino Salvador.

Te pido, en su nombre y por sus infinitos méritos, la

paciencia en mis tribulaciones y la perfecta sumisión,

para que todo lo que Tú quieras o permitas que suceda, sirva para tu mayor gloria y mi santificación.

Atribuido a Isabel de Francia

La oración se atribuye a la princesa Isabel de Francia (1764-1794), hermana de Luis XVI. 

Detenida con toda la familia real francesa en 1791 y encarcelada durante el Terror, fue guillotinada por la correspondencia que mantenía con el mundo exterior desde la prisión, a través de su confesor, el abad irlandés De Firmont.Probablemente fue de este sacerdote de quien nos ha llegado la oración de la princesa.

La devoción del beato Alberione

El beato Giacomo Alberione , fundador de los paulinos, se percató de este hermoso acto de sumisión a la voluntad de Dios.

Y su secretario Don Antonio Speciale testimonia en el Diario que el Primer Maestro «lo guardaba en el cajón de la mesa de su despacho, impreso en un imagen, y tal vez la recitaba todos los días». 

Fue incluido en el manual Oraciones de la Familia Paulina de 1960.

WEB-SAINT-NOV26-JAMES ALBERIONE © Towarzystwo Świętego Pawła CC

Es una oración con la que podemos expresar nuestra auténtica adoración a Dios, declarando que nos adherimos a su voluntad, de acuerdo con el voto de obediencia que hicimos el día de nuestra consagración a Dios.

Dios no nos abandona en los momentos dolorosos

Las Hermanas Paulinas explican que esta oración surge de la dificultad de reconocer la voluntad de Dios en los acontecimientos que nos suceden en la vida; especialmente en los dolorosos, pero muchas veces también en los que son habituales y cotidianos. 

Esta oración en cambio nos pone frente a la evidencia de que Dios nunca se aleja de nosotros, y que nunca debemos olvidar que vivimos en su presencia.

Antídoto contra la secularización

Pensamos que nuestra vida cotidiana sigue sus propias leyes, mientras que nuestra relación con Dios sigue otras: así lo sugiere nuestro mundo secularizado. 

Y así sucede que de vez en cuando y sólo en momentos muy puntuales Dios se asoma a nuestra vida. 

Las paulinas: con esta oración pedimos a Dios «paciencia»

¿Qué le pedimos a Dios con esta oración? Las paulinas señalan que pedimos paciencia en las cosas difíciles y que todo suceda para la gloria de Dios.

Pedimos la capacidad de continuar con nuestros días con paciencia, sin desesperarnos, sin quejarnos demasiado en dificultades y adversidades.

Y sobre todo pedimos que cada acontecimiento que vivimos manifieste la gloria de Dios: «No nos des gloria a nosotros, Señor, sino a tu nombre».

Gelsomino del Guercio, Aleteia

Vea también      Sermón sobre la Oración - Santo Cura de Ars


















lunes, 17 de enero de 2022

3 consejos para entender la voluntad de Dios cuando mis planes han cambiado por completo


FE Y VIDA, 

Planes… nos encanta construirlos. Pero ahora tal vez todos nos encontremos sumergidos en la incertidumbre. Pensamos ¿qué pasará con todo lo que tenía planeado hacer?, ¿qué ocurrirá ahora con mis sueños?, ¿qué será del futuro?

Cuando ya tenemos algo planeado y de repente nos cambian ese plan, nos sentimos decepcionados y a veces hasta molestos. Más si es un plan que ya habíamos estado armando durante mucho tiempo y por el cual llegamos a sentir mucha ilusión.

Sabemos que es importante tener objetivos en la vida, pero para alcanzarlos se necesita una planificación. Sin embargo es normal que cada vez que un plan se viene abajo nos embargue la tristeza o el desánimo.

Ayer me encontraba entre lágrimas pensando que tenía una meta que estaba a punto de alcanzar. Lo había planeado todo hace mucho tiempo, pero ahora sé que difícilmente lo podré lograr. Despojarnos de esa ilusión es muy complicado y en ocasiones frustrante.

Pero descubrí que si contamos con Dios todo es distinto. Por eso hoy quiero darte estos tres consejos que seguro te servirán tanto como a mí:

1. Confía en que los planes de Dios son mejores que los tuyos

planes, 3 consejos para entender la voluntad de Dios cuando mis planes han cambiado por completo

Dios ya tiene un plan para ti y es importante seguir su voluntad, no la nuestra. Platicando de mi situación con la persona que más admiro y que siempre me alienta con sabías palabras, me dijo: ¿Confías en que Jesús ya sabía que esto iba a pasar, que te ama y que quiere lo mejor para ti?

Continuó diciendo: «…tienes que darle tu fe, dejar que haga su voluntad y confiar en Él con tu vida». Y es cierto (aunque no muy fácil de entender a la primera), tenemos que vivir en su voluntad, ¡no en la nuestra! Él es más
listo, es la sabiduría pura.

Es curioso porque yo a esta persona la conocí precisamente por un cambio de planes. Sin ella no sería la mujer que soy hoy en día y estoy eternamente agradecida por ello. Luego de meditar sus palabras respondí: «Quiero intentar aceptar que Dios tiene mejores planes para mí. Aunque el cambio de esos planes al principio me cueste mucho».

Porque no sé si es tu caso, pero yo soy de las personas que se ilusionan de más. Empiezo a imaginar todo lo que va a pasar cuando esas metas que tengo sucedan y lo feliz que me sentiría. Pero debemos entender que la voluntad de Dios y sus planes son mucho mejores que los nuestros.

Hoy puedo decir que su voluntad me dio algo mejor, algo que superó mis expectativas, todo valió la pena. ¡Así que confía!

2. Convéncete de que Dios sabe por qué hace las cosas

planes, 3 consejos para entender la voluntad de Dios cuando mis planes han cambiado por completo

Esto suena a frase de abuelita, a un dicho que hemos escuchado por años, pero que termina siendo cierto. Dios ya lo tiene todo resuelto, desde antes de que nacieras. Tu ansiedad sobre el futuro es un desperdicio de hoy, porque no cambiará nada.

Entonces no vivas del pasado o del futuro, vive del hoy. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero verás resultados si te centrar en el presente. Ve a tu ritmo, no temas pedirle ayuda a Dios, a tus amigos o familiares. Ora con la certeza de que hay un Dios que te escucha siempre. Si sientes que la esperanza te abandona te recomiendo leer este texto.

3. Acepta que no todo está bajo tu control

planes, 3 consejos para entender la voluntad de Dios cuando mis planes han cambiado por completo

Sus planes son los mejores, aunque no lo entendamos a la primera. Si las cosas no salen como querías, recuerda esta reflexión y ten presente que pase lo que pase Él siempre va a estar a tu lado. ¿No es reconfortante saber que tenemos a alguien que no nos defraudará?

Cierro con está frase que tengo pegada en mi espejo y que todos los días me gusta leer: «Querido Dios, si hoy pierdo mis esperanzas, por favor recuérdame que tus planes son mejores que mis sueños».

Artículo elaborado por Paloma Ávila Torres.

Vea también    El Decálogo, respuesta a la gracia
























martes, 11 de enero de 2022

¿Sabes lo que Dios quiere de ti?

BIBLE


Cuando san Bernardo le dijo a san Francisco que quería dejar el mundo sucedió algo realmente asombroso e inspirador

«Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes él ha escogido y llamado»

Romanos 8

Tenemos tantas preguntas, sobre todo una nos inquieta: “¿Qué pide Dios de mí? ¿Cuál es mi propósito?”.

La respuesta está ahí

Como tú, solía hacerme estas preguntas y de pronto encontré cómo resolverlas. Fue de la manera más casual e inesperada que pueda imaginar. Las respuestas siempre estuvieron frente a mí, a mi alcance.

¡Bastaba abrir la Biblia! Pero siempre la tenía cerrada.

Hacía muchas preguntas, pero NO ESCUCHABA a Dios.

He descubierto, amigo, amiga, algo maravilloso, un don, una gracia, un tesoro en la Biblia por eso quiero pedirte que abras la tuya y empieces a leerla hoy.

Dios siempre está pidiendo lo mejor de ti.

A algunos les pide todo y ellos responden dándolo todo.

San Francisco y san Bernardo

Es conocido el episodio de san Francisco de Asís cuando Bernardo, su primer discípulo, le dijo que quería dejar el mundo para seguir a Dios. Fueron al obispado y abrieron el Misal, en los Evangelios, para conocer la voluntad de Dios.

“Francisco tomó el misal y, haciendo la señal de la cruz, lo abrió por tres veces en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Al abrirlo la primera vez salieron las palabras que dijo Jesucristo en el Evangelio al joven que le preguntaba sobre el camino de la perfección: Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven y sígueme (Mt 11,21).

La segunda vez salió lo que Cristo dijo a los apóstoles cuando los mandó a predicar: No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni calzado, ni dinero (Mt 10,9), queriendo con esto hacerles comprender que debían poner y abandonar en Dios todo cuidado de la vida y no tener otra mira que predicar el santo Evangelio.

Al abrir por tercera vez el misal dieron con estas palabras de Cristo: El que quiera venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24).

Entonces dijo San Francisco a Bernardo: “Ahí tienes el consejo que nos da Cristo. Anda, pues, y haz al pie de la letra lo que has escuchado; y bendito sea nuestro Señor Jesucristo, que se ha dignado indicarnos su camino evangélico”.

En oyendo esto, fuese Bernardo, vendió todos sus bienes, que eran muchos, y con grande alegría distribuyó todo a los pobres, a las viudas, a los huérfanos, a los peregrinos, a los monasterios y a los hospitales. Y en todo le ayudaba, fiel y próvidamente, San Francisco.”

¿Y nosotros?

La pregunta es sencilla: ¿Qué haríamos nosotros en esta situación? ¿Tendríamos el coraje para abandonar todo lo que nos une a este mundo pasajero y caminar haciendo siempre la santa voluntad de Dios?

Yo siento vergüenza, me falta mucho para parecerme a san Francisco y al buen Bernardo de Asís. Por eso pido con insistencia la gracia a Dios.

“Perdona, Señor, mi poca confianza en la Providencia. Hazme digno de ti, justo, santo, misericordiosos, para que pueda dar buen ejemplo a los demás”.

Compártenos tu experiencia con Dios. ¿Te animas? Te anoto mi e-mail personal. cv2decastro@hotmail.com

Claudio de Castro, Aleteia 
















 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Nunca volverás a rezar el Padre Nuestro igual después de esta meditación


Por qué el Padrenuestro es tan complicado? - La Croix en español

Sobre la oración del Padre Nuestro. Quiero compartir algunas experiencias espirituales que he tenido, puesto que fue muy especial, pude sentir la acción suave del Espíritu Santo, como esa brisa que escuchó Elías cuando estaba dentro de la cueva del monte Horeb, esperando la voz de Dios (1 Reyes 19, 3-15). Empezaré desglosando esta oración y meditando sobre la importancia de cada palabra.

«Padre Nuestro»

En primer lugar, el «Padre Nuestro» que rezamos, prácticamente a diario, no lo debemos rezar simplemente como muchas otras oraciones que solemos rezar. Es la única oración que enseñó Jesús a sus Apóstoles. Con las primeras dos palabras: «Padre Nuestro», Jesús ya nos enseña algo inusitado e inimaginable para cualquier hebreo de la época. Sabemos que los judíos no podían decir el nombre de Dios. Incluso, por ejemplo Moisés, cuando tiene que liberar al pueblo judío del Faraón, le pregunta cómo llamarlo, cuando le preguntasen quién lo enviaba. No se atrevía a darle un nombre. («Yo soy el que soy», Éxodo 3, 14).
También, para los hebreos, el nombre significaba la identidad misma de la persona. Por lo tanto, cuando Jesús dice: «Padre Nuestro», está no solamente diciendo cómo referirse a Dios, sino haciendo explícito que Él es nuestro Padre. Algo que nunca nadie sería capaz de imaginarse. Dios era el Creador, y nos hizo a su imagen y semejanza (Génesis 1, 26ss), pero en Cristo, por medio del Espíritu Santo, sabemos ahora que Dios, además, es realmente nuestro Padre. «Y puesto que somos sus hijos, también tendremos parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, puesto que sufrimos con él para estar también con él en su gloria» (Romanos 8, 17).

«Santificado sea tu nombre»

Así como decimos: «Santificado sea tu nombre», nosotros también somos santos. Si nuestro padre es santo, también nosotros. Pero eso es algo que implica de nuestra parte un esfuerzo diario. Una lucha constante, para ser cada vez más como Jesucristo, Hijo del Padre. Hasta, como dice san Pablo, «que no sea yo quien viva, sino Cristo quien viva en mí» (Gálatas 2, 20). Por eso es por lo que vemos en varias citas, que somos llamados a ser «santos como Yo soy santo», o «perfectos como nuestro Padre es perfecto» (Levítico 11, 44 / Mateo 5, 48 / 1 Pedro 1, 16).

«Venga a nosotros tu Reino»

Gracias a Jesús, el Reino Eterno de Dios ya está en medio de nosotros. Sin embargo, es la Iglesia — es decir, todos nosotros en comunión con Cristo — quienes debemos proclamar y difundir el Reino a todos los Pueblos. Así nos lo ha dicho el Señor Jesús, antes de subir a los Cielos (Mateo 28, 19).
Por eso cada uno de nosotros está llamado al apostolado. A predicar sin miedo la Palabra del Señor, la Buena Nueva. Para que todos puedan conocer la dicha del Reino Eterno de Dios. Lo más hermoso en todo esto, es saber que el Reino empieza en el corazón de cada uno de nosotros. El Reino se extiende aquí en la Tierra, mientras cada uno permita que la vida de Cristo instaure su amor en cada corazón.
Este Reino, es el Reino del amor. El poder que nos mostró Cristo es el servicio. Se trata de un Reinado, por lo tanto, radicalmente diferente a como entendemos el poder entre nosotros. Para Dios, es la caridad que se hace concreta por medio del servicio a los hermanos, de modo privilegiado a los más necesitados, ese es el poder de Dios. Servir es reinar.

«Hágase tu voluntad»

De Cristo mismo, y de María también, aprendemos a decir el «sí» que el Padre desea que brote de nuestro corazón. Un «sí» que va madurando a través de la generosidad, del sacrificio y de las renuncias que significa optar por ese Reino que mencionábamos anteriormente.
El «hágase» generoso e incondicional que vemos en María, cuando el Arcángel Gabriel le anuncia y pregunta si quiere ser la Madre del Mesías – Salvador (Lucas 1, 26 – 38) es para nosotros un ejemplo claro de cómo debemos estar dispuestos a asumir cualquier cosa por amor al Padre. María sabía que su «Fiat» implicaría una pedagogía del dolor – alegría.
A lo largo de toda su vida se fue preparando para ese «hágase» pleno, en la Pasión y muerte de Cruz. Optar por seguir a Jesús, sabemos todos, implica cargar la propia cruz. Lo anuncia Simeón diciendo que «una espada atravesará su alma» (Lucas 2, 35ss). Si queremos dar frutos de caridad, debemos estar dispuestos a morir como el grano de trigo, que solamente cuando cae en tierra y muere, puede dar frutos (Juan 12, 24 – 25). Esforzarnos también por ser la tierra fértil, que recibe la semilla y fructifica (cfr. parábola del sembrador: Mateo 13, 1-9).

«Danos hoy nuestro pan»

Que necesitamos cada día. Para todos es obvio que necesitamos comer para vivir. Es más, comer saludable para preservar nuestra salud corporal. Si comemos algo que está malogrado o vencido podemos tener serias consecuencias. Así mismo nuestro espíritu, mejor dicho, nosotros necesitamos un alimento espiritual.
¿Cuál es ese «pan» que nos enseña Jesús a pedir? Para ello es necesario mirar con los ojos del corazón. Ir más allá de lo evidente, de lo que podemos tocar o sentir y esforzarse por sintonizar con la «frecuencia espiritual» del Señor. Esta petición fundamental del «Padre Nuestro» es la bisagra de toda la oración.
Ese «pan» es el mismo Cuerpo de Cristo. Es el Pan de la Vida (Juan 6, 22 – 59), que nos da fuerzas para caminar, para luchar espiritualmente. Para hacer y cumplir su voluntad, hacer apostolado, pedir y dar perdón, vernos libres del mal. En síntesis, es la carne de Cristo, que nos fortalece para vivir lo que pedimos. ¿Qué significa eso? Que sin la vida de Cristo, sin llevarlo en nuestro corazón no tenemos vida espiritual.
Debemos tener claro que el Padre nunca nos abandona, siempre está preocupado y saliendo a nuestro encuentro para fortalecernos, como el ángel de Dios que sale al encuentro de Elías, que cansado se tira en el desierto y pide a Dios que se lo lleve (1 Reyes 19, 7-8). Luego de recibir y alimentarse de ese pan, que es Jesús mismo, tenemos la responsabilidad de darlo a los demás. ¿Cuántas personas hoy en día padecen hambre y están muriendo espiritualmente, deprimidos, tristes, solos y cansados de esta vida? ¿Cómo vence Elías su deseo de morir, de no querer hacer nada más, de sentirse cansado y triste? Cuando ya no se queda mirando a sí mismo, sino que mira la misión y se preocupa por los demás.

«Perdona nuestras ofensas»

Como también cada uno debe perdonar a quien nos ha ofendido. No quiero extenderme con esto del perdón. Pero me parece fundamental decir que, si no somos capaces de perdonar, es muy difícil amar. La falta de perdón llena el corazón de amargura, ira y rencor. Si no perdonamos no nos «libramos» del mal que nos pueden haber cometido.
Muchas veces el agresor ni es consciente de lo que hizo, pero los que sufrimos las consecuencias somos nosotros. Por ello se hace necesario perdonar, para que no carguemos esa animosidad. Aunque hay daños que nos hacen, que son muy difíciles de perdonar. Por ello solamente la gracia de Cristo, el Espíritu Santo mismo puede darnos la fuerza para perdonar.
La justicia debe aplicarse según los hechos cometidos, pero a la persona debemos siempre estar dispuestos a perdonar, viviendo esa misericordia que nos mostró en el madera de la Cruz, cuando murió por todos nosotros, sin importar todo el daño que le hicimos y le seguimos haciendo. No nos olvidemos nunca que Cristo nos invita a «no mirar la paja en el ojo ajeno, sino la viga que tenemos en el nuestro» (Mateo 7, 1 – 6).

«No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal»

Estas dos últimas peticiones hacen referencia al misterio del mal en nuestras vidas. Este problema en la vida del hombre es quizás una de las causas principales por las que muchos no se abren al amor del Padre, y muchos cristianos terminan renegando de la fe. ¿Por qué el Padre, quién nos creó, permite ciertos sufrimientos en la vida? Si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal, el hambre, la guerra y la pobreza?
No quiero ni pretendo agotar la reflexión sobre el mal, pues es un misterio insondable. En primer lugar, me parece muy importante tener en cuenta que la fe nos permite comprender un poquito mejor ese misterio, en relación con aquellas personas que tal vez están alejadas. Porque en Cristo podemos darle una respuesta y sentido al dolor. Sin esa vida de Cristo, el mal no tiene ningún sentido.
Podemos hablar de dos tipos de mal. El que es fruto de las concupiscencias (Hebreos 2, 14), que nos conduce a idolatrar el placer, el tener y el poder. Poniéndolos en el sitio que debe ocupar nuestro Padre. Y por otro lado, algunos hechos de la vida, que solo Dios sabe porque nos suceden. Como pueden ser una enfermedad, una muerte, peleas, divisiones, injusticias, etc. que exigen de nuestra parte, aunque parezca que Dios nos ha abandonado (Mateo 27, 46), humildad y confianza en Él.
Esos «males» son ocasión para que seamos educados y forjados como el oro en el crisol. Es como un padre que educa a sus hijos, implica exigencia, a veces sufrimiento, pues es renunciar a nuestros caprichos y gustos personales, morir a esta vida corrompida por el pecado (Efesios 4, 22) y abrirnos a la vida nueva de Cristo. Es una «prueba» que permite Dios, para que maduremos y crezcamos en nuestro amor a Él. Obviamente, esto no es fácil de comprender. ¿De cuál mal pedimos que el Señor nos libere? Del enemigo, del demonio. El mentiroso, que busca «como león rugiente, queriendo devorarnos» (1 Pedro 5, 8 – 9).
Aprendamos del miso Señor Jesús, el Hijo único del Padre, a rezar con la misma oración que nos enseñó. Aprendamos de Cristo mismo cómo relacionarnos con nuestro Padre. Espero que de aquí en adelante, cuando recemos el «Padre Nuestro», no sean palabras de memoria, sino un anhelo profundo de nuestros corazones que manifiesta nuestro deseo de amar cada día más a nuestro Padre. Para que de este modo nos asemejemos cada día más a nuestro Señor Jesús, quién es el «Camino, Verdad y Vida» (Juan 14, 6) el único que puede ayudarnos con la fuerza del Espíritu Santo a realizarnos plenamente y vivir cotidianamente la verdadera felicidad.

Pablo Perazzo, catholic-link

Vea también  La Oración del Señor - Benedicto XVI



viernes, 12 de julio de 2019

Nunca volverás a rezar el Padre Nuestro igual después de esta meditación

Este fin de semana tuve la bendición de animar un retiro para señores de la Hermandad de «Nuestra Señora de la Reconciliación», sobre la oración del Padre Nuestro. Quiero compartir algunas experiencias espirituales que he tenido, puesto que fue muy especial, pude sentir la acción suave del Espíritu Santo, como esa brisa que escuchó Elías cuando estaba dentro de la cueva del monte Horeb, esperando la voz de Dios (1 Reyes 19, 3-15). Empezaré desglosando esta oración y meditando sobre la importancia de cada palabra.

«Padre Nuestro»



En primer lugar, el «Padre Nuestro» que rezamos, prácticamente a diario, no lo debemos rezar simplemente como muchas otras oraciones que solemos rezar. Es la única oración que enseñó Jesús a sus Apóstoles. Con las primeras dos palabras: «Padre Nuestro», Jesús ya nos enseña algo inusitado e inimaginable para cualquier hebreo de la época. Sabemos que los judíos no podían decir el nombre de Dios. Incluso, por ejemplo Moisés, cuando tiene que liberar al pueblo judío del Faraón, le pregunta cómo llamarlo, cuando le preguntasen quién lo enviaba. No se atrevía a darle un nombre. («Yo soy el que soy», Éxodo 3, 14).
También, para los hebreos, el nombre significaba la identidad misma de la persona. Por lo tanto, cuando Jesús dice: «Padre Nuestro», está no solamente diciendo cómo referirse a Dios, sino haciendo explícito que Él es nuestro Padre. Algo que nunca nadie sería capaz de imaginarse. Dios era el Creador, y nos hizo a su imagen y semejanza (Génesis 1, 26ss), pero en Cristo, por medio del Espíritu Santo, sabemos ahora que Dios, además, es realmente nuestro Padre. «Y puesto que somos sus hijos, también tendremos parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, puesto que sufrimos con él para estar también con él en su gloria» (Romanos 8, 17).


«Santificado sea tu nombre»

Así como decimos: «Santificado sea tu nombre», nosotros también somos santos. Si nuestro padre es santo, también nosotros. Pero eso es algo que implica de nuestra parte un esfuerzo diario. Una lucha constante, para ser cada vez más como Jesucristo, Hijo del Padre. Hasta, como dice san Pablo, «que no sea yo quien viva, sino Cristo quien viva en mí» (Gálatas 2, 20). Por eso es por lo que vemos en varias citas, que somos llamados a ser «santos como Yo soy santo», o «perfectos como nuestro Padre es perfecto» (Levítico 11, 44 / Mateo 5, 48 / 1 Pedro 1, 16).

«Venga a nosotros tu Reino»

Gracias a Jesús, el Reino Eterno de Dios ya está en medio de nosotros. Sin embargo, es la Iglesia — es decir, todos nosotros en comunión con Cristo — quienes debemos proclamar y difundir el Reino a todos los Pueblos. Así nos lo ha dicho el Señor Jesús, antes de subir a los Cielos (Mateo 28, 19).
Por eso cada uno de nosotros está llamado al apostolado. A predicar sin miedo la Palabra del Señor, la Buena Nueva. Para que todos puedan conocer la dicha del Reino Eterno de Dios. Lo más hermoso en todo esto, es saber que el Reino empieza en el corazón de cada uno de nosotros. El Reino se extiende aquí en la Tierra, mientras cada uno permita que la vida de Cristo instaure su amor en cada corazón.
Este Reino, es el Reino del amor. El poder que nos mostró Cristo es el servicio. Se trata de un Reinado, por lo tanto, radicalmente diferente a como entendemos el poder entre nosotros. Para Dios, es la caridad que se hace concreta por medio del servicio a los hermanos, de modo privilegiado a los más necesitados, ese es el poder de Dios.

«Hágase tu voluntad»

De Cristo mismo, y de María también, aprendemos a decir el «sí» que el Padre desea que brote de nuestro corazón. Un «sí» que va madurando a través de la generosidad, del sacrificio y de las renuncias que significa optar por ese Reino que mencionabamos anteriormente.
El «hágase» generoso e incondicional que vemos en María, cuando el Arcángel Gabriel le anuncia y pregunta si quiere ser la Madre del Mesías – Salvador (Lucas 1, 26 – 38) es para nosotros un ejemplo claro de cómo debemos estar dispuestos a asumir cualquier cosa por amor al Padre. María sabía que su «Fiat» implicaría una pedagogía del dolor – alegría.
A lo largo de toda su vida se fue preparando para ese «hágase» pleno, en la Pasión y muerte de Cruz. Optar por seguir a Jesús, sabemos todos, implica cargar la propia cruz. Lo anuncia Simeón diciendo que «una espada atravesará su alma» (Lucas 2, 35ss). Si queremos dar frutos de caridad, debemos estar dispuestos a morir como el grano de trigo, que solamente cuando cae en tierra y muere, puede dar frutos (Juan 12, 24 – 25). Esforzarnos también por ser la tierra fértil, que recibe la semilla y fructifica (cfr. parábola del sembrador: Mateo 13, 1-9).

«Danos hoy nuestro pan»

Que necesitamos cada día. Para todos es obvio que necesitamos comer para vivir. Es más, comer saludable para preservar nuestra salud corporal. Si comemos algo que está malogrado o vencido podemos tener serias consecuencias. Así mismo nuestro Espíritu, mejor dicho, nosotros necesitamos un alimento espiritual.
¿Cuál es ese «pan» que nos enseña Jesús a pedir? Para ello es necesario mirar con los ojos del corazón. Ir más allá de lo evidente, de lo que podemos tocar o sentir y esforzarse por sintonizar con la «frecuencia espiritual» del Señor. Esta petición fundamental del «Padre Nuestro» es la bisagra de toda la oración.
Ese «pan» es el mismo Cuerpo de Cristo. Es el Pan de la Vida (Juan 6, 22 – 59), que nos da fuerzas para caminar, para luchar espiritualmente. Para hacer y cumplir su voluntad, hacer apostolado, pedir y dar perdón, vernos libres del mal. En síntesis, es la carne de Cristo, que nos fortalece para vivir lo que pedimos. ¿Qué significa eso? Que sin la vida de Cristo, sin llevarlo en nuestro corazón no tenemos vida espiritual.
Debemos tener claro que el Padre nunca nos abandona, siempre está preocupado y saliendo a nuestro encuentro para fortalecernos, como el ángel de Dios que sale al encuentro de Elías, que cansado se tira en el desierto y pide a Dios que lo lleve (1 Reyes 19, 7-8). Luego de recibir y alimentarse de ese pan, que es Jesús mismo, tenemos la responsabilidad de darlo a los demás. ¿Cuántas personas hoy en día padecen hambre y están muriendo espiritualmente, deprimidos, tristes, solos y cansados de esta vida? ¿Cómo vence Elías su deseo de morir, de no querer hacer nada más, de sentirse cansado y triste? Cuando ya no se queda mirando a sí mismo, sino que mira la misión y se preocupa por los demás.

«Perdona nuestras ofensas»

Como también cada uno debe perdonar a quien nos ha ofendido. No quiero extenderme con esto del perdón. Pero me parece fundamental decir que, si no somos capaces de perdonar, es muy difícil amar. La falta de perdón llena el corazón de amargura, ira y rencor. Si no perdonamos no nos «libramos» del mal que nos pueden haber cometido.
Muchas veces el agresor ni es consciente de lo que hizo, pero los que sufrimos las consecuencias somos nosotros. Por ello se hace necesario perdonar, para que no carguemos esa animosidad. Aunque hay daños que nos hacen, que son muy difíciles de perdonar. Por ello solamente la gracia de Cristo, el Espíritu Santo mismo puede darnos la fuerza para perdonar.
La justicia debe aplicarse según los hechos cometidos, pero a la persona debemos siempre estar dispuestos a perdonar, viviendo esa misericordia que nos mostró en el madera de la Cruz, cuando murió por todos nosotros, sin importar todo el daño que le hicimos y le seguimos haciendo. No nos olvidemos nunca que Cristo nos invita a «no mirar la paja en el ojo ajeno, sino la viga que tenemos en el nuestro» (Mateo 7, 1 – 6).

«No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal»

Estas dos últimas peticiones hacen referencia al misterio del mal en nuestras vidas. Este problema en la vida del hombre es quizás una de las causas principales por las que muchos no se abren al amor del Padre, y muchos cristianos terminan renegando de la fe. ¿Por qué el Padre, quién nos creó, permite ciertos sufrimientos en la vida? Si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal, el hambre, la guerra y la pobreza?
No quiero ni pretendo agotar la reflexión sobre el mal, pues es un misterio insondable. En primer lugar, me parece muy importante tener en cuenta que la fe nos permite comprender un poquito mejor ese misterio, en relación con aquellas personas que tal vez están alejadas. Porque en Cristo podemos darle una respuesta y sentido al dolor. Sin esa vida de Cristo, el mal no tiene ningún sentido.
Podemos hablar de dos tipos de mal. El que es fruto de las concupiscencias (Hebreos 2, 14), que nos conduce a idolatrar el placer, el tener y el poder. Poniéndolos en el sitio que debe ocupar nuestro Padre. Y por otro lado, algunos hechos de la vida, que solo Dios sabe porque nos suceden. Como pueden ser una enfermedad, una muerte, peleas, divisiones, injusticias, etc. que exigen de nuestra parte, aunque parezca que Dios nos ha abandonado (Mateo 27, 46), humildad y confianza en Él.
Esos «males» son ocasión para que seamos educados y forjados como el oro en el crisol. Es como un padre que educa a sus hijos, implica exigencia, a veces sufrimiento, pues es renunciar a nuestros caprichos y gustos personales, morir a esta vida corrompida por el pecado (Efesios 4, 22) y abrirnos a la vida nueva de Cristo. Es una «prueba» que permite Dios, para que maduremos y crezcamos en nuestro amor a Él. Obviamente, esto no es fácil de comprender. ¿De cuál mal pedimos que el Señor nos libere? Del enemigo, del demonio. El mentiroso, que busca «como león rugiente, queriendo devorarnos» (1 Pedro 5, 8 – 9).
Aprendamos del mismo Señor Jesús, el Hijo único del Padre, a rezar con la misma oración que nos enseñó. Aprendamos de Cristo mismo cómo relacionarnos con nuestro Padre. Espero que de aquí en adelante, cuando recemos el «Padre Nuestro», no sean palabras de memoria, sino un anhelo profundo de nuestros corazones que manifiesta nuestro deseo de amar cada día más a nuestro Padre. Para que de este modo nos asemejemos cada día más a nuestro Señor Jesús, quién es el «Camino, Verdad y Vida» (Juan 14, 6) el único que puede ayudarnos a realizarnos plenamente y vivir cotidianamente la verdadera felicidad.
Pablo Perazzo, catholic-link