Los Salmos tienen una respuesta sorprendente. Ese libro que la tradición de Israel llamó "Tehilim", alabanzas, está lleno de gritos, preguntas, cansancio y sensación de abandono. Y sin embargo, justamente desde ahí nace la alabanza más profunda.
Cuando parece que nuestros problemas no tienen solución, debemos aprender a dejar todas nuestras preocupaciones en manos de Dios
Los seres humanos estamos imbuidos en el activismo y creemos que todo depende de nosotros, por eso, poco nos acordamos de Dios, pues la vida frenética que llevamos no nos lo permite.
Esta actitud guía la conducta de mucha gente que en la actualidad vive sin pensar en que, en cualquier momento, Dios puede poner un alto a nuestra veloz carrera, porque lo que Él permita convendrá a nuestra salvación.
Dios sabe lo que nos hace falta
Por eso, debemos aprender a distinguir entre las situaciones que podemos remediar de las que no dependen de nuestra intervención, y más aún, tenemos que hacer un ejercicio de humildad para permitir que sea Dios quien ponga las cosas en su lugar.
Sor Amata CSFN
El Evangelio de san Mateo recoge unas muy precisas palabras de Jesús con respecto a nuestra confianza en que Dios se ocupa de nosotros:
¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer.
Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?» Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.
Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.
Mateo 5, 27-34
Aprendamos a abandonarnos en Dios
Nos cuesta mucho creerle a Jesús. Si Él nos lo ha asegurado, ¿por qué no lo entendemos? bastaría con que dijéramos de todo corazón: “Jesús, hágase tu voluntad, ocúpate Tú de todo”, para ver la diferencia en nuestra vida.
Por supuesto que tendremos vicisitudes y contingencias, las altas y bajas son parte de la vida pues es la manera en la que aprendemos a confiar en Dios y a purificarnos de nuestros pecados.
Pero, al final, la confianza en que se haga la voluntad de Dios siempre será la mejor decisión que podamos tomar y nos demostrará que cualquier dificultad se resolverá con solo dejarlo en manos del Señor.
Él nos ama y quiere lo mejor para nosotros. Confiemos y oremos, porque “la esperanza no quedará defraudada” (Rom 5,5)
La terapeuta Orfa Astorga, coordinadora del consultorio de Aleteia, propone el testimonio de una persona que sufrió el abandono por parte de su padre
Después de años del divorcio entre mis padres, mi padre me ha vuelto a buscar, desatando en mi interior viejos rencores, y con ellos la idea de rechazarlo. Sin embargo, algo me dijo que no era ese el camino para finalmente lograr una madurez emocional y afectiva a la que, como en un rompecabezas, siempre le habían faltado algunas piezas.
Y ante la grave duda, pedir ayuda especializada.
Lo que hace daño en el interior
Fue así que comprendí que debía perdonar, y para lograrlo, tendría que tomar dolorosa conciencia de aquello que me había hecho mucho daño, de manera tal, que enfrentándolo podría finalmente expulsar su veneno de mi espíritu.
Mi fe me decía que era posible, pues Dios saca siempre bien de todo mal.
«Lo que aprendí del perdón»
Aquí mi historia y lo que aprendí del perdón.
Desde niño, después del divorcio siempre experimenté una orfandad, y un doloroso abandono ante mi padre, al que veía solo en ocasiones con una mezcla de sentimientos entre el miedo y el desprecio, por su simulación de un trato amigable… algo que él nunca supo y nunca entendió.
En realidad, sufría una dura carencia afectiva, pues el suyo fue un trato distante, pues fui heredero del vínculo roto con mi madre.
Fue así porque las relaciones entre los padres y un hijo no son como pueden darse entre cualquier persona, sino que por naturaleza, consisten en la apertura a un nivel tan profundo del ser, que no puede ser cancelado en esta vida.
Es así porque una relación filial implica un entrañamiento afectivo insondable, precisamente porque se finca en la intimidad de la persona en aspectos que tocan el corazón y los sentimientos más profundos de la misma.
Es lo más caro que pierde un hijo de padres divorciados, algo que ni remotamente se compensa concediendo un cierto nivel de vida o la más cara educación.
Eso atentó directamente contra mi vida psicológica y emocional, llenándola de altibajos que pusieron en serio riesgo toda mi integridad y la viabilidad de mi proyecto personal.
Como en un asidero me apegué en exceso a mi madre, quien en un esfuerzo por compensarme era complaciente y permisiva cuando yo estaba tan necesitado de la autoridad, seguridad e identidad, que solo puede provenir de la figura paterna.
Por ello crecí presa de un perpetuo resentimiento como un ser inacabado y doliente, hasta que a duras penas logré salir adelante, superándome en lo humano, lo profesional y al formar una familia.
Fue así como llegué a encontrarme con un Dios que siempre me buscó.
Tras la terapia decidí verme con mi progenitor, sin esperar nada, sin reclamar nada, pues en lo personal, me había dado cuenta de que las identidades familiares son imposibles de desconocer, pues constituyen una buena parte de lo que en el hombre hay de imagen y semejanza de Dios.
También porque reconocí que mi padre y yo igual éramos sus hijos, hijos de Dios.
El día del encuentro con mi padre
Al principio del encuentro ambos adoptamos una actitud de penosa desconfianza. Sin embargo, sobreponiéndome, le sonreí y comencé a charlar de esto y aquello, con la soltura de un hombre fuerte y seguro de sí mismo, cuyas ideas y emociones se encontraban en orden al acogimiento y al perdón, sin necesidad de decirlo.
Y logré que mi padre se relajara y participara de un tranquilo coloquio.
Nos hemos vuelto a ver periódicamente, intimando un poco cada vez más, dejándonos tocar el corazón endurecido, para sonreírnos con el alma.
Fue así como aprendí que la caridad es mayor que la justicia, pues también mi alma sanó cuando fui capaz de dar lo que no había recibido y.… quien perdona es el principal beneficiado.
Por Orfa Astorga de Lira
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Lo que nos impide en gran manera hacernos santos es nuestra dificultad para aceptar el Espíritu en nuestra vida
El Espíritu Santo es quien anima nuestra vida. Él es quien clama en nuestro interior al Padre y el que nos enseña a imitar al Hijo.
Para poder recibirlo en nuestra vida, debemos favorecer estas prácticas:
1LA ALABANZA Y LA GRATITUD
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Quizá, lo que nos impide recibir de Dios gracias más abundantes es simplemente no reconocer las que nos ha concedido y no agradecérselas.
No hay duda de que si damos gracias a Dios con todo nuestro corazón por cada gracia recibida, Él nos concederá aún más.
Santa Teresa de Lisieux nos dice:
Lo que más atrae las gracias de Dios es la gratitud, pues si le agradecemos un bien, se conmueve y se apresura a concedernos diez más, y si se las agradecemos con la misma efusión ¡qué incalculable multiplicación de gracias! Yo tengo la experiencia, inténtalo y lo verás. Mi gratitud por todo lo que me da no tiene límites, y se lo demuestro de mil maneras.
La alabanza purifica el corazón y lo dispone a recibir la gracia y las mociones del Espíritu Santo.
Esta debería ser una de las peticiones que dirigimos al Espíritu Santo con mayor frecuencia: que nos ilumine en todas nuestras decisiones, y que no permita que descuidemos ninguna de sus inspiraciones.
Debemos pedir esto en todas las circunstancias de nuestra vida. En momentos especiales, ante decisiones importantes, cuando estemos bien, o cuando nuestra vida con el Señor se estanque.
2ESTAR DECIDIDOS A NO NEGAR NADA A DIOS
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Que haya en nosotros una firme y constante determinación de hacer lo que Dios nos pide en todas las cosas, grandes o pequeñas.
Por nuestra fragilidad es evidente que no seremos capaces de obedecer en todo a Dios, pero podemos estar firmemente decididos, y gracias a la oración fortalecer el propósito de no descuidar ninguno de los deseos que Dios tiene para nuestra vida.
Es importante no permitir que el demonio se valga de estos esfuerzos para turbarnos con inquietudes o para descorazonarnos cuando caemos.
Si estamos atentos a obedecer a las mociones del Espíritu, estas serán más numerosas, o en todo caso, las distinguiremos como mayor claridad. Y al contrario, si somos negligentes, nos será más difícil escucharlas y seguirlas.
Estaremos más atentos a las nuevas inspiraciones del Espíritu siempre que nos vea más fieles en el cumplimiento de su voluntad en: nuestro amor, los mandamientos, las enseñanzas de la Iglesia, las exigencias propias de nuestra vocación, de nuestra vida profesional, etc.
También es muy impotante aceptar por amor de Dios todas las ocasiones legítimas que se nos ofrecen para vivir la obediencia en nuestra vida. Si no estoy dispuesto a renunciar a mi propia voluntad (mis ideas, mis gustos, mis aficiones) frente a los hombres, ¿qué me garantiza que seré capaz cuando Dios me lo pida?
4VIVIR EL ABANDONO
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Los sucesos de la vida son la expresión más segura de la voluntad de Dios, porque no corren el riesgo de una interpretación subjetiva.
Si Dios nos ve dóciles a los acontecimientos, capaces de aceptar serena y amorosamente lo que nos «imponen» las circunstancias de la vida con un espíritu de confianza filial, no habrá duda de que hablará a nuestro corazón a través de su Espíritu.
Y al contrario, si persistimos en rebelarnos y endurecernos ante las contrariedades, esta desconfianza no permitirá que el Espíritu Santo guíe nuestra vida.
Lo que nos impide hacernos santos es nuestra dificultad para aceptar plenamente todo lo que nos sucede.
Santa Teresita decía: «Quiero todo lo que me contraría». Exteriormente esto no cambia en nada la situación, pero interiormente lo cambia todo: esa aceptación, inspirada por el amor nos hace libres y permite a Dios sacar un bien de todo lo que nos sucede, tanto de lo bueno como de lo malo.
René Robert tenía 85 años. La noche del 20 de enero se desplomó en la Place de la Republique de París, pero nadie acudió en su ayuda. Murió solo.
René Robert tenía un prestigio indudable en el mundo de la fotografía. Su mirada había captado como pocos el mundo del flamenco y había hecho de él su especialidad.
En Francia formaba parte de la «intelectualité» aunque por su carácter reservado siempre quería quedar en segundo plano.
Sin embargo, la noche del 20 de enero, mientras paseaba por la icónica Place de la Republique, en el centro de París, cerca de su casa de la calle Tubigo, se desplomó en el suelo. Nadie, absolutamente nadie, le prestó atención. La temperatura alcanzó los 4,5 grados de frío. Nueve horas después, a las 6.30 de la madrugada, un transeúnte (indigente, por cierto) llamó a los servicios de emergencia. No hubo nada que hacer: René Robert «yacía en el suelo, con traumatismo craneoencefálico y sangre». Con hipotermia avanzada, más tarde fue declarado muerto en el hospital de Cochin.
Cuando una lee la noticia, el corazón se le queda helado. Ayer no hubo medio de comunicación que no se hiciera eco de este suceso. La noticia habla mal de nosotros, de nuestra sociedad que se aparta de las personas. ¿Por miedo, por desconfianza, por indiferencia? Quién sabe. Pero, sea como sea, es una bofetada al estado del bienestar y a la Europa de las raíces cristianas porque esto no tiene nada de cristiano. Si Europa no estuviera olvidando sus raíces…
No podemos acostumbrarnos a hechos como este, no podemos pasar página y pensar mañana ya en otra cosa. No podemos cerrar la noticia y andar tras la siguiente novedad que nos brinden las redes sociales.
Qué hago para que esto no suceda
Por un instante, parémonos a considerar qué ha ocurrido y qué podemos hacer para que no vuelva a suceder algo así. En mi entorno:
¿Qué atención presto a las personas mayores?
¿Estoy dejando a alguien de lado?
¿Procuro atender a los que se encuentran en soledad?
El Papa Francisco no deja de lanzar mensajes contra la «cultura del descarte», el abandono de los más frágiles. El descarte es una forma de exclusión, de eliminación. El mismo Francisco lo ha considerado un pecado y lo ha comparado con el Holocausto.
Los ancianos y las personas que (mal)viven solas están en situación de vulnerabilidad seguro. ¿Cómo hacemos para tratarlos como merecen, con respeto y cuidado?
La discriminación es una forma de egoísmo, pongámosle el nombre que queramos. ¿Tal vez fue la aporofobia (rechazo al pobre) lo que hizo que nadie se acercara a René Robert, tirado en la calle? ¿Tal vez el miedo al contagio de COVID? ¿O las prisas y el dejar que sea otro quien cargue con la responsabilidad? Resuena aquella frase de Caín:
«¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?».
A lo que Dios respondía:
«¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano grita hacia mí desde el suelo.»
Por mucho que miremos para otro lado, la imagen de René Robert tendido en el suelo debería quedar en nuestra retina para que nos propongamos como ciudadanía que algo así no vuelva a ocurrir. ¿A quién no le suena la parábola del buen samaritano? ¿Y con qué personaje nos deberían identificar?
Robert fue un gran fotógrafo del flamenco precisamente porque sabía pasar el tiempo que fuera necesario mirando a una persona hasta captar la mejor instantánea. Nosotros, ¿no hemos sabido estar ni un segundo ante su cuerpo necesitado de ayuda?
Planes… nos encanta construirlos. Pero ahora tal vez todos nos encontremos sumergidos en la incertidumbre. Pensamos ¿qué pasará con todo lo que tenía planeado hacer?, ¿qué ocurrirá ahora con mis sueños?, ¿qué será del futuro?
Cuando ya tenemos algo planeado y de repente nos cambian ese plan, nos sentimos decepcionados y a veces hasta molestos. Más si es un plan que ya habíamos estado armando durante mucho tiempo y por el cual llegamos a sentir mucha ilusión.
Sabemos que es importante tener objetivos en la vida, pero para alcanzarlos se necesita una planificación. Sin embargo es normal que cada vez que un plan se viene abajo nos embargue la tristeza o el desánimo.
Ayer me encontraba entre lágrimas pensando que tenía una meta que estaba a punto de alcanzar. Lo había planeado todo hace mucho tiempo, pero ahora sé que difícilmente lo podré lograr. Despojarnos de esa ilusión es muy complicado y en ocasiones frustrante.
Pero descubrí que si contamos con Dios todo es distinto. Por eso hoy quiero darte estos tres consejos que seguro te servirán tanto como a mí:
1. Confía en que los planes de Dios son mejores que los tuyos
Dios ya tiene un plan para ti y es importante seguir su voluntad, no la nuestra. Platicando de mi situación con la persona que más admiro y que siempre me alienta con sabías palabras, me dijo: ¿Confías en que Jesús ya sabía que esto iba a pasar, que te ama y que quiere lo mejor para ti?
Continuó diciendo: «…tienes que darle tu fe, dejar que haga su voluntad y confiar en Él con tu vida». Y es cierto (aunque no muy fácil de entender a la primera), tenemos que vivir en su voluntad, ¡no en la nuestra! Él es más listo, es la sabiduría pura.
Es curioso porque yo a esta persona la conocí precisamente por un cambio de planes. Sin ella no sería la mujer que soy hoy en día y estoy eternamente agradecida por ello. Luego de meditar sus palabras respondí: «Quiero intentar aceptar que Dios tiene mejores planes para mí. Aunque el cambio de esos planes al principio me cueste mucho».
Porque no sé si es tu caso, pero yo soy de las personas que se ilusionan de más. Empiezo a imaginar todo lo que va a pasar cuando esas metas que tengo sucedan y lo feliz que me sentiría. Pero debemos entender que la voluntad de Dios y sus planes son mucho mejores que los nuestros.
Hoy puedo decir que su voluntad me dio algo mejor, algo que superó mis expectativas, todo valió la pena. ¡Así que confía!
2. Convéncete de que Dios sabe por qué hace las cosas
Esto suena a frase de abuelita, a un dicho que hemos escuchado por años, pero que termina siendo cierto. Dios ya lo tiene todo resuelto, desde antes de que nacieras. Tu ansiedad sobre el futuro es un desperdicio de hoy, porque no cambiará nada.
Entonces no vivas del pasado o del futuro, vive del hoy. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero verás resultados si te centrar en el presente. Ve a tu ritmo, no temas pedirle ayuda a Dios, a tus amigos o familiares. Ora con la certeza de que hay un Dios que te escucha siempre. Si sientes que la esperanza te abandona te recomiendo leer este texto.
3. Acepta que no todo está bajo tu control
Sus planes son los mejores, aunque no lo entendamos a la primera. Si las cosas no salen como querías, recuerda esta reflexión y ten presente que pase lo que pase Él siempre va a estar a tu lado. ¿No es reconfortante saber que tenemos a alguien que no nos defraudará?
Cierro con está frase que tengo pegada en mi espejo y que todos los días me gusta leer: «Querido Dios, si hoy pierdo mis esperanzas, por favor recuérdame que tus planes son mejores que mis sueños».
El Diablo es un mentiroso: trata de persuadirnos de que somos capaces de encontrar la felicidad fuera de Dios y que podemos perfectamente juzgar lo que es bueno para nosotros.
¡Es una trampa tan vieja como el pecado original, en la cual nos dejamos atrapar cada día!
Cada vez que preferimos nuestro capricho a la voluntad de Dios, cada vez que confundimos libertad e independencia, cada vez que nos aferramos a nuestros bienes materiales en vez de remitirnos a la Providencia, nos comportamos como el hijo pródigo de la parábola (Lc 15, 11-32), que solo tenía una idea en la cabeza: ¡librarse de la autoridad de su padre a fin de ser libre y de actuar a su antojo!
Pero en lugar de desarrollarse personalmente, pronto terminó sintiéndose más miserable que los cerdos que guardaba, hambriento, amargado y perdido.
¿Creemos de verdad?
¿Creemos realmente que Dios nos ama?
Una de dos: o Jesús dijo la verdad, y Dios es un verdadero Padre que nos ama infinitamente y que envió a su Hijo para que “os alegréis conmigo y vuestra alegría sea completa”… y en ese caso, no tenemos nada que temer y todo a esperar de un Padre tan amante y misericordioso; o Dios no nos ama verdaderamente, y Jesús, pues, es un mentiroso; entonces no vale la pena seguirLe.
Hay que ser coherente: o creemos en Dios –el Dios de Jesucristo- o no creemos en Él.
Pero si creemos, saquemos todas las consecuencias.
No podemos decir que el Evangelio es verdad “teóricamente” y no vivirlo concretamente. No podemos proclamar cada domingo en el Credo que creemos en Dios y comportarnos como si esta Fe fuese extraña a nuestra vida cotidiana.
Si creemos que Jesús dice la verdad, que Él ciertamente es el Hijo de Dios y nuestro Salvador.
Si creemos, junto con toda la Iglesia, que su Palabra es verídica, especialmente cuando nos revela la infinita bondad del Padre, su misericordia inagotable y su ternura; entonces ¿por qué dudamos en poner todo en manos de Dios? ¿Por qué tememos darseLo todo?
Mucho más que el “Jackpot”
Si no osamos abandonarnos sin reserva, es porque, todavía, nos dejamos caer en la trampa del Maligno.
Este manipulador nos susurra –¡y nuestra imaginación cae de bruces en el truco!- que Dios se aprovechará, despiadado, de nuestra confianza para devastar nuestra vida.
¡Como si Él no esperara más que una señal de nuestra parte para hacernos desgraciados!
¡Pero es exactamente todo lo contrario!
“Todos los bienes me han sido dados a partir del momento que yo no los he buscado”, afirmaba san Juan de la Cruz.
Todo aquel que ha hecho la prueba de remitirse completamente a la bondad de Dios os dirá lo mismo.
Apostar todo a Dios no es una fórmula mágica que permitiría ganar el “jackpot”.
No se trata de hacer una inversión rentable o de subscribir un seguro de vida: se trata de salir de la lógica del mundo para entrar en la del Reino.
Cuando san Juan de la Cruz habla de “todos sus bienes”, no habla de la gloria y las riquezas, sino de los bienes que necesitamos para ser verdaderamente felices, de los que son capaces de colmarnos.
Sin miedo
Apostar todo a Dios no hace llover pruebas… ¡pero tampoco nos dispensa de ellas!
Por el contrario, remitirse completamente al amor del Señor nos hace aptos a recibir de Él tesoros de gozo, de paz, de fuerza y de confianza, en los éxitos y en la adversidad.
En vez de cargar con nuestra carga solos, recibimos de Jesús “un yugo y una carga ligeros” (Mt 11, 30)…
No forzosamente ligera en apariencia, pero ligera en realidad, porque Jesús la lleva, realmente, con nosotros.
¿Cómo abandonarnos?
Abandonándonos. Dicho de otra manera, pidiendo esta gracia al Señor. PidiéndoSela con confianza, incansablemente, y sin preocuparnos por nuestras dificultades a recibirla y a vivirla.
Cada vez que una inquietud nos atenace o que estemos tentados de llevar nuestra vida “solos como los mayores”, volvamos a decir a Dios que nos queremos apoyar únicamente en Él.
No mantengamos ninguna preocupación, ni la de no llegar a entregarnos totalmente al Señor.
¿Nuestro corazón está escindido, es pusilánime, es infiel? No tengamos miedo. Dios es más grande que nuestro corazón.
Este corto llegó a mí gracias a mi cuñado Pablo. Y si estás leyendo puedes pensar ¿eso qué importancia tiene? pero lo que sucede es que Pablo tuvo una increíble conversión, es uno de esos jóvenes que ves por la calle pero que no pensarías nunca que sirve en la iglesia. Tiene unas rastas de infarto, que confunden a la gente, porque casi siempre nos apresuramos a juzgar por lo que vemos. Su mamá dice que sus rastas también sirven para evangelizar (y es cierto).
Seguramente a Pablo este corto le pareció lindo, lo compartió con varias personas y hasta ahí. Pero no se imaginó que la loca de su cuñada se sentiría inspirada a escribir luego de que su hermano (el amor de mi vida), me lo enviara emocionado para que me pusiera a teclear como si no hubiera un mañana.
El corto es de Yes He is y se llama «Roto». Una palabra pequeñita que despierta un millón de sentimientos. Roto podemos tener el corazón, el espíritu y hasta el cuerpo. Rota la esperanza, la alegría o las ganas de seguir adelante. Verlo me hizo recordar que todos nos hemos sentido rotos alguna vez, pero que como sucede en el corto, si dejamos que Jesús nos abrace, todo cambia.
Roto estoy por dentro Señor
Yo también me he sentido rota, dañada. He sentido que me quiebro a pedazos, pero luego, con el gesto más inesperado Dios llega y me dice «aquí estoy». A veces nos esforzamos por no derrumbarnos, pero las acciones de otros nos lastiman, nos duelen, nos parecen incoherentes. ¿Por qué el otro se empeña en hacerme daño?
Con esto no estoy queriendo decir que nuestro dolor o sufrimiento se deba únicamente a terceros. El dolor a veces también es la consecuencia de nuestras malas decisiones, de nuestro actuar egoísta y sin sentido. Roto me siento cuando me esfuerzo por actuar con caridad y paciencia, pero el otro me responde a gritos con el corazón lleno de furia.
Roto me siento, cuando otros me rechazan sin atreverse a conocerme. Roto me siento, cuando busco consuelo en mis seres queridos, pero no lo encuentro. Roto me siento cuando parece que mi amor o mis logros, no son suficientes. Cuando clamo a Dios por una respuesta, pero en lugar de ello, solo me martilla el silencio.
Y puede que por fuera no nos veamos rotos, que sonriamos en el trabajo o en casa y que hasta hagamos bromas. Puede que nos parezca más sencillo fingir, que decir en voz alta que nos estamos derrumbando. Puede también, que andemos con el corazón salpicado de rencor y rabia contra Dios, y que nos haga falta agachar la cabeza y pedirle perdón.
Me reconozco frágil y necesitado de tu amor
Cuánto añoramos todos en nuestro interior, el abrazo de Jesús. Cuánto quisiéramos que llegara así como en este corto, a abrazarnos con fuerza, a unir lo que estaba roto, a sanar lo que dolía, a curar lo que lastimaba, a hacer brillar lo que antes permanecía en penumbra.
Cuán sedienta estoy de tu amor Señor, y no solo de tu abrazo, sino de que hagas de mi corazón lo que tú quieras. Pensar en que el amor de Jesús por nosotros no tiene límites, brinda un consuelo inimaginable. El mismo Dios hecho hombre quiso ser como nosotros. Quiso venir al mundo frágil y pequeño, envuelto en pañales.
Quiso crecer como cualquiera, tener amigos, salir a caminar sentarse a la mesa y luego morir de la forma más cruel ¡por amor! Mi Jesús, mi dulce Jesús, sufrió todos los dolores, soportó todas las traiciones, engaños, rechazos, insultos, bofetadas y calumnias. El dolor más sordo y abismal, lo sintió el rey del universo.
Y ese mismo rey es el que viene a pedirnos nuestro ultrajado corazón. ¿Cómo es posible que el rey de reyes tenga que suplicarnos que lo amemos? «Roto» es un increíble recordatorio de que no importa cuán profundas sea las heridas, Dios siempre va a querer recibirnos en sus brazos.
Que el dolor se vaya, pero se quede Jesús
Esto es lo que sucede cuando dejamos que Él entre y sane nuestro dolor. Si lo aceptamos, nos convertimos en fuentes de su amor, en seres capaces de reconocer en el otro nuestra propia fragilidad. El corto termina con esta hermosa frase: «Jesús vino para amarte y restaurar tu corazón roto».
Así que hoy en medio de la oración, cuando estés solo o te vayas a dormir, confiésale en secreto que necesitas de su amor. Que estás harto de buscar y no encontrar, de perseguir y no alcanzar, que te sientes cansado, que se te agotan las fuerzas, pero que esperas que haya espacio en su insondable corazón.❤️