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jueves, 21 de abril de 2016

Se ama a un hijo porque es hijo. Un creativo experimento y 6 claves para la formación de los niños


Bella e dolce mamma allatta il bambino in un parco di Londra


Mamá Oca, catholic-link
Hoy, con la promoción que ha tenido la libertad mal entendida, los derechos humanos que no consideran los deberes, la lucha por quitarle la potestad educativa a los padres y la permisividad exagerada ante los hijos, parece ridículo cuando escuchamos frases del tipo: «
Jorgito (el cuarto Jorge de la familia) va a ser abogado para continuar con el legado familiar». Suena un tanto retrógrado (o más bien iluso) y nos podemos hasta burlar si encontramos a alguien que piensa así.
Sin embargo, no tenemos la misma actitud ante tantas «modas» educativas modernas que hoy están tan integradas en lo cotidiano que su nocividad pasa desapercibida. Por ejemplo, llenar el horario de los niños de actividades extracurriculares para que sean los mejores en todo, para que sepan todo, para que nadie los gane y para que desplieguen su «máximo potencial». ¡Qué mejor que ser los orgullosos padres del primero de la clase, del primero en natación, fútbol, ajedrez, matemáticas, inglés y patinaje sobre hielo! ¡Qué mejor muestra de nuestra gran capacidad educativa! De paso, tenemos mucho más para compartir en las redes.

Pero hay que tener cuidado. El miedo a que nuestros hijos fracasen según la mirada individualista y materialista del mundo, nos secuestra sin permitirnos centrar nuestra amorosa mirada en descubrir la riqueza que cada uno de los niños aporta en su unicidad y diferencia. Dios nos puso a cada uno un ADN distinto para hacernos únicos y darnos la posibilidad de desplegarnos al máximo según nuestros verdaderos dones y talentos, sin descuidar lo esencial: la relación con Dios y el servicio al prójimo. No se trata de plasmar en los hijos nuestros sueños de padres, de querer que ellos superen nuestras frustraciones personales o replicar lo que nuestro grupo de amigos hace con su familia. Cuando no vemos esto y trabajamos de sol a sol para darles a nuestros hijos lo que ni siquiera quieren, el resultado a veces es doloroso. Los niños sufren al no responder a las expectativas de los padres, y su autoestima se ve dañada porque son valorados sólo por sus resultados y no por ser simplemente hijos.
El objetivo de este post no es profundizar en casos específicos ni en soluciones educativas. La idea es que, a partir del video que presentamos en esta ocasión, donde se menciona la palabra «potencial», compartamos algunas reflexiones de algunos autores que he recogido por su claridad en la exposición de conceptos clave,  y que nos pueden ayudar a cuestionar nuestro modelo educativo para ver si vale la pena hacer algunos ajustes por el bien de nuestros hijos y de su formación como seres humanos felices, sea cual sea su vocación tanto de vida como profesional.  Y, sobre todo, nos llevemos una idea central: a los hijos se les ama por lo que son y no por lo que hacen. Amor incondicional. Esa es la regla de oro.


1. El amor no es ciego

«Siempre que volvíamos por la calle de San José —leemos en Platero y yo— estaba el niño tonto a la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños a quienes no llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño alegre él y triste de ver; todo para su madre, nada para los demás”.  (…) Para la madre de nuestra historia, el hijo tonto representa lo que efectivamente es: una persona dotada de eminente dignidad; de una especial realeza, si se me apura, en virtud de su condición de infradotado. (…) Ella ve la realidad; los demás están a oscuras. El amor, lejos de ser ciego, resulta clarividente: hace nacer, vigorosos, los verdaderos contornos del amado». (Tomás Melendo,«Familia, ¡sé lo que eres!»)

2. Ser vs. Hacer

«¿Quién puede dejar de pedir a la familia humana que sea una auténtica familia, una auténtica comunidad donde se ama permanentemente al hombre, donde se ama siempre a cada uno por el solo motivo de que es un hombre, esa cosa única irrepetible que es una persona?» (Juan Pablo II, Discurso en la Plaza Vittorio de Turín, 13 de abril 1980).

3. ¿Qué es estar preparado para la vida?

«La preparación para la vida no apunta a una vida solo materialmente lograda (bienestante), solo socialmente satisfactoria (exitosa), solo profesionalmente brillante (una buena boda). Apunta a una vida creciente (porque vivir es crecer), en los principales sectores vitales. Apunta a la madurez personal. Apunta a la vida feliz». (Oliveros Fernandez Otero, «Preparar para la vida»).

4.  Formando al futuro campeón del mundo: niños y padres estresados

potencial
potencial
«En muchos hogares, los horarios de los niños han convertido la vida familiar en una carrera interminable contra el reloj. Cuando varias ciudades estadounidenses introdujeron cámaras para fotografiar a los conductores que se saltaban los semáforos en rojo, resultó que el mayor grupo de infractores no estaba formado por chicos con coches deportivos trucados, sino por madres dedicadas a llevar a los niños de una actividad a otra.
Mientras llevaba a cabo indagaciones con vistas a su libro «Unequal Childhoods: Class, Race and Family Life» (Infancias desiguales: clase, raza y vida familiar), Annette Lareau descubrió que los niños excesivamente ocupados de familias ricas estaban más cansados y aburridos y tendían menos a iniciar juegos por su cuenta que los menos ocupados de las familias pobres”.
Otro inconveniente de los programas excesivos es que los niños, como los adultos, se quedan sin tiempo para reflexionar (…) Cuando todo está programado, no se aprende nunca a analizar las ideas propias ni a entretenerse solos. (…) La sobrecarga de actividades también roba el tiempo que cabría dedicar a las cosas no programadas y sencillas que unen a las familias: la conversación relajada, los juegos cariñosos, las comidas compartidas o simplemente estar juntos dejando pasar el tiempo en un silencio cordial» (Carl Honoré, «Bajo presión»).

5.  Lo que no puede ser reemplazado por lo material

«Con frecuencia, podemos correr el riesgo de sobrevalorar los dones materiales que ponemos a disposición de nuestra familia: el dinero que damos gracias a nuestro trabajo, la alimentación, los gastos de la educación académica, los vestidos, los regalos, en suma, los bienes de consumo. El amor incondicional es un don de nosotros mismos, de nuestro mismo ser, a nuestros familiares. Este don no puede ser sustituido por un sucedáneo, como son las cosas materiales, por muy necesarias e importantes que sean éstas. Sugiero caer en la cuenta de que los dones materiales pueden ser perfectamente compatibles, en el seno de una familia, con una situación de maltrato, de carencia, de indiferencia o de omisión afectiva del amor incondicional» (Pedro Juan Viladrich, «El valor de los amores familiares»).

6. Se ama a un hijo porque es hijo

«Con los avances de las ciencias hoy se puede saber de antemano qué color de cabellos tendrá el niño y qué enfermedades podrá sufrir en el futuro, porque todas las características somáticas de esa persona están inscritas en su código genético ya en el estado embrionario. Pero sólo el Padre que lo creó lo conoce en plenitud. Sólo él conoce lo más valioso, lo más importante, porque él sabe quién es ese niño, cuál es su identidad más honda. La madre que lo lleva en su seno necesita pedir luz a Dios para poder conocer en profundidad a su propio hijo y para esperarlo tal cual es. Algunos padres sienten que su niño no llega en el mejor momento. Les hace falta pedirle al Señor que los sane y los fortalezca para aceptar plenamente a ese hijo, para que puedan esperarlo de corazón. Es importante que ese niño se sienta esperado. Él no es un complemento o una solución para una inquietud personal. Es un ser humano, con un valor inmenso, y no puede ser usado para el propio beneficio. 
Entonces, no es importante si esa nueva vida te servirá o no, si tiene características que te agradan o no, si responde o no a tus proyectos y a tus sueños. Porque «los hijos son un don. Cada uno es único e irrepetible […] Se ama a un hijo porque es hijo, no porque es hermoso o porque es de una o de otra manera; no, porque es hijo. No porque piensa como yo o encarna mis deseos. Un hijo es un hijo». El amor de los padres es instrumento del amor del Padre Dios que espera con ternura el nacimiento de todo niño, lo acepta sin condiciones y lo acoge gratuitamente» (Papa Francisco, «Exhortación apostólica Amoris Laetitia, 19 de marzo del 2016»).




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