
Venezuela, azotada por dos potentes terremotos la noche del 24 de junio, lucha por recuperarse. Con magnitudes de 7,2 y 7,5 en la escala de Richter, los dos temblores sacudieron el país con apenas segundos de diferencia. En varias regiones ya debilitadas por una profunda crisis económica y social, los daños materiales son considerables. Edificios se han derrumbado, familias enteras lo han perdido todo y cientos de personas han tenido que ser alojadas en refugios de emergencia. Según las últimas cifras oficiales, publicadas el 7 de julio, al menos 3.685 personas han muerto y más de 16.700 han resultado heridas.

Ante la magnitud del desastre, la Iglesia Católica se movilizó rápidamente para ayudar a las víctimas. En Caracas, la capital ubicada en el norte del país, la arquidiócesis estableció una comisión especial para coordinar la ayuda material y el apoyo espiritual a las víctimas, en conjunto con las parroquias y los equipos en el terreno. Al frente de la comisión, el padre Nelson Molina, coordinador de la comisión de emergencia de la Arquidiócesis de Caracas, habló con Aleteia sobre el dolor de las familias, el compromiso de los sacerdotes con las víctimas y la esperanza que sigue sosteniendo al pueblo venezolano en medio de las ruinas.
Aleteia: ¿Cuál es la realidad para la gente sobre el terreno hoy?
Padre Nelson Molina: Desde la tragedia, una de las mayores dificultades que enfrenta el pueblo venezolano es la sensación de abandono por parte de las autoridades civiles. La respuesta ha sido muy lenta. La ayuda de otros países llegó antes que la de nuestras propias autoridades. Esta situación nos tomó a todos por sorpresa y, desde el primer día, nos obligó a ayudar en lo que pudiéramos. La generosidad del pueblo venezolano se reveló en este momento tan difícil.
Muchísimas personas se ofrecieron como voluntarias, retirando escombros con sus propias manos, sin siquiera tener el equipo necesario, pero entregándose por completo para intentar salvar tantas vidas como fuera posible. El primer día, cuando fui al pie de uno de los edificios que se derrumbaron en Caracas, en el municipio de Chacao, cerca de mi parroquia, escuché el conmovedor testimonio de un padre de familia. Salía corriendo del edificio con su hijo cuando se derrumbó. Él logró salir, pero su hijo no... Es desgarrador.
Ese día, unas 300 personas buscaron refugio en mi parroquia. Había muchos niños. Verlos tendidos en el suelo de la iglesia, paralizados por el miedo, me conmovió hasta las lágrimas. Fue increíblemente difícil. Desde entonces, escuchamos innumerables historias de sufrimiento a diario. Una mujer a la que apoyamos perdió a cuatro de sus nietos. Lo perdió todo, absolutamente todo. Sigue viva; la operaron ayer y estamos siguiendo su caso muy de cerca. Miles de personas lo han perdido todo. Es imposible destacar una sola historia; es una inmensa tragedia humana.
Más allá de la ayuda material, ¿qué papel desempeña la Iglesia en el apoyo espiritual a las víctimas?
El arzobispo, junto con los obispos auxiliares, creó una comisión encabezada por el obispo auxiliar José Manuel León. Fui designado coordinador de esta comisión para intentar brindar una respuesta eficaz sobre el terreno: espiritual, solidaria y material. Estamos trabajando incansablemente con un equipo extraordinario, en conjunto con las parroquias, para llegar a las personas en los albergues, pero también para atender situaciones específicas en los hospitales, que se encuentran en un estado muy crítico. En los hospitales públicos, que deberían tener todo lo necesario, a menudo hay escasez de tensiómetros, gasas o jeringas. Esta es la realidad que enfrentamos hoy.
Los principales desafíos en las próximas semanas incluirán el realojo de las personas en los albergues. Pero incluso ahora, los rescatistas continúan la búsqueda de sobrevivientes.
La Iglesia ha demostrado verdaderamente lo que es la sinodalidad, es decir, caminar con el hermano, al lado del que más sufre, del que más ayuda necesita
Nuestra primera misión es muy clara: es espiritual. Debemos acompañar este doloroso proceso de duelo, acompañar esta tragedia con nuestra presencia. A veces, nos faltan las palabras. ¿Cómo explicarle a un padre que ha perdido a sus hijos o a su esposa? Nada puede aliviar verdaderamente tal dolor. Pero nuestra presencia puede brindar consuelo, y la Iglesia está totalmente dedicada a esto.
Hemos visitado casi todos los hospitales de Caracas —hay más de veinte— y hemos escuchado a la gente, compartido momentos con ellos. En las zonas más afectadas, sacerdotes y laicos brindan consuelo, proclaman la Palabra de Dios y acompañan a quienes están heridos física o emocionalmente. Recibimos conmovedores relatos de todo lo que se está haciendo sobre el terreno. En medio del horror y el caos, hay una luz, y esa luz es Jesucristo. Sabemos que Él cuenta con nosotros.
¿Cómo viven esta misión los sacerdotes, afectados ellos mismos por las consecuencias del desastre ?
Nosotros, los sacerdotes, hemos entregado nuestras vidas a Dios. Al ser ordenados, nuestras vidas dejaron de pertenecernos, y creo que esto es particularmente evidente hoy.
En La Guaira, una de las zonas más afectadas, algunos sacerdotes han perdido a gran parte de sus feligreses. Recibí el testimonio de uno de ellos, quien explicó que de los catorce miembros del coro parroquial, doce fallecieron, y de los ocho catequistas, seis perdieron la vida… Estos sacerdotes han perdido a muchos fieles, y sin embargo deben levantarse, seguir ayudando, dar un paso más, confiar en Dios y seguir adelante, porque sabemos que el pueblo de Dios nos necesita. Nos apoyamos y consolamos mutuamente. Hemos sentido verdaderamente la cercanía de los obispos que apenas duermen y dedican su tiempo a visitar los refugios. La Iglesia ha demostrado verdaderamente lo que es la sinodalidad: caminar con el hermano, al lado del que más sufre, del que más ayuda necesita.

En un contexto de tanto sufrimiento, ¿cómo podemos mantener la esperanza?
La esperanza no está perdida. Hay miles de rescatistas sobre el terreno, y estamos tratando de brindarles apoyo espiritual y material, suministros médicos, agua, todo lo que podemos ofrecer para ayudar a salvar vidas. Los desafíos son inmensos, ya que la sociedad civil ha tomado las riendas de la situación sin un liderazgo central definido, pero algunas iniciativas maravillosas han evitado que la tragedia sea aún mayor. Lo más conmovedor ha sido presenciar la solidaridad y la fe de la gente. Es increíble ver cómo se ha manifestado la fe, cómo es una fuerza que nos impulsa hacia adelante y nos recuerda que Jesucristo camina con nosotros.
En mi iglesia, perdimos la figura de Cristo que estaba en el altar. Esto me recordó lo que mi madre solía decir: "Cristo bajó para acompañar a los que sufren". Esta frase se ha quedado grabada en mi memoria, y hoy Cristo nos está ayudando; esto es evidente en los miles de testimonios que escuchamos. Así que no subestimemos el poder de la oración. Un pueblo unido en oración puede obrar milagros, y necesitamos renacer como nación.
Antes de este terremoto, nuestro país ya había sufrido otras convulsiones, crisis institucionales y numerosas pruebas que lo habían puesto de rodillas. Hoy, necesitamos el consuelo de la oración. No olvidemos a nuestro pueblo, que ha sufrido enormemente, que ha sufrido durante años y que hoy carga con una herida profunda.
Laura Marchais, Aleteia
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