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San Agustín de Hipona
(354-430) es una de las figuras más destacadas de la historia del
cristianismo. Nacido en lo que hoy es Argelia, poseía una mente
brillante, pero pasó muchos años buscando la verdad en los lugares
equivocados. Buscó el éxito, el placer y la filosofía, y durante casi una
década siguió la religión maniquea, pero su corazón seguía insatisfecho.
Su fiel madre, Santa Mónica (a quien celebramos ayer), nunca dejó de
rezar por él. Finalmente, gracias a su perseverancia y a la predicación de
San Ambrosio en Milán, Agustín experimentó una profunda conversión. Se
bautizó en la Vigilia Pascual del año 387 y más tarde escribiría las
famosas palabras: “Nuestros corazones están inquietos hasta que descansan
en Ti”. Esas palabras siguen hablándonos hoy en día.
Agustín regresó al norte de
África, se desprendió de sus bienes y se dedicó a la oración, al estudio
y al servicio de la Iglesia. Como obispo de Hipona durante treinta y
cinco años, se convirtió en uno de los más grandes maestros del
cristianismo. Su Confesiones sigue siendo una de las
autobiografías espirituales más conmovedoras del mundo, mientras
que La Ciudad de Dios ha marcado el pensamiento
cristiano durante siglos. Agustín, declarado Doctor de la Iglesia, nos
recuerda que nadie está fuera del alcance de la misericordia de Dios.
Nuestra hermosa pintura
flamenca, realizada hacia 1490, reúne en una sola imagen cinco momentos
clave de la vida del santo. En el centro, Agustín es consagrado obispo de
Hipona, rodeado de clérigos ricamente ataviados. El artista se deleita
con la belleza de la liturgia, pintando con esmero las vestiduras, los
báculos, los incensarios y los ornamentos del altar, recordándonos que el
culto a Dios es en sí mismo algo bello.
Las cuatro escenas más
pequeñas que rodean el episodio central narran el resto de la historia de
Agustín. En la parte superior izquierda, recibe la ordenación sacerdotal.
Debajo, predica con gran
convicción mientras su madre, Santa Mónica, aparece escuchando en actitud
de oración, un conmovedor recordatorio de que sus años de paciente
intercesión dieron frutos extraordinarios. En la parte superior derecha
vemos una de las leyendas más queridas sobre Agustín. Mientras reflexiona
sobre el misterio de la Santísima Trinidad, se encuentra con un niño en
la orilla del mar que intenta verter todo el mar en un pequeño agujero en
la arena. Cuando Agustín le señala que eso es imposible, el niño le
responde que no es más imposible que el hecho de que la mente humana
comprenda plenamente el misterio de la Trinidad. Por último, en la parte
inferior derecha, Agustín continúa enseñando y debatiendo sobre la fe con
quienes se han reunido a su alrededor.
San Agustín, ruega por
nosotros.
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