Sonia Ibarra tuvo 12 hijos: seis son sacerdotes y dos religiosas. Ahora cuenta qué ocurrió en su hogar y anima a los padres a no temer las vocaciones.

En el centro de la fotografía se encuentra una de las hijas religiosas de la familia, acompañada por sus seis hermanos sacerdotes, aunque falta una hermana religiosa que no pudo estar en este encuentro.
Hay familias en las que surge una vocación sacerdotal o religiosa. Y hay otras que parecen convertirse en auténticos semilleros de vocaciones. Es el caso de la familia argentina formada por Sonia Llauró de Ibarra y su marido, Diego Ibarra.
Sonia tuvo 12 hijos a lo largo de 20 años. Seis son hoy sacerdotes, dos de sus hijas son religiosas, tres están casados y otra hija falleció siendo niña. Sus hijos consagrados sirven actualmente a la Iglesia en lugares tan diversos como Roma, Estados Unidos, Bolivia, Polonia, Filipinas o Italia.
Pero Sonia no presenta esta llamativa historia familiar como resultado de una fórmula educativa. Para ella, la clave está en haber confiado en Dios y haber procurado crear en casa un ambiente en el que sus hijos pudieran descubrir libremente su llamada.
«Yo no voy a poder explicarles lo que nosotros hemos recibido por haber confiado en el llamado que Dios hizo a nuestros hijos», asegura.

Familia Ibarra, 12 hijos: 6 sacerdotes, 2 religiosas, 3 casados y una en el cielo
La conversión que cambió su familia
Sonia nació en Buenos Aires en una familia católica, aunque no practicante, y se casó con Diego cuando tenía solo 18 años. Un acontecimiento resultaría decisivo para su vida matrimonial y familiar: participó en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y experimentó una profunda conversión.
Desde entonces comenzó a realizarlos cada año.
«Era una forma de llenarme de Dios para después llenar a los chicos de Dios. Si uno no se llena de Dios, no puede dar nada», explica.
Aquella fe fue trasladándose a la vida cotidiana. En la casa de los Ibarra se rezaba el rosario en familia y los niños participaban en momentos de adoración ante el Santísimo. Sonia reconoce que no siempre resultaba fácil mantener a tantos pequeños tranquilos, pero considera fundamental acostumbrarlos desde la infancia a estar ante Dios.
«No apaguen esa pequeña llama»
Su experiencia como madre le lleva ahora a dirigir un mensaje especialmente contundente a otros padres: no tener miedo cuando un hijo manifiesta inquietudes sacerdotales o religiosas.
«Si Dios los llama para consagrarse a Él como sacerdotes o religiosas, es para que sean felices y lleguen a ser grandes santos; no los llama para hacerlos infelices», afirma.
Sonia compara la vocación con la pequeña llama de una vela y pide a los padres que no la apaguen. Si un hijo expresa su deseo de entrar en el seminario, sostiene, hay que darle los medios necesarios para discernir ese posible llamado.
También desmonta una objeción frecuente: pensar que un niño inquieto, desordenado o travieso no puede tener vocación.
«Dios no espera niños perfectos para llamarlos. Si fuera así, ninguno de nuestros hijos hubiera sido llamado», asegura. El seminario y el noviciado serán precisamente lugares de discernimiento y formación donde esa llamada podrá madurar.
40 horas rezando por nuevas vocaciones
La historia de su familia llevó además a Sonia a implicarse en una iniciativa internacional de oración. Inspirada por el conocido caso de Lu Monferrato, el pequeño pueblo italiano del que surgieron centenares de sacerdotes y religiosos, comenzó junto a otras madres una adoración por las vocaciones.
Desde hace años realizan mensualmente 40 horas de adoración, los días 14, 15 y 16, ofreciendo la oración por la santificación de los sacerdotes, su perseverancia y el nacimiento de nuevas vocaciones. La iniciativa se ha extendido internacionalmente.
Para Sonia, familia y parroquia deben trabajar juntas para recuperar ese «clima vocacional». Cree especialmente importante mostrar a los niños vidas de santos que puedan convertirse en modelos y alimentar desde pequeños esas primeras inquietudes espirituales.
Y termina proponiendo otra práctica que ha marcado a su propia familia: poner a la Virgen en un lugar central y consagrarle los hijos.
Su oración resume bien la actitud con la que Sonia y Diego han vivido las vocaciones de sus hijos: «Te lo entrego para que lo hagas santo».
ReL
Vea también La Vocación Cristiana, la Vocación a la Santidad




No hay comentarios:
Publicar un comentario