Muchos se peguntan por qué a la hora de comulgar recibimos solo el Cuerpo y no su Sangre. El padre Daniel responde a esta pregunta para los lectores de Aleteia
Seguramente nos hemos preguntado por qué si en la primera comunión recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ya no ocurre lo mismo cuando vamos a la Misa dominical.
Sabemos que Cristo está presente en los signos eucarísticos, pero ¿existe alguna razón para que no se nos de la sagrada comunión bajo las dos especies?
Esta pregunta la responde el padre Daniel Trujillo a los lectores de Aleteia.
Fue el mensaje de San Pablo al Areópago: la resurrección de la carne está en el corazón de la fe cristiana, esto quiere decir que nuestro cuerpo nos acompañará al cielo
En las grandes paradojas chirriantes de nuestro tiempo, el cuerpo está desgarrado. A veces la tecnología afirma que la revolución de quién sabe qué metaverso está por venir y en consecuencia se virtualizarían todas las relaciones humanas. Otras veces, solo se trata de la dimensión material de la vida, pues las preocupaciones de muchos -en el ámbito de la ecología- se limitan a proteger la vida como bios, la naturaleza y las criaturas en pie de igualdad con el Hombre, al tiempo que desprecian su espíritu, sospechoso de ser la causa de la destrucción.
La religión cristiana es la del cuerpo
Sin embargo, la religión cristiana es la religión del cuerpo. Toda teología auténticamente cristiana es necesariamente una «teología del cuerpo«, porque habla de Aquel que se encarnó. El hecho de que un Dios que ama al hombre comparta nuestra condición humana es la demostración de la inmensidad del amor divino por la realidad corpórea que es la nuestra.
En la Encarnación, no es un Dios extraño a la carne el que viene a visitarla para ver cómo es la vida a este lado de la corporeidad. Dios es el autor de la vida tal como la vivimos, y la creó para que, a través de esta experiencia nuestra, pudiéramos llegar a Él. Por eso, cuando Dios comparte nuestro modo de vida temporal y frágil, no se aleja de lo que Él es.
La corporeidad no es un accidente del ser, sino un rasgo esencial de nuestra vida. Somos un cuerpo unido a un alma; uno nunca vivirá sin el otro. Somos cuerpo y alma para la eternidad, el cuerpo no es una vulgar envoltura desechable, y el alma, la dimensión angélica y soberbia de nuestro ser, no es la única digna de Dios.
Es en esta unidad donde somos plenamente personas y donde somos imágenes de Dios, capaces de Dios. La fe en Jesús nos impide elegir entre cuerpo y espíritu; cuando oímos «cuerpo», nos referimos a la unidad total de una persona, y cuando oímos «espíritu», nos referimos al motor de esa unidad, pero a ninguna otra entidad separable.
Un cuerpo para el Cielo
Nuestro cuerpo no es el vehículo temporal de una parte de nuestra vida. Es el lugar de unidad de nuestra persona y, en este sentido, es el lugar de la experiencia misma del Cielo. Durante esta vida, nos permite experimentar sensaciones, emociones y acontecimientos que nos vinculan entre nosotros y con Dios mismo. En el Cielo, ¡será lo mismo!
Si la Iglesia se atreve a hablar de «resurrección de la carne», es porque nuestra fe nos convence de que seremos las mismas personas en la vida bienaventurada, esto significa que nuestro cuerpo nos acompañará allí. Aquí se acaban las definiciones y las descripciones, solo la fe nos guía, los detalles se nos escapan. Pero creemos que nada de lo que nuestro cuerpo experimente aquí será olvidado en el Cielo.
Así que, ya que vamos a vivir eternamente con un cuerpo, ¡es hora de que vivamos en paz con él! Por supuesto, nos causa sufrimientos, complejos y pecados. Hay días en que nos resulta pesado y superfluo, en que lo consideramos un extraño o incluso una amenaza. Pero también es el lugar de nuestros placeres, de nuestro descanso, de nuestro amor, de nuestra exultación. En el cuerpo encontramos nuestra nostalgia, nuestro apetito por el Cielo y sus maravillas.
Su necesidad de más, su insaciable búsqueda de la felicidad son la prueba de nuestra predestinación a una alegría de la que tomará parte. Desde las alturas del Cielo, Dios contempla amorosamente a la criatura que somos cada uno de nosotros, maravillándose de este otro ser tan semejante a sí mismo, porque está hecho de amor y para el amor. Por eso, para contemplar a Dios, no olvidemos contemplar nuestros cuerpos: amando lo que Él ama, podremos amarle un poco mejor.
Del libro: Desde tu carne verás a Dios, una meditación sobre el cuerpo y la resurrección, Gaultier de Chaillé,(autor del libro y de este artículo), Mame, septiembre 2023.
La castidad es una conducta de templanza que toma un individuo sobre el control de los actos y placeres sexuales
La castidad es la pureza sexual. Las personas que son castas son moralmente puras en pensamientos, palabras y obras. La castidad significa abstenerse de cualquier relación sexual prematrimonial. También significa ser completamente fiel al cónyuge en el matrimonio.
La palabra castidad deriva del latín castitas, que se refiere a “casto”. Entre los sinónimos que se pueden emplear para referirse a castidad están las palabras honra, pureza, pudor, decoro o virginidad. Lo contrario a castidad se denomina como lujuria, sensualidad o impureza.
Uno de los grandes referentes del cuidado del cuerpo y de la sana sexualidad en la Iglesia católica es san Juan Pablo II, quien creó la Teología del cuerpo, que es el título que le dio a las 129 catequesis sobre el amor, la sexualidad humana y el matrimonio.
San Juan Pablo en estas catequesis nos plantea, no solamente una visión renovada de la sexualidad humana y el matrimonio, sino una visión renovada del hombre y de la mujer como imagen de Dios y, por implicación, una visión renovada de la doctrina católica completa.
Desde Aleteia te compartimos cinco puntos importantes que San Juan Pablo II nos dice que no significan castidad:
1QUE NO TE ATRAIGA NADIE MÁS
No se trata de no sentir atracción hacia otra persona del otro sexo que no sea el cónyuge, sino saber hacerlas a un lado voluntariamente.
2NO SABER DOMINAR TUS PASIONES
No es la ausencia de sentimientos hacia otras personas, sino saber dominar dichos sentimientos, y no ser dominado por ellos.
3DEJARSE LLEVAR
Es importante no dejarse llevar por emociones o deseos sexuales hacia otra persona que no sea el propio cónyuge, teniendo dominio de sí y procurando evitarlos.
4NO TENER MALOS PENSAMIENTOS
No se trata de que no tengamos malos pensamientos, sino saber quitarlos de nuestra mente y no deleitarse con ellos.
5NO SENTIR MIEDO
El hombre o mujer valiente no es el que no siente miedo, sino el que, al sentirlo, lo vence y no se deja vencer por él.
Recuerda que…
«El hombre o la mujer casto no es el que no siente los impulsos de su tendencia sexual, sino el que, al sentirlos, los domina. No se esclaviza a ellos, sino que se hace amo de ellos responsablemente» (San Juan Pablo II).
Si el hombre y mujer, al casarse, han prometido ser fieles, se han comprometido a entregarse totalmente. Han de luchar, pues, para ser responsables de las consecuencias de aquella decisión que libremente tomaron el día de su boda.
Ahora bien, la virtud de la castidad no es nada más esa fuerza que guía al espíritu para defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, sino que, además, sabe promoverlo hacia su realización plena.
Toma en cuenta que siempre es indispensable la oración para poder combatir cualquier tipo de tentación; en ella podemos incluir la intercesión de San Juan Pablo II para poder salir adelante de la prueba.
Cómo evitar que llegues a acumular estrés, según varios consejos de la coach Sheila Morataya
Los humanos somos hijos de la tierra… y de Dios. No importa el lugar que escojamos para vivir, siempre nos conectará a la naturaleza la belleza del pasto en primavera y verano; los sonidos de las cascadas muy arriba en la montaña y el dulce volar de las mariposas.
Pero también somos parte de lo que es sobrenatural, de la respiración y del viento. De Dios. Todas estas cosas nos invitan a escuchar. Dios también quiere ser escuchado.
En el tiempo de la tecnología
¿Escuchas? ¿Cómo escuchas? ¿Eres de las personas que preguntan ‘¿qué dijiste?’, para seguir con un ‘lo siento, estaba distraído’?. Este tiempo en la tierra es de una infinita tecnología, la que hoy navegamos y la que tiene la habilidad de conectarnos con una cantidad de información que ya nos sobrepasa, nos enloquece, nos ensordece.
Cada vez más preferimos escuchar lo que hay en internet o el teléfono antes que a las personas. Esta tecnología nos ha vuelto gente viviendo en piloto automático, crees que escuchas pero no puedes responder a esa pregunta que alguien te hace.
Estamos distraídos mientras los bebes lloran por nuestra atención. Esa atención que quizá hasta la década de los 90, las madres y padres todavía podíamos dar. O esa atención que nos podíamos brindar a nosotros mismos.
Escuchar es afirmar al otro en su existencia
En las últimas semanas he escuchado muchas historias. Las personas vienen a psicoterapia porque necesitan ser escuchadas. Necesitan ser afirmadas.
No hay nada más relajante para el cuerpo y para el alma que estar con una persona que nos brinda su atención al cien por cien. Hay personas que naturalmente son escuchadoras y otras que son las habladoras. Pero para aquellos que no saben escuchar, esta es una habilidad que se puede desarrollar.
Escuchar lo que dice mi cuerpo
Para todos es importante escuchar el cuerpo. La terapia somática enseña a las personas a escuchar a su cuerpo para poder detectar dolores, traumas y enfermedades como la depresión o los estados ansiosos del ánimo.
La mujer, por su naturaleza misma de acoger la vida, amamantar, cuidar y cultivar el corazón y los hábitos tiene un riesgo más alto de sufrir estrés. Por ello es importante escuchar lo que quiere decirle su cuerpo cuando se enoja fácilmente, empieza a llorar sin un por qué o al final de su columna aparece un dolor constante.
Por eso no hay que tener miedo de aprender a escuchar nuestro cuerpo.
Por medio de la enfermedad, el dolor, la fatiga, la rabia, la depresión, o el aumento o pérdida de peso repentino, el cuerpo dice: escúchame, estoy cansado. Tienes que parar y descansar.
Puede sonar contradictorio, pero es cierto. La investigación sobre el multitasking de la Universidad de California, Irvine, revela que las personas no solo tienden a cambiar de actividad cada tres minutos, durante el transcurso de un día de trabajo típico, sino que les lleva mucho más tiempo volver a la tarea original.
La profesora Gloria Mark de Irvine, le dijo a Fast Company en el año 2008 cómo el multitasking conduce a «niveles más altos de estrés, frustración, esfuerzo mental, sensación de presión de tiempo y carga de trabajo mental». (Time, Special Edition, página 13)
Nos enfermamos porque no nos escuchamos.
Las prácticas para escucharme y escuchar a los demás tienen la intención de:
ayudarme a conocerme para conocer;
aceptar que escuchar mis necesidades emocionales y hasta espirituales no es egoísta
y comprobar que, al hacerlo, se abre un contentamiento interior que me da la experiencia de experimentar los momentos fugaces de felicidad
y sobre todo, me vuelve capaz de escuchar y estar al cien por cien para los otros.
Prácticas para mejorar la salud mental
Elige un día a la semana para darte permiso de cuidar de ti misma. Quizá un paseo por la playa, una visita a la manicura o un retiro espiritual. El doctor Daniel Goleman, autor del libro que hoy es un clásico, Inteligencia Emocional, dice que un estado relajado y alerta es óptimo para cualquier rendimiento en cualquier campo. Los atletas intentan entrar en ese estado, porque es cuando el cerebro procesa mejor y la mente funciona en su apogeo. (TIME Special Edition, página 14)
Termina tu día tal y como lo has planeado. Un estudio del año 2016 encontró que las personas que deben estar disponibles después del trabajo son las que tienen más alto el cortisol, la hormona del estrés. Mientras tanto, otro estudio muestra que mientras haga su trabajo, dedicar más horas no lo convierte en un mejor trabajador a los ojos de su jefe.
Cuidar de uno mismo no es algo egoísta. Es una medicina necesaria en un mundo que constantemente nos pide más y más de nosotros mismos. Un mundo que también nos pide a gritos escucharnos los unos a los otros.
«Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habita en vosotros, y que habéis recibido de Dios. Glorificad, pues, a Dios con vuestro cuerpo» (1Cor 6, 19-20)
Estamos poco acostumbrados a utilizar el cuerpo para expresar nuestra oración. Y no es que nosotros tengamos un cuerpo, es que ¡somos cuerpo!
A Dios se puede ir también con nuestra corporalidad. A veces, se gana mucho en la oración si el cuerpo también nos acompaña en este encuentro.
El padrenuestro es la oración de Jesús. La experiencia de rezarlo con todo nuestro cuerpo puede ser muy rica si se practica con libertad y con apertura. Se puede rezar así:
Padre nuestro que estás en el cielo.
(A la vez que se habla se alzan los brazos como para encontrarnos con nuestro Padre. No es que lo busquemos en las alturas. Dios está en todas partes pero hacemos, en realidad, un gesto de ascender buscando también nuestro origen, que siempre está como «más allá» de nosotros. De Dios somos. A Él evocamos, invocamos y tendemos).
Santificado sea tu Nombre…
(Se cruzan, al decirlo, las manos en el pecho. Se respira en él la vida que bulle en nuestro ser y allí se santifica su presencia cercana).
Venga a nosotros tu Reino..
(Se ponen los brazos en cruz, abiertos y desarmados, esperando el reino sin barreras ni trabas, sin resistencia ni obstáculos. Con ganas y en una auténtica actitud de acoger, de abrazar, de encontrar…, todo lo que la vida nos vaya dando. En disposición indefensa de auténtica apertura. Sin nada que nos impida la acogida del Reino).
Hágase tu voluntad en la tierra…
(De rodillas, se toca con el dorso de las manos la tierra, el suelo. Sabedores de que la tierra soy yo. De que en mi tierra, en mi vida, (así como es ahora) se tiene que cumplir su ley y su voluntad. En esta tierra concreta se tiene que hacer patente el programa de vida que él desea para rní. Su voluntad y no la mía. En cl suelo, doblada la rodilla, así como mi voluntad. Todo lo que recite debe hacerse desde abajo. Abajarse ante la vida para no resistirla. Asumirla desde lo bajo para no dañarme. Para que yo no me enorgullezca de nada. Para reconocer, en el gesto, que él es el Rey y Señor, mi Dios y mi creador. Y yo me abajo paca dejar mi orgullo que hace rígida mi vida. Y me pongo de rodillas para acoger con amor y sumisión su voluntad. Para no sufrir más la violencia de la resistencia, de la queja y del porqué).
Como en el cielo…
(En la misma postura de rodillas, se elevan los brazos, como queriendo tocar el cielo con ellos).
Danos hoy nuestro pan de cada día…
(De rodillas se ponen las manos juntas, una encima de la otra y extendidas hacia afuera en un gesto de pobreza. Las manos han de estar vacías para pedir. Hay que haberlo dado todo antes para pedir mas. Sería necio pedir con las manos ocupadas, porque así nada se nos dará.
Pedimos el pan de todo aquello que alimenta: ternura, cariño, comprensión… Un pan nuestro de cada día para ponerlo en la mesa, para que los nuestros se alimenten también de él. Un pan que dé comida de amor a los que nos rodean. El pan está para ponerlo sobre la mesa y que vaya «rodando» por todas las manos. Asequible a todos. Un pan para compartir con los de casa como alimento principal del día).
Perdona nuestras ofensas…
(También de rodillas, se inclina el cuerpo hasta tocar con la frente el suelo y sentir la necesidad de ser perdonados en todo aquello que necesitemos).
Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…
(Se abren, a continuación de sentir nuestro perdón, los brazos a la derecha, izquierda… como si en ese gesto pudiéramos abrazar a todos. Es un acto de reconciliación con todos, con la creación entera).
No nos dejes caer en la tentación…
(De pie, con los brazos protegiendo la cara, se adelanta un pie al otro para buscar una postura de fuerza y estabilidad para que los empujones no nos derriben. Sabiendo que es Dios quien nos está protegiendo desde el exterior y que nuestra fuerza esta en él).
Y líbranos del mal…
(Se levantan los dos brazos, como si se sostuviera entre ellos un cáliz, v se mantienen así, como queriendo ofrecerlo todo a Dios. Cuando se sube el cáliz de nuestra vida como ofrenda ya no nos puede dañar nada. Todo está bien si es ofrecido y todo cobra un significado positivo. Todo lo ofrecido es bueno).
Amén
(Los brazos se dejan caer en una actitud de descanso, a lo largo del cuerpo. Cuando se reza con el corazón, el hombre encuentra sentido a su «amén» y descansa sereno en actitud de abandono. Sabe que es querido, perdonado, protegido, escuchado…. y descansa sereno. Es así como tenemos que sentirnos después de estar con Dios)
Artículo publicado originalmente por los Dominicos de España
¿Te distraes en la oración? El fundador de los dominicos encontró el secreto para ti: rezar involucrando todo el ser, cuerpo y alma
¿Te distraes con frecuencia en la oración? No eres el único. Uno de los grandes maestros de oración de la historia del cristianismo, santo Domingo de Guzmán (1170-1221), encontró la solución para sumergirse en la contemplación de Dios.
Para el fundador de la Orden de los Predicadores (los dominicos), la oración no era un ejercicio mental: era un diálogo con Dios en el que participaba toda su persona: su cuerpo y su alma.
Quienes le conocieron, compartieron su fuerte impresión al verle rezar, hasta el punto de que un autor desconocido, posiblemente un dominico, escribió un pequeño libro, auténtico manual, para describir “Los modos de orar de Santo Domingo” (c. 1260-1288).
El manuscrito, embellecido por maravillosas ilustraciones en color, que se conserva en la Biblioteca Vaticana (Codex Rossianus, 3), sigue siendo hoy una auténtica guía para la oración de cualquier persona.
En él se ofrecen, precisamente, los nueve modos de oración de santo Domingo que aquí presentamos:
1LA INCLINACIÓN
Ilustración del «Modo primero» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
En su primer modo de oración, santo Domingo se inclinaba ante la imagen de Cristo o el altar, como si Cristo, en él representado, estuviera allí real y personalmente, y no solo de manera simbólica (Cf. “Los modos de orar de Santo Domingo – Modo primero”).
Propuesta: haz una profunda reverencia ante un crucifijo, una cruz o un tu rincón de oración, haciendo la Señal de la Cruz
2LA POSTRACIÓN
Ilustración del «Modo segundo» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
En su segundo modo de oración, Domingo se postraba totalmente por tierra, apoyado sobre la cara, se compungía en su corazón y repetía en voz alta las palabras del Evangelio: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18, 13) (Cf. ”Los modos de orar de Sato Domingo – Modo segundo”).
Propuesta: póstrate (ponte boca abajo) ante el crucifijo, diciendo «Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad», mientras te inclinas. Permanece así, en silencio, durante un momento de recogimiento.
3LA DISCIPLINA
Ilustración del «Modo tercero» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
A continuación, santo Domingo se levantaba del suelo y se infligía penitencia mientras decía: “Tu disciplina me corrigió hasta el fin” (Sal 18, 36). (Cf.”Los modos de orar de Santo Domingo – Modo tercero”).
Propuesta: Golpea tu pecho a la altura de tu corazón. Con el puño derecho tócate el corazón diciendo «Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa», o recita todo el “Yo confieso”.
4LA GENUFLEXIÓN
Ilustración del «Modo cuarto» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
Después, con la mirada fija ante el crucifijo, santo Domingo lo miraba con suma atención, doblando las rodillas una y otra vez y hasta cien veces (Cf. “Los modos de orar de Santo Domingo – Modo cuarto”).
Propuesta: Arrodíllate durante unos segundos y permanece un rato con los ojos fijos ante la imagen de Cristo. Repite la operación varias veces.
5DE PIE
Ilustración del «Modo quinto» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
Domingo se colocaba de pie ante el altar, con todo el cuerpo erguido sobre sus pies, sin apoyarse o arrimarse a nada, y en ocasiones con las manos extendidas ante el pecho, como si fuera un libro abierto. Se mantenía así derecho con toda reverencia y devoción, cual si estuviera leyendo delante de Dios (Cf.”Los modos de orar de Santo Domingo – Modo quinto”).
Propuesta: junta las manos con la cabeza ligeramente reclinada, reconociendo la presencia de Dios, y luego abre los brazos para recibir el Espíritu de Dios. Finalmente, extiende tus manos con las palmas hacia arriba para recibir sus dones. Cada movimiento debe durar unos segundos.
6EN CRUZ
Ilustración del «Modo sexto» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
Con las manos y los brazos abiertos y extendidos, a semejanza de cruz, Domingo se mantenía en pie (Cf.”Los modos de orar de Santo Domingo – Modo sexto”.
Propuesta: Extiende tus brazos para formar una cruz, con las manos abiertas, pidiendo al Señor lo que deseas para ti y para los demás.
7MANOS ELEVADAS
Ilustración del «Modo séptimo» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
Con frecuencia, a Domingo se le encontraba orando literalmente flechado al cielo, cual saeta lanzada por un arco tenso en línea recta a lo alto, con las manos levantadas con fuerza por encima de la cabeza, enlazadas o un poco abiertas como para recibir algo de arriba “Los modos de orar de Santo Domingo – Modo séptimo”).
Propuesta: eleva los brazos hacia el crucifijo o al Cielo, como si quisieras tocarlo o elevarte para implorar ayuda.
8EL BESO
Ilustración del «Modo octavo» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
Cuando leía la Palabra de Dios, reverenciaba el libro, se inclinaba hacia él y a veces lo besaba, sobre todo si era un códice evangélico o si leía las palabras que Cristo pronunció de su misma boca (Cf. “Los modos de orar de Santo Domingo – Modo octavo”).
Propuesta: Lee un pasaje de la Biblia o el libro de los Evangelios, tócalo con la frente antes de leer un pasaje y bésalo tras haberlo leído.
9CAMINAR
Ilustración del «Modo noveno» del libro de «Los modos de orar de Santo Domingo»
Este modo Domingo lo practicaba cuando viajaba de una parte a otra, de manera especial si se encontraba en un lugar solitario. Disfrutaba con sus meditaciones en su contemplación (Cf. “Los modos de orar de Santo Domingo – Modo noveno”).
Propuesta: Haz una peregrinación a una imagen sagrada situada en otro lugar de la casa, en el balcón o en el jardín. Venera (por ejemplo, tocándola con las manos o la frente, besándola, etc.) la imagen y haz la Señal de la Cruz.
Este milagro se llevó a cabo en el Monasterio de San Legoziano, de los monjes de San Basilio. Fue sometido al análisis científico del Dr. Odoardo Linoli, jefe de servicio de los Hospitales Reunidos de Arezzo y profesor de anatomía e historia patológica y de química y microscopia clínica; y el Dr. Ruggero Bertelli, profesor emérito de anatomía humana normal en la Universidad de Siena.
Resultados: Informe del 4 de marzo de 1971:
– La carne es verdadera carne.
– La sangre es verdadera sangre.
– La carne pertenece al tejido muscular del corazón (miocardio, endocardio y nervio vago).
– La carne y la sangre son del mismo tipo AB y pertenecen a la especie humana. Obs: es el mismo tipo de sangre encontrado en la Sábana Santa de Turín.
– Se trata de carne y sangre de una persona viva,ya que la sangre es la misma que se habría podido tomar ese día de un ser vivo.
– En la sangre fueron encontrados, además de las proteínas normales, los siguientes minerales: cloretos, fósforos, magnesio, potasio, sodio y calcio.
– La conservación de la carne y la sangre, dejados en estado natural por 12 siglos y expuestos a la acción de agentes atmosféricos y biológicos, permanece un fenómeno extraordinario.
Los científicos dijeron a los monjes: “Es el Verbo hecho Carne”.
2. Orvieto – Bolsena – Italia – 1263
Jesús había pedido a santa Juliana de Cornillon (1258) la introducción de la fiesta del “Corpus Christi” en el calendario litúrgico de la Iglesia.
El sacerdote Pedro de Praga, de Boemia, celebró una misa en la cripta de Santa Cristina, en Bolsena, y entonces, ocurrió el milagro: de la hostia consagrada cayeron gotas de sangre sobre el corporal…
El papa Urbano IV (1262-1264) residía en Orvieto y ordenó al obispo Santiago llevar las reliquias de Bolsena a Orvieto.
El papa emitió la Bula Transiturus de mundo, el 11 de agosto de 1264, donde prescribió que el jueves después de la octava de Pentecostés se celebre la fiesta en honor del Cuerpo del Señor.
Santo Tomás de Aquino fue encargado por el papa de componer el Oficio de la celebración. En 1290 fue construída la Catedral de Orvieto, llamada “lirio de las catedrales”.
3. Ferrara – 28/03/1171
Este milagro sucedió en la Basílica de Santa María in Vado. Se propagaba con peligro la herejía de Berengario de Tours, que negaba la Eucaristía.
El sacerdote Pedro de Verona, con tres sacerdotes celebraban la misa de Pascua; la hostia se transformo en carne, salió sangre que alcanzó el altar, cuyas marcas son visibles en nuestros días.
Documentos: Breve del cardenal Migliatori (1404). – Bula de Eugenio IV (1442), encontrada en Roma en 1975. En Londres, en 1981, se encontró un documento de 1197 narrando el hecho.
4. Offida – Italia – 1273
Ricciarella Stasio – devota imprudente, realizaba prácticas supersticiosas con la Eucaristía; esta se transformó en carne y sangre en una de las sesiones. Fueron entregados al sacerdote Giacomo Diattollevi – conservados hasta hoy. Hay muchos testimonios históricos.
5. Siena – Italia – 1330
Un sacerdote colocó indevidamente una hostia dentro de su breviario para llevarla a un enfermo grave. La hostia se licuó en sangre y mojó las páginas del libro. Esas páginas se veneran en Cassia, en la Basílica de Santa Rita de Cassia, como “Corpus Domini”.
6. Turín – Italia – 1453
La iglesia y el sagrario de la Catedral de Milán fueron saqueados y el ostensorio de plata fue robado y colocado en un carruaje, y llevado a Turín.
Ahí, el caballo paró frente a la Iglesia de San Silvestre, el ostensorio cayó al suelo, y salió volando, con gran esplendor, como el sol.
Se llamó al obispo Ludovico Romagnano. El ostensorio cayó al suelo y la hostia quedó volando. Descendió enseguida dentro de un cáliz asegurado por el obispo.
Documentos: Hechos capitulares, de 1454 a 1456 y la Construcción de la Iglesia “Corpus Domini”.
7. Siena – Italia – 1730
En la Basílica de San Francisco, en Siena, unos ladrones que robaron en la iglesia arrojaron al suelo 223 hostias consagradas. Fueron halladas entre las limosnas y otros papeles. Guardadas no se echaron a perder.
A partir del 1914 se realizaron exámenes químicos que comprobaron que el pan estaba en perfecto estado de conservación