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sábado, 4 de julio de 2026

En defensa de la castidad

A medida que una sociedad se vuelve permisiva sexualmente, disminuye en ésta la creencia en Dios.

La castidad es don y tarea a cuidar para que se integre bien.

La castidad es don y tarea a cuidar para que se integre bien.


    Desde hace ya varias décadas, poderosas organizaciones e instituciones han difundido, por diversos medios, la idea de que todo comportamiento sexual —aun los más inmorales, degradantes, dañinos e intrínsecamente desordenados— son normales y, hasta "saludables", mientras sean consensuados. Con ello, han logrado que, para la mayoría de la sociedad, el consentimiento de dos adultos sea el principio supremo que legitima cualquier comportamiento sexual.

    Sin embargo, a lo largo de los siglos, varias civilizaciones —aun paganas— han valorado la castidad por los grandes beneficios que trae a la sociedad. Así, Aristóteles afirma que, la virtud de la castidad no implica la abstención del recto uso de la sexualidad, sino el "castigo" —de ahí la palabra castidad— del deseo desordenado, el cual hay que dominarlo igual que a un niño, mediante la razón. (1)

    Por otra parte, como señala el profesor de sociología, David Carlin: "Durante mucho tiempo, las mujeres romanas fueron tan célebres por su castidad como los hombres romanos por su valentía. Sin embargo, hacia los últimos días de la República, las cosas habían cambiado considerablemente; al menos, en lo que respecta a la castidad". (2) De hecho, la corrupción de las costumbres y la decadencia moral son considerados los factores internos que propiciaron la caída del Imperio Romano.

    La correlación entre castidad y nivel cultural es un tema que fue estudiado ampliamente —en más de 80 sociedades y civilizaciones— por el antropólogo de Oxford J. D. Unwin. Este llegó a la conclusión de que el mayor florecimiento de la cultura —en todas las áreas— tiene lugar en las sociedades en las que, durante al menos tres generaciones, se promueve la castidad prematrimonial y la fidelidad en el matrimonio. También observó que, a medida que una sociedad se vuelve permisiva sexualmente, disminuye en ésta la creencia en Dios, el pensamiento racional y el florecimiento cultural. Todo lo cual, la lleva a la decadencia tres generaciones más tarde. Ya que, cuando una cultura abraza la libertad sexual, su sociedad —al estar motivada por deseos y pasiones bajas— se vuelve egoísta, débil y hasta irracional. Con ello se pierde, irremediablemente, la cohesión social y se deja de procurar el bien común. Ante lo cual, Unwin concluye que, todas las sociedades que lograron una cultura elevada promovieron la castidad. (3)

    Si bien diversas civilizaciones, a lo largo de la historia, han valorado la castidad, fue el cristianismo el que elevó y dio un sentido trascendente a dicha virtud. Además, la doctrina moral católica —con sus reglas claras y objetivas— destacó la importancia de la castidad y la pureza no solo para las mujeres, sino también para los hombres. Desafortunadamente, las bellas y sabias enseñanzas morales transmitidas por la iglesia a través de los siglos, han sufrido múltiples ataques. Primero, a través de las herejías y, más tarde, con las revoluciones —entre las cuales destaca— la revolución sexual, la cual asestó un golpe mortal a la moral sexual.

    Pues, si por siglos occidente promovió la castidad, dicha revolución —al desligar el sexo del matrimonio y la procreación— transformó, drásticamente, la sociedad logrando normalizar: el sexo prematrimonial, la cohabitación, los hijos fuera del matrimonio, la anticoncepción, el divorcio y, hasta el aborto y la homosexualidad. A tal grado que hoy, la castidad es vista, por muchos, no solo con extrañeza sino con desconfianza y burla.

    Mas, aun cuando ya no se reconocen los desórdenes sexuales como pecado, estos siguen afectando e hiriendo a la sociedad. Y, mientras más graves y extendidos son los pecados, más grande y profunda es la herida que ocasiona. Por ello, la falta de castidad no solo ha mermado la familia natural sino que ha dado paso a: la polarización, las políticas identitarias, el relativismo, el narcisismo, el emotivismo y, al neo paganismo. A tal grado que hoy, es necesario defender que el pasto es verde y, que una mujer es una mujer. Bien lo advirtió San Ambrosio: "Los placeres de la carne, como crueles tiranos, después de envilecer al alma en la impureza, la inhabilitan para toda obra buena". (4)

    De ahí que, la falta de castidad y pureza fomente todo tipo de pecados sexuales, pero también la enemistad, la riña, la división, la envidia, la violencia y, todo tipo de vicios pues, la lujuria es el gran enemigo de la caridad.

    Desafortunadamente, a pesar de los frutos putrefactos de la permisividad sexual, son pocos los que defienden, en su totalidad, las perennes enseñanzas morales de la iglesia. De ahí que, actualmente: se fornique en nombre del amor; se usen los anticonceptivos en beneficio de la responsabilidad; se aborte con el pretexto de la autonomía y se "cambie de sexo" a nombre de la identidad. Pues, nuestra hedonista sociedad considera la sexualidad, no como un apetito que debe ser educado, sino como una necesidad, un incontrolable impulso al que hay que concederle rienda suelta. Hemos olvidado que, cuando el hombre no tiene el control de sus pasiones, son sus pasiones las que lo dominan.

    La castidad no erradica las pasiones, sino que las mantiene bajo el dominio de la recta razón, encauzándolas hacia la dirección correcta a fin de establecer la armonía y el orden debidos entre cuerpo y alma. El hombre casto es capaz de amar a los demás como Dios nos ha llamado a amar: con un corazón y una mente puros. Como afirma San Agustín: "La castidad es el ordenamiento del amor." Pues la castidad da salud al cuerpo, otorga claridad a la mente y, proporciona libertad y plenitud al hombre que la práctica. Como afirma Chesterton: "La castidad no consiste simplemente en la abstención de actos sexuales indebidos; significa algo ardiente, algo semejante a Juana de Arco".

    Es cierto que la práctica de la castidad, como toda virtud, nunca ha sido fácil. Pero, con la gracia de Dios, otorgada a través de los sacramentos, podemos practicar dicha virtud. Asimismo, como nos aconseja el Santo Cura de Ars: "Debemos profesar una ferviente devoción a la Santísima Virgen, si queremos conservar esta hermosa virtud; de lo cual no nos ha de caber duda alguna, si consideramos que ella es la reina, el modelo y la patrona de las vírgenes. San Ambrosio llama a la Santísima Virgen señora de la castidad; San Epifanio la llama princesa de la castidad, y San Gregorio, reina de la castidad". (5).

    (1) Aristóteles, Ética (II, c. 12, 5) (2) David Carlin “Tres revoluciones sexuales” (2022) (3) J. D. Unwin, “Sexo y cultura” (1936) https://www.bereanpatriot.com/wp-content/uploads/2018/10/Sex-and- Culture-Jd-Unwin.pdf (4) San Ambrosio, Tratado sobre las vírgenes, 1, 3. (5) Santo Cura de Ars, Sermón sobre la pureza).

    Angélica Barragán, ReL

    Vea también   Oraciones por la castidad




    sábado, 16 de mayo de 2026

    Cómo la lujuria roba la paz del corazón

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    Nos han vendido una falsa "libertad sexual", haciendo de la lujuria un "derecho" en vez de un pecado que roba la paz del corazón de quien cae en ella

    La hipersexualización es un hecho innegable en esta época. Se ha perdido el sentido de la castidad, la modestia y la virginidad. Por el contrario, el mundo ha hecho creer a la gente que es una vergüenza no tener relaciones sexuales a determinada edad y los padres de familia se concretan a recomendar a sus hijos que se "cuiden". Pero no ven más alla: el corazón pierde la paz por causa de la lujuria.

    Las advertencias de san Pablo

    El Apóstol san Pablo sabía bien que este mal perdería a quien cediera a la tentación. En varias de sus cartas hace fuertes exhortaciones a controlar las pasiones desordenadas porque desagradan enormemente a Dios:

    "Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Estas cosas provocan la ira de Dios" (Colosenses 3, 5)

    A los Efesios también advierte de las consecuencias:

    "Y sépanlo bien: ni el hombre lujurioso, ni el impuro, ni el avaro –que es un idólatra– tendrán parte en la herencia del Reino de Cristo y de Dios" (Efesios 5, 5).

    La lujuria roba la paz

    Quizá no es fácil entender qué es la lujuria. En la Enciclopedia Católica encontramos la definición:

    "Lujuria es el deseo desmedido por, o la satisfacción de, el placer carnal que se experimenta en los órganos reproductivos humanos".

    Cuando el hombre y la mujer descuidan sus sentidos y las relaciones interpersonales, fácilmente pueden caer en la tentación carnal. Por eso, aunque se experimente placer momentáneamente, el corazón estará sobresaltado por el fuego de la pasión. No hay como la paz de quien nada tiene que esconder.

    Por eso, la Enciclopedia comenta también:

    "Se dice que la lujuria es un pecado capital, y la razón es obvia. El placer que este vicio tiene como su objeto es a la vez tan atractivo y connatural a la naturaleza humana como para excitar fuertemente el deseo de una persona, y así conducirla a la comisión de muchos otros trastornos en la búsqueda de ella.

    Cuida tus sentidos

    Por eso, para no ceder a este vicio, es necesario ser muy cuidadosos con lo que vemos, oímos, leemos y conversamos. También lo es huir de quienes nos incitan al pecado y buscar las ayudas espirituales para fortalecernos, tales como la confesión frecuente, la santa Misa entre semana y la comunión.

    También será muy importante consagrar nuestra pureza a María santísima, orar constantemente para pedir a Dios que aleje de nosotros cualquier imagen, persona o situación que puede perturbarnos y pedir la intervención constante de nuestro ángel de la guarda.

    De este modo, la paz del corazón y la integridad del cuerpo, mente y alma estarán aseguradas. No te desanimes.

    Mónica Muñoz, Aleteia

    Vea también    Castidad y Pudor



    jueves, 29 de enero de 2026

    3 jaculatorias poderosas para pedir el don de la pureza en momentos de tentación


     

    En medio de un mundo que no aprecia la castidad, cuidar el don de la pureza puede convertirse en una verdadera batalla espiritual. En los momentos de tentación, podemos recurrir a una herramienta sencilla pero poderosa: las jaculatorias.

    El apostolado católico Courage International recordó que las jaculatorias son breves oraciones que pueden repetirse a lo largo del día, especialmente cuando se experimentan debilidad, confusión o lucha interior.

    “Por su brevedad y sencillez, son una gran herramienta para defender la pureza de los ataques de los enemigos del alma”, señaló la organización.

    Ante las dificultades para vivir la castidad, Courage compartió tres jaculatorias que pueden ayudar en momentos de tentación:

    1. Jesús, humilde, manso y puro de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.
    2. Por tu Limpia Concepción, ¡oh Soberana Princesa!, una muy grande pureza te pido de corazón.
    3. San José, modelo de pureza y castidad, intercede por la pureza de nuestros corazones y pensamientos.

    4. Las jaculatorias pueden rezarse en cualquier momento: al caminar, trabajar, estudiar o cuando una tentación aparece de forma inesperada. Convertidas en hábito, ayudan a entrenar el corazón para acudir a Dios de inmediato.

    5.  Courage Internacional

    6. Courage International es un apostolado católico que acompaña a hombres y mujeres que experimentan atracción hacia el mismo sexo y desean perseverar en el camino de la santidad. Con sede en Connecticut (Estados Unidos), la organización conmemora 45 años de ministerio ayudando a vivir una vida casta conforme a la enseñanza de la Iglesia Católica.

    7. Quienes deseen más información o acompañamiento pueden contactarse con Courage a través de su página web.

    8.    ¿Conoces alguna otra jaculatoria para pedir el don de la pureza en los momentos de tentación?

    Harumi Suzuki, churchpop

    Vea también     La  castidad el lenguaje del amor