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jueves, 18 de diciembre de 2025

¿Cuál es el sentido de la muerte? La explicación del Papa

 

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En su catequesis, el Papa meditó sobre el "misterio de la muerte", que se presenta como el acontecimiento más natural y, a la vez, el más antinatural

Meditar sobre la muerte tiene un valor educativo y permite orientar la vida hacia lo esencial, afirmó León XIV durante la audiencia general que presidió en la Plaza de San Pedro el 10 de diciembre de 2025. En su meditación semanal, el Papa presentó, frente a los cantos de sirena del transhumanismo, la fe en la resurrección de Jesús como camino hacia la felicidad.

I.Media, Aleteia

Vea también    La Vida interior: Robustecer el Alma




martes, 15 de octubre de 2019

¿Qué tiene que ver un accidente de tránsito con la Comunión de los Santos?

Superficialidad, Oración,


El video que comparto hoy, tiene tres posibles «niveles» de lectura. Es un video publicitario posiblemente alemán, que puntualiza el problema de usar celulares mientras se conduce. La presentación del video de quién hace la traducción dice:
«Diversas campañas alrededor del mundo han intentado crear conciencia en la ciudadanía. La petición es simple: si ves un accidente, no grabes ni tomes fotos para difundirlo en redes, ya que no sabes quién es la persona accidentada, no sabes si los familiares puedan ver el registro y peor aún, se obstaculiza el trabajo de personal de emergencias. Pero, a diferencia de las demás, esta campaña deja un mensaje claro: ¿Y si te pasara a ti?»

Actuar con madurez

Es el primer nivel de lectura: el nivel de frivolidad e inocencia de los chicos que protagonizan el video, probablemente esté sobreactuado, pero no por ello deja de ser revelador. Un accidente donde hay muertos se convierte en un motivo de diversión y de «novedad» para enviar a familiares y publicar en redes sociales. Estos irresponsables se meten en el camión de bomberos, se sacan fotos con los elementos de trabajo y juegan mostrando la muerte de una persona.
¡No debemos sacar fotos de accidentes! ¿A quién se le ocurre? El video termina con la llamada perdida del joven a su madre, que es la que yace, incinerada, al costado del camino. Está claro que, como dice la presentación del video, no debemos develar la intimidad de la muerte de otras personas a través de las redes sociales y las aplicaciones de comunicación.
La persona que muere puede ser un pariente tuyo y lo estás compartiendo faltándole el respeto al dolor de sus seres queridos. Una primera lectura lineal apunta entonces a no dejarse llevar por la morbosidad, la frivolidad y las «emociones fuertes». Está claro que muchas veces compartimos cosas en nuestros dispositivos celulares que no son «aptas» o que no son convenientes. Aquí debemos guiarnos por lo que dice san Pablo: «Todo es lícito, mas no todo es conveniente. Todo es lícito, mas no todo edifica» (I Cor. 10, 23).

Actuar responsablemente

En un segundo nivel de lectura, podemos ver que el joven envía el primer mensaje a su mamá. Probablemente su madre, pensando que algo le había pasado a su hijo, tomó el celular mientras manejaba y se produjo el accidente. La acción irresponsable del hijo pudo haber provocado la muerte de la madre.
Y si bien van en un camino aparentemente rural, también podría haber provocado la muerte de los jóvenes que volvían de vacaciones. ¡Tampoco hay que grabar mientras conducimos! Todas las cosas que no hacemos involucrándonos completamente en lo que estamos haciendo, tienen consecuencias. Y no solo consecuencias peligrosas para nuestra vida, como en este video, sino posiblemente para las vidas de las personas que amamos.
Si realmente sucedió así, y el hijo descubre que él fue la causa de la muerte prematura de su madre por mandar tonterías mientras conduce, ¿Cómo podrá manejar su cargo de conciencia? En este video se nos invita también a actuar con responsabilidad, tratando de no ponernos en peligro con nuestras acciones, y no poner en peligro a nuestros seres queridos con comunicaciones innecesarias o frívolas.

Actuar espiritualmente

Claro que esta es una campaña de «responsabilidad vial» y naturalmente no podemos pedirle una visión sobrenatural de las cosas. Pero como católicos tenemos que acostumbrarnos a ver todas las cosas, hasta las más pequeñas, en visión de eternidad. Se puede hacer mucho bien no solo absteniéndose de hacer cosas inconvenientes o frívolas, sino rectificando la mirada para sobrenaturalizar, es decir para elevar nuestra mirada a lo que Dios nos está pidiendo que hagamos en el momento que las cosas suceden.
No sabemos el poder que Dios nos otorga mediante la oración de intercesión, mediante la oración confiada en la que ponemos nuestra esperanza en Dios y no en las cosas de la tierra. Me explico: hace unos años, en un gravísimo accidente de tránsito, falleció un querido primo mío. Mi primo no era una persona muy espiritual, y su madre se deshacía en oraciones por la salvación de su alma.
Cuando se enteró de la muerte terrible de su hijo, comenzó a rezar pidiéndole a Dios que le revelara de algún modo si su hijo se había salvado. Pocos meses después, conoció durante un festejo a un sacerdote, y le contó que hacía poco tiempo había perdido un hijo en un gravísimo accidente de tránsito.
Mi tía le contó al sacerdote el lugar y las circunstancias de cómo había ocurrido todo. El sacerdote la miró fijamente y le comentó que él hacía poco tiempo transitaba por el camino donde ella relataba que había ocurrido el accidente de su hijo y cotejando las fechas, el sacerdote le descubrió a la madre dolorida que él había atendido a su hijo en la hora de su muerte, dándole la absolución final. No hay oración que Dios no vea, no hay lágrima que Dios no consuele, no hay dolor que Dios no cubra con su misericordia si ponemos nuestra mirada en Él.
Cuando vemos un accidente, cuando escuchamos una sirena que indica que hay posibles muertes o dramas, ¡Elevemos una oración a Nuestro Señor por las personas involucradas! Si estos chicos, en lugar de tontear con los celulares se hubiesen puesto a rezar por el alma de las personas que estaban en el accidente, habrían ganando tiempo rezando por alguien que posiblemente en ese momento estuviese enfrentando su juicio particular.
Convirtamos en costumbre la oración insistente por las personas involucradas en accidentes, en incendios, en catástrofes. Si no podemos ayudar en el momento dando asistencia a los involucrados porque no estamos preparados para hacerlo, entonces elevemos una oración o una jaculatoria. Un pedido insistente a Nuestro Señor para que auxilie a las personas involucradas con su Providencia, pero también para que reciba en sus manos las almas de las personas que eventualmente hayan podido fallecer.

¡El amor siempre vuelve!

En el Credo afirmamos creer en «la Comunión de los Santos» ¿Qué es esto de la Comunión de los Santos? Mi querida Santa Teresita del Niño Jesús («Santa Tere» para nuestra familia) se enteró cuando tenía 14 años que un terrible criminal llamado Pranzini, había sido condenado a muerte por unos crímenes horribles, y no mostraba señales de arrepentimiento.
Santa Tere eleva a Dios esta oración: «Dios mío, tengo la completa seguridad de que perdonáis al desdichado Pranzini: lo creería aunque no se confesase ni diese señal alguna de contrición; tanta es mi confianza en vuestra misericordia infinita. Pero, Señor, es el primer pecador que os encomiendo; por tanto, os suplico que me concedáis tan solo una señal de su arrepentimiento únicamente para consuelo de mi alma».
Su oración fue escuchada al pie de la letra. El día que el hombre iba a ser ejecutado, a punto ya de poner su cabeza a la guillotina, se dio vuelta, se acercó al sacerdote que asistía a la ejecución y besó tres veces las llagas del crucifijo que llevaba en sus manos. ¡Nuestras oraciones son escuchadas! ¡Necesitamos dirigirnos más a Dios y pedirle esas cosas concretas! 
Pero esto tiene un «beneficio adicional», como si la oferta de la salvación de las almas fuera poco (¡Nuestro Señor es infinitamente generoso!) también repercute en mi propia salvación. Si yo pido y rezo porque Dios reciba en el Cielo a personas desconocidas, esas personas, que tal vez puedan no tener alguien que rece por ellos, al entrar al Cielo, se van a sentir eternamente agradecidos por esas oraciones, por pequeñas y sencillas que hayan podido ser. ¡Y van a interceder por nosotros desde el Cielo! ¡Es una oferta maravillosa! Por eso, tengamos siempre esa visión sobrenatural: Intercedamos unos por los otros, en la seguridad de que Dios nunca nos abandona cuando nos dirigimos confiadamente a Él. 

Amar a los desconocidos

Cuando pasemos por un cementerio, cuando veamos un accidente fatal, cuando escuchemos una sirena, hagamos un pequeño responso: «Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios descansen en paz», «Dales señor el descanso eterno, y brille para ellos la luz que no tiene fin».
O con nuestras palabras, como Santa Tere: «Señor te encomiendo las almas de las personas involucradas en esta tragedia, y si es para bien de mi alma, hazme saber qué necesitan para salvarse». En cada Eucaristía, en cada Rosario, pongamos como intención rezar por las almas por las que nadie reza y están olvidadas en el purgatorio.
Cada vez que lucremos una indulgencia, ofrezcámosla a la Virgen para que ella con su corazón maternal la aplique a las almas que más sufren, a aquellos que no tienen quién eleve una oración por ellos. «Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?» (Mt. 5, 46).

El Catecismo de la Iglesia Católica dice

La comunión de la caridad: En la comunión de los santos, «ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo» (Rm 14, 7). «Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Co 12, 26-27).
«La caridad no busca su interés» (1 Co 13, 5; cf. 1 Co 10, 24). El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.

Andrés D'Angelo, catholic-link

lunes, 15 de octubre de 2018

¿Cómo puedo ayudar a un amigo con depresión? 10 ideas prácticas y sencillas

depresión

La depresión se describe como un trastorno caracterizado  por la tristeza, la melancolía o el abatimiento.Sin embargo, muchos no la consideran como una enfermedad que deba ser tratada. Es urgente entender que aquellas personas que la padecen necesitan no solo de atención médica, sino también psicológica.
Estos son algunos de los signos que pueden indicarnos que alguien esta padeciendo está enfermedad y aunque es importante aclarar que existen varios tipos de depresión, estos son algunos factores presentes en casi todos los casos: tristeza, sentimiento de vacío, pérdida de energía, agotamiento físico y mental, dificultad para concentrarse, ansiedad, pérdida de apetito, aislamiento, rechazo por actividades que anteriormente producían placer, sentimiento de culpa o desesperanza, insomnio, irritabilidad o pensamientos suicidas.
Si sabes de algún amigo o familiar que esté sufriendo de depresión, estas son algunas actividades que puedes hacer junto a el o ella para tratar de disipar sus pensamientos negativos, impulsarlo a cambiar de ambiente y encontrar otras alternativas que le permitan salir poco a poco de la depresión.

1. Ofrécete a buscar un tratamiento médico o psicológico

Si la depresión ha llegado a un punto inmanejable dentro de su circulo familiar y social, hay que acudir a un profesional. Las personas que se encuentran bajo la sombra de la depresión no suelen animarse frente a esa idea y por esta razón, no son ellos quienes recurren primeramente a buscar ayuda médica o psicológica.
Dile a tu amigo que estás dispuesto a acompañarlo durante todo el proceso, desde programar la cita con un profesional, hasta sentarte en el consultorio junto a él, si es necesario. El apoyo que les brindemos no puede quedarse en palabras, hazle saber que puede contar contigo.

2. Bríndale tu compañía, aún cuando no la quiera

No importa cuántas veces te rechace o te grite en la cara que prefiere estar solo. Brindarle nuestra compañía a un amigo no necesariamente requiere de una lista ingeniosa de actividades, basta con tu presencia.
No tienes que hablar si él así no lo quiere, pero esfuérzate por acompañarlo la mayor parte del tiempo, poco a poco verás que tu compañía lo hará sentir mejor o servirá de impulso para entablar una conversación en la que pueda liberarse del dolor o la angustia que sienta en su interior.

3. Invítalo a salir

Tal vez lo primero que te diga es que tiene ganas de todo, menos de salir. En este proceso es importante armarse de mucha paciencia y valentía. Si es un amigo o familiar cercano tal vez conozcas las actividades que solían llenarlo de alegría. Puedes llevarlo al cine, a comer, a dar una caminata, a acampar, a un concierto, a disfrutar de un recital o una obra de teatro etc.
Si rechaza todas las invitaciones que le haces, proponle hacer algo en casa. Pídele ayuda para cocinar su plato favorito, llévale varias películas para que escoja la que más le guste, haz una lista de series que pueda interesarle o pregúntale por alguna tarea pendiente del hogar que puedan hacer juntos, como ordenar un álbum de fotos, pintar o realizar las compras pendientes.

4. Mantén su mente ocupada

Este punto viene de la mano con el anterior. Pero si tu estudio o trabajo te impiden compartir tiempo con esa persona, una buena idea es ponerle tareas pequeñas para que estén en contacto durante el día. Pídele que te recuerde la hora de algún compromiso, fija una hora para hacer una video llamada corta, regálale un libro del que puedan hablar con frecuencia, rétalo a ver una serie para ver quién termina primero o déjale notas pequeñas en lugares inesperados de su casa.
Recuerda que cuando una persona se encuentra sumida en la tristeza, es difícil lograr que haga este tipo de actividades con buena actitud, o incluso que las acepte. Te recomiendo ser constante en la ayuda que le brindes a esta persona y no dudar en pedir ayuda a otros si así lo ves viable.

5. Llámalo y escríbele constantemente

«Estoy Bien» es un cortometraje excelente que retrata la realidad que viven muchas personas con depresión, te recomiendo verlo para hacerte una idea de lo importante que es este punto. Llamar y escribirle a nuestros amigos se ha convertido casi en un ritual, nuestra única forma de comunicación algunas veces se limita el celular, pero no podemos asumir que si los llamamos o les escribimos y no contestan, ya hicimos nuestra parte.
Apagar el celular es muy fácil y en tiempos como los nuestros, esta acción puede convertirse en una verdadera pesadilla. Establece algunos horarios para llamarlo, puedes hacerlo en la mañana y en la noche o al medio día, lo importante es tener perseverancia en este punto para mantenerse en contacto. Puedes marcarle por FaceTime para que tengan contacto visual o hacer uso de otras aplicaciones como skype.

6. Recuérdale sus momentos más valiosos

Aquí es importante tener en cuenta la causa de la depresión, algunas veces se debe a la pérdida de un ser querido, a un acto de violencia, un abuso sexual, un fracaso importante etc. Hay muchos motivos por los que alguien puede caer en depresión, incluso lo sufren las madres después del parto.
Recordarle a esa persona los buenos momentos que ha vivido o los motivos por los cuales todavía debe luchar, es fundamental en el proceso de ayuda y acompañamiento. Si esa persona tiene hijos podrías recordarle todos aquellos instantes de dulzura y amor que ha experimentado desde que ellos llegaron al mundo. Trata de hacerle revivir esos momentos en familia o amigos que lo han hecho realmente feliz. Muéstrale videos o fotos que puedan hacerlo reír y le recuerden lo importante que es para todos.

7. Dile todos los días cuanto le quieres

Decirle todos los días «te quiero» o «te amo» es casi tan importante como recordarle lo valiosa que es su presencia para ti. Son innumerables las veces que damos por sentado que la otra persona conoce nuestros sentimientos, incluso nos enojamos cuando alguien más nos aconseja recordarle a otra persona cuánto la queremos, porque nos refugiamos en el «es obvio, ella sabe que la quiero».
Expresar el amor que sentimos por los demás puede no ser tan fácil para algunos. Si ese es tu caso, ármate del valor necesario para decirle a esa persona que está deprimida cuánto la aprecias. Sentirnos valorados y queridos es reconfortante, sobre todo en momentos de dificultad. Recuerda que algunas heridas se curan solo con amor. 

8. Mantenlo presente en tus oraciones

No dejes de lado todas las ayudas espirituales que tengas. Incluir a tu amigo en las oraciones puede convertirse una gran obra de misericordia. Encomendarte a Santa Teresita del Niño Jesús o a San Francisco de Sales puede ayudarte mucho, estos dos santos trabajaron fuertemente para vencer la sensación de sentirse condenados, desesperanzados y agobiados por el dolor.
Orar no significa que necesariamente tengas que pasar horas de rodillas en la Iglesia, basta con que lo tengas presente en tu dialogo con Dios. Perseverar en la oración puede fortalecerte a ti también, para renovarte cuando sientas que la carga es demasiado pesada.

9. Escúchalo cada vez que sea necesario

Cuando una persona está deprimida, el discurso por obvias razones no es nada alentador. Es cierto que para la persona que acompaña puede llegar a ser agotador, pero esta es la única manera en la que podemos fomentar un dialogo sincero, en el que esa persona se desahogue con libertad y se sienta cómoda para expresar lo que siente.
El dolor puede disminuir notablemente cuando nos liberamos de todo aquello que hemos callado o que hemos ocultado por temor a ser juzgados. Si a la persona a la que estás tratando de ayudar le cuesta poder encontrar palabras para expresar sus sentimientos, te recomiendo esta carta a modo de oración: «Carta abierta de un alma exhausta, lastimada y sedienta de Dios».

10. Crea un diario de mensajes positivos

Esta es una idea que puedes llevar a cabo con tus amigos o la familia de la persona a la que estes tratando de ayudar. Puedes comprar un cuaderno o agenda en el que diariamente se le escriba un mensaje alentador, también pueden compartirle anécdotas, fotografías o frases con las que puedan sacarle una sonrisa.
El cuaderno puede ser rotado entre los participantes de manera secreta y cuando crean tenerlo terminado pueden obsequiárselo a esa persona como muestra de cariño y antídoto para los momentos en que se sienta derrotado por la tristeza.
«Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo, y aprendan de mi, que soy sencillo y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mateo 11: 28-30).

Nory Camargo, catholic-link







jueves, 13 de septiembre de 2018

«En tu Getsemaní, Jesús está contigo». Un profundo y conmovedor testimonio sobre el dolor de la soledad

 dificultades

Hace un par de años viví uno de los tiempos más difíciles de mi vida. Por varios motivos (situaciones de dolor y por mi personalidad nerviosa) desarrollé un ligero trastorno de ansiedad. Digo «ligero» porque sé de casos mucho peores que el mío, donde la persona sufre muchísimo al punto de no poder realizar ni las actividades más básicas.
No entraré en mucho detalle, pero empezó con palpitaciones del corazón y tensión muscular hasta llegar a ataques de ansiedad periódicos. Pasé casi todos los días durante aproximadamente seis meses convencida de que algo estaba mal con mi corazón y que en cualquier momento me iba a morir, a pesar de que los exámenes médicos decían lo contrario.
Los que padecen de un desorden de ansiedad saben a lo que me refiero. Me volví obsesiva y me convencí a mí misma que el sufrimiento nunca se iba a acabar, que estaba condenada a vivir así. Me costaba trabajar, casi no salía, las cosas que antes amaba hacer se habían vuelto toda una tarea. Me tomaba la presión al menos una vez al día y googleaba obsesivamente los síntomas de un infarto para cerciorarme que lo que estaba sintiendo era ansiedad y no un ataque al corazón.

¿Me estaba volviendo loca?

¿Quién me iba a querer así? ¿Cómo iba a vivir con esto? ¿Iba a perder mi trabajo? ¿Cómo iba a salir adelante? Me hacía estas preguntas constantemente, abriendo una herida en mi corazón que cada vez se hacía más grande.


Gracias a Dios y a terapia psicológica, hoy estoy mejor. La ansiedad ya no me paraliza, he aprendido a entenderla, controlarla y a vivir con ella. Esto es algo que muchos saben, no es algo que oculto y sé que le pasa a muchísimas personas.
Hoy veo atrás y me doy cuenta que, durante ese tiempo, mi experiencia era de miedo y frustración, de constante tensión ante algo que, aparentemente, no podía controlar. Pero, más allá de esto, tenía la sensación de una profunda soledad.
En lo más hondo de mi ser me sentía incomprendida, como si nadie en este mundo pudiese entender lo que estaba atravesando. Y no porque estuviese sola, pues mis padres estaban siempre allí, mis amigas me escuchaban y me alentaban, sabía que Dios me acompañaba, pero aún así tenía una especia de vacío en mi interior.

Una soledad que quema

Esto me ha pasado muchas veces, particularmente en aquellos momentos de gran sufrimiento. Y es que existe un lugar en nuestro corazón que nadie ve y que nadie puede alcanzar. Allí donde la soledad se vuelve tan profunda que te hace sentir desahuciado, abandonado, una soledad que duele y quema y ante la cual parece no haber consuelo alguno.


Venía meditando en esto desde hace algunos días, cuando me topé con una carta llamada Dancing in Gethsemane: A letter about hope(Bailando en Getsemaní: Una carta sobre la esperanza) por Anthony D’ Ambrosio. En ella, él relata su experiencia con respecto a los abusos y escándalos de la Iglesia Católica.
Todo el texto me fascinó y comparto la mayor parte de su sentir. No voy a ahondar sobre el tema de los abusos, porque eso merece todo un artículo aparte. Más bien, quiero centrarme en lo esencial del texto, particularmente en un fragmento que verdaderamente me tocó el corazónal punto de echarme a llorar frente a mi computadora mientras lo leía.
Anthony cuenta la experiencia de sentirse enojado y perdido ante las noticias de los escándalos y recordaba una época de particular sequía espiritual, donde acababa de terminar con su novia debido a que la ansiedad que padecía había consumido toda su vida. Esto lo había llevado incluso a dudar de la existencia de Dios y a sentirse desconsolado ante tan gran dolor:
«Era primavera y el nuevo follaje aún era de color verde lima. Durante la cena familiar, sumergimos perejil en un plato hondo con agua, que simboliza las lágrimas de los israelitas durante la esclavitud. Comimos cordero con mermelada de menta y fuimos a la parroquia de rito maronita a la que asistíamos cuando era niño. Al final de la misa, los encargados crearon un “jardín” en la iglesia que simbolizaba el Monte de los Olivos y hubo adoración eucarística y confesiones hasta las 2 de la mañana.
No tenía cómo volver a casa, entonces me senté en la iglesia con mis audífonos puestos mientras escuchaba a Sigur Ros (una banda musical islandesa), y me imaginé a Jesús en el jardín, sufriendo hasta que sus poros sangraron por la ansiedad.
Veía como su ministerio llegaba a su fin, cómo sus amistades se terminaban, el rechazo, el fracaso e incluso la distancia entre Él y Dios. Escuché las palabras que dijo en ese momento: “Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y luego, escuché el silencio ensordecedor. No había siquiera el consuelo de un “No”. Solo se escuchaban los ronquidos de sus amigos, quienes no fueron capaces de velar con Él, y, finalmente, el saludo de su traidor.
Mientras pensaba en estas cosas sentí -por primera vez desde que enfermé- que alguien al fin me entendía. Él conocía el rechazo que yo experimentaba, el silencio de Dios, la destrucción de sus aspiraciones. En este momento, le dije al Señor en oración: “No sé si estaré enfermo para siempre, o si alguna vez tendré una vida luego de eso, pero acepto el cáliz del sufrimiento como tú lo hiciste y elijo vivir el resto de mi vida sin maldecirlo”.
Empecé a llorar, porque, aunque no sabía si Jesús realmente era Dios, en ese momento no importaba. Solo sabía que no estaba solo; alguien me comprendía, en mi agonía y soledad más profundas. Cuando todos a mi alrededor estaban “dormidos” ante lo que me estaba pasando, alguien me veía y me entendía».
Y es que en nuestro Getsemaní, el Señor está allí, junto a nosotros. Él entiende el dolor más profundo, la soledad más grande, esa que nadie puede tocar. Él esta allí en lo más hondo de tu humanidad, en tu herida abierta, pues Él la ha sentido en carne propia. En ese lugar que nadie parece alcanzar, allí está Él, buscando darte el consuelo que tanto anhelas.
Sea cual sea tu sufrimiento hoy y por más oscuro que parezca, recuerda mirar a Jesús. Recuerda que Él ha prometido quedarse contigo hasta el fin del mundo. Atesora esta hermosa verdad con amor, esperanza y gratitud y, en esos momentos de mayor dolor, no olvides que en tu propio huerto, Jesús te ofrece su dulce compañía.
Termino con una oración que, para mí, es una de las más hermosas que he escuchado. Es un Himno de la Liturgia de las Horas que te puede servir en los momentos de soledad:
Estáte, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.
Llévame, en tu compañía
donde tu vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.
Por eso, más que a la muerte
temo, Señor, tu partida,
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tú das,
sé que alcanzarla no puedo,
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas. Amén.
*Este artículo ha sido escrito por nuestra querida autora: Marigina Bruno, quien recientemente comparte sus pensamientos en su nuevo blog Hechas para más. Si este post te gustó no olvides visitar su sitio y compartirlo con tus amigos.