Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta Fe y Vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fe y Vida. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de julio de 2019

¿Es posible ir a misa con niños? 11 consejos para asistir en familia a la Eucaristía

ir a  misa con niños
Ahora mismo, es para mi todo un tema llevar a mi familia a misa y que aprendan el ritual y las palabras que en cada momento se dicen. No importa lo temprano que levante a todos y lo planificado que deje todo la noche anterior, siempre sucede algo que finalmente nos retrasa. El caos sigue incluso cuando llegamos a la iglesia, nunca falta algún golpe a alguien sin intención cuando ingresamos y ni que decir cuando nos acomodamos en la banca (solo piensen lo que significa poner en orden a 4 niños menores de 10 años y a una bebé). 
Encontrar sitio es vital para el éxito de nuestra familia en misa y siempre requiere de algún malabar para poder estar todos sentados. ¿Les pasó algo similar el domingo pasado?¿Por qué siempre tenemos que recordarles que hagan silencio, que se arrodillen y que se queden quietos? No voy a negar que algunas veces sucede un milagro y todos se quedan quietos y participan contentos de la misa, y no falta quien nos felicite por nuestros niños, pero… ¡ojalá todos los domingos fueran así!
Para ser honestos, sabemos que hay pocas cosas realmente sencillas en la vida. Dios quiere a nuestros pequeños en su casa y es labor de nosotros los padres llevarlos y enseñarles a conocerla. A pesar de que en ese tiempo no escuchemos ni una sola palabra del Evangelio y que salgamos con la sensación de haber participado en una lucha en lugar de una misa, Dios seguramente se alegra de nuestra renuncia a la comodidad y de nuestros esfuerzo porque sus pequeños hijos aprendan a amarlo.Les dejo unos cuantos consejos que he ido aprendiendo con los años. No les prometo que servirán a la perfección, ni que sus hijos se transformarán en el pequeño Isaiah, pero tal vez los pueda ayudar en alguna misa o dos.

1. Prioriza

Ir a misa nunca debe ser una opción para tus hijos (a menos que alguno esté enfermo o exista alguna situación que lo impida) La rutina es importante para los niños. Desde una edad temprana es importante que aprendan con nuestro ejemplo que ir a misa los Domingos es lo que la familia hace. Ellos llegarán a entender que esto es parte  de sus actividades semanales y algún día esperarán con gusto el Domingo para ir a misa.

2. Recuerda el objetivo

¿Es tu objetivo tener niños bien educados o niños que amen a Dios? Recuerda que no estamos enseñandoles simplemente que se puedan quedar sentados quietos una hora, esa no es nuestra meta. El objetivo es enseñarles a amar a Dios, a Jesús, a la Iglesia. Tener esto en mente puede ayudarnos a mantener la calma, y con paciencia, aceptar si nuestros hijos no se comportan a la perfección. Si nos enojamos y les llamamos a atención siempre van a asociar el ir a misa con papá y mamá enojados. Enfoquémonos en enseñarles por qué vamos.

3. Espera los malos días y espera también la gracia de Dios

Así como habrán días en los que sentimos que perdemos la paciencia y el mal genio sale, comprendamos que nuestros niños tendrán días en los que simplemente no pueden portarse bien, esta es una oportunidad para dejar que la gracia de Dios actúe sobre ellos.

4. Planifica y prepárate

preparate
Es crucial que te prepares para ir a misa con tiempo, especialmente cuando tienes niños pequeños. Explícales lo que sucede en la misa y porqué es necesario hacer silencio. Mis hijos entendieron fácilmente que necesitan estar quietos porque otras personas están rezando y escuchando a Dios, no es simplemente que tengan que estar quietos por que sí. A medida que mis hijos han ido creciendo solemos repasar las reglas para ir a misa en el auto, durante el camino. Una buena estrategia es contarles el Evangelio con anticipación, obviamente con palabras que ellos entiendan, así ellos comprenderán que no solo vamos a sentarnos, arrodillarnos, y pararnos automáticamente y sin sentido. Además que esto también te ayudará a ti, pues si tienes niños muy pequeños a los que atender durante misa, ya conocerás con antelación el Evangelio y las lecturas.

5. Practica

Conversa con tus niños sobre la misa y practiquen a modo de juego. Mis hijos encontraron el video de Isaiah muy divertido y entretenido. Incluso empezaron a jugar a la misa, claro sin todos los ornamentos, ¡pero usando un lindo plato y una copa de plástico! Esto los ayuda mucho y los familiariza con una actividad que es parte de su familia. Acá y acá te dejamos artículo que te pueden ayudar…

6. Reza

Camino a la iglesia no está de más rezar, en realidad nunca está de más rezar y pedirle al Espíritu Santo que te de la sabiduría y paciencia para enseñar a tus niños a amar a Dios.

7. Vístanse para la ocasión

Tomarse el tiempo para ayudar a que los chicos estén vestidospara la ocasión les enseña que ir a misa es un acto importante, no es cualquier lugar donde ir a jugar, es la casa de Dios y Él te está esperando con una fiesta. Por lo tanto debemos vernos bien para Él a modo de respeto y honor, los niños a veces se quejan pero poco a poco se van dando cuenta y ellos mismos van eligiendo la vestimenta apropiada.

8. Lleva provisiones

Sé que aquí hay varias opiniones y posiciones. Yo personalmente, dependiendo de la edad de mis niños y de su personalidad llevo algunas cosas como agua, o algún pequeño snack (cereales o galletitas) que ayude a que alguno de los pequeños se quede en calma. Nosotros tenemos una regla, luego de los dos años, no se llevan snacks. También llevamos para los mayores, un misal para niños, para cada uno de ellos.

9. Participa de la misa y explícala

A los niños les encanta cantar  y rezar las plegarias que ellos se saben. Anímalos y enséñales lo que ellas significan. Susúrrales al oído lo que cada parte significa, participa de la misa y no estés distraído, si tú lo haces, ellos lo harán. «¡Mira! Este es el momento en que el pan se convierte en el cuerpo de Jesús». Ellos poco a poco empezarán a esperar por esos momentos especiales.

10. Retírate al fondo si tu bebé o tu hijo menor llora, o incluso sal un momento pero solo hasta que se calme

bebe
No te quedes fuera de la misa siempre. En mi experiencia mis chicos se terminan comportando peor fuera de misa que dentro. Sal afuera y cálmalos pero luego vuelvan a entrar.

11. Habla de la misa luego de que termine

Habla con tus niños sobre la misa luego de que esta termine, o durante la semana. Que te cuenten qué entendieron de la homilía o qué fue lo que experimentaron. Revisa con ellos su comportamiento y felicítalos cuando lo hayan hecho muy bien.
Recuerda que la niñez es una edad que pasa muy rápido y lo que formes ahora perdurará, como dice el dicho: “habrán días largos, pero los años son cortos” y esta época terminará antes de lo que piensas. Tómate el tiempo para gozar de esa ternura e inocencia de tus niños. Observa cómo se maravillan ante la grandeza de Dios. Tal vez sean tus  niños los que te den las mayores lecciones de fe.
«…el llanto del niño es la voz de Dios”. “Los niños lloran, hacen ruido, por todos lados” “nunca hay que echar a los niños que lloran de la Iglesia» (Papa Francisco).










































martes, 16 de abril de 2019

El corto que me demostró que aun cuando me siento abandonado, Dios está ahí




Cuando atravesamos momentos de dolor y
dificultad, es sencillo culpar a Dios o sentirnos abandonados por Él, 
por eso en este post quiero
hablar de esos momentos en los que el dolor nos
hace sentir confundidos. Cuando era chico y tenía aproximadamente siete años, me encontraba jugando
en mi casa, hasta que corriendo, caí de unas escaleras
 y rodé hasta llegar al suelo. Recuerdo que no paraba
de llorar y me dolía todo el cuerpo, enseguida mi mamá me llevó al médico, me realizaron varios exámenes para descartar alguna fractura y finalmente me dieron analgésicos que me ayudaron a calmar el dolor. V
inieron a mi mente sentimientos de vergüenza, de soledad y de angustia, pero todo el dolor se fue cuando mi mamá se acercó y me dio un fuerte abrazo.

Solo en ese momento entendí que hay dolores físicos que se curan con un medicamento y hay dolores mucho más profundos que no sanan con una pastilla, sino con un gesto espiritual y suelen ser los más difíciles en desaparecer.

Es verdad que la causa del dolor en el mundo y en nuestra propia vida en ocasiones puede parecer un misterio, algo difícil de explicar. Pero, no por eso dejaremos de intentar comprenderlo. Uno de los mayores tropiezos que podemos cometer, sino el mayor, para aliviar el dolor humano es desconocerlo: ¿Qué es lo que siento?, ¿por qué me duele?, ¿cómo reacciono ante el dolor?, ¿pido ayuda a los demás?. El video que les comparto a continuación me inspiró para pensar en el dolor cristiano, ese al que todos tenemos que afrontarnos alguna vez en la vida.


Dios también se conmueve con nuestro dolor

En cada uno de nosotros, hay una huella espiritual divina, ya que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, y aunque nos cueste aceptarlo, al ser sus hijos, Él también se conmueve con nuestro sufrimiento, no nos abandona. El gesto de mi mamá sanó algo que ningún médico del mundo podría sanar, curó mi dolor interior con un gesto de amor que solo podía provenir del amor mismo de Dios.

Sabemos muy bien que nos encontramos en un mundo donde la percepción del dolor, acompañado de la Cruz de Cristo, va en sentido contrario. Algunos no conocen el dolor porque viven en un ambiente demasiado alejado de los grandes sufrimientos humanos, otros no conocen el dolor ajeno porque están demasiado inmersos en el suyo, lo cual hace imposible ver, percibir o compartir el dolor del prójimo.

Hay que comprender nuestro dolor y el de los demás

Con frecuencia escuchamos en nuestros círculos más cercanos de amigos o familiares, dichos como «para de sufrir», «no sufras más, deja de quejarte. La vida está para disfrutar» Pareciera que está «prohibido» experimentar alguna clase de dolor en una sociedad como la nuestra. ¿Te ha pasado alguna vez? ¡No tengamos miedo de intentar entender el dolor! No nos conformemos con ocultarlo o con ignorar el que otros viven. 

Pensemos en esta pregunta por un instante: ¿el dolor no será una oportunidad que nos da Dios para aprender a amar al prójimo? Muchos dolores en el corazón se sanan entregándose a los demás. Somos seres sociales por naturaleza y aunque compartir el dolor con otra persona pueda aliviar la carga, éste no desaparecerá por completo. Pero si ese dolor se comparte con Cristo, por su gracia, sanaremos.
La mayor equivocación que podemos cometer es quedarnos encerrados en nosotros mismos, en estancarnos como el agua que no corre, se ensucia y finalmente termina por perder su pureza inicial. Te invito a ofrecerle a Dios todos tus sufrimientos y estar más dispuesto cuando veas a otro en medio del dolor o la angustia, actúa como un bálsamo que reconforte el corazón de ese hermano que te necesita. 
La conferencia online «Aprender a sufrir bien. Claves para afrontar el dolor desde el libro de Job» es una herramienta valiosísima que te ayudará a comprender mejor por qué Dios permite que experimentemos el sufrimiento.
Escrito por Santiago Benavidez







domingo, 30 de septiembre de 2018

¿Qué significa examinar nuestra conciencia?

examen de conciencia

En estos tiempos hemos notado una crisis bastante extendida con respecto al examen de conciencia. Por un lado, se ha vuelto un examen de tipo legal (casi como colocarse en el banquillo), que es realizado exclusivamente en el contexto de la confesión. Por otro, algunos han escogido una práctica psicológica secularizada en donde lo espiritual se ha ido perdiendo. Ejercicios de auto observación son recomendados para conseguir una buena “higiene mental”, donde se prioriza que te sientas bien contigo mismo.
Entonces, ¿cuál es el problema? Muy simple: en cada uno de los errores citados, el centro del examen de conciencia soy yo, cuando en realidad (si este es bien entendido) el centro debe ser Dios y yo.
Primero quisiera presentar algunas ideas clave que nos ayudar a entender el contexto teológico y espiritual para un examen de conciencia y dejar el escenario correctamente ordenado antes de poner a los actores. Los lectores pragmáticos, tengan paciencia, llegaremos pronto al punto de cómo ponerlo en práctica.

Trae tus recuerdos a la memoria

En nuestros días la memoria ha sido la perdedora. Ha sido reducida a un simple almacenamiento de datos. Es útil, pero no afecta nuestra vida diaria (nuestro sistema operativo). Lo primero que debemos entender es que cuando recuerdo un evento en mi vida, no solo estoy reagrupando información, estoy reviviendo el pasado. La palabra memoria viene del verbo en latín, re-memor. “Re” significa fuerza intensa, mientras que “memoria” se refiere a la mente o al corazón. Así podemos decir que rememorar es reinsertar algo en el corazón. Evidentemente, nuestro modelo aquí es María; Ella sabía cómo «guardar todas las cosas en su corazón» (Lucas 2:51). Dale un vistazo a este video. Una joven esposa luchando por salvar su matrimonio lleva a su esposo a los lugares donde se conocieron y se enamoraron, haciendo eco al libro del Apocalipsis: «pero tengo esto contra ti, que has dejado tu primer amor» (A 2, 4).

Muerte al moralismo

La siguiente pregunta es: ¿qué es lo que vamos a recordar? Muchos consideran que el examen de conciencia es una herramienta que nos ayuda a traer a la mente (recordar) nuestros pecados durante un momento de reflexión antes de acercarnos al sacerdote en la Confesión. Esto es cierto. El examen de conciencia es eso, pero no es solamente eso. Benedicto XVI lo explicó muy bien cuando dijo:
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

¡Larga vida a la historia de amor!

El corazón de nuestra fe es nuestra relación con Dios. Las relaciones dependen de los encuentros. Haciendo una deducción lógica podemos concluir que lo que necesitamos recordar son los encuentros con Dios. Como prueba de que yo no estoy inventando esto, ¿qué es la Biblia sino una serie de encuentros entre el hombre y Dios? De hecho, diría que nuestra fe es un largo recuerdo de la actividad de Dios. ¡El libro del Éxodo está lleno de increíbles encuentros! Ante el pueblo elegido abatido y casi derrotado, Dios aparece y salva a la damisela (Israel) en peligro. Solo después de haber probado inequívocamente su amor misericordioso a este pueblo, Dios les revela la ley que los llevará a una relación más auténtica con Él. Esto significa que el examen de conciencia debe empezar con una canción de alegría que nos recuerde los actos que han revelado la misericordia de Dios en nuestras vidas, hayan sucedido estos muchos años atrás o tal vez esta mañana en el desayuno.

Es hora de reestructurar los cimientos

Conscientes o no, nuestra vida cotidiana está fuertemente afectada por lo que recordamos. Ahora bien, en un momento de dificultad y sufrimiento es extremadamente difícil reconocer algo positivo, mucho menos la presencia de Dios. Pero más tarde, cuando haces tu examen de conciencia, te das cuenta de que tienes dos opciones: 1. Puedes permanecer con esa sensación de frustración e impaciencia por no haber soportado una dificultad; 2. Puedes preguntarte si tal vez Dios te ha acompañado a lo largo del día.
La presencia de Dios siempre trae vida. Al ir descubriéndola, esas situaciones que parecen solo traernos oscuridad y dolor empiezan a tener una nueva luz y un nuevo significado; ellas en cierto modo, han sido transfiguradas y resucitadas por Su presencia. Aun así, tenemos que tener cuidado con el pensamiento positivo simplista o con el falso optimismo. La clave no es “¿qué es lo positivo que puedo sacar de esta situación?” sino “Dios, ¿cómo estuviste presente?”. Tenemos que estar abiertos al hecho de que muchas veces Dios está verdaderamente presente en nuestras vidas incluso en medio de las peores circunstancias. Estas heridas pueden permanecer, pero cuando son ofrecidas en confianza y obediencia se convierten en heridas de gloria que manifiestan el amor de Dios que salva nuestras vidas.
Hay dos prácticas fundamentales que nos permiten lograr esta reestructuración: la meditación de las Sagradas Escrituras y la participación activa en la liturgia.
Las Sagradas Escrituras: la memoria cristiana
¿Alguna vez has sentido esa súbita necesidad  de saber más sobre tu familia, sobre tus orígenes? Tal vez explorando tu árbol genealógico podrías encontrarte con un santo. O tal vez tus tatarabuelos fueron unos heroicos emigrantes, valientes soldados o incluso frágiles pecadores. Muy pocos cristianos han verdaderamente atesorado en sus corazones las memorias, los recuerdos del Pueblo de Dios. La meditación diaria de las Escrituras ¡es fundamental! El Antiguo Testamento nos enseña una y otra vez las victorias y derrotas (más derrotas que victorias, en realidad) del Pueblo de Israel y cómo Dios nunca los abandonó, cómo su amor misericordioso los abrazó y los protegió una y otra vez.
El Nuevo Testamento también está repleto de detalles del amor misericordioso de Dios, que se hizo uno de nosotros y murió para muchos puedan vivir en Él. Recordar esos encuentros, revivirlos diariamente cambian nuestros débiles cimientos (unos cimientos sin Dios) y los transforman en cimientos cristianos (recuerdos, memorias llenas de Dios). Esto no significa que ya nunca más tendremos recuerdos dolorosos, significa que ahora los recordaremos acompañados del consuelo de Dios (incluso en esas veces que terminamos teniendo recuerdos ateos, recuerdos en los que negábamos la existencia de Dios).
La Liturgia: ese lugar donde la memoria de Dios y la del hombre se encuentran
Como veremos más adelante en detalle, todo esto apunta a que aprendamos a recordar cómo Dios recuerda, aprender a mirar la historia –y nuestra historia personal– con los ojos de Dios. Las Sagradas Escrituras nos introducen en esta escuela y en la Liturgia vivimos lo aprendido de una manera especial. Como decíamos líneas arriba, recordar es revivir, esto en la Liturgia alcanza su máximo significado. Respondiendo a la invitación de Cristo: «haced esto en conmemoración mía», recordamos el misterio Pascual (la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo) en el sentido más profundo del término, que es volver a vivirlo, volver a hacerlo presente. Estamos reviviendo su pasión, muerte y resurrección. Gracias al Espíritu Santo, la memoria se convierte en una verdadera participación, la memoria de nuestro encuentro con Dios se convierte en un nuevo encuentro.
Es así como la memoria de Cristo, de quién es Él, de lo que ha hecho por nosotros y de cómo Él nos mira, transforma nuestra memoria (cómo es que miramos nuestro pasado) y le da una nueva forma a nuestra mentalidad en general. Esto transforma la manera en que vivimos, nuestra actividad moral y la forma en que juzgamos nuestra propia vida.

¡Es tiempo de contar una historia!

Me gusta la idea de “contar historias” porque creo que el examen de conciencia necesita ser un momento en el que nos ponemos en presencia de Dios y le contamos la historia de nuestro día, narrando tanto los buenos momentos como los malos, los momentos de luz como los de oscuridad.
Este no tiene que ser un momento en que recitas un monólogo, ¡no! Tienen que hablar los dos. Primero tú le cuentas tu historia y luego dejas que Dios te vuelva a contar esa misma historia pero desde su punto de vista. En Génesis 45, 4-5 encontramos un hermoso ejemplo de esto. José luego de haber pasado  por muchas y dolorosas pruebas, rompe a llorar ante sus hermanos que lo habían traicionado:
«Acérquense… Yo soy José, su hermano, el que ustedes vendieron a los egipcios».
Esto es lo que sabemos de la historia, un hecho real  pero contado desde su punto de vista.  No hay necesidad de palabras que suavicen el hecho: José fue traicionado por sus hermanos en la peor de las formas, fue vendido como esclavo. Su vida fue potencialmente arruinada, todo porque sus hermanos estaban celosos de él. José, siendo un hombre de fe, no se queda pegado a esa idea, él va más allá, permite que la mirada de Dios transforme su forma de mirar la historia y la convierta en una historia de salvación, tanto para él como para sus hermanos.
«Pero no se apenen ni les pese por haberme vendido, porque Dios me ha enviado aquí delante de ustedes para salvarles la vida… Dios pues me ha enviado por delante de ustedes para que nuestra raza sobreviva… No han sido ustedes sino Dios quien me envió».
Esta es la alegría de un examen de conciencia bien hecho: nosotros contamos nuestra historia –una llena de dificultades y fragilidad– desde nuestro punto de vista, pero después escuchamos a Dios y le permitimos que nos revele su presencia, su providencia, su acción en nuestras vidas.
Lo que sigue ahora es cómo ponerlo en práctica. Les dejamos una explicación paso a paso de cómo hacer un buen examen de conciencia:

1. Abre tu corazón a la presencia de Dios

conciencia
Busca un lugar tranquilo, puede ser una esquina en tu cuarto o una capilla cercana. Frente a una imagen sagrada, prende una vela. Tómate unos minutos para respirar y relajarte y empieza por hacer la señal de la Cruz. Cada cierto tiempo, cuando un niño juega, voltea a mirar si su mamá o su papá están observándolo. De reojo este niño encuentra seguridad, aliento y alegría. Este primer momento de nuestro examen de conciencia nos pone en presencia de Dios para redescubrir el amor que tiene por nosotros, por cada uno. Leer un breve pasaje de las Escrituras puede ayudar también.

2. Deja que Dios te enseñe su álbum de fotos

album
¿Alguna vez te has sentado al lado de tu abuelo mientras él abre su álbum de fotos? ¿Recuerdas el calor, la ternura, el afecto y la intimidad compartida? Ahora es tiempo de que le dejes a Dios hacer lo mismo. Antes de revisar nuestro día, la idea es recordar quiénes somos a los ojos de Dios: sus hijos amados. Trata de recordar algunos pasajes de las Escrituras (el álbum de fotos de Dios). Deja que Él te diga cómo rescató a Israel, cómo sacó a José de aprietos, cómo perdonó a David. Mira la paciencia y la fe que Dios le demostró a su pueblo de Israel. Recuerda las tantas veces en que la fragilidad humana parecía tener la última palabra, hasta que Dios encontraba la forma de demostrar que Él es el Señor de la historia, el Señor de nuestra historia también. Recuerda a todas esas personas que Jesús amó, todos los corazones que tocó, y todas las heridas que sanó. Piensa en cómo les habrá hablado y recuerda que Él piensa en ti de la misma forma en que lo hacía con ellos.

3. Cuéntale tu día a Jesús

day
Con todo esto en mente, revisa tu día, pero hazlo en diálogo con Jesús. Mira los puntos centrales, los más importantes: qué te golpeó, qué fue lo hermoso, qué fue lo difícil, qué no te quedó claro, etc. No hay necesidad de ser rígido aquí, dale a tu memoria un poco de tiempo y espacio y permite que las cosas vayan saliendo. Una vez que hayas terminado, haz una pausa y quédate en silencio. Aquí, escucha atentamente con tu corazón. Recuerda que este es un diálogo, no un monólogo. Antes de entrar en detalle, trata de meditar qué crees que el Señor te está diciendo o a dónde crees que te está dirigiendo con las experiencias que has tenido este día, con tus actitudes, con los encuentros que has tenido, con tus pensamientos, con las pruebas que has pasado, con tus victorias, etc. Señor, ¿quién me llamas a ser? Señor, ¿a quién ves cuando me ves?  Señor, ¿qué estás obrando con mi vida? ¿Dónde estás? Señor, ¿de qué manera me estoy acercando a Ti? ¿De qué manera me estoy alejando de Ti? ¿Estoy poniendo a otros como centro de mi vida? ¿Estoy cooperando contigo? ¿Estoy percibiendo y escuchando tu voz?

4. Admite tus fallas

caidas
Agradécele a Dios profundamente por la manera en que Él está obrando en tu vida, porque nunca se dado por vencido contigo, ni te ha abandonado. Haciendo esto, es natural reconocer que han habido momentos en los que no has sido un buen hijo o hija. Has tropezado en el camino, has negado tu propia identidad.  Has rechazado la mirada de Dios y de otros y has impuesto la tuya. Aquí es importante tratar de reconocer ambas cosas: lo que hiciste y las posibles causas de por qué lo hiciste. ¿Qué fue lo que te llevó a actuar de esa manera? ¿Cómo puedes evitarlo o mejorar la próxima vez? Esta parte puede ser difícil, pero confía en que la fidelidad y la misericordia de Dios están presentes. Cuando reconoces tus faltas, no te quedes escondido detrás del arbusto (como Adán y Eva). Admite que fuiste tú quién lo hizo y que eres responsable por tus actos. Sin responsabilidad no puede haber reconciliación.
Algunas veces podemos ser excelentes justificando  o suavizando nuestros pecados. Jesús es misericordioso y nos ama infinitamente, pero también es justo. Si no estás seguro de que algo es pecado o si es solo una tentación, te sugiero que miresaquí. Repasar una lista de pecados puede darnos, algunas veces, una visión más objetiva. En internet puedes encontrar mil recursos  que pueden ayudarte con esto:

5. Renueva tu bautismo: de la muerte a la vida 

Bautismo
Muchas veces luego de recordar nuestras faltas o pecados, la tentación consiste en pensar: «bueno, ¿y ahora cómo arreglo esto?» El pecado algunas veces puede ser arreglado pero no por nuestra propia fuerza. El pecado necesita ser perdonado. Más aún, el pecado produce heridas. Las heridas necesitan ser tratadas y curadas. Si no se curan pueden llegar a infectarse.
Llegando a este punto de tu examen de conciencia, es momento de sumergirte en las aguas del río Jordán. Somos bautizados una sola vez, pero frecuentemente olvidamos renovar la conciencia de nuestro bautismo. Muy a menudo olvidamos que «el Bautismo es el primero y principal sacramento para el perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y nos da el Espíritu Santo» (CIC 985). Pon entonces tus pecados en el altar y permite que el Espíritu Santo transforme esas realidades de muerte en realidades de vida. El auténtico arrepentimiento permite que el Espíritu Santo pueda actuar, y la desobediencia a Dios se convierte en obediencia. Algo nuevo, algo bueno, algo bello ha nacido: el espíritu del Hijo está echando raíces en tu corazón.
La parábola del hijo pródigo es una magnífica ilustración. Una vez olvidado, en ruinas, destinado a alimentar cerdos; él retorna arrepentido a los brazos misericordiosos de su Padre, y nuevamente es recibido y vestido con las mejores ropas que demuestran que él sigue siendo su hijo.
Ten en mente que este acto de arrepentimiento diario debe ir de la  mano con una confesión mensual. Este es el llamado «tipo de bautismo más laborioso» por los Padres de la Iglesia, el sacramento de la penitencia es necesario para la salvación de aquellos que han fallado luego del bautismo. Si tomas conciencia y te das cuenta de que has cometido un pecado mortal, entonces debes buscar confesarte lo más rápido posible (y abstenerte de recibir la comunión). Si no estás tan seguro o no conoces la diferencia entre un pecado mortal y uno venial, consulta el Catecismo de la Iglesia católica.

6. Diseñen un plan de acción

diseno
En el deporte, un buen entrenador siempre buscará un momento para ver qué pasó en el partido anterior con todo el equipo. Podemos seguir el mismo esquema en la vida espiritual. Luego de revisar todo tu día, tómate un momento para ver cómo puedes mejorar el día de mañana. No hay que ser ingenuos, en un día no vas a lograr pasar del campeonato local a la Champions League (perdón por la comparación). Pero si no nos movemos para adelante entonces indefectiblemente nos movemos para atrás. Trata de encontrar una forma simple que te permita crecer en lo que crees que Cristo te está llamando a crecer. Mantén esta idea o reflexión en mente y trata de recordarla a la mañana siguiente cuando despiertes. Puede ser buena idea que la escribas en un papel para que no la olvides (puede ser una frase que pensaste, un pasaje de las Sagradas Escrituras que te conmovió o simplemente una palabra) Nuestro día depende en gran parte de los primeros momentos de la mañana. Fórmate el hábito de poner en práctica lo que tu examen de conciencia te ha revelado, esto definitivamente puede ser muy saludable para nuestra vida cristiana.

7. Dale gracias

embracing jesus
Finalmente, recuerda que el examen de conciencia no es una forma escrupulosa de apuntar o magnificar las cosas malas en nuestra vida y luego sentirse mal por eso. El examen, debe ser una experiencia de alegría, de redención. Tómate un momento para alegrarte y dar gracias a Dios por lo vivido. Como el Padre Rupnik dice:
«En él aprendemos un realismo sólido que revela nuestras ilusiones morales, disciplinarias o psicológicas sobre la perfección, porque experimentamos la gracia de una transformación continua a causa de la muerte y resurrección de Cristo. Un examen de conciencia hecho de esta manera nos lleva a lo que Dostoyesvsky apreciaba inmensamente: sentirse libre en una relación con Dios, vivir en libertad como sus hijos. (…) Solo los hijos libres pueden estar presentes y ser testigos del rostro auténtico del Padre».
Muchos de estos pensamientos y algunas frases han sido sacadas del libro escrito por el Padre Rupnik: «El examen de conciencia: Para vivir como redimidos». No pueden dejar de leerlo, se los recomiendo.
Garrett Jhonson, catholic-link










jueves, 13 de septiembre de 2018

«En tu Getsemaní, Jesús está contigo». Un profundo y conmovedor testimonio sobre el dolor de la soledad

 dificultades

Hace un par de años viví uno de los tiempos más difíciles de mi vida. Por varios motivos (situaciones de dolor y por mi personalidad nerviosa) desarrollé un ligero trastorno de ansiedad. Digo «ligero» porque sé de casos mucho peores que el mío, donde la persona sufre muchísimo al punto de no poder realizar ni las actividades más básicas.
No entraré en mucho detalle, pero empezó con palpitaciones del corazón y tensión muscular hasta llegar a ataques de ansiedad periódicos. Pasé casi todos los días durante aproximadamente seis meses convencida de que algo estaba mal con mi corazón y que en cualquier momento me iba a morir, a pesar de que los exámenes médicos decían lo contrario.
Los que padecen de un desorden de ansiedad saben a lo que me refiero. Me volví obsesiva y me convencí a mí misma que el sufrimiento nunca se iba a acabar, que estaba condenada a vivir así. Me costaba trabajar, casi no salía, las cosas que antes amaba hacer se habían vuelto toda una tarea. Me tomaba la presión al menos una vez al día y googleaba obsesivamente los síntomas de un infarto para cerciorarme que lo que estaba sintiendo era ansiedad y no un ataque al corazón.

¿Me estaba volviendo loca?

¿Quién me iba a querer así? ¿Cómo iba a vivir con esto? ¿Iba a perder mi trabajo? ¿Cómo iba a salir adelante? Me hacía estas preguntas constantemente, abriendo una herida en mi corazón que cada vez se hacía más grande.


Gracias a Dios y a terapia psicológica, hoy estoy mejor. La ansiedad ya no me paraliza, he aprendido a entenderla, controlarla y a vivir con ella. Esto es algo que muchos saben, no es algo que oculto y sé que le pasa a muchísimas personas.
Hoy veo atrás y me doy cuenta que, durante ese tiempo, mi experiencia era de miedo y frustración, de constante tensión ante algo que, aparentemente, no podía controlar. Pero, más allá de esto, tenía la sensación de una profunda soledad.
En lo más hondo de mi ser me sentía incomprendida, como si nadie en este mundo pudiese entender lo que estaba atravesando. Y no porque estuviese sola, pues mis padres estaban siempre allí, mis amigas me escuchaban y me alentaban, sabía que Dios me acompañaba, pero aún así tenía una especia de vacío en mi interior.

Una soledad que quema

Esto me ha pasado muchas veces, particularmente en aquellos momentos de gran sufrimiento. Y es que existe un lugar en nuestro corazón que nadie ve y que nadie puede alcanzar. Allí donde la soledad se vuelve tan profunda que te hace sentir desahuciado, abandonado, una soledad que duele y quema y ante la cual parece no haber consuelo alguno.


Venía meditando en esto desde hace algunos días, cuando me topé con una carta llamada Dancing in Gethsemane: A letter about hope(Bailando en Getsemaní: Una carta sobre la esperanza) por Anthony D’ Ambrosio. En ella, él relata su experiencia con respecto a los abusos y escándalos de la Iglesia Católica.
Todo el texto me fascinó y comparto la mayor parte de su sentir. No voy a ahondar sobre el tema de los abusos, porque eso merece todo un artículo aparte. Más bien, quiero centrarme en lo esencial del texto, particularmente en un fragmento que verdaderamente me tocó el corazón, al punto de echarme a llorar frente a mi computadora mientras lo leía.
Anthony cuenta la experiencia de sentirse enojado y perdido ante las noticias de los escándalos y recordaba una época de particular sequía espiritual, donde acababa de terminar con su novia debido a que la ansiedad que padecía había consumido toda su vida. Esto lo había llevado incluso a dudar de la existencia de Dios y a sentirse desconsolado ante tan gran dolor:
«Era primavera y el nuevo follaje aún era de color verde lima. Durante la cena familiar, sumergimos perejil en un plato hondo con agua, que simboliza las lágrimas de los israelitas durante la esclavitud. Comimos cordero con mermelada de menta y fuimos a la parroquia de rito maronita a la que asistíamos cuando era niño. Al final de la misa, los encargados crearon un “jardín” en la iglesia que simbolizaba el Monte de los Olivos y hubo adoración eucarística y confesiones hasta las 2 de la mañana.
No tenía cómo volver a casa, entonces me senté en la iglesia con mis audífonos puestos mientras escuchaba a Sigur Ros (una banda musical islandesa), y me imaginé a Jesús en el jardín, sufriendo hasta que sus poros sangraron por la ansiedad.
Veía como su ministerio llegaba a su fin, cómo sus amistades se terminaban, el rechazo, el fracaso e incluso la distancia entre Él y Dios. Escuché las palabras que dijo en ese momento: “Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y luego, escuché el silencio ensordecedor. No había siquiera el consuelo de un “No”. Solo se escuchaban los ronquidos de sus amigos, quienes no fueron capaces de velar con Él, y, finalmente, el saludo de su traidor.
Mientras pensaba en estas cosas sentí -por primera vez desde que enfermé- que alguien al fin me entendía. Él conocía el rechazo que yo experimentaba, el silencio de Dios, la destrucción de sus aspiraciones. En este momento, le dije al Señor en oración: “No sé si estaré enfermo para siempre, o si alguna vez tendré una vida luego de eso, pero acepto el cáliz del sufrimiento como tú lo hiciste y elijo vivir el resto de mi vida sin maldecirlo”.
Empecé a llorar, porque, aunque no sabía si Jesús realmente era Dios, en ese momento no importaba. Solo sabía que no estaba solo; alguien me comprendía, en mi agonía y soledad más profundas. Cuando todos a mi alrededor estaban “dormidos” ante lo que me estaba pasando, alguien me veía y me entendía».
Y es que en nuestro Getsemaní, el Señor está allí, junto a nosotros. Él entiende el dolor más profundo, la soledad más grande, esa que nadie puede tocar. Él esta allí en lo más hondo de tu humanidad, en tu herida abierta, pues Él la ha sentido en carne propia. En ese lugar que nadie parece alcanzar, allí está Él, buscando darte el consuelo que tanto anhelas.
Sea cual sea tu sufrimiento hoy y por más oscuro que parezca, recuerda mirar a Jesús. Recuerda que Él ha prometido quedarse contigo hasta el fin del mundo. Atesora esta hermosa verdad con amor, esperanza y gratitud y, en esos momentos de mayor dolor, no olvides que en tu propio huerto, Jesús te ofrece su dulce compañía.
Termino con una oración que, para mí, es una de las más hermosas que he escuchado. Es un Himno de la Liturgia de las Horas que te puede servir en los momentos de soledad:
Estáte, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.
Llévame, en tu compañía
donde tu vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.
Por eso, más que a la muerte
temo, Señor, tu partida,
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tú das,
sé que alcanzarla no puedo,
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas. Amén.
*Este artículo ha sido escrito por nuestra querida autora: Marigina Bruno, quien recientemente comparte sus pensamientos en su nuevo blog Hechas para más. Si este post te gustó no olvides visitar su sitio y compartirlo con tus amigos. 


















Yo tampoco creía que se podía encontrar felicidad en medio del dolor hasta que conocí esta historia


dificultades

«Los ricos se han quedado pobres y con hambre,
 pero a los que buscan al Señor nada les falta.
Vengan, hijos, y pónganme atención, quiero
enseñarles el temor del Señor. ¿Quieres tú que tu
vida se prolongue y deseas gozar días felices?,
Guarda tu lengua del mal, tus labios de palabras mentirosas. Apártate del mal y haz el bien, busca l
a paz y ponte a perseguirla
». (Sal 34, 11-15)
En nuestro diario caminar, tenemos días buenos
y otros que no lo son tanto… pero en líneas
generales, la mayoría de nuestros días están compuestos de circunstancias manejables que no afectan nuestra rutina de forma considerable.
¿Qué sucede sin embargo si es que la vida nos
presenta hechos que lo cambian todo, que hacen
de la desazón una constante? ¿O con situaciones
duras de las que no parecemos salir?
A raíz de estas preguntas, les compartimos un corto francés llamado «Regarde» («Mira»), ganador del Premio de la Audiencia en el Voiron Film Festival 2014. En el, se cuenta la historia de una joven pareja donde el esposo parece tener una visión optimista de la vida, mientras que la esposa se muestra atribulada por el peso de la rutina. Su perspectiva de la vida es tan distinta que parecieran llevar dos vidas completamente diferentes. Hacia el final del video, nos daremos cuenta de la realidad en la que viven; la misma que suscita el cuestionamiento de la esposa hacia la actitud de su esposo.


Estas son algunas frases del corto que me gustaría destacar y que nos ofrecen elementos apostólicos para reflexionar:

«Yo elegí vivir»

Esta es una de las primeras frases con las que el esposo responde. Aunque corta, esta afirmación nos deja ver que, para él, vivir va más allá de la mera existencia. Asimismo, cuando nuestro Señor se refiere a la vida, habla de «vida en abundancia». Para un seguidor de Cristo, esto significa inequívocamente lo mismo que Jesús describe como vida eterna: «Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero […]» (Jn 17, 3).
Vale aclarar que abundancia no se refiere exclusivamente a cosas materiales; sobre todo cuando es el mismo Jesús que nos asegura que el Padre vela por nosotros al decir: «¿No es más la vida que el alimento y el cuerpo más que la ropa?» (Mt 6, 25). «Y si Dios viste así a la flor del campo que hoy está y mañana se echará al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?» (Mt 6, 30). «Los que no conocen a Dios se preocupan por esas cosas. Pero el Padre de ustedes sabe que necesitan de todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y esas cosas vendrán por añadidura» (Mt 6, 32-33).
Es así que, vivir en abundancia no se centra en la riqueza o pobreza, pues no son un indicio cierto de nuestra posición con Dios. El rey Salomón tuvo a su disposición todo tipo de bendiciones materiales, pero las halló sin sentido: «vanidad de vanidades» (Ec 5, 9-15). San Pablo, sin embargo, al ser un hombre que conoció y amó a su Señor estuvo en la posición de aseverar: «En efecto, aprendí a acomodarme con lo que tengo. Sé pasar por privaciones, como vivir en la abundancia. Estoy entrenado para cualquier momento o situación: estar satisfecho o hambriento, en la abundancia o en la escasez. Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» (Fil 4, 11-13).
Por lo tanto, el buen vivir y la felicidad no dependen de circunstancias fortuitas que se dan a lo largo del tiempo o de otros criterios humanos que tratan de imponerse en nuestra cultura actual. Vivir de verdad será posible si y sólo si se basa y se sostiene en una relación cercana con Dios. Para los católicos, esto significa frecuentar los sacramentos, sobre todo, la Eucaristía, puesto que en ella se encapsula el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

«¿Es que acaso tu visión de la vida te ha hecho más feliz?»

¿Quién alguna vez no se ha dejado abatir por ciertas situaciones desgastantes? Nos hemos dejado consumir por nuestras preocupaciones, por la ansiedad o el mero desencanto cuando, al analizar ciertos hechos, no parece haber salida y nos hacemos presas de la depresión o la desesperación.
En efecto, esto es lo que sucede con la esposa en esta historia. Parece que extrapola las penas de hoy y las lleva al futuro, por lo que cae en el desánimo y en el cansancio del alma, sin esperanza. Su esposo, con mucha sabiduría la invita a analizar si esta forma de mirar las cosas le ha traído alguna ventaja. Al obtener una negativa como respuesta, podemos caer en cuenta de lo cierta que es la enseñanza de nuestro Señor cuando nos recomienda: «No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará de sí mismo. Basta con las penas del día» (Mt 6, 34).

«Todos tenemos el poder de apreciar lo que tenemos»

De nada sirve enfocarnos en todo lo que nos falta y llenarnos de desaliento si no aprendemos primero a apreciar lo que sí tenemos. San Pablo nos da el mismo consejo cuando dice:«Fíjense en todo lo que encuentren de verdadero, de noble, de justo, de limpio; en todo lo que es hermoso y honrado» (Fil 4, 8). Pensar así y aplicar este consejo a nuestras propias vidas, nos permitiría también descubrir lo que podríamos hacer mejor nosotros desde nuestra posición actual.
Más aún, fijarnos en lo bueno dondequiera que nos encontremos es una forma también de encontrar a Dios en la cotidianidad de nuestra vida; sería más fácil darnos cuenta de su presencia y el gran consuelo que ella representa para nuestra alma.

«La verdadera felicidad no depende de alguien más»

«La frase completa diría la verdadera felicidad no depende de alguien más, de ningún objeto exterior, solo depende de nosotros mismos» (Dalai Lama). Es bueno recordar que, aunque la premisa de esta oración propuesta por el Dalai Lama está de acuerdo con las enseñanzas de nuestro catecismo -es decir, no podemos basar nuestra felicidad en cosas circunstanciales ni falibles- los católicos no creemos que la felicidad dependa únicamente de nosotros mismos.
La muerte de un ser querido, un accidente o un diagnóstico adverso son algunas de esas situaciones que nos modifican la agenda inmediatamente, lo paralizan todo y es completamente natural entristecerse. La diferencia, sin embargo, entre un alma que hace de Dios su refugio y una que no, es que la tristeza circunstancial no afecta el gozo quieto pero profundo de aquel cristiano que está puesto sobre la roca, que es Dios. Es por esto que, la Iglesia recomienda vivamente acudir a la fuente de aguas vivas, fuente de Consuelo y Paz: la Eucaristía.
Dado que somos Templo del Espíritu Santo, pienso que la felicidad no puede venir sólo de nosotros, criaturas finitas, sino de Dios en nosotros. La frase del Dalai Lama nos sirve, sin embargo, para abandonar posturas de víctimas donde culpamos a las circunstancias que «no nos dejan avanzar». Mientras creamos eso, no podremos asimilar la lección de vida que Dios quiere lograr que aprendamos, nos veremos forzados a estar en esas situaciones hasta que hayamos tenido la gracia de aprender la lección y pasar al siguiente nivel de perfección al que nuestro Señor nos quiere llevar.
Para terminar, comparto un fragmento de la carta de San Pablo a los Filipenses donde los anima y los urge a alegrarse en el Señor, pues esto también es dar testimonio de ser cristiano:
«Alégrense en el Señor en todo tiempo. Les repito: alégrense, y den a todos muestra de un espíritu muy comprensivo. El Señor está cerca: no se inquieten por nada. En cualquier circunstancia recurran a la oración y a la súplica, junto a la acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que es mucho mayor de lo que se puede imaginar, les guardará su corazón y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Fil 4, 4-7).
Solange Paredes, CatholicLink