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domingo, 19 de marzo de 2017

El chismoso es un 'terrorista'


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“Me da miedo cuando una persona es mala: la maldad de la gente. Cuando una persona –porque todos tenemos la semilla de la maldad dentro, porque es el pecado que te lleva a esto–, cuando una persona elige ser malvada, eso me asusta mucho, porque una persona malvada puede hacer mucho más. Y me asusta cuando en una familia, un barrio, un puesto de trabajo, en una parroquia, también en el Vaticano, cuando se dan los chismes, esto me da miedo”.



“¿Habéis visto o escuchado en TV lo que hacen los terroristas? Lanzan una bomba y escapan. Hacen esto. Una de las cosas. Los chismes son así: es arrojar una bomba e irse. Y las habladurías destruyen, destruyen. Destruyen una familia, un barrio, una parroquia, destruyen todo. Pero sobre todo los chismes destruyen el corazón. Porque si tu corazón es capaz de arrojar la bomba, eres un terrorista, haces el mal de manera escondida y tu corazón se convierte en corrupto”.

Papa Francisco, parroquia de Santa Magdalena de Canossa, en Roma, 12.3.17

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lunes, 31 de octubre de 2016

Perdonar una calumnia es un gesto de gran confianza en Dios y de amor al prójimo


Perdonar una calumnia es un gesto de gran confianza en Dios y de amor al prójimo

3 consejos espirituales para sobrellevar una calumnia

María Paola Daud, aleteia
San Gregorio Magno decía: “De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad”, y tiene razón, pues en la raíz de toda calumnia está básicamente la envidia.

Cuando eres tu el calumniado, ¿cómo reaccionas ante este grave daño a tu honor? A veces, la reacción tiene mucho que ver con el momento en que uno vive la calumnia, también con el modo de ser, o cuál es la relación que se tiene con la persona que se ha comportado maliciosamente, y más que nada con los efectos y causas del alcance de la calumnia.

La calumnia se combate con la verdad. El calumniador está obligado a reparar el mal causado en todo lo que pueda, a reparar en público el daño que haya podido ocasionar con sus mentiras y sus insinuaciones maliciosas. No puede descartarse el acudir a los tribunales si es necesario, en el caso de una calumnia que afecte gravemente a la vida o al ejercicio profesional (por ejemplo, calumniar a un médico puede llevarle a perder sus pacientes). Aunque esto puede no ser suficiente.


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Hay un cuento tradicional de la india que resume lo que puede ocasionar una calumnia:

Había una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, por la envidia al ver el éxito que este había alcanzado. Tiempo después se arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un hombre muy sabio a quien le dijo: -”Quiero arreglar todo el mal que hice a mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?”, a lo que el hombre respondió: “Toma un saco lleno de plumas y suelta una a una donde vayas”.

El hombre muy contento por aquello tan fácil tomó el saco lleno de plumas y al cabo de un día las había soltado por toda la ciudad. Volvió donde el sabio y le dijo: -”Ya he terminado”, a lo que el sabio contestó: -”Esa es la parte más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que soltaste. Sal a la calle y búscalas”. El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que eso significaba y no pudo juntar casi ninguna.

Al volver, el hombre sabio le dijo: -”Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste y todas las calumnias que inventaste, volaron de boca en boca y ya no lo puedes reparar. Ve y pídele perdón a tu amigo, y la próxima vez recuerda que es mejor no desparramar las plumas, porque ya nunca se podrán volver a juntar…”

¿Qué puedo hacer entonces antes estas situaciones que dañan mi honor y mi renombre?: 

 Tómalo de quien viene
El calumniador no sabe bien lo que es amar, por lo tanto como decía mi abuela “hay que tomarlo de quien viene”. Continúa con tu día a día y muéstrales a los demás qué tan confiable eres en realidad. La persona que diga las falsas acusaciones sobre ti sólo se dañará si sigue hablando y, si se muestra que la declaración es falsa, nadie más le creerá nunca más

2 Se misericordioso
El que sufre por la murmuración también debe ser misericordioso, no es fácil ofrecer amor y misericordia al que ha calumniado y ha quitado, con sus bajezas el honor de otros, pero hay que pagar bien con mal y recordar sobre todas las cosas que así nos hace beatos a los ojos de Dios: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5,11-12).

3 Recuerda que no eres el único que ha sido calumniado alguna vez
Una señora muy desolada decidió buscar consolación en el sacramento de la confesión y un sacerdote tanto anciano como sabio le respondió “Hija mía, veo que te han herido profundamente y durante muchos años. Estás muy cansada de sufrir a causa de una persona que no te quiere y que desea herirte. No sientas odio ni rencor, pues Dios será quien la juzgue. Tú no eres juez de nadie; eres tan solo una hija de Dios muy amada, como todos nosotros, a pesar de nuestros terribles errores y pecados”.

“A partir de hoy, quiero que te des cuenta de una cosa: esa persona te ha hecho un inmenso favor. Nunca olvides que Jesús fue crucificado. Su cruz era enorme, pesada y muy difícil de levantar. Los soldados romanos hicieron un gran esfuerzo para elevarla y colocarla en su sitio. Además, una vez levantada, tuvieron que sujetarla con firmeza para que no cayera. Entonces tomaron grandes rocas, piedras medianas y también pequeñas. Algunas eran tan pequeñas como guijarros, pero todas fueron colocadas al pie de la cruz. ¡Había que lograr que esa enorme y pesada cruz se mantuviera en perfecto equilibrio y no cayera! Tú eres una de esas piedras que sujetan la cruz. Depende de ti que clase de roca o piedras quieres ser. Aguanta tu roca; aguanta tu piedra. Cristo hará de ella una gran victoria”.

Y recuerda hemos venidos a “ser un signo de contradicción” (Lc 2, 34).

lunes, 21 de marzo de 2016

El pecado del que nadie habla

Es más fácil pensar lo peor que lo mejor de los demás, pero ¿qué le está haciendo esa "macabra alegría" a nuestra sociedad?

una persona a la que la sale fuego y bombas por la boca en caricatura
Greg Kandra, Aleteia
De vez en cuando me encuentro con un recordatorio de lo astuto que puede llegar a ser Satán, en especial durante la Cuaresma.

Pensemos, por ejemplo, en un pequeño y pernicioso pecado que parece haber echado fuertes raíces en esta edad de los medios sociales: la maledicencia. Cada vez veo más comentarios denigrantes. Y en realidad nadie habla del daño que infligen, aunque el Papa se ha referido frecuente y vehementemente a su malvado primo cercano, el cotilleo. (El pontífice llegó incluso a comparar el chismorreo con el terrorismo.)

Así que, ¿a qué problema nos enfrentamos? Permitid que me explique.
Primero, el catecismo nos enseña que la detracción es un pecado contra el octavo mandamiento:
2477 El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto. Se hace culpable:
– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo;
– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran;
– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.

2478 Para evitar el juicio temerario, cada uno debe interpretar, en cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:

“Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (San Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia, 22).

2479 La maledicencia y la calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y de la caridad.

Y los medios de comunicación, según se nos recuerda, cargan con una responsabilidad especial:
2494 La información de estos medios es un servicio del bien común (cf IM 11). La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad:
“El recto ejercicio de este derecho exige que, en cuanto a su contenido, la comunicación sea siempre verdadera e íntegra, salvadas la justicia y la caridad; además, en cuanto al modo, ha de ser honesta y conveniente, es decir, debe respetar escrupulosamente las leyes morales, los derechos legítimos y la dignidad del hombre, tanto en la búsqueda de la noticia como en su divulgación” (IM 5).
2495 “Es necesario que todos los miembros de la sociedad cumplan sus deberes de caridad y justicia también en este campo, y, así, con ayuda de estos medios, se esfuercen por formar y difundir una recta opinión pública” (IM 8). La solidaridad aparece como una consecuencia de una información verdadera y justa, y de la libre circulación de las ideas, que favorecen el conocimiento y el respeto del prójimo.

2497 Por razón de su profesión en la prensa, sus responsables tienen la obligación, en la difusión de la información, de servir a la verdad y de no ofender a la caridad. Han de esforzarse por respetar con una delicadeza igual, la naturaleza de los hechos y los límites el juicio crítico respecto a las personas. Deben evitar ceder a la difamación.
Nada menos que el Reverendo John A. Hardon, de la Compañía de Jesús,afirmó lo siguiente en relación al pecado de la maledicencia:
La buena reputación de una persona le pertenece a dicha persona y no debiéramos causarle daño al revelar,sin razón grave proporcionada, lo que sabemos es verdad en relación a ella.

La Maledicencia es, por consiguiente, un pecado contra la justicia porque priva al hombre o mujer de aquello que normalmente valora más que la riqueza. La declaración de Sócrates, sobre que la forma de ganar una buena reputación es esforzándose en ser aquello que quieres parecer, pone de manifiesto el esfuerzo necesario para ser merecedor de un buen nombre. Todo ello, más incluso que la riqueza acumulada, puede ser destruido por un único acto criminal de maledicencia.

La seriedad del pecado cometido derivará principalmente de la gravedad de la falta o limitación divulgada. Pero también dependerá de la dignidad de la persona detractada y del daño causado a ella o a otros al revelar algo que estuvo oculto y cuya divulgación rebaja (si no arruina) su posición ante la opinión pública.

De forma parecida a la restitución que se exige tras un robo, la maledicencia demanda una reparación en la mayor medida posible de la reputación de la persona afectada. A menudo esta reparación es casi imposible de realizar, ya sea por el número de personas informadas o por la complejidad de la situación. Pero ello sólo enfatiza la advertencia de las Escrituras: “Preocúpate de tu nombre, que eso te queda, más que mil grandes tesoros de oro. La vida buena tiene un límite de días, pero el buen nombre permanece para siempre” (Si. 41:12-16).

Durante esta época de penitencia y oración, merece la pena que nos preguntemos si hemos sido, conscientes o no, culpables de maledicencia. ¿Hemos dañado de forma intencionada el buen nombre de alguna persona? ¿Hemos intentado herir la reputación de alguien (incluso creyendo que se lo merecía)? ¿Nos hemos entretenido con la oscura diversión del cotilleo?

Durante la Cuaresma, es importante recordar que el chocolate no es la única tentación que tenemos que resistir. Hay otras tentaciones que pueden resultar igual de seductoras e insanas, y mucho más perjudiciales para nuestras almas. Durante este Año de Misericordia, estamos llamados a extender nuestra piadosa mano a nuestros hermanos y hermanas y a ver y reconocer mejor la dignidad inherente en todos ellos.

Se trata de añadir valor a los demás, no de restárselo.