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sábado, 9 de marzo de 2019

Despierta tras 15 años en coma: Mi padre tuvo fe, no me desenchufó

Tras sufrir un accidente de tráfico, a los seis meses los médicos aconsejaron a los padres de Miguel Parrondo que valorarán la posibilidad de “apagar” a su hijo, pero ellos se negaron

Entre los riesgos que contempla la legalización de la llamada “muerte digna”, cabe destacar el que corren aquellas personas que, habiendo entrado en coma durante un largo periodo de tiempo, pueden ser desconectadas de los aparatos que las mantienen con vida, en muchos casos por decisión de los propios familiares aconsejados por los médicos.
Un ejemplo de ello es el de Mathew Taylor, un ciudadano británico al que la voz de su novia despertó tras pasar casi un año en coma.
Ahora, se ha dado a conocer un caso aún más espectacular: Miguel Parrondo, que quedó en coma tras sufrir un accidente de tráfico en 1987, despertó en 2002 gracias a la constancia, amor y fe de sus familiares.
Su padre, dermatólogo en el mismo centro en que fue ingresado, se negó en redondo a que le “apagaran” a los seis meses de tener el accidente.
De hecho, cuando Miguel llegó al hospital Juan Canalejo de A Coruña ningún médico albergaba esperanzas de que pudiese salir adelante. Ni siquiera su propio padre, que cuando llegó y vio el estado en el que se encontraba su hijo pidió al sacerdote del hospital que le diese la extremaunción.
Los hechos ocurrieron en, 1987, cuando Miguel, a sus 32 años, regresaba de una noche de fiesta en compañía de dos chicas. Todo se truncó al salirse de una curva y estrellarse contra un muro con su Renault 5 GT Turbo. De repente, su vida se fundió en negro durante 15 años en la UVI.
“La vida sólo la puede quitar Dios”
Durante esos quince años en la UVI, su madre, su padre y su hija Almudena, con una dedicación exclusiva, no se separaron de su lado. El principal motor de esa maratoniana lucha fue su fe. Estuvieron más de una década de su vida mirando por un cristal a Miguel.
Meses y años de lágrimas, de agotamiento y de momentos duros, como cuando los médicos les sugirieron que valoraran la opción de ‘apagar’ a Miguel.
“Me querían desenchufar y mi padre reunió a los compañeros del hospital y les dijo: la vida sólo la puede quitar Dios. Si no es por eso, no estaba aquí porque no daban por mí ni un pavo. Mi padre tuvo fe”. Así se expresa Miguel cuando lo recuerda.
Despertó una mañana de 2002. Sin saber cómo, abrió los ojos y lo primero que vio tras el cristal de la UVI fue a su madre y a su hija. “Yo no me enteraba de nada. Abrí los ojos y estaban mi hija y mi madre. Miré a mi hija y le pregunté ¿eres Almudena? Porque sí me acordaba que tenía una hija que se llamaba así. Y me dijo: sí. Y yo la respondí: soy tu padre. Mi madre lloraba como un bebé y mi padre no se lo creía”.
De hecho no hay explicación médica alguna para su caso. Miguel había vuelto de un sueño de quince años y empezaba una nueva vida. Entró en coma con 32 años y despertó con 47.
“Fue como si me durmiera y me despertara al día siguiente. Cuando vi a mi hija flipé. La recuperé con carrera y todo y ya me hizo abuelo. Tiene ahora 38 años”.
La vuelta a la vida
Tras el despertar, su propia familia le contó todos los detalles de cómo pasaron esos 12 años: “Calcula cómo estaría para que un padre, médico, le diga al cura que me dé la extremaunción”, dice.
“Después, cuando desperté no se lo creía y me llevó a la Universidad de Santiago para que me vieran. Nos dijeron que era un caso entre un millón. O sea, soy un bicho raro. Y mi madre, la pobriña que ya murió, se pasaba todos los días en la UVI viéndome a través del cristal y comía allí, dormía allí, no se separaba de mi”, agradece.
Retornar a la vida no fue fácil, “un shock”, reconoce. Con secuelas físicas, decenas de operaciones y un mundo totalmente nuevo, que se había movido a una velocidad difícil de asimilar para Miguel.
“Parezco un mapa de carreteras. Me quitaron el bazo, llevo una prótesis en el hombro, lesiones cranoencefálicas severas que me provocaron una hemiparepsia (dolencia que disminuye la fuerza motora y paraliza parcialmente una parte del cuerpo) por culpa de las cicatrices del cerebro. Estuve más muerto que vivo”.
La memoria de Miguel alcanza hasta la trágica noche de 1987. Del accidente “me acuerdo dónde fue, en una curva y fue por exceso de velocidad porque me enseñó mi padre el parte de accidente y pone que iba a 200 con un R5 GT Turbo. De eso me acuerdo de todo”. Esa noche viajaba con dos chicas. Una de ellas falleció.
“Desgraciadamente murió una chica que iba conmigo. Y le cuento lo que me pasó hace poco: Iba por la calle y una señora se quedó mirándome fijamente de arriba a abajo. Yo pensé, soy guapo pero no tanto. Entonces me dijo: ¿eres Miguel’ Y yo, sí soy Miguel. Y se me abraza y se pone a llorar. Yo no sabía qué pasaba y resulta que era la otra chica que iba en el coche”.
No había vuelto a saber nada de ellas, “eran dos chicas que había conocido en una noche loca”, confiesa.
La primera vez que salió a la calle cuando dejó el hospital le pareció estar soñando. Quería volver a dormirse, dice; y empieza a contar las miles de anécdotas que han escuchado sus amigos y tertulianos en los cafés del barrio de Riazor, donde pasa las horas “aburrido” por su invalidez permanente que le impide trabajar.
“Lo primero que dije es: ¡que es esto del euro! Yo no sabía nada del euro, me había quedado en la pesetiñas. Cuando me subí por primera vez a un coche me puse a buscar el starter para arrancar, antes siempre tirábamos del aire”.
“El mundo cambió mucho –explica-. Cuando empecé a salir a la calle pensaba: la gente está loca, habla sola y resulta que es que hablaban por los móviles. O veía un coche de policía con una mujer al volante y alucinaba y pensaba que estamos en carnavales”.
“Yo es que cuando salí a la calle flipé –continúa-. En el coche yo tenía cassette y ahora con CD y pendrive. En la casa donde viven mis padres eran 16 vecinos y sólo quedaban dos, murieron todos. La mitad de La Coruña no la conozco, donde ahora está el barrio de Los Rosales era todo monte y ahí iba a entrenar yo motocross. La autovía ni existía, sólo estaba la nacional”.
Y cuenta otra anécdota: Cuando fui al banco y entré en la sala pregunté: ¿Dónde está el ordenador?, que en mi tiempos era un monstruo y ahora resulta que son cosas pequeñitas. El primer día que me puse a leer el periódico me dije: tengo que ir al colegio a aprender geografía. Chequia, Montenegro, Eslovenia. ¡Pero qué países son esos! Yo me quedé con la URSS y Yugoslavia. Alemania ya era una sola”.
“Tuve el accidente con Felipe Gónzalez y me desperté con ‘zapatitos’. Fueron unos años brutales en la tecnología en todo. Las televisiones de antes eran armarios y sólo había dos canales. En Coruña no están los cines que yo conocí. Así todo de golpe. Decía, qué pasó aquí, yo me vuelvo a dormir. Los primeros meses son muy duros”, añade.
“Nunca hay que perder la fe”
Antes del accidente Miguel trabajaba como informático, programador concretamente, en el Banco Pastor. Para los tiempos tenía un buen puesto y un muy buen salario. Eran los primeros ordenadores y los pioneros en la informática. Cobraba 300.000 pesetas al mes.
Gracias a su padre sus finanzas se mantuvieron y su cuenta corriente subió como la espuma: “Él me ahorraba todos los meses la pensión y cuando desperté tenía un montón de pasta. Me compré un piso y todo”.
La pasión por el mundo del motor no la ha perdido. Le impacta lo de Schumacher y está convencido de que “se va a recuperar bien, con fisioterapia y todo eso. Yo me recuperé bien”.
Ahora ya conduce “un coche normal, sin adaptar” y presume de todos los trofeos que ganó en el mundo del motocross. Le molesta haberse perdido los éxitos del Liceo porque es un “fanático del hockey”, igual que la época dorada del Súperdepor, la Liga, las Copas del Rey, o los Juegos Olímpicos de Barcelona.
Miguel comenta que casos como el suyo hay muchos, con familias desesperadas que dudan, que han perdido la esperanza. Por eso su experiencia le hace renegar y estar en contra de la eutanasia.
“Nunca hay que perder la fe. Estuve con una señora hace poco que tenía al hijo desde hace cuatro años en coma y estaba rota –declara-. Y le conté mi historia y a la señora la llené de esperanza”.
Ahora vive tranquilo, disfrutando de la oportunidad que le ha brindado la vida, aunque “un poco desesperado por estar todo el día sin hacer nada. Yo soy hiperactivo y los días me parecen semanas”. Pero no se queja. No tiene ni un solo motivo: “Como yo digo: Ahora tengo doce añitos porque nací dos veces”.
Forum Libertas/Aleteia
































































viernes, 6 de enero de 2017

19 años en coma y despertó



 Jan Grzebski

Casi veinte años en coma. El polaco Jan Grzebski (en la imagen) ocupa un lugar destacado en los medios de comunicación de todo el mundo. Por un hecho extraordinario: despertó de su larga ausencia física, que no espiritual.
Sufrió un gravísimo accidente laboral y cayó en un profundo coma. Pero recuperó la conciencia por completo. Afirma que “durante estos años fui consciente de todo lo que pasaba a mi alrededor, aunque no podía moverme ni hablar”. Su mujer nunca lo abandonó. Su profunda fe en Dios le hacía confiar en un milagro; que su marido y padre de sus hijos, volviera a la vida. Ella nunca perdió la esperanza en Dios. Y se opuso rotundamente a la aplicación de la eutanasia. Para que Jan no sufriera le aconsejaban. “No lo acepto porque tengo fe y creo que mi marido sanará”.
Gran confusión para todos los eruditos que, cegados por su soberbia, creen estar en posesión de la verdad, del bien y del mal, de los destinos del ser humano. Jan afirmó que “le debe la vida a mi mujer, por la que profesaré un profundo agradecimiento el resto de toda mi vida”. Oía las conversaciones de los médicos y sus comentarios de que no sobreviviría. Y él lo único que quería era vivir. Deseaba ardientemente existir y los médicos planificaban su eliminación. Escuchaba todas las conversaciones de los facultativos. Jan estaba vivo y era consciente de todo lo que sucedía a su alrededor.
No es lícito matar a un ser humano para no verle sufrir o no hacerle sufrir. Nadie puede autorizar la muerte de un ser trascendental, aunque sea un enfermo incurable, agonizante o en estado de coma profundo. Los cuidados paliativos son el remedio para estas situaciones dolorosas.
La inducción a la eutanasia, atrapar a la muerte, de modo adelantado poniendo fin a la propia existencia, es perverso. Nos topamos con la cultura de la muerte que triunfa en las sociedades opulentas.
Vienen a mi mente las palabras de Juan Pablo II: “Confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana”.
Clemente Ferrer 

Jan Grzebski

martes, 26 de abril de 2016

Don Giraldo, sacerdote de 85 años, se había ahogado e iban a desconectarle: ¿le salvó un milagro?

Fue en Tiberíades, y los médicos no entienden que viva sin secuelas
Don Giraldo, sacerdote de 85 años, se había ahogado e iban a desconectarle: ¿le salvó un milagro?
Tiberiades se asoma a varios lugares donde Jesús hizo milagros.
¿Fue uno de ellos lo que vivió Don Giraldo? Los médicos no se lo explican.


La ciudad de Tiberíades, situada a orillas del Mar de Galilea, es una de las ciudades más bellas de Israel y con mayor importancia turística. En torno a ella tuvo lugar buena parte de la vida activa de Jesucristo, pocos años después de su fundación por Herodes Antipas, en el año 20 dC. Actualmente tiene en torno a 40.000 habitantes y recibe medio millón de peregrinos anualmente, que oran en alguna de sus diversas iglesias, desde la Iglesia del Primado a la Iglesia de la Multiplicación (donde tuvo lugar el milagro de los panes y los peces) y disfrutan también de sus 17 manantiales termo-minerales.

Entre esos peregrinos estaba en 2013 un sacerdote portugués del Opus Dei, cuya historia relató en su blog Santiago Quemada, también sacerdote de la prelatura, y recogeFundación Tierra Santa:

Don Giraldo es un sacerdote portugues que ahora tiene 85 años. Fue de peregrinación a Tierra Santa en el año 2013. Era el mes de septiembre. El grupo se encontraba en Tiberíades. Era ya por la tarde. Después de un caluroso día recorriendo algunos lugares santos del norte, Don Giraldo decidió darse un baño en la piscina del hotel. Le gustaba nadar, y quiso aprovechar la oportunidad del rato libre que tenían en el grupo para refrescarse y hacer algo de ejercicio.

La espectacular belleza nocturna de Tiberíades.

Empezó a nadar y -según nos contaba-, después de dar la vuelta en la piscina, se encontró mal. Estaba en la parte donde cubre poco el agua de la piscina. Se incorporó, y en ese momento perdió el sentido y se desvaneció hacia adelante. Al principio los que estaban en la piscina no se dieron cuenta. Solo después de unos cuarenta o cincuenta segundos, alguien se fijó en que estaba debajo del agua, como tirado. Todo esto quedó grabado en las cámaras de que dispone el hotel en el recinto de la piscina. Él lo que creía recordar es que había salido de la piscina, y después de ducharse y vestirse, había perdido el conocimiento. Las cámaras reflejaron la realidad de lo que le había sucedido.

Prácticamente desahuciado
Le sacaron del agua y empezaron los intentos de reanimación. Llegaron médicos, y estuvieron bastante rato actuando. No respondía a los masajes cardiacos. Lo intentaron varias veces. Como no reaccionaba y parecía no tener constantes vitales, dejaron pasar el tiempo para llamar a la ambulancia, pues ya parecía inútil, no había nada que hacer. La ambulancia llegó después de más de una hora, y en ese tiempo había persistido la falta de respuesta a los sucesivos intentos de reanimación. 

Cuando llegó al hospital, Don Giraldo tenía encefalograma plano, y ausencia total de constantes vitales. En la pantalla salía una línea recta. Fue ingresado en la UVI, se le entubó, y se sucedieron los protocolos de intento de reanimación. 

Estuvo en estado de coma tres días. Como parecía irreversible, se pensó en desconectarle de las máquinas, pero el tercer día era Yom Kipur, el día judío de la expiación, en el que nadie trabaja. Sus hermanas, que fueron informadas de la situación, habían estado rezando en Portugal para que no lo desconectaran. Los médicos no lo hicieron por ser un día especial, en el que había la mínima actividad en el hospital. 

El milagro
Al día siguiente, sobre las diez de la mañana, ante el asombro de todo el personal del hospital, Don Giraldo se despertó.


El médico, en una visita al enfermo un día después, decía que lo que había acontecido era milagroso, que se podía decir que había estado muerto. Afirmaba que de mil pacientes que sufren un colapso de las arterias del corazón tan prolongado sólo sobrevivía uno, y además quedaba con graves daños cerebrales. A todo esto se sumaba la elevada edad del paciente. No encontraba explicación humana a lo que había sucedido. A Don Giraldo se le saltaban las lágrimas mientras el doctor detallaba cuál había sido su estado.

¿La Extremaunción salvadora?
La primera noche, después de ser ingresado, a las tres de la madrugada, un obispo católico de rito melquita acudió al hospital y le impartió el sacramento de la unción de los enfermos. No se sabe quién le avisó. Don Giraldo estaba muy agradecido de que a esas horas de la noche ese buen obispo hubiera acudido a impartirle el sacramento de la unción de enfermos.

Don Giraldo es un sacerdote de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei. Fueron de Jerusalén a verle el vicario y otro miembro del Opus Dei, pensando que no estaría consciente. Al llegar, solo hacía una hora que había despertado. Estuvieron charlando un rato con él acerca de todo lo que había sucedido. Preguntó dónde estaban sus pertenencias, pues creía que había entrado con ropa. La enfermera dijo que las habían depositado en el cajón de la mesilla de noche. Al abrirlo encontraron una bolsita con un bañador y un gorro de piscina. Eso era todo. 

Por su habitación no cesaba de pasar personal del hospital para comprobar el milagro de su salida del coma y, además, que estuviera totalmente consciente, sin haber perdido facultades mentales. Hasta el conductor de la ambulancia quiso ir a verle, pues no salía de su asombro de que siguiera con vida.

Después de esa ocasión, Don Giraldo ha vuelto a peregrinar a Tierra Santa en dos ocasiones más. La última, en septiembre de 2015. Nos volvió a contar la historia de su curación muy emocionado, renovando su acción de gracias a Dios por todo lo sucedido.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El llanto de una recién nacida despertó a su madre de un coma severo mientras los médicos rezaban

El llanto de una recién nacida despertó a su madre de un coma severo mientras los médicos rezaban


El 5 de septiembre del año pasado, en Carolina del Norte (Estados Unidos), Shelly Cawley, de 23 años, acababa de dar a luz por cesárea a su primer hijo, una niña. En ese momento un trombo que tenía en la pierna se soltó y le produjo una embolia pulmonar que inundó de líquido sus pulmones muy deprisa: "Todos los médicos con los que he hablado me han dicho que si no hubiera estado ya intubada y sedada para la cesárea habría muerto", recuerda su marido, Jeremy Cawley, de 35 años. Los profesionales del Carolinas HealthCare System NorthEast lograron estabilizarla y salvar su vida, pero la joven madre entró en coma.

Así estuvo una semana, y los facultativos consideraban muy difícil que pudiese salir de esa situación. De hecho, en seguida Jeremy movilizó a través de las redes sociales una campaña de oración por su esposa.

Entonces una de las enfermeras, Ashley Manus, recordó que está probado que el contacto entre la piel de la madre y el recién nacido es muy beneficioso para el niño, así que ¿por qué no también para la madre? Decidió proponer que la niña conociese a su madre.

"Torturando" a la criatura...

Se lo comentó a Jeremy, y entonces Ashley, otra enfermera y él cogieron a la pequeña Rylan y la llevaron a ver a su madre. La niña estaba dormida plácidamente: "Pero no necesitábamos que durmiese. Necesitábamos que llorase. Así que nos pusimos a hacerle cosquillas y darle golpecitos con el dedo para despertarla", comenta el padre. Estaban convencidos de que si la madre escuchaba por primera vez llorar a su hija, reaccionaría.Necesitaron diez minutos hasta conseguirlo. "Cuando empezó a llorar... cuando empezó a llorar creo que se metió en el interior de Shelly y la reavivó", confiesa Jeremy. (Ver abajo el vídeo del primer encuentro.)




Porque fue lo que sucedió. La madre salió del coma lentamente, algo inexplicable para los médicos, que habían asistido a la escena rezando: "Lo que hicimos fue hacer llorar a Rylan todo lo que pudimos, y rezar juntos. Ahí podías ver a médicos y enfermeras tomándose su tiempo para rezar", cuenta Jeremy.


North Carolina Mom Brought Back to Life From Coma After Hearing Newborn Baby's Cries| Babies, Medical Conditions, Real People Stories


¿Milagro?
¿Milagro? ¿Casualidad? Ashley, de quien partió la idea, cree "al cien por cien" en los milagros, y éste podría haber sido uno. Shelly pasó todavía un mes en el hospital recuperándose, pero ahora todo es ya una pesadilla que, eso sí, está llamada a perdurar en su memoria.


De hecho, al cumplirse un año de los acontecimientos, y al cumplir también un añito la pequeña Rylan, los Cawley han revivido aquellos días en las redes sociales. En su perfil de Facebook, Shelly se sincera con esta meditación: "Al acercarse la noche, reflexiono sobre cómo ha sido este día y lo diferente que es del día de hace un año. ¡Qué diferencia en sólo un año! El año pasado estaba luchando por mi vida, y este año tengo una niña de un año que está creciendo y he vuelto a mi trabajo en la guardería, que adoro. El demonio intentó abatirme, pero gracias a Dios Todopoderoso y todos vosotros, maravillosos soldados de la oración, lo que podía haber sido el final de mi vida sólo ha sido un bache en el camino. ¡Ya no puedo esperar para descubrir qué ha planeado Dios para mi vida y ser feliz realizándolo!".




Y ahora disfrutan juntos de una vida familiar plena que ha sido posible gracias al llanto salvador de un bebé en brazos de su mamá.