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miércoles, 15 de julio de 2026

El remedio infalible para sanar tus males está cerca de ti

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El cuerpo humano es débil y tarde o temprano se enfermará, por eso, es fundamental entender que hay un remedio infalible que te sanará de todos tus males

El ser humano perdió la inmortalidad cuando cometió el pecado original (Gn 3, 6-7). Desde entonces tenemos que luchar con las enfermedades que aquejan el cuerpo - y hay que agregar también el alma y la mente -, convirtiéndose en males que buscan remedio para recuperar la salud. Y sí, existe una fórmula infalible.

El remedio no está en las energías

Es verdad que la medicina ha avanzado a pasos agigantados. Y nos han dicho que el cuerpo puede desarrollar males provenientes del alma y de la mente, conocidas como enfermedades psicosomáticas. Por eso, cuando se realizan exámenes, los resultados son negativos, pero el mal persiste.

Y en el afán de encontrar soluciones a las que la ciencia no ha dado respuesta, mucha gente recurre a "terapias" alternativas con manejo de energías, brujos, chamanes, cuarzos, amuletos, New Age y más. No obstante, no hay mejoría o es temporal.

¿En qué radica el verdadero remedio?

Cristo es la medicina

El Señor Jesús es el remedio a todos los males. En su Cuerpo Santísimo encontramos todo lo que el alma requiere para volver a tener salud. Y no hay nada que una buena confesión no resuelva, sobre todo si se hace general, rascando hasta el último rincón para que salga a la luz ese pecado que está pudriendo el alma.

Sana tu espíritu y después sanará tu cuerpo. ¿Qué responde Jesús a los pecadores que se acercaban buscando un milagro? "Tu fe te ha sanado", "Vete y no peques más".

Y leemos que, como preludio de la sanación física, está primero la del alma:

 En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados».  Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema».  Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”?  Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”».  Se puso en pie y se fue a su casa (Mt 9, 1-7).

La enfermedad es purificadora

Sin embargo, recordemos que el cuerpo se deteriora conforme pasan los años y, tarde o temprano, llegará la muerte. Cuando se asome la enfermedad a tu vida, no dudes en pedir al Señor que te devuelva la salud. Porque si es su voluntad y será para tu salvación, volverás a estar sano.

Pero si no, ten confianza en que Dios está permitiendo tu purificación o la de alguien más, a través de tu sufrimiento, si se lo entregas como ofrenda. Ningún dolor será en vano, nada se perderá porque el Señor Jesús te ama infinitamente y te recompensará por tu paciencia.

Recuerda que Él ya pagó por nosotros y que todo lo que llegue a nuestra vida tendrá una razón. Acude al Señor en tus penas, tribulaciones y enfermedades, porque Él te será tu remedio infalible para sanar completamente.

Mónica Muñoz, Aleteia

Vea también    Afrontando la Enfermedad


viernes, 26 de junio de 2026

Evangelio del día Viernes 12a. Semana TO

Segundo Libro de los Reyes 25,1-12.

El noveno año del reinado de Sedecías, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó con todo su ejército contra Jerusalén; acampó frente a la ciudad y la cercaron con una empalizada.
La ciudad estuvo bajo el asedio hasta el año undécimo del rey Sedecías.
En el cuarto mes, el día nueve del mes, mientras apretaba el hambre en la ciudad y no había más pan para la gente del país,
se abrió una brecha en la ciudad. Entonces huyeron todos los hombres de guerra, saliendo de la ciudad durante la noche, por el camino de la Puerta entre las dos murallas, que está cerca del jardín del rey; y mientras los caldeos rodeaban la ciudad, ellos tomaron por el camino de la Arabá.
Las tropas de los caldeos persiguieron al rey, y lo alcanzaron en las estepas de Jericó, donde se desbandó todo su ejército.
Los caldeos capturaron al rey y lo hicieron subir hasta Riblá, ante el rey de Babilonia, y este dictó sentencia contra él.
Los hijos de Sedecías fueron degollados ante sus propios ojos. A Sedecías le sacó los ojos, lo ató con una doble cadena de bronce y lo llevó a Babilonia.
El día siete del quinto mes - era el decimonoveno año de Nabucodonosor, rey de Babilonia - Nebuzaradán, comandante de la guardia, que prestaba servicio ante el rey de Babilonia, entró en Jerusalén.
Incendió la Casa del Señor, la casa del rey y todas las casas de Jerusalén, y prendió fuego a todas las casa de los nobles.
Después, el ejército de los caldeos que estaba con el comandante de la guardia derribo las murallas que rodeaban a Jerusalén.
Nebuzaradán, el comandante de la guardia, deportó a toda la población que había quedado en la ciudad, a los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de los artesanos.
Pero dejó una parte de la gente pobre del país como viñadores y cultivadores.


Salmo 137(136),1-2.3.4-5.6.

¡Que nunca me olvide de ti, ciudad de Dios!

Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar,
acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas

teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría:

«¡Canten para nosotros un canto de Sión!»
¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?
Si me olvidara de ti, Jerusalén,

que se paralice mi mano derecha.
Que la lengua se me pegue al paladar
si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén

por encima de todas mis alegrías.


Evangelio según San Mateo 8,1-4.

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud.
Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: "Señor, si quieres, puedes purificarme".
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". Y al instante quedó purificado de su lepra.
Jesús le dijo: "No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio".

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Benedicto XVI
papa 2005-2013
Encíclica «Spe salvi», 36


«¡Quiero, queda limpio!»

De la misma manera que el obrar, también el sufrimiento [bajo todas sus formas] forma parte de la existencia humana. Éste deriva, por una parte, de nuestra finitud y, por otra, de la gran cantidad de culpas acumuladas al largo de la historia, y que sigue creciendo sin cesar hasta el momento presente.
Ciertamente que conviene hacer todo lo posible para atenuar el sufrimiento; impedir, en la medida de lo posible, el sufrimiento de los inocentes; calmar los dolores, ayudar a superar los sufrimientos psíquicos. Todo esto son deberes tanto de la justicia como del amor y forman parte de las exigencias fundamentales de la existencia cristiana y de toda vida verdaderamente humana. En la lucha contra el dolor físico se ha llegado a grandes progresos, pero en el curso de los últimos decenios ha aumentado el sufrimiento de los inocentes y también los sufrimientos psíquicos.
Sí, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para aliviar el sufrimiento, pero eliminarlo completamente del mundo no forma parte de las posibilidades humanas, simplemente porque no podemos sustraernos de nuestra finitud y porque nadie de entre nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la falta, que, como vemos, es constantemente fuente de dolor. Sólo Dios podría llevarlo a cabo: y sólo un Dios que entra personalmente en la historia haciéndose hombre y sufre en ella. Nosotros sabemos que este Dios existe y que, por tanto, este poder que «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29) está presente en el mundo. Por la fe en la existencia de este poder, la esperanza de que el mundo pueda ser curado, ha aparecido en la historia.
(EDD)

Reflexión sobre la instalación de arte contemporáneo

En la época de Jesús, la lepra era una de las enfermedades más temidas. Los afectados se veían obligados a vivir apartados de la sociedad, en guetos situados fuera de las murallas de las ciudades y pueblos, y se esperaba de ellos que mantuvieran las distancias con los demás. Sin embargo, en el Evangelio de hoy, un leproso hace algo extraordinario: se acerca a Jesús. De alguna manera, intuye que Jesús es 'diferente'. No mantiene la distancia, ni se esconde avergonzado. Al contrario, se adelanta y se presenta ante el Señor, confiando en que será acogido. La única incertidumbre del leproso no es si Jesús puede curarlo, sino si quiere hacerlo: “Si quieres, puedes curarme”. Jesús disipa inmediatamente toda duda. Extiende la mano, toca al hombre y lo cura. En ese momento, Jesús no solo cura una enfermedad; rompe la soledad y el aislamiento que habían marcado la vida del hombre.

Puede que hoy en día, aquí en Occidente, ya no nos encontremos con leprosos en nuestra sociedad, por lo que resulta tentador pensar que este Evangelio tiene poco que ver con nosotros. Sin embargo, cada época tiene sus marginados: las personas sin hogar, quienes luchan contra la adicción, quienes padecen enfermedades mentales, quienes viven en la pobreza extrema o, simplemente, quienes cargan con un peso que incomoda a los demás. Si alguno de ellos se nos acercara, quizá daríamos instintivamente un paso atrás y nos sentiríamos incómodos. Jesús hace lo contrario. Él se acerca. El Evangelio nos recuerda que nadie está fuera del alcance del amor de Dios. El desafío no es si el Señor está dispuesto a sanarnos, sino si nosotros estamos dispuestos a acercarnos a Él.

Por eso la obra de arte que estamos viendo hoy nos produce una gran incomodidad. En 1998, Tracey Emin expuso su famosa obra Mi cama: su propia cama sin hacer, rodeada de objetos abandonados, botellas vacías, sábanas manchadas, paquetes de cigarrillos y los restos de una vida que se había vuelto caótica. Emin creó la obra tras un periodo de profunda crisis personal, depresión y adicción. Recuerdo haberla visto en Londres en 1998, cuando se expuso por primera vez, y haberme sentido profundamente incómodo. Como mucha gente, me pregunté: “¿Esto es realmente arte?”. Pone al descubierto la fragilidad, la vulnerabilidad y el sufrimiento humanos de una forma tan descarnada que nos sentimos incómodos ante ella. Estoy seguro de que incluso algunos de sus lectores compartirán ese mismo sentimiento y quizá consideren que no es una obra de arte adecuada para esta página web.

Sin embargo, esto nos lleva de vuelta al Evangelio de hoy. Probablemente, la mayoría de la gente habría preferido no mirar demasiado de cerca a un leproso. Hoy en día, la mayoría de la gente no querría mirar mucho a los adictos que hay en la calle, y mucho menos que se les acercaran. Pero Jesús nos enseña a mirar directamente a la persona que tiene delante. Nos enseña a mirar más allá de lo que nos puede resultar físicamente difícil de soportar. Él ve más allá de la enfermedad, más allá del estigma, más allá de la adicción o del quebrantamiento. Donde otros veían a alguien a quien evitar, Jesús veía a alguien a quien amar. El Evangelio nos desafía exactamente de la misma manera. Cuando nos enfrentamos a la fragilidad humana, ¿nos apartamos simplemente con incomodidad, o aprendemos a ver más allá con los ojos compasivos de Cristo?

by Padre Patrick van der Vorst

Oración 

Puedes encontrar gran fortaleza rezando diariamente la siguiente oración:

"Señor misericordioso, me presento ante Ti para pedirte que rompas las cadenas de esta adicción que me aprisiona. Tú conoces mi sufrimiento, mi debilidad y mi lucha diaria. Te pido que cubras mi mente con tu luz, me des el valor para resistir la tentación, y la fuerza para buscar la ayuda que necesito. Sana mis heridas y reemplaza este vacío con tu paz, para poder renacer libre y en gracia."

martes, 23 de septiembre de 2025

La salud en la Doctrina Social de la Iglesia

 

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El magisterio social de la Iglesia aborda el tema de la salud integral, de manera consistente con la tradición de la Iglesia, partiendo de la conciencia de la altísima dignidad que nos viene del hecho de haber sido creados por Dios Padre a su imagen y semejanza; redimidos por Dios Hijo; y santificados por Dios Espíritu Santo

Como todos sabemos, los servicios sanitarios, dirigidos a la salud pública, son un derecho humano universal y fundamental que obliga al Estado a proporcionarlos de manera universal (para todos), oportuna, suficiente y de calidad; sea para conservar o para recuperar la salud, física y/o mental, incluyendo la atención preventiva, clínica, quirúrgica y paliativa; con todos los servicios, infraestructura, materiales y personal sanitario necesarios, desde la investigación, la consulta multinivel, la hospitalización, las pruebas diagnósticas de laboratorio e imagen, así como los tratamientos, medicinas y terapias necesarias; además de las prestaciones sociales que el paciente requiera.

No obstante que se trata de un derecho universal y fundamental –Cf. Art. 22 y 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, resolución 217A-III, del 10 de diciembre de 1948–, la realidad es que los servicios sanitarios públicos ofrecen muchas y muy graves limitantes, contrarias al derecho y a la dignidad humana que origina el derecho. En este punto, la disparidad de estos servicios en comparación con los privados evidencia una estructura social injusta imputable principalmente al Estado por semejante omisión.

La enfermedad y el sufrimiento en el magisterio de la Iglesia y la espiritualidad cristiana

El cristianismo tiene en la enfermedad y el sufrimiento una veta inagotable de reflexión y espiritualidad, conformes con el testimonio de Jesucristo, el Siervo Sufriente anunciado por el profeta Isaías. En efecto, la enfermedad y el sufrimiento son un momento privilegiado para tocar nuestra humanidad herida, una oportunidad para la reflexión y la conversión; para la caridad, la práctica de las virtudes y el crecimiento espiritual. De hecho, lo más noble del ser humano suele florecer en el crisol del sufrimiento, no tanto en las mieles del placer. 

La salud es tan importante que el ministerio mesiánico de nuestro Señor Jesucristo privilegió a los enfermos, llegando a la institución del sacramento de la Unción de los enfermos, como un desborde de misericordia por todos los enfermos y sufrientes, encomendado a la Iglesia para su administración correspondiente.

Por otro lado, el magisterio de la Iglesia es sumamente amplio en el tema sanitario. El Papa san Juan Pablo II instituyó en 1992 la Jornada Mundial del Enfermo en la que anualmente la Iglesia reflexiona, anima y orienta a los enfermos y al personal sanitario en el cuidado de la salud integral de todo el pueblo de Dios. 

En paralelo, la Doctrina Social de la Iglesia también se ocupa de este tema desde la praxis social que moralmente obliga a todo cristiano.

La salud, como todos los derechos, es una exigencia de la dignidad humana

Asistimos globalmente a una mayor difusión y conciencia de los derechos humanos; pero no siempre se reconoce su origen; por ello conviene volver los ojos a la moral social cristiana que enseña:

“La raíz de los derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano. Esta dignidad, connatural a la vida humana e igual en toda persona, se descubre y se comprende, ante todo, con la razón. El fundamento natural de los derechos aparece aún más sólido si, a la luz de la fe, se considera que la dignidad humana, después de haber sido otorgada por Dios y herida profundamente por el pecado, fue asumida y redimida por Jesucristo mediante su encarnación, muerte y resurrección. La fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador”

(Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia –CDSI–, n. 153).

La Iglesia amplía su reflexión y nos instruye al señalar que corresponde al Estado la tutela de todos los derechos, incluyendo el de la salud, pero con una visión integral y uniforme:

“Los derechos del hombre exigen ser tutelados no sólo singularmente, sino en su conjunto: una protección parcial de ellos equivaldría a una especie de falta de reconocimiento. Estos derechos (...) comportan, en primer lugar, la satisfacción de las necesidades esenciales —materiales y espirituales— de la persona”

(CDSI, n. 154).

El destino universal de los bienes… incluso el de la salud

Si bien es cierto que los bienes que Dios nos ha dado en la creación conservan siempre un destino universal, frente a los cuales no cabe la visión de ‘posesión’ sino la de ‘administración’, también la Iglesia nos ofrece el testimonio de Cristo en su amor preferencial por los pobres. Ellos también están llamados a ser partícipes de esta administración de los bienes, incluido el de la salud que, como ya hemos visto, se les suele conculcar ya que muchas veces priva la visión mercantil de la salud al alcance de aquellos quienes más poseen, en detrimento de los menos favorecidos.

“El principio del destino universal de los bienes exige que se vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y, en cualquier caso, por las personas cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado. A este propósito se debe reafirmar, con toda su fuerza, la opción preferencial por los pobres: Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia”.

(CDSI, n. 182).

La salud, como exigencia del bien común, obliga a todos los cristianos y regula la correcta organización de los poderes del Estado para lograrlo. Todo esto supone la participación social fundada en el amor ya que esta participación se expresa, necesariamente, en la solidaridad y caridad para con los enfermos más necesitados.

Luis Carlos Frías, Aleteia 

Vea también     Espiritualidad del Enfermo
y de los que lo rodean