Los documentos que se guardan en el Archivo Secreto del Vaticano permitieron a un estudioso italiano relatar la historia poco conocida sobre el origen de la encíclica Humanae Vitae del Papa San Pablo VI, el profético texto publicado el 25 de julio de 1968 y que fue rechazado por muchos dentro de la Iglesia Católica.
En esa fecha, el Papa Pablo VI –canonizado por el Papa Francisco junto a Mons. Óscar Romero en octubre de 2018– publicó la encíclica Humanae Vitae sobre la regulación de la natalidad.
El texto alertó sobre las consecuencias del uso de anticonceptivos: la degradación moral, la infidelidad conyugal, la pérdida del respeto a la mujer y el uso de estos métodos artificiales como políticas de Estado.
Para publicar “Humanae vitae: El nacimiento de una encíclica a la luz de los Archivos Vaticanos”, Mons. Gilfredo Marengo recibió la autorización del Papa Francisco para investigar los documentos del Archivo Secreto del Vaticano y de los Archivos de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, antes de que se cumplan los 70 años que establece la norma para la revisión de estos textos.
En el libro, el también profesor de antropología del Instituto Teológico Juan Pablo II explica que Pablo VI detuvo la publicación de una encíclica que ya estaba impresa en latín con el título De nascendae prolis, porque consideró que era muy densa en la doctrina y que no era pastoralmente adecuada.
El diario Avvenire, de los obispos italianos, señaló que el texto debió publicarse el 23 de mayo de 1968. Era el resultado del trabajo realizado por el sacerdote dominico Mario Luigi Ciappi, entonces teólogo de la Casa Pontificia, que luego fue cardenal.
Mons. Ciappi trabajó sobre la base de un proyecto preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1967, luego que en 1966 Pablo VI considerara insuficiente el documento conclusivo de la Comisión Pontificia que estudió el tema y que se mostró a favor de los anticonceptivos.
El libro explica que el texto de Mons. Ciappi, “desde el punto de vista general” elevaba “el perfil doctrinal ya dominante en el proyecto de la Congregación”. De ese modo se configuraba “como un riguroso pronunciamiento de doctrina moral”.
El documento de Mons. Ciappi también introducía los temas del celibato y la virginidad consagrada, que lo hacían más denso aún.
Cuando el documento llegó a los traductores, fueron los teólogos franceses y españoles –entre ellos los cardenales Paul Poupard y Eduardo Martínez Somalo– quienes alertaron sobre las dificultades.
El Cardenal Giovanni Benelli, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, explicó el problema al Papa, que decidió no publicar la encíclica y dársela a otro sacerdote dominico, el P. Benoit Duroux, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Avvenire indica que el nuevo texto tampoco fue del todo adecuado y entonces Pablo VI “tomó toda la sección pastoral y agregó una serie de señalamientos de gran delicadeza que todavía hoy revelan su impronta”.
El Papa también cambió el nuevo título que se le había dado al texto, y de Vitae tradendae munus, pasó a llamarse Humanae vitae.
El libro de Mons. Marengo publica todas las correcciones hechas a mano por el santo.
La consulta de San Pablo VI a los obispos
Algunos acusan al Papa San Pablo VI de haber publicado la encíclica Humanae vitae sin haber consultado a los obispos. La investigación de Mons. Marengo revela todo lo contrario.
Durante el Sínodo de los Obispos de 1967, el Papa pidió a todos los prelados que compartieran con él su postura sobre el tema.
“La voluntad del Papa de consultar a todos los miembros de la asamblea sinodal es muy importante, porque una de las acusaciones más comunes, después de la publicación de la Humanae vitae, es que tomó la decisión de manera no colegial”, afirma Mons. Marengo.
De los casi 200 obispos participantes del Sínodo, solo 26 respondieron en el lapso de tiempo, del 9 de octubre de 1967 al 31 de mayo de 1968.
De este grupo, 19 se expresaron a favor de los anticonceptivos y solo siete en contra.
De estos siete, los más conocidos e importantes fueron el venerable Arzobispo estadounidense Fulton Sheen; y el entonces Arzobispo de Cracovia (Polonia), Karol Wojtyla, hoy San Juan Pablo II, que siempre quiso ser recordado como “el Papa de la familia”, según afirmó el Papa Francisco durante la canonización del Papa polaco en 2014.
Como consecuencia de la reacción contestaría que recibió la Humanae vitae a nivel mundial, incluso de importantes teólogos católicos, el Papa Pablo VI no volvió a escribir una encíclica en los 10 años restantes de su pontificado, que concluyó en 1978. En los cinco años anteriores había escrito siete encíclicas.
El entonces Secretario de Estado, Cardenal Agostino Casaroli, dijo que “la mañana del 25 de julio de 1968 Pablo VI celebró la Misa del Espíritu Santo, pidió luz de lo Alto y firmó: firmó su firma más difícil, una de sus firmas más gloriosas. Firmó su propia pasión”.
Se cumplen el 50 aniversario de la Encíclica Humanae Vitae del Papa Pablo VI, que fue promulgada el 25 de julio de 1968 y que trata acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la regulación de la natalidad, así como diferentes aspectos del amor conyugal, como el respeto de la “naturaleza y de la finalidad del acto matrimonial”.
El beato Papa Pablo VI será canonizado el próximo 14 de octubre de 2018, por el Papa Francisco, en el Vaticano. Giovanni Battista Montini fue elegido Papa el 21 de junio de 1963 y muerto el 6 de agosto de 1978, su pontificado duró quince años (1963-1978) marcado por el Concilio Vaticano II y la preocupación por la apertura a los requisitos de los tiempos modernos.
Cuando el Papa Montini publicó Humanae Vitae hace 50 años, era un “momento de agitación social y desacuerdo”, especialmente en las áreas del matrimonio, la familia y la sexualidad humana, seguido de “años de educación religiosa deficiente y malentendidos en muchos niveles”, afirma el Cardenal Donald Wuerl, Arzobispo de Washington.
En sentido, el Cardenal apunta que este 50° aniversario “nos desafía entonces a la necesidad de claridad en nuestra enseñanza y acompañamiento en nuestro esfuerzo por lograr la recepción de la enseñanza como parte de la misión de sanación y salvación de la Iglesia”.
“Necesitamos ayudar a todos a entender, comprender y apropiarse de la sabiduría de Dios en su propia experiencia vivida”, señala el Papa Francisco en la Encíclica Amoris Laetitia.
El documento escrito por el Pontífice Giovanni Battista Montini sigue siendo un llamamiento a los esposos cristianos a contribuir con su propia vocación.
Se trata de un texto compuesto por tres capítulos que contiene, además, un llamamiento final, indica ‘Vatican News’. Tras una premisa sobre el “gravísimo deber de transmitir la vida humana”, para lo cual “los esposos son libres y responsables colaboradores de Dios Creador”, Pablo VI desarrolló en el primer capítulo los aspectos nuevos del problema y de la competencia del ministerio”, seguido de otros dos capítulos sobre “los principios doctrinales” y sobre las “directrices pastorales”.
Significado unitivo y de la procreación
En el documento se reafirma la relación inseparable entre el significado unitivo y el de la procreación del acto conyugal; y se declara también la ilicitud de algunos métodos para la regulación de la natalidad, como el aborto, la esterilización y la contra concepción; mientras aprueban los métodos basados en el reconocimiento de la fertilidad.
Amor conyugal
También se indican las características del amor conyugal, de la paternidad responsable, y el respeto de la “naturaleza y de la finalidad del acto matrimonial”. En el segundo capítulo la atención se dirige a los caminos ilícitos para la regulación de la natalidad y sobre la ilicitud de los medios terapéuticos, a la vez que se aborda el recurso a los períodos infecundos.
Llamamientos
En el tercer capítulo pueden leerse una serie de llamamientos a los poderes públicos, a los hombres de ciencia, a los esposos cristianos, a los médicos y al personal sanitario, sin olvidar a los sacerdotes y a los obispos. En fin, el llamamiento a todos acerca de la gran obra de educación, de progreso y de amor.
“Invocamos sobre esta tarea – escribía el Papa Giovanni Battista Montini – como sobre todos ustedes y en particular sobre los esposos, la abundancia de las gracias de Dios de santidad y de misericordia, en prenda de las cuales les otorgamos nuestra bendición apostólica”.
El Papa sondeó a 200 padres sinodales, pero sólo contestaron el 12%
El 25 de julio se cumplirán 50 años de la Humanae Vitae, una de las encíclicas más controvertidas, por el rechazo que se encontró en episcopados. Medio siglo después el texto del beato Pablo VI se mostró profético, y sigue siendo igual de polémico.
Monseñor Gilfredo Marengo ha analizado los archivos vaticanos y acaba de publicar un libro con numerosos datos que rodearon al texto: los borradores, las consultas de Pablo VI, y quienes apoyaban o no un texto como el que finalmente salió a la luz. Andrea Tornielli publica algunos de ellos en este reportaje en Vatican Insider:
Humanae Vitae y el último sondeo secreto de Pablo VI
En octubre de 1967, durante el primer Sínodo de los obispos celebrado en el Vaticano, Pablo VI le pidió al cardenal Secretario de Estado que solicitara pareceres sobre la contracepción en vista de la publicación de la encíclica. Solamente 26 de los 200 obispos que estaban presentes respondieron por escrito. De ellos, la mayor parte se dijo a favor de algunas concesiones con respecto a la píldora. Los que se opusieron fueron 7. Pero el Papa Montini, que ya había decidido no someter el argumento a la discusión conciliar y ya había escuchado los pareceres de una comisión de expertos (que se expresó a favor de la apertura), no halló elementos para cambiar la postura hasta entonces mantenida por sus predecesores y promulgó, pocos meses después, Humanae Vitae, en julio de hace 50 años, aunque sin otorgarle la infalibilidad, como algunos habrían querido.
Es uno de los nuevos elementos que surgieron gracias a la investigación de monseñor Gilfredo Marengo, autor del libro apenas publicado en Italia El nacimiento de una encíclica. Humanae Vitae a la luz de los Archivos vaticanos (Libreria Editrice Vaticana). Una investigación detallada a partir de documentos hasta ahora nunca consultados, gracias a la cual se han podido reconstruir el origen de la encíclica, sus diferentes redacciones y las correcciones que hizo Pablo VI. Un trabajo minucioso, que permite cancelar reconstrucciones fantásticas o basadas en testimonios individuales no siempre equilibrados.
Un trabajo que también cancela las elucubraciones interesadas de cierta propaganda antipapal que actúa a golpe de invectivas por parte de anónimos. Esa misma campaña que recientemente atribuyó a Marengo (en cuanto ejecutor de directivas papales) el intento de «replantear» y cambiar la encíclica montiniana. Un libro que ayuda a comprender el trabajo personal del Pontífice, que en mayo de 1968 aprobó un primer borrador de la encíclica,preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero lo corrigió después de haber leído las consideraciones de la Secretaría de Estado (que sugerían un enfoque diferente, a pesar de que afirmaran la misma postura contraria en relación con los anticonceptivos).
El sondeo “sinodal”
Durante el primer Sínodo de los obispos de otoño de 1967, precisamente el 4 de octubre, Pablo VI le pidió al cardenal Jean Villot que enviara una invitación a todos los padres sinodales para que le enviaran reflexiones y sugerencias sobre la regulación de los embarazos. «La noticia de esta voluntad del Papa de consultar a todos los miembros de la asamblea sinodal es muy importante –subraya Marengo–, porque una de las acusaciones más repetidas, tras la publicación de “Humanae vitae”, fue que el Papa decidió en soledad, de una manera no colegial». Sin embargo, respondió solamente un poco más del 12 por ciento de la asamblea (los miembros del Sínodo eran en total casi 200), en un arco temporal que fue del 9 de octubre de 1967 al 31 de mayo de 1968. La mayor parte de ellos se expresó a favor del uso de métodos contraceptivos: solamente siete pidieron que el Papa se pronunciara para insistir en que eran ilícitos. En el libro de Marengo aparece la lista de las comunicaciones escritas, 25 en total. Algunos de los que respondieron lo hicieron más de una vez; otros, en cambio, enviaron un único documento con varias firmas.
Los nombres de los que se expresaron
A favor de la apertura estaban los cardenales Suenens (Bruselas) y Döpfner (Múnich), los cardenales y obispos estadounidenses Shehan (Baltimor), Krol (Filadelfia), Dearden (Detroit), Wright (Pittsburgh); el cardenal Renard (Lyon), el obispo Martinj (Nouméa en Nueva Caledonia), en nombre de los obispos de las islas del sur de Oceanía; el cardenal Legér (Montreal), el administrador apostólico de Toronto Phocock, el obispo Hurley (Durban); el obispo Lorscheider (Brasilia); el cardenal Darmojuwono (Semerang), en nombre de la Conferencia Episcopal de Indonesia; el obispo Martensen (Copenhague); el consejero del Patriarca de Antioquía de los melequitas, Edelby; el obispo Flahiff (Winnipeg), el obispo Beck (Liverpool); el obispo Dupuy (Albi en Philippe).
En cambio, los que se expresaron en contra fueron siete: el estadounidense Fulton Sheen, obispo de Rochester; el cardenal Santos (Manila); el cardenal Tappouni, Patriarca de Antioquía de los sirios; el cardenal Siri (Génova); el obispo Attipetty (Verapoly, en India); el vicario apostólico Hartl (Araucanía, Chile); el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla.
Las razones de los que estaban a favor…
Entre las diferentes respuestas que pedían de alguna manera revisar los términos de las enseñanzas de la Iglesia en relación con la regulación de los nacimientos, destacaban, indica el autor del libro, las de los cardenales Suenens y Döpfner. El purpurado belga, gran elector de Pablo VI (se asomó desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico junto al nuevo Papa al final de su primer Ángelus, del domingo 23 de junio de 1963), envió tres textos. «Conociendo bien las preocupaciones de Pablo VI de mantenerse en línea con el magisterio de sus predecesores, en el primero trataba de demostrar que la decisión de Pío XII de juzgar lícito el método Ogino-Knaus, a pesar de introducir un elemento de novedad con respecto a la “Casti connubii”, no podía ser considerada discordante en relación con el magisterio de Pío XI. Así habría sido, análogamente, si se hubiera acogido la tesis de cuantos sostenían que, en determinadas condiciones, los cónyuges podían usar la píldora contraceptiva».
En una tercera carta, Suenens, en cambio, examinaba la decisión del Papa de no someter a la decisión del Concilio la discusión sobre los métodos anticonceptivos; insistiendo en su desacuerdo, proponía plantear el argumento en un Sínodo posterior, puesto que habría sido «dramáticamente peligroso para el bien de la Iglesia que el Santo Padre asuma, solo, el papel de defensor y guardián de la fe y de la moral, y se presente al mundo evidentemente alejado del colegio de los obispos, del clero, de los fieles».
Döpfner presentó la opinión de la mayor parte de los obispos alemanes, a favor de la apertura. Después, poco antes de la publicación de la encíclica, invitó al Papa a considerar bien la decisión, diciéndose preocupado y previendo consecuencias desastrosas.
…y las razones de los que estaban en contra
Entre los que se pronunciaron en sintonía con la intención de Pablo VI, solamente Wojtyła fue más allá de la «simple petición de que un futuro documento del magisterio insistiera en lo que Pío XI y Pío XII habían afirmado». El futuro Juan Pablo II envió, presentado como “Votum” en nombre de los obispos de Polonia, el llamado “Memorial de Cracovia”. «El fastidio por las posiciones conservadores –escribe Marengo– surge en la primera parte del “Memorial”, en donde se muestra la insatisfacción por la manera en la que ellas argumentaban sobre el valor del magisterio eclesial a propósito de la ley natural, con un énfasis especial sobre la continuidad infalible de su enseñanza». Son dos los elementos críticos expresados. El primero tenía que ver con el método: «no se podía dar por descontado que el rechazo de la contracepción perteneciera definitivamente al magisterio ordinario infalible de la Iglesia, precisamente porque el Papa había considerado necesario volver a examinar el problema (a través de la misma Comisión pontificia). La observación identificaba el límite de las posiciones de la minoría que, dando por descontado el perfil autoritativo de las enseñanzas eclesiales ya producidas, consideraban sustancialmente inútil cualquier enfoque sobre la cuestión que fuera más allá de la mera repetición de los datos tradicionalmente presentes en el patrimonio doctrinal de la Iglesia. Por esta razón, los teólogos de Cracovia resaltaban el límite de esta postura que, invocando a priori la autoridad del magisterio, descuidaba desarrollar una argumentación de las tesis sostenidas, particularmente en relación con el perfil fisiológico y teológico de la categoría de ley natural».
Las investigaciones publicadas en el libro revelan que Wojtyła contaba con importantes contribuciones (la más célebre era el “Memorial de Cracovia” de febrero de 1968), pero no influyeron en la redacción de la encíclica. «Las fuentes no permiten afirmar –escribe Marengo– que estos textos haya sido utilizados significativamente para la redacción de “Humanae vitae”».
El borrador aprobado y luego corregido
Los documentos nunca publicados demuestran que Pablo VI aprobó el 9 de mayo de 1968 el texto de una encíclica y fijó la fecha para su publicación (habría sido el día de la Ascensión, el 23 de mayo). Llevaba como título De nascendae prolis y fue el resultado de la reelaboración que llevó a cabo el padre Mario Luigi Ciappi (entonces Teólogo de la Casa Pontificia y futuro cardenal) de un proyecto que preparó la Congregación para la Doctrina de la Fe entre el otoño y el invierno de 1967.
El Papa Montini le pidió a Ciappi que evitara enfatizar el carácter “definitivo” de su pronunciamiento y que tuviera mucho cuidado para que la exposición doctrinal no pudiera dar pie a equívocos o incertezas. «Ciappi intervino en el texto -escribe Marengo– con tres finalidades: insistir en el primado del fin procreador del matrimonio; negar legitimidad al uso del principio de totalidad, dar ala encíclica el valor de un documento que cancelara de una vez por todas el debate». Se trataba de un texto con una conspicua parte doctrinal, lleno de citas de Pío XII. «Con estas decisiones –observa el autor del libro– la futura encíclica se habría reducido completamente, en sus finalidades, a un riguroso pronunciamiento de doctrina moral. No es casual que precisamente en los primeros párrafos se cancelara la alusión a la especificidad cristiana de la comprensión del amor conyugal», contenido en un borrador anterior.
El Papa lo piensa mejor
En uno de los apéndices del libro de Marengo se publica íntegro el texto de esta encíclica pronta pero archivada. La versión oficial latina ya había sido impresa y solamente se esperaban las traducciones a las lenguas modernas para poder proceder con su publicación oficial. Pero sucedió algo inesperado. «Los traductores franceses de la Secretaría de Estado, monseñor J. Martin y monseñor P. Poupard, de acuerdo con Eduardo Martínez Somalo, encargado de la traducción española, le enviaron al Santo padre, mediante G. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado, sus reservas sobre el texto».
«Un atento análisis del documento preparado –escribieron los tres traductores, que después habrían sido creado cardenales– confirma la primera impresión. Es relativamente fácil darle algunos retoques formales (abreviar frases demasiado largas, cancelar repeticiones, mover algunos argumentos…) y ello evitaría ciertamente una cantidad de fastidios: nuevo trabajo, nuevos retrasos, indiscreciones, odiosidades… Pero, en conciencia, debemos decir que en nuestra opinión el remedio sería insuficiente. Es la configuración misma, la formulación negativa o restrictiva, más allá de la presentación estilística, lo que parece poco adecuado al objetivo: hacer inteligible y (en la medida de lo posible) aceptable la doctrina de la iglesia al hombre de hoy en relación con una materia tan discutida y delicada. Si los Superiores consideran suficiente la primera solución (retoques formales), el documento puede estar listo dentro de pocos días. De lo contrario, será necesario un trabajo más largo y mayor esfuerzo. + JM e Poupard».
Pablo VI con Paul Paupard, más tarde creado cardenal
Después de esta comunicación, la publicación de la encíclica fue bloqueada. Por esta razón Humanae vitae no fue publicada sino hasta el 25 de julio siguiente: no se pretendía divulgar el documento en pleno verano para que pasara inobservado (cosa, además, imposible, teniendo en cuenta el argumento). No: la publicación estiva se debió a estas observaciones sobre el texto que había formulado Ciappi.
El borrador Martin-Poupard
A partir de entonces, el trabajo para preparar la que habría sido “Humanae vitae” se desarrolló «dentro de una polarización entre los ambientes de la Secretaría de Estado y el protagonismo de Philippe, a quien Pablo VI reconoció, como fuera, el papel de coordinador último de la redacción del texto. El Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con este encargo, se apoyó por completo en las sugerencias de B. Duroux OP., colaborador suyo desde hacía mucho tiempo y que en esos años era uno de los asesores más escuchados de la misma Congregación».
Martin y Popuard recibieron el encargo de redactar una nueva propuesta: a pesar de volver a proponer todos los contenidos doctrinales fundamentales, el nuevo texto se caracteriza «por un profundo cambio de estilo y de presentación, que se puede apreciar principalmente en el tenor de la sección introductoria y en la sección pastoral». Si en la “De nascendae prolis” se enfatizaba el deber de ajustarse a la doctrina, en este nuevo documento se pone en primer lugar ofrecer la ayuda y el apoyo de la Iglesia para acompañar a una cabal correspondencia con el plan de amor de Dios creador. En los primeros párrafos dirigidos a los sacerdotes que cuidan almas, retomando la invitación a la fidelidad a las enseñanzas del magisterio, se da mayor importancia a la necesidad de «una acogida llena de paciencia y de bondad para los pecadores», concentrada sobre la importancia de la fidelidad a los sacramentos como indispensable para un camino de perfección que no es cuestionado por «caídas, aunque sean demasiado reiteradas».
Nuevas dificultades
Pablo VI no aprobó tampoco el nuevo texto, duramente criticado por el Secretario del ex Santo Oficio Philippe. «Aunque todos los principales contenidos doctrinales –escribe Marengo– fueran sido acogidos, el conjunto del texto (proponiéndose interpretar “problemas de vida conyugal en la fidelidad al plan de amor de Dios”) parecía sugerir que licitud o menos de la contracepción no era el objeto de la futura intervención magisterial; por otra parte, la plena centralidad otorgada al “amor conyugal” permitía, sin dudas, un enfoque unitario, pero también podía ser entendida como una implícita descentración de la atención al fin procreador del matrimonio.
Además, la tonalidad con la que se afronta la invitación a seguir las indicaciones del magisterio en relación con los métodos de regulación de los nacimientos se alejaba de todo tono de rigor doctrina y disciplinario, apostando, más bien, por una perspectiva de acompañamiento para las parejas, invitadas a adherir progresivamente a la plenitud de la forma cristiana de su amor recíproco». El padre Philippe metió, pues, las manos en el texto que fue entregado al Papa Pablo VI el 22 de junio. Montini también corrigió, amplió (probablemente con la ayuda de su “teólogo de cabecera”, el obispo Carl Colombo) y al final aprobó el texto definitivo el 8 de julio de 1968.
Monseñor Gilfredo Marengo es el autor de la investigación que se ha convertido en libro
Finalmente, la “Humanae vitae”
El texto final de la encíclica deja clara «la conciencia de que todo lo propuesto y las normas expresadas no eran de fácil recepción, puesto que la Iglesia pretendía presentarse capaz de mostrar al mismo tiempo compasión por las debilidades y los pecados de los hombres y firmeza al proponer su enseñanza. El tono del lenguaje –escribe Marengo– mostraba haber tenido presentes muchas de las objeciones que habían sido propuestas sobre la hipótesis de un posible rechazo de las prácticas contraceptivas, objeciones que, principalmente, argumentaban a partir del rechazo de tal norma por parte de muchas parejas y también de la dificultad de utilizar los métodos naturales.
Sin perseguir dialécticamente esas posiciones, el Papa las englobaba al tomar nota de una difícil condición cultural y social en la que viven las parejas casadas y en el reconocimiento realista de la nada sorprendente experiencia de la debilidad y del pecado». La elección de este paradigma de comunicación, cuya intención era la de favorecer la recepción de la encíclica fuera de polémicas ideológicas, ubica en primer lugar «un elemento fundamental de la vida moral del cristiano: aunque la libertad humana siga de manera imperfecta la salvación ofrecida en el Evangelio, la Iglesia debe proponerla siempre con fidelidad y totalidad».También es significativo el perfil pastoral del documento: se dejan claros tres elementos fundamentales: «el indispensable recurso al apoyo de la gracia divina, así como a los apreciables esfuerzos de las acciones humanas; el llamado a no aislar la práctica de la regulación de los nacimientos del mucho más amplio contexto de una vida matrimonial comprendida en todas sus dimensiones constitutivas; la noción de “dominio de sí” y de “castidad conyugal”».
Las conclusiones de Marengo
«Alrededor de la encíclica –concluye el autor del libro– se catalizaron todas las tensiones de esos años: sin restar nada al valor objetivo de su enseñanza ni a la importancia del argumento afrontado, hay que reconocer que ese documento sufrió una sobreexposición notable, no solo en el panorama de la opinión pública, sino también en el ámbito de la vida eclesial y de la reflexión teológica». Tomar partido a favor o en contra de Humanae vitae a veces ha coincidido, según Marengo, «con radicales decisiones de campo y se ha comprendido como la necesaria, previa verificación, de fuertes perfiles identitarios en la Iglesia.
De esta manera se han favorecido dos actitudes extremas: un rechazo prejuicioso de su enseñanza o una defensa (sin peros) que le ha otorgado la desproporcionada dimensión de defensa frente a cualquier insurgencia de crisis en la Iglesia y en el mundo». Un mejor conocimiento del delicado camino de redacción y de todos los factores que determinaron su evolución «puede ayudar a dar una dimensión más real de los enfoques sobre la encíclica, que ha exasperado los diferentes resultados de su recepción».
Pablo VI resultó ser un papa profético con su encíclica Humanae Vitae
Uno de los puntos por los que más se ha atacado a la Iglesia Católica durante las últimas décadas es por defender la apertura a la vida y oponerse a los anticonceptivos, la revolución sexual y al control de la población.
Décadas después las consecuencias de todas estas políticas empiezan a ser visibles para todos aquellos que en su momento las defendieron. Incluso empieza a darse la razón a la Iglesia. Es el caso de la publicación económica The Bussines Insider, que en un artículo reconoce que la Iglesia Católica tenía razón, tal y como recoge Jorge Enrique Múgica en Zenit:
The Bussines Insider ha dado una sorpresa al tratar en sus páginas un asunto no precisamente relacionado con los temas económicos, de finanzas y negocios que suele abordar. En un artículo titulado “Time To Admit It: The Church Has Always Been Right On Birth Control” (“Es tiempo de admitirlo: la Iglesia siempre ha sido recta con el control de la natalidad”) los autores ponen en evidencia cómo la Iglesia católica ha tenido razón en su postura sobre el control de la natalidad.
El periódico on-line en inglés que reporta un tráfico semejante al The Wall Sreet Journal, comienza mostrando cómo para muchas personas (incluido el editor del Bussines Insider) la posición de la Iglesia católica acerca de los anticonceptivos resulta pasada de moda. E inmediatamente después comienzan a ponderar algunos argumentos de historia sobre si esa actitud entrañará algún valor… y razón.
Hablan, por ejemplo, de los 21 siglos de experiencia que tiene la Iglesia (lo que la convierten en la institución más antigua de la humanidad), de sus establecimientos que tocan prácticamente toda actividad humana a lo largo y ancho del mundo (lo que le permite hablar de lo que habla) e incluso de los grandes intelectuales que ha dado a la humanidad, antiguos y contemporáneos, como Agustín de Hipona o René Girard.
Y es entonces que plantea la cuestión: el uso generalizado de anticonceptivos ha traído consigo cuatro resultados que ya Pablo VI recogió en 1968 en la encíclica Humanae Vitae: 1) descenso en general de las normas morales, 2) aumento de la infidelidad y de hijos ilegítimos, 3) reducción de las mujeres a objetos de placer y 4) la actividad coercitiva de los gobiernos en materia reproductiva. O en otras palabras: lo que ha estado pasando en los últimos 40 años.
Los autores del artículo ejemplifican esas cuatro consecuencias de la disociación entre amor, matrimonio, sexo y procreación enseñada por la Iglesia con:
1) actualmente no se puede dar por sentado que alguno de los padres sea necesariamente responsable de sus hijos. Esto quedaría todavía más patente si se considera que ser padre equivale hoy en día al cumplimiento de pagos para el sustento infantil ordenados por las cortes. Esto hace que los estándares de paternidad estén por los suelos.
2) Un par de datos: en 1960 sólo el 5,3% de los bebés nacían de mamás solteras; para el año 2010 el porcentaje ascendía a 40,8 %. En 1960 tres cuartas partes de los hogares estaban compuestos por matrimonios casados; en 2010 apenas llegan al 48%.
3) La reducción de la mujer a un mero objeto de placer está ligada al usa y tira que de hecho hacen de ella los anticonceptivos. En cuanto cosificación, basta mirar el aborto selectivo que abiertamente se hace de las niñas en China y veladamente en muchos otros países.
Michael Brendan y Pascal-Emmanuel Gobry, autores del artículo, también tocan el mito de la sobrepoblación para la cual los anticonceptivos serían un remedio. En este ámbito, las críticas contra la Iglesia son que, de seguirse el “sed fructíferos y multiplicaos” que enseña la Biblia, la tierra se volvería insostenible.
Pero las estadísticas parecen no apoyar esa idea. El “The Population Bureau of the Department of Economic and Social Affairs of the United Nations” muestra, de suyo, que en las próximas décadas se dará una desaceleración del crecimiento de la población (¡y eso que la ONU promueve la anticoncepción y el aborto!). El caso más dramático es el de China quien va encaminada a una crisis demográfica a causa de la política del “hijo único” mantenida por el gobierno durante muchos años.
Y entonces, ¿en qué concluye el artículo del Business Insider? En que ve la posición de la Iglesia en materia de reproducción como algo completamente acertado: “El progreso humano es la gente. Más gente significa más progreso. El inventor de la cura para el cáncer podría ser el cuarto hijo de alguien que decidió no tenerlos más”. Y añaden: “Es una buena idea que la gente sea fructífera y se multiplique. Independientemente de cómo se sienta ante la postura de la Iglesia sobre el control de la natalidad, la Iglesia se ha demostrado bastante profética”.
El Papa está sorprendido y disgustado por el cariz que han tomado sus declaraciones en el avión de vuelta del viaje a Sri Lanka y Filipinas. Así se desprende de unas declaraciones realizadas por el sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor Angelo Becciu al diario italiano Avvenire.
Palabras papales no contextualizadas
Da la casualidad que el arzobispo Becciu se encontraba en la rueda de prensa durante el vuelo de vuelta de Manila a Roma y explica cómo “se había sorprendido un poco por el hecho de que esas palabras, que fueron voluntariamente sencillas, no hubieran sido completamente contextualizadas”, refiriéndose a una cita de la Humanae Vitae sobre la paternidad responsable.
En la línea de la tradición de la Iglesia
“La frase del Papa se entiende en el sentido de que el acto procreativo humano no puede seguir la lógica del instinto de los animales sino provenir de un acto responsable que radica en el amor y la recíproca donación de sí”, afirma el sustituto de la Secretaría de Estado que desmiente que el Papa se hablara de tres hijos por matrimonio.
“¡No, en absoluto!” exclama monseñor Becciu que destaca que “de ningún modo el Papa quería decir que ese sea el número correcto de hijos para todos los matrimonios. Cada matrimonio cristiano, a la luz de la gracia, está llamada a discernir, según una serie de circunstancias humanas y divinas cuál es el número de hijos que debe tener”.
“El Papa está realmente disgustado de que se haya creado semejante desconcierto”, añade en esa entrevista: “Él no quería de ninguna manera menospreciar la belleza y el valor de las familias numerosas” y destaca cómo en la Audiencia General, el Pontífice destacó cómo la vida es un bien y tener tantos hijos es un don de Dios por el que hay que darle gracias.
De igual manera destaca la admiración del Papa Francisco por Pablo VI: “Ha sido él quien lo ha beatificado y en Filipinas, hace pocos días, contemplando una nación tan joven, ha querido subrayar que la postura mantenida en 1968 por Pablo VI fue profética”, muestra el prelado en la entrevista.
El viaje de Francisco a Tierra Santa conmemora un hecho histórico: el abrazo entre Pablo VI y el patriarca ortodoxo Atenágoras. Este gesto ponía fin a siglos de división y de excomunión mutua.