San Jenaro, obispo y mártir, muestra la tierra buena de la parábola: quien guarda la Palabra con nobleza, resiste la prueba y da fruto sin negociar con el miedo.

«Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto con perseverancia». (Lucas 8, 15)
Jesús se sienta ante una multitud y cuenta una historia que todos entienden: un sembrador sale a sembrar. No selecciona una tierra perfecta ni reserva la semilla para un campo seguro. La arroja con generosidad. Una parte cae al borde del camino, otra sobre roca, otra entre espinos y otra en tierra buena.
La parábola parece hablar de agricultura, pero termina interrogando el corazón. Porque la semilla, explica Jesús, es la Palabra de Dios. El problema no está en su pobreza ni en su falta de fuerza. Está en el terreno que encuentra.
Es una afirmación decisiva para tiempos de desánimo apostólico. No es la Palabra la que ha perdido vigor; no es Cristo quien se ha vuelto irrelevante; no es el Evangelio el que se ha quedado sin respuesta ante la soledad, la injusticia, la muerte o la necesidad humana de esperanza. Lo que cambia es la disposición con que se recibe.
El borde del camino: cuando nada logra entrar
«Los de junto al camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven».
El camino endurecido no ha dejado de ser tierra, pero ha quedado tan pisado que la semilla ya no puede penetrar. También el corazón puede endurecerse así: por la prisa, por la ironía que se burla de todo, por la saturación de estímulos, por la costumbre de escuchar sin atender, por un sufrimiento que ha dejado de confiar.
Vivimos en un mundo que recibe miles de palabras cada día y, sin embargo, escucha cada vez menos. Hay notificaciones, imágenes, consignas, polémicas y opiniones constantes; pero falta silencio para que una palabra pueda entrar, echar raíz y cuestionar la vida.
No se puede amar una verdad que nunca se ha dejado reposar. No se puede seguir a Cristo desde una interioridad permanentemente dispersa. El primer combate espiritual de muchos cristianos quizá no sea hacer cosas extraordinarias, sino recuperar un espacio de silencio donde la Palabra pueda ser acogida sin ser inmediatamente desplazada por la siguiente urgencia.
La roca: el entusiasmo que no soporta la prueba
«Los de sobre la piedra son los que, al oír, reciben la palabra con alegría; pero estos no tienen raíz: creen por algún tiempo, y en el momento de la prueba fallan».
Es una de las imágenes más dolorosas de la parábola. Hay una alegría inicial, una emoción sincera, una conversión que parece abrir un horizonte nuevo. Pero no hay raíz. Cuando llega la prueba —la incomprensión, el ridículo, la enfermedad, la tentación, la aparente esterilidad, una exigencia moral que cuesta asumir—, la fe se seca.
No basta emocionarse con Cristo. Hay que dejar que Cristo hunda raíces.
La vida espiritual no se sostiene únicamente con encuentros intensos, frases inspiradoras o momentos de especial fervor. Necesita oración fiel, sacramentos, lectura de la Escritura, formación, dirección espiritual cuando sea posible, comunidad cristiana y decisiones concretas que hagan de la fe una forma de vivir.
El discípulo no es quien nunca atraviesa la prueba. Es quien, en la prueba, no se marcha.
Los espinos: lo que ahoga sin hacer ruido
«Lo que cayó entre espinos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan a medio camino y no llegan a dar fruto».
Los espinos no niegan la semilla. La dejan crecer un poco. El problema es que acaban ocupándolo todo. Ésa es quizá la forma más frecuente de esterilidad espiritual: no un rechazo frontal de Cristo, sino una vida tan llena de preocupaciones, consumo, planes, miedos y necesidades de aprobación que ya no queda aire para Dios.
Los espinos modernos pueden tener muchas formas: la obsesión por producir, la comparación constante, la dependencia del móvil, la búsqueda de una comodidad que nunca basta, el miedo a perder estatus, la sexualidad convertida en consumo, la incapacidad de descansar y de agradecer.
Nada de esto suele aparecer como una negación explícita de la fe. Por eso es tan peligroso. El cristiano puede seguir conservando gestos religiosos y, sin embargo, vivir interiormente ahogado por aquello que le promete felicidad sin pedirle conversión.
Jesús no demoniza el trabajo, los bienes o el descanso. Denuncia su absolutización. Cuando los afanes, las riquezas y los placeres se convierten en el horizonte último, la semilla queda sin fruto.
La tierra buena no es la tierra fácil
Finalmente, está la tierra buena: «Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».
No dice que den fruto por entusiasmo, facilidad o éxito inmediato. Lo dan con perseverancia.
Ésta es la palabra decisiva del Evangelio de hoy. La perseverancia no es una obstinación fría ni la simple resistencia de quien no sabe cambiar. Es fidelidad a una Palabra recibida, incluso cuando ya no se experimenta el consuelo de los primeros días. Es seguir rezando cuando no se siente nada, seguir siendo honrado cuando cuesta, seguir perdonando cuando duele, seguir educando cuando no se ven resultados, seguir sirviendo cuando nadie agradece.
La tierra buena no está libre de tormentas, piedras o espinos. Es tierra que ha sido trabajada. Ha dejado que Dios la remueva, la limpie, la riegue y la abra.
San Jenaro: una fe que no negocia con el miedo
La memoria de san Jenaro permite dar a esta parábola un rostro martirial. Jenaro, obispo de Benevento y mártir de comienzos del siglo IV, fue una de las víctimas de la persecución de Diocleciano. La tradición lo vincula a la región de Nápoles, donde su memoria ha permanecido especialmente viva durante siglos.
Más allá de las tradiciones devocionales que rodean su figura, su martirio conserva una pregunta desnuda: ¿qué ocurre cuando la fe deja de ser un sentimiento aceptable y exige una decisión que puede costarlo todo?
San Jenaro no fue tierra de camino, donde la amenaza arranca la Palabra antes de que arraigue. No fue tierra pedregosa, donde el fervor se seca al primer golpe. No dejó que los espinos de la seguridad, el prestigio o la supervivencia a cualquier precio asfixiaran lo que había recibido.
Fue tierra buena porque perseveró.
El martirio no se busca ni se idealiza. La Iglesia no celebra la violencia padecida por sus hijos, sino el amor a Cristo que el verdugo no pudo arrancarles. El mártir no ama el sufrimiento: ama a Jesús más que a la seguridad que el mundo puede ofrecerle.
Por eso san Jenaro interpela también a quienes no afrontarán una persecución sangrienta. La fidelidad cotidiana tiene sus propios martirios incruentos: no participar en una mentira rentable, defender a quien es ridiculizado, vivir con limpieza de corazón, cuidar al enfermo cuando cansa, no renegar de la fe por miedo a perder aceptación, mantener una promesa cuando sería fácil deshacerla.
La cosecha que no vemos
Los discípulos podrían haber preguntado a Jesús por qué tanta semilla se pierde. La parábola no niega la pérdida. Hay corazones que se endurecen, entusiasmos que se apagan y vidas ahogadas por espinos. Pero el sembrador continúa sembrando y la tierra buena da fruto.
La esperanza cristiana no depende de que todo resultado sea visible o inmediato. El maestro que repite una palabra de verdad, los padres que rezan por un hijo lejano, el sacerdote que celebra fielmente, la religiosa que persevera en la oración, el joven que elige la castidad, el trabajador que no acepta una corrupción: todos pueden sentirse como si estuvieran sembrando sin cosecha.
Pero la Palabra de Dios no se pierde cuando encuentra un corazón noble y generoso. Puede permanecer oculta, silenciosa, aparentemente estéril. A su tiempo, da fruto.
El Evangelio de hoy no pregunta si el mundo es una tierra difícil. Lo es. Pregunta qué clase de tierra queremos ser.
San Jenaro responde con la sangre de su martirio y con la perseverancia de una fe que no negoció con el miedo. Cristo sigue sembrando. Y el fruto depende de que alguien guarde su Palabra cuando el camino se endurece, las pruebas llegan y los espinos prometen una seguridad más fácil.
Luis Javier Moxó Soto, ReL
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