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miércoles, 11 de septiembre de 2024

5 formas de amabilidad sencillas de difundir todos los días

kindness

Incorporar gestos amables a nuestra vida diaria
no requiere grandes sacrificios.
Por el contrario, cultivan un espíritu de amor y servicio

En un mundo que a menudo parece apresurado y desconectado, los actos sencillos de bondad y amabilidad pueden salvar las brechas que nos separan. Como católicos, estamos llamados a imitar a Cristo en nuestras interacciones diarias, incluso en gestos y actos de servicio pequeños; "secretos", casi inadvertidos.

Aquí hay cinco formas prácticas, sencillas y "pequeñas" de ayudar a nuestros vecinos y desconocidos sin necesariamente hacer un esfuerzo especial. Ser "fiel en las cosas pequeñas" puede crear un efecto dominó de buena voluntad.

1Ofrecer una cálida sonrisa o un saludo

Todos sabemos que una sonrisa amable o un simple "hola" pueden alegrarle el día a alguien. Cuando veas a un vecino afuera o te cruces con alguien en la calle, tómate un momento para conectarte con él. Este pequeño gesto puede fomentar un sentido de comunidad y hacer que los demás se sientan valorados al mostrarles que no son invisibles ni están solos.

2Dar un cumplido

Tómate el tiempo para reconocer algo positivo sobre alguien: un cumplido sobre su jardín, su trabajo, su forma de criar a un niño. Los cumplidos son rápidos y sencillos, pero pueden mejorar significativamente el estado de ánimo y la confianza de una persona, fomentando una atmósfera de positividad y aliento.

3Practica la escucha activa

Cuando interactúes con otras personas, préstales toda tu atención. Deja el teléfono, míralas a los ojos y escucha lo que tienen que decir. Esto demuestra que valoras sus pensamientos y sentimientos, lo que puede tener un profundo efecto en su autoestima. A veces, todo lo que una persona necesita es un oído atento para compartir sus luchas o sus alegrías.

4Comparte recursos

Si tienes artículos que ya no necesitas, piensa en dárselos a alguien que pueda utilizarlos. Ya sea ropa, libros o productos agrícolas que te sobren en tu huerto, compartir estos recursos puede aliviar una carga para los demás y promover la generosidad. Esto ayuda a los demás y también puede brindarte una sensación de satisfacción y alegría.

5Practica la paciencia y amabilidad en lugares públicos

En entornos concurridos, como supermercados o transporte público, mostrar paciencia y amabilidad puede marcar una diferencia significativa. Permitir que alguien pase delante de ti en la fila, ayudar a una persona a llevar sus compras o, al menos, ser educado: en realidad, no es tan difícil.

Estos pequeños actos promueven una cultura de amabilidad y compasión que eleva el ánimo de todos los involucrados. Incorporar estos gestos sencillos a nuestra vida diaria no requiere grandes gestos ni sacrificios significativos. Por el contrario, nos invitan a cultivar un espíritu de amor y servicio en nuestras propias comunidades.

Al hacer de la bondad una prioridad, no solo elevamos el ánimo de quienes nos rodean, sino que también enriquecemos nuestro propio corazón y espíritu. Al hacerlo, cumplimos con nuestro llamado como cristianos a ser luz en el mundo, incluso en las formas más pequeñas. Recordemos que "el que es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho" (Lc 16,10 ).

Daniel Esparza, Aleteia 

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lunes, 31 de mayo de 2021

El poder transformador de los pensamientos amables

 

BUTTERFLY


La bondad es un rasgo más fácil de lograr de lo que pensamos.

Cuando era un estudiante joven, estaba desesperado por ser visto como inteligente. Mi intelecto era el rasgo de carácter que más me complacía, pero estaba inseguro al respecto, por lo que era de vital importancia que otras personas lo reconocieran.

Para ser inteligente, me volví verbalmente combativo, deleitándome en la discusión por la discusión. Por alguna razón, pensé que era una forma divertida de pasar el tiempo. 

En clase, hacía comentarios satíricos sobre las opiniones de mis compañeros de clase y trataba de presumir hablando con circunloquios o nombrando a oscuros filósofos.

Ya no me comporto de esta manera, al menos, no intencionalmente (a veces los viejos hábitos tardan en morir). Hay dos razones por las que estoy tratando de dejar atrás la «inteligencia». 

Primero, lentamente comencé a darme cuenta de que era un rasgo de carácter que me hacía desagradable. Lo que yo pensaba que era astucia, en realidad los demás lo veían como arrogancia. En segundo lugar, cuando dejé la licenciatura y llegué a la escuela de posgrado, entré en una institución académica en la que casi todos eran más inteligentes que yo. Se acabó el juego.

Uno de los efectos secundarios inesperados de una constante necesidad de sentirme inteligente fue que, para sentirme más inteligente, tuve que convencerme de que otras personas no eran muy inteligentes. Esto me llevó a todo tipo de pensamientos críticos y desagradables, una especie de monólogo interior en el que denigraba lo que otras personas decían y cómo actuaban. 

Decidí ver lo mejor de otras personas

Era casi como si los pensamientos que tenemos sobre otros conductores en la carretera, el tipo de pensamientos que todos tenemos pero que nos da vergüenza admitir y que nos hacen sentirnos tontos una vez que el auto está estacionado, pasaron por mi mente todo el tiempo . La necesidad de juzgar constantemente a las personas es un peso muy pesado. Decidí dejarlo. Decidí ver lo mejor de otras personas y tratarlas con amabilidad.

El mundo necesita más bondad. Esto es lo que el P. Lawrence Lovasik escribe en su libro El poder oculto de la bondad. Cuando pensaba en el tipo de persona que quería ser, en qué tipo de mundo quería que crecieran mis hijos y por qué algún día espero ser recordado, no me importa especialmente si la gente alguna vez me considera inteligente. Pero me gustaría mucho que la gente recordara que fui amable. Ese es el objetivo.

El primer paso para actuar con bondad es pensar con bondad. Este pequeño cambio en el hábito mental es transformador y se derrama en nuestras acciones de muchas formas diferentes. El padre Lovasik explica por qué.

Ideas sobre los pensamientos amables

Los pensamientos amables te ayudan a lidiar con los demás con éxito

«Un buen ojo», escribe Lovasik, «mientras reconoce los defectos, ve más allá de ellos». Una persona genuinamente amable ve lo mejor en los demás, lo que hace que las interacciones con ellos sean menos estresantes y más agradables. No es necesario juzgar negativamente sus motivos y actuar con sospecha. A cambio, una persona amable tiende a tener más influencia y a formar amistades más rápidamente.

Los pensamientos amables te protegen de los errores en las relaciones

La bondad es una forma de expresar amor. Ante el amor desaparecen la amargura, la envidia y los malos entendidos. Cuando la amabilidad está presente, las discusiones se resuelven rápidamente y el resentimiento no se arraiga, incluso con personas que tienen personalidades difíciles.

Los pensamientos amables promueven la paz

Lovasik escribe: «Para mantener la paz en sus corazones, deben cultivar pensamientos bondadosos». La bondad naturalmente tranquiliza nuestro corazón y ayuda a que los demás se sientan cómodos.

Los pensamientos amables nunca dejan de traer alegría

Lo que noté sobre mi desesperada necesidad de ser inteligente es que me estaba haciendo infeliz. Así, se alimentó de mis inseguridades y me hizo menospreciar a otras personas. La bondad es lo contrario. Saca lo mejor de nuestras interacciones personales y enfoca nuestra atención lejos de lo negativo y hacia las fuentes de alegría.

Los pensamientos amables te permiten compartir el bien que hacen los demás

No todos podemos ser buenos en todo. Este puede ser un pensamiento deprimente. Para una persona amable, sin embargo, es un pensamiento alegre, porque la bondad lleva al deseo de ver a otras personas triunfar. La bondad celebra cuando a otros les va bien.

San Basilio dice: » El que planta la bondad, recoge el amor«. Practicar pensamientos amables es transformador. Puede cambiar nuestra felicidad personal y mejorar nuestras relaciones, cambiando el mundo en un instante.

Michael Rennier, Aleteia

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martes, 13 de junio de 2017

¿Eres tan amable como crees que eres?

La mayoría de la gente no lo es, según un estudio reciente.
 Pero hay 3 formas de mejorar

Shutterstock
MICHAEL RENNIER, aleteia
¿Qué significa ser una buena persona? Generosidad de corazón, consideración y siempre con una sonrisa podrían ser unos buenos atributos para empezar a definirlo. Un estudio reciente dirigido por psicólogos de Goldsmiths, Universidad de Londres, entrevistó a personas y les pidió que definieran la bondad con sus acciones.

Los participantes respondieron a una serie de preguntas sobre acciones “buenas”, como indicar direcciones a alguien que se ha perdido, ceder el asiento en el transporte público, donar sangre u ofrecerse a alguien para cargar las pesadas bolsas de la compra. ¿El resultado? “Tal vez te consideres una buena persona, pero según un estudio reciente, puede que no seas tan buena como crees”, escribe Rachel Hosie para The Independent.
Muchos de esos ejemplos comunes de buenas acciones diarias resultaron ser menos comunes de lo que pensamos.
Mientras leía este estudio, pensaba “y yo, ¿soy en realidad una buena persona? ¿Qué opinarían los demás sobre mí?”. Nunca he ayudado a una señora mayor a cruzar la calle ni he invitado al café a la persona detrás de mí en la cola. Pero incluso en situaciones cotidianas más típicas, este estudio me abrió los ojos sobre aspectos en los que me quedo muy corto en comparación con la percepción que tengo de mí mismo.
Hay algunos aspectos en los que voy bien; por ejemplo, siempre abro las puertas para que los desconocidos pasen antes y me sumo a la circulación de la autopista de forma respetuosa. Nunca intento colarme al principio de una cola y siempre trato de saludar y mirar a los ojos a la persona en el cajero del supermercado.
Pero hay otros hábitos de bondad y amabilidad que, directamente, me faltan. Olvido felicitar a la gente por su cumpleaños. Nunca los recuerdo con antelación suficiente como para hacerles un regalo considerado, ni siquiera una tarjeta. Tiendo a olvidarme de los amigos por largos periodos de tiempo y no hago mucho esfuerzo por mantener la relación (la excusa es la típica: líos con el trabajo y la familia).
Más de una vez he visto a desconocidos caerse en público y tardé más de lo que dicta la vergüenza en reaccionar y darme cuenta de que podría ser una respuesta de consideración humana el dejar de mirar y ayudar de verdad a la persona para comprobar si está bien.
Es curioso cómo un rápido examen de conciencia trae claridad a un ámbito en el que (al igual que muchos otros, según parece) pensaba que iba perfectamente bien para mí. No tenía el valor de preguntar a la gente para confirmar si de verdad soy amable o no, pero sospecho que las respuestas habrían incluido largas e incómodas pausas seguidas de una garantía pretendida de que por supuesto soy una buena persona. Sería culpa mía, claro, por preguntar algo de forma tan directa e inesperada (y desconsiderada) a un amigo.
Así que, ¿por qué hay diferencia entre lo buenos que pensamos que somos y como somos en realidad? En lo que a mí se refiere, sé que me centro mucho en mis buenos momentos y que olvido los malos. Puedo vivir fácilmente de la gloria de aquella vez que compartí mi paraguas, y ese recuerdo tiene un efecto deformador sobre todas las otras acciones no tan buenas de las que soy culpable.
Otras personas no sufren de esta misma distorsión en la forma en que me perciben; o sea, que, en cierto sentido, los demás nos ven con más precisión de la que nosotros nos vemos. Este efecto distorsionado no solo está presente en la percepción de la bondad y cabe señalar que es también un fenómeno demostrado que sucede con la apariencia física (básicamente, todos pensamos que somos más guapos de lo que en realidad somos).
Otro motivo posible para esta diferencia entre percepción y realidad es que racionalizamos nuestro propio comportamiento y somos expertos en darnos el beneficio de la duda. Combina esto con el hecho de que somos menos generosos a la hora de dar el mismo beneficio de la duda a los demás y… ¡tatatachán! Soy superbuena persona en comparación a los demás.
Es como cuando voy conduciendo por la autopista y accidentalmente le corto el paso a alguien al adelantarlo por la derecha o al hacer alguna maniobra extraña. Sé que ha sido un error, así que para mí es fácil racionalizarlo, pero mientras tanto la persona en el coche de detrás echa humo de frustración por ese conductor desconsiderado de delante (¡yo!).
Esta diferencia de amabilidad existe también porque malinterpretamos las consecuencias de ser bueno. Un resultado curioso del estudio es que ser “bueno” parece estar relacionado con el “éxito”. Pensamos, erróneamente, que si una persona gana un montón de dinero, al menos es en parte porque tienen por costumbre hacer buenas acciones. Este no tiene por qué ser el caso en absoluto.
Quizás por eso idealizamos a algunas estrellas pop y famosos incluso cuando su comportamiento personal no tiene nada de admirable. Damos por sentado que deben ser buenas personas, de lo contrario, ¿cómo podrían haber llegado a ser tan famosos?
Si quiero hacer que mi imagen de mí mismo de color de rosa sea una realidad, hay una serie de pasos prácticos para ser mejor persona:
El primer paso es descartar las ilusiones y admitir sinceramente que no soy tan bueno ni amable como pensaba. No me desvivo para ayudar a la gente tanto como pienso en mi presumida mente, y hay muchos otros aspectos que puedo mejorar.
Segundo, no debería sobrestimar las buenas acciones de mi pasado. Ser bueno es un hábito diario. Tercero, tengo que ser bueno con todas las personas, al margen de las circunstancias, y no preocuparme por que mis acciones estén conectadas con el éxito.
Por último, y lo más importante, dejar de pensar en la diferencia entre percepción y realidad y dejar de preocuparme por lo que piensen los demás. La mejor respuesta posible a un estudio como este es redirigirnos a ser buenas personas por el hecho de serlo, no porque dé buena reputación. Se trata de preocuparnos sinceramente por los que nos rodean y contribuir a hacer del mundo un lugar mejor.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La varita que transforma todos los acontecimientos en fuente de alegría

¿Adivinas cuál es? Tiene cuatro letras

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Carlos Padilla Esteban, aleteia
El corazón no puede vivir sanamente sin alegría. Necesitamos cuidar la alegría en nuestra vida y no desesperarnos.

Decía el padre José Kentenich:“Quien no se educa para la alegría – o quien no educa a los demás – está conduciendo su naturaleza al debilitamiento, al fracaso.La alegría pertenece a la esencia de Dios. Y la naturaleza humana no puede existir por mucho tiempo sin la correspondiente alegría. El impulso a la alegría debe, de algún modo, ser satisfecho; de lo contrario, la naturaleza se vuelve enferma, con la posibilidad de sufrir una ruptura incurable”[1].

Estamos hechos para Dios.Estamos hechos para el cielo. Para una alegría eterna que nadie nos podrá quitar.

Cuando me sé amado por Dios. Cuando toco su amor en mi vida, podré decir lo que decía el Padre Kentenich: “Si yo estoy poseído del amor de Dios y sé que todo es expresión de su amor, tomaré posesión de la vara mágica con la que estaré capacitado para transformar todos los acontecimientos en fuentes de alegría”[2].
El saberme amado me capacita para ver en todo lo que me sucede, también en la pérdida y en la ausencia, un motivo de profunda alegría.El amor hace creer.

Yo también creo. Porque lo he tocado. Porque me he sentido amado por Él. Y también, como los apóstoles, quiero alabar a Dios por cómo llegó a mi vida, por cómo ha caminado a mi lado siempre. Y creo que vendrá siempre de nuevo a mi vida, para que no esté solo.

Cuando mi sobrino tenía siete años y pasamos unos días de vacaciones juntos, él quería jugar continuamente y me decía cada media hora: “Y ahora, ¿qué hacemos?”. Yo ya sólo quería que él hiciera algo solo mientras yo descansaba. Pero él esperaba hacer algo conmigo.

Quería jugar conmigo. Bañarse conmigo. Pasarlo bien conmigo. Y esperaba con sus ojos grandes de niño un nuevo plan fascinante. Recuerdo su mirada profunda e inquieta. Estaba abierto a todo. Cualquier cosa. Era una mirada pura y libre. Siempre estaba atento. Siempre dispuesto a hacer cualquier cosa conmigo.

Lo importante no era el qué hacíamos. Lo importante era hacerlo conmigo. Creo que esa es la esencia el amor. No hacer planes fascinantes con aquel al que uno ama, sino hacer cualquier plan, aunque sea duro y aburrido, pero siempre con la persona amada.
Eso lo cambia todo. Convierte un lugar lúgubre en un espacio maravilloso. Y lo más aburrido en un plan fascinante. El amor nos cambia la mirada sobre la realidad. Es lo mismo que hace el amor de Dios en mi vida. Me hace verlo todo como fuente de alegría. Es posible si Él lo hace.

Pienso en mi sobrino y recuerdo su mirada. Esa forma de mirar hacía que todo fuera diferente. Me gustaría tener yo esa misma mirada delante de Jesús. Y me gustaría preguntarle cada media hora: “¿Y ahora qué, Jesús? ¿Ahora qué hacemos?”.

Me gustaría estar siempre abierto a lo que Él me dijera. Abierto a sus planes y a sus sueños. Viendo en sus deseos, mejores que los míos, el camino de mi felicidad.

[1] José Kentenich, Alegría sacerdotal, 1935
[2] José Kentenich, Alegría sacerdotal, 1935

lunes, 14 de diciembre de 2015

5 pasos para hacer de tu hijo una persona más amable

¿Hay que enseñar a ser amable? ¡Más de lo que piensas!

children

Richard Weissbourd es un psicólogo de la Universidad de Harvard, con postgrado en Educación. Dirige el Making Caring Commom: un proyecto dirigido a ayudar a enseñar a los niños a ser amables. ¿Pero esto es necesario enseñarlo? ¡Mucho más de lo que crees! Y por desgracia los números constatan que los padres no se dan cuenta de lo importante que es.
Cerca de 80 % de los jóvenes entrevistados en una encuesta reciente del proyecto decían que sus padres estaban más preocupados con la realización de sus hijos o con su felicidad que con cómo se comportan con los demás. Los entrevistados también fueron más propensos a concordar que “Mis padres están más orgullosos si traigo buenas notas de que si soy solidario en el aula y en la escuela”.
La mitad de los alumnos de enseñanzas medias admiten que copian en los exámenes, y cerca del 75% admiten que copian las tareas de casa de otra persona. Casi el 30% de los estudiantes de escuela infantil y media se sintieron acosados durante el año escolar 2010-2011. Todos estos datos son de EE.UU., pero sinceramente, ¿no es un problema en todo el mundo? En la raíz del problema hay una laguna entre lo que los padres y otros adultos apuntan como prioridades y los mensajes reales que transmiten en el comportamiento del día a día.
Ahí me pregunto: ¿de quién es la culpa de que la gente diga que el mundo es “complicado y egoísta”? Si lo más importante es enseñar a “tener” y a “ser”, está claro que faltará en la vida adulta el espacio para el “compartir” o “ser solidario”.
Si este asunto te preocupa, aquí van las cinco estrategias del equipo de Weissbourd para hacer de tu hijo un adulto amable:

  1. Haz que “cuidar de los otros” sea también una prioridad
Los niños necesitan aprender a equilibrar sus necesidades con las necesidades de los otros. De acuerdo con los estudios de Weissbourd, más importante que ser feliz, es ser amable. Porque la ironía es que enfocarse en la felicidad y en la conquista personal, no parece aumentar la realización de los niños o su felicidad.
Según una investigación americana, los niños de comunidades ricas que están sometidos a una presión intensa de conquista por parte de sus padres no parecen superar a otros estudiantes. Los padres que intentan preservar la felicidad de sus hijos, protegiéndoles constantemente contra las adversidades, pueden estar impidiéndoles aprender estrategias de enfrentamiento que son cruciales para la felicidad a largo plazo.
Los padres que no priorizan que sus hijos sean amables con los demás, pueden privarles de la oportunidad de desarrollar habilidades fundamentales de relacionamiento, y las relaciones fuertes son una de nuestras fuentes más importantes y duraderas de bienestar.

  1. Ofrecer oportunidades para que los niños sean atentos y agradecidos
Nunca es demasiado tarde para volverse una persona amable, pero esto no pasa sin ayuda. Los niños necesitan practicar el cuidado de los demás y necesitan expresar gratitud a aquellos que les cuidan.
Los estudios muestran que las personas que tienen costumbre de expresar agradecimiento son más propensos a ser útiles, generosos, compasivos y también son mas propensos a ser felices y saludables. Es importante estar atento a que los hijos aprendan a tratar a los ancianos con respeto, aunque estén cansados, distraídos o se sientan mal.
Aprender a ser solidario es como aprender a jugar un deporte o tocar un instrumento. Son lecciones diarias de repetición. No recompenses a tu hijo por ayudar en casa: lo que sólo hay que premiar son los actos inesperados de bondad.
Es importante discutir con tu hijo sobre historias de solidaridad, justicia e injusticia que aparecen en los medios de comunicación o en las propias vidas.

  1. Expandir el círculo de relaciones de tu hijo
Casi todos los niños se mueven en un pequeño círculo de familiares y amigos. Nuestro desafío es ayudar a nuestros hijos a ser atentos con alguien fuera de ese círculo, como el nuevo compañero de clase, alguien que no habla tu idioma o alguien que vive en un país distante. Asegúrate de que tus hijos son respetuoso y agradecidos con todas las personas a su alrededor, sea un conductor de autobús o una camarera. Weissbourd deja claro que no se trata de acercarse a cualquier extraño y saludarle, sino de saber decir “gracias” a aquellos que nos hacen un favor o servicio.
Incentiva a tus hijos a cuidar de los más vulnerables, como consolar a un colega que fue molestado. Usa una historia del periódico o de la TV para ayudar a tu hijo a pensar en las dificultades que pasan los niños en otros países.

  1. Ser un modelo firme para el niño
Los niños aprenden valores éticos, observando las acciones de los adultos a los que respetan. Ser ejemplo de respeto cuando actúas en interacción con otros adultos es importante en la vida de tus hijos.
Los padres tienen que ser un modelo moral, lo que significa que tenemos que practicar la honradez y la justicia. Pero eso no significa ser perfecto siempre. Para tener el respeto y la confianza de nuestros hijos, necesitamos reconocer nuestros errores y faltas. También tenemos que respetar el pensamiento de los niños y oír sus puntos de vista, mostrándoles cómo queremos que traten a otras personas.
Conversar sobre dilemas éticos a la hora de comer, como por ejemplo: “¿Debo invitar a un nuevo vecino a mi fiesta de cumpleaños, cuando mi mejor amigo no quiere que lo haga?” es un buen ejercicio. Llevar a cabo algún servicio comunitario, al menos una vez al mes, junto con tu hijo, es muy provechoso.

  1. Ayudar al niño a lidiar con sus sentimientos destructivos
Muchas veces, la capacidad de ser amable con los demás está dominada por la rabia, la vergüenza, la envidia y otros sentimientos negativos.
Tenemos que enseñar a los niños que estamos sujetos a todos estos sentimientos, pero que algunas formas de afrontar lo que sentimos no funcionan. Los niños necesitan nuestra ayuda para aprender a lidiar con los sentimientos de forma productiva.
Esta es una manera sencilla de enseñar a tus hijos a calmarse: dile a tu hijo que pare, que respire hondo por la nariz y espire por la boca, y cuente hasta cinco. Primero experimenta esto cuando tu hijo está calmado, y después úsalo cuando esté alterado. Con el tiempo esta práctica puede ayudar a tu hijo a no alterarse y a expresar sus sentimientos de una forma más apropiada.
Artículo publicado por Fabiana Santos en el blog Tudo sobre minha mãe y traducido al español por Aleteia 

miércoles, 8 de julio de 2015

Diez aspectos de la cortesía: Un buen decálogo para la convivencia cotidiana


Primera.- Trate a los demás como quisiera que le traten a usted.

Segunda.-Trate de estar siempre dispuesto a sonreír.

Tercera.-Trate de ser amable y agradar al hablar.

Cuarta.-  Trate de saber escuchar.

Quinta.-  Trate de no discutir, sino sencillamente opinar.

Sesta.-     Trate de ser puntual.

Sétima.- Trate de ser jovial, voluntarioso y dinámico.

Octava.- Trate de guardar para usted sus propias dificultades.

Novena.- Trate de no prometer más que cuando esté seguro de poder cumplir.

Décima.-  Trate de pedir por favor y no olvide de decir gracias.


José Barros Guede
Artículo originalmente publicado por Revista Ecclesia