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domingo, 17 de septiembre de 2023

Seis cosas que no hay que hacer cuando llegue la tentación: los consejos de San Francisco de Sales

                       Una lucha a vida o muerte contra el demonio


La vida cristiana en como practicar deporte:
es necesario dedicar tiempo y esfuerzo a perfeccionar su práctica.

Salvando las distancias, la vida cristiana tiene cierta similitud con el deporte: perfeccionar su práctica es más complejo de lo que parece al principio. Cuando un niño juega con una pelota lo único que tiene que hacer es hacerle llegar la bola a su padre. Pero perfeccionar el pase es completamente diferente, implica un gran esfuerzo y muchas horas de entrenamiento. De la misma manera, después de descubrir que el pecado es algo malo, alejarse de él y vivir la vida moral cristiana parece una idea bastante sencilla: no hacer las cosas que Jesús dice que son pecados. Sin embargo, después de algo de tiempo y esfuerzo, uno descubre que hay más de lo de lo que parecía. El pecado y la tentación son más complicados de lo que parecen. Entonces, llega un momento en que es necesario estudiar los mecanismos para evitar la tentación: las pequeñas cosas que conducen a la victoria por la gracia de Dios.

Para ayudar en esta batalla, en Catholic Gentleman han acudido al que consejo de San Francisco de Sales y su libro, Introducción a la vida devota, y destacan seis aspectos que no hay que hacer en la lucha contra la tentación y el pecado:

1. No ames la tentación

Parece algo obvio pero incluso después de haber roto completamente con ciertos pecados, la tentación de cometerlos todavía puede resultar bastante agradable. Incluso si un hombre se ha deshecho de los arrebatos de ira en su vida, permitirse pensar en cómo regañaría a las personas que lo han hecho enfadar puede brindarle una gran sensación de victoria. Aunque otro hombre nunca engañaría a su esposa, considerar la idea de estar con la compañera de la oficina que siempre lo mira puede hacerle sentir bastante bien. Que la tentación agrade es siempre el primer paso para consentirla.

2. No te dejes caer en la tentación

Esto implica igualmente previsión y honestidad. Primero, requiere previsión: si uno sabe que cada vez que participa en conversaciones durante la comida que terminan siempre hablando de cosas feas y chismorreando sobre otras personas, la culpa es de uno mismo si acaba cayendo en estas conversaciones Al mismo tiempo, requiere honestidad: a menudo uno se expone a peligrosas situaciones creyendo estar ya “más allá” de ciertos pecados. Esto puede ser cierto, pero es más raro de lo que uno suele pensar. Si uno nota que se detiene o incluso deleita en ciertas tentaciones necesita ser honesto acerca de las situaciones en las que se expone para llegar a ellas. La solución es sencilla. Ya lo dice el dicho popular: “quien evita la tentación, evita el pecado”.

3. ¡No estés angustiado!

Sentirse tentado no es pecado. Es decir, siempre que uno no haya causado la tentación colocándose en su camino. Si alguien siente envidia por algo que tiene el otro y desea cogerlo cuando nadie mira, mientras siga siendo un sentimiento, es sólo una molesta tentación. Pero es cuando uno se frustra por sentirse tentado cuando las cosas pueden empeorar: “La preocupación es el mayor mal que puede sobrevenir al alma, excepto el pecado”. Cuando se pierde la paz se empieza a creer la gran mentira del Tentador de que nunca superará la sensación de luchar una batalla que se hace cuesta arriba y que no acabará nunca. Y cuando esa mentira se instala en la mente, el siguiente paso es la caída.

4. No prestes atención a las tentaciones

 San Francisco de Sales hace una distinción entre tentaciones mayores y menores: por ejemplo, la tentación de asesinar a alguien versus ser irritable con él; robar versus codiciar; cometer perjurio versus decir una mentira; cometer adulterio versus no cuidar los ojos. Si bien debemos luchar con fuerza contra las grandes tentaciones, sobre las tentaciones menores él dice que la tarea principal es simplemente dejarlas pasar: eliminarlas silenciosamente y no dejar que roben la paz. Es el viejo truco del elefante rosa: cuanto más se intenta no pensar en elefantes rosas, más abarrotan nuestra conciencia. Cuando surjan tentaciones y sean reconocidas, hay que rechazarlas y continuar, sin pensar más en ellas. De lo contrario, se vuelven peligrosas.

5. No lo conviertas en un juego de voluntad

Cuando un hombre está tratando específicamente de superar cierto pecado en su vida, a menudo se desanima por su debilidad al luchar contra las tentaciones de ese pecado. Muchas veces, el problema es de perspectiva. Si uno piensa: “voy a demostrarle a Dios lo bueno que puedo ser y no pecar”, en lugar de “Amo a Dios y, por lo tanto, odio el pecado y quiero deshacerme de él porque daña mi relación con él”, no es de extrañar que Dios le permita caer: pensaría que es su propio salvador. La autosuficiencia sigue siendo una de las mayores causas de fracaso. Cuando llegan las tentaciones, la clave es confiar más profundamente en la gracia de Dios, humillarse ante Él y llegar a amarlo más.

6. No te quedes callado

 Quizás una de las verdades más importantes que hay que recordar cuando se trata del pecado y la tentación es que no se está en esta lucha. Dios está ahí, pero también el Maligno. El diablo no es sólo un cuento de hadas; él es real y tiene un impacto en la vida de las personas. Si bien una gran fuente de la tentación proviene del desorden de nuestras almas, Satanás y los espíritus malignos también están intensamente activos en este sentido. Uno de los mayores peligros, entonces, es tratar de luchar por cuenta propia contra una inteligencia angelical convertida en malvada. Es importante tener un confesor habitual que conozca tu alma y comprenda los trucos de Satanás. Esa apertura y honestidad son esenciales para superar los pecados que nos llevan a la miseria.

ReL

Vea también          Sermón sobre las tentaciones -
Santo Cura de Ars























































































domingo, 6 de marzo de 2022

¿Cómo es una tentación? ¿Cómo identificarla y vencerla?

 

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Un análisis tomando el ejemplo de Eva

Jesús, ante las tentaciones en el desierto, despachó de inmediato al demonio. No entró en un diálogo con el enemigo, sino que le respondió con decisión y convencimiento.

En cambio, Eva… Fíjate en las palabras del Génesis sobre la tentación original: el demonio se acerca y propone un tema de conversación: “¿Así que Dios les ha dicho que no coman de ninguno de los árboles del jardín?”.

Y la mujer, en vez de descartar a su interlocutor, comienza un diálogo: “Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán”.

Con este diálogo la mujer se expuso a un tremendo peligro. El alma que sabe lo que Dios ha prohibido no se entretiene en aquella duda, en aquel pensamiento o en darle rienda suelta a aquel deseo, actitudes todas que son la introducción al pecado.

Volvamos a Eva: el Demonio, astutísimo como es y, además, inventor de la mentira, podía hacerla sucumbir, pues es ángel –ángel caído, pero ángel al fin, con poderes angélicos superiorísimos a las cualidades humanas.

De hecho, sabemos lo que sucedió: ya entablado el diálogo, ya debilitado el entendimiento de la mujer, el Demonio pasa a hacer una proposición directa al pecado, una mentira, pintándole un panorama maravilloso: ser como Dios: “Y dijo la serpiente a la mujer: No morirán. Es que Dios sabe que si comen se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”.

Puede el Demonio también ofrecer una felicidad oculta detrás del pecado, insinuando además que nada malo nos sucederá. Que además podemos arrepentirnos y que Dios es misericordioso.

A estas alturas de la tentación, todavía está el alma en capacidad de detenerse, pues la voluntad aún no ha consentido. Pero si no corta enseguida, las fuerzas se van debilitando y la tentación va tomando más fuerza.

Luego viene el momento de la vacilación. “Vio, pues, la mujer que el fruto era bueno para comerse, hermoso a la vista y apetitoso para alcanzar la sabiduría”.

Sobreponerse aquí es muy difícil, pero no imposible. Sin embargo, el alma ya está muy debilitada ante el panorama tan atractivo que le ha sido presentado.

“Y tomó el fruto y lo comió y dio también de él a su marido, que también con ella comió”. Ya el alma sucumbió, dando su consentimiento voluntario al pecado. Y lo que es peor: hizo caer a otro. Cometió un pecado doble: el suyo y el de escándalo, haciendo que otro pecara.

Luego viene el momento de la desilusión: ¿dónde está el maravilloso panorama sugerido por el enemigo? “Se les abrieron los ojos a ambos y, viendo que estaban desnudos, tomaron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones”. El alma se da cuenta que se ha quedado desnuda ante Dios y de que ha perdido la gracia (Dios ya no habita en ella).

El remordimiento sigue a la desilusión. Y ante este llamado de la conciencia, puede uno esconderse, rechazando la voz de Dios o puede el alma arrepentirse y pedir perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión.

“Oyeron a Yavé que se paseaba por el jardín al fresco del día y se escondieron de Yavé Adán y su mujer. Pero Yavé llamó a Adán, diciendo: ‘¿dónde estás, Adán?’”.

¿Cómo luchar contra las tentaciones?

La oración es el principal medio en la lucha contra las tentaciones y la mejor forma de vigilar. “Vigilen y oren para no caer en tentación” (Mt. 26, 41). “El que ora se salva y el que no ora se condena”, enseñaba san Alfonso María de Ligorio.

¿Qué hacer ante la tentación? Despachar la tentación de inmediato. ¿Cómo? También orando, pidiendo al Señor la fuerza para no caer. Nos dice el Catecismo: “Este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración” (#2849).

“No nos dejes caer en tentación”, nos enseñó Jesús a orar en el Padrenuestro. La oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo.

Sabemos que tenemos todas las gracias para ganar la batalla. Porque … “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom. 8, 31).




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Y después de la tentación ¿qué? Si hemos vencido, atribuir el triunfo a Quien lo tiene: Dios, que no nos deja caer en la tentación.

Agradecerle y pedirle su auxilio para futuras tentaciones. Si hemos caído, saber que Dios nos perdona cuantas veces hayamos pecado y, arrepentidos y con deseo de no pecar más, volvamos a Él a través del sacramento de la confesión

Aleteia, Artículo publicado originalmente por catoliscopio.com 

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domingo, 17 de noviembre de 2019

Las formas más eficaces de evitar las tentaciones

Cada día, los malos deseos, pensamientos, reflejos e inclinaciones se manifiestan en nosotros y quieren imponernos su ley. Tratamos de luchar de la mejor manera posible, pero no siempre tenemos éxito. ¿Somos realmente capaces de resistir la tentación? ¿Existe una receta milagrosa para derrotarla?



Ataques de violencia, excesos de celos feroces, deseos sensuales, reflejos de egoísmo salvaje… La lista es larga de estas fuerzas que habitan el corazón del hombre. Tan larga que los Antiguos habían decidido compararlas con caballos furiosos que se excitan y llevan a la diligencia y a sus pasajeros en una carrera mortal. ¿Quién podría detenerlos?
El héroe valiente que los persigue, que se lanza a su cabeza y los retiene, obviamente sólo existe en las películas. La realidad es muy diferente. Los poderes nos habitan y quieren dominarnos. Podemos ver la amenaza que representan.
Y nos preguntamos si alguna vez seremos capaces de controlarlos. Un pensamiento viene a la mente: “¡Es más fuerte que yo! ¡Nunca seré capaz de controlarme!”.

Las reglas de oro a seguir 

Quien descubra en él la manifestación de estas fuerzas oscuras debe recordar ante todo que no tiene nada de excepcional. Esta es una situación común a todos los hombres, y más aún a los que tienen exigencias de vida.
Todos los santos han sido sometidos a la tentación. Ellos resistieron heroicamente. El autocontrol es la meta de toda buena educación.
El “educado” no es tanto el que respeta desde fuera las convenciones sociales que está obligado a aceptar, sino el que ha aprendido a controlarse (porque eso se aprende).
Y esta educación comienza diciendo que no hay fuerza dentro de nosotros que sea más fuerte que nosotros. Ni nuestros apetitos, ni nuestras pasiones, ni nuestros afectos, ni nuestros deseos pueden imponernos su ley, si no lo queremos.


Roman Zaiets | Shutterstock

En primer lugar, debemos estar decididos a defendernos de estos ataques, que son aún más furtivos ya que vienen de dentro.
Para defenderse, hay que conocerse a uno mismo. No todos están expuestos en el mismo ámbito. Uno estará más enojado, el otro más sensual, el otro muy susceptible o rencoroso. El que se conoce bien a sí mismo siempre será el más fuerte.
Otra regla de autocontrol es estar alerta. El vigilante ve venir el impulso, el deseo o la envidia, que poco a poco tratará de imponerse. Él debe saber que el que cede al principio tendrá dificultades para no ceder hasta el final.
El vigilante hace sonar la alarma apenas comienza el ataque. Si siente que viene, podrá crear una distracción, para evitar el ataque frontal, que siempre es el peor. Nunca se diga a sí mismo: “No puedo evitarlo, no resistiré”. Eso no es cierto, los que lo dicen han capitulado antes de tiempo. Debemos recuperar el valor, no ceder terreno.

El poder de la oración

Aquí es donde la oración juega un papel decisivo. No pedirle al Señor que actúe milagrosamente en nosotros sin que tengamos que hacer nada – ¡eso sería burlarse de Él y de nosotros! – sino para ponerse a su escuela, a Aquel que es el verdadero maestro, y pedirle que nos ayude en esta lucha, especialmente cuando está en el límite de lo que podemos soportar.
Hay batallas que sólo la fuerza de Dios puede ganar. ¿Y no nos manda Jesús que le pidamos al Padre que se asegure de que esa tentación nunca nos someta?

Por Fray Alain Quilici, Edifam

Después de caer reza esta oración de arrepentimiento

Vivir una vida pura y casta no siempre es fácil. Incluso cuando tratamos de resistir ciertas tentaciones, nuestra fuerza de voluntad a menudo no es suficiente y caemos.
Si bien es fácil abandonar la lucha y abrazar nuestros pecados, la mejor respuesta es clamar a Dios en arrepentimiento. Puede que tengas que hacer esto una o 99 veces antes de que tu corazón esté completamente abierto a la gracia de Dios. De cualquier manera, reza esta oración de David, quien luchó con la pureza.
“Tenme piedad, oh Dios,
según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame.
Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí;
contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí.
Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando juzgas.
Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre.
Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la sabiduría.
Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los huesos que machacaste tú”. 

Philip Kosloski, Aleteia