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viernes, 25 de septiembre de 2026

El celibato, en los boxes

En la carretera de la vida el joven ha de saber detenerse a reflexionar sobre la virtud y lo mejor

En la carretera de la vida el joven ha de saber detenerse a reflexionar sobre la virtud y lo mejor


    Es bien conocido que últimamente, en Occidente, el celibato no está en sus mejores momentos, atraviesa un importante declive y no se ve su fundamento trascendente y, consecuentemente, su necesidad.

    La religiosidad de los jóvenes está creciendo, al menos en manifestaciones públicas. Pero esos mismos jóvenes no se plantean el celibato y las vocaciones al sacerdocio son demasiado escasas para realizar el relevo generacional. Lo mismo ocurre en las órdenes religiosas tradicionales, tanto masculinas como femeninas. Aunque existen afortunadas excepciones.

    A primera vista parece que son las nuevas circunstancias sociales las causantes de esta anomalía. Una de estas “circunstancias”, que justificarían bastante esta situación es la revolución sexual comenzada en los años 60 y que ha llevado a la hipersexualización de la sociedad. 

    Otra podría ser la decadencia de la familia como cooperadora en la transmisión de la vida, que lleva a la oscuridad demográfica.

    Otros lo atribuyen a la globalización, la técnica y al bienestar, como fenómeno social imparable, etc.

    Un análisis que ponga las causas de esta sequía sólo en la paganización de la sociedad es un análisis equivocado e irresponsable. Si así fuese, serían causas externas las culpables de esta situación y nosotros sólo podríamos lamentarlo.

    Ciertamente concurren muchas causas, no siendo la menor el interés del maligno en incrementarlas. Pero para resolver un problema es necesario hacer un diagnóstico certero. 

    Si miramos a aquellos primeros seguidores del Crucificado, estaríamos de acuerdo en que tenían muchas razones para estar quejándose de lo mal que estaba la sociedad. ¡Qué poco beneficio social les traía esa “secta” que, a los ojos de esa sociedad, era una locura y un sinsentido!

    No es la sociedad la que ha cambiado, sino nosotros los que no hemos sido fieles, porque la sociedad siempre está cambiando, pero es la sal quién la da el sabor, y si la sal se vuelve insípida…

    El pecado de origen trajo la confusión para no conocernos como somos y creernos que somos autosuficientes: como dioses. Pero esto ha existido siempre desde Adán y los pecados capitales nos han acompañado también siempre. Entonces ¿hay algo más?

    Una mirada a la juventud actual nos muestra una juventud preocupada por la casa común, generosa en la prestación de su tiempo hacia los más desheredados, muy educada en el trato y con un gran acceso a la información. 

     Lo cierto es que han nacido en una sociedad pagana y que para muchos de ellos la única referencia trascendente está en sus abuelos o sencillamente no la tienen. 

    Su problema no es de generosidad, sino de miedo. 

    El miedo más grande es a vivir, a afrontar la vida como un riesgo no controlable. La persona, según el filósofo Leonardo Polo, es un ser que necesita de su “réplica” para existir. Según este autor, el hombre es un ser en busca de su réplica. Necesita del otro para entenderse y crecer, pero sobre todo es el miedo a conocerse el que impone la parálisis y si no se conoce a sí mismo, ¿cómo va a encontrar su réplica?   

    Si desde su más tierna infancia su relación ha sido con las cosas: móviles, redes sociales, mascotas, etc. y ha observado al universo como un lugar donde el “yo” puede poseer todo y vivir mejor, entonces siempre tendrá miedo al futuro, porque en realidad, no poseemos el futuro y sólo tenemos pasado, siendo este, a veces, tan pesado como una losa. 

    En definitiva, no saben relacionarse con el universo ni con su Creador. Al universo lo explotan para sí y al Creador lo ignoran.

    Los movimientos juveniles, asociaciones, parroquias, clubes, etc., utilizan el único lenguaje que pueden aprender rápidamente: el lenguaje del sentimiento. En su mayoría los jóvenes están huérfanos de aceptación y cualquier signo en este sentido es muy bien recibido. Y esa puede ser la trampa, porque pueden quedarse en eso, pero no trascender a conocer y amar en libertad a Quién es su “réplica” personal.

    Los jóvenes piden aceptación personal y se les ofrece amistad. Un paso muy importante, pero no suficiente porque, según Polo, la amistad sólo se puede dar entre intimidades personales, y esto exige conocerse como uno es. 

    Para esto no sirven las redes sociales, ni los influencers, ni los consejos, sino sólo el conocimiento personal, aquel que requiere interioridad y crecimiento en virtudes, que es la única forma de crecer.

    Y ¿qué se les enseña? Un crecimiento en la esencia, en el “yo” autónomo, en un voluntarismo auto suficiente y en un sentimentalismo que fomenta la autocompasión.  Y eso es un fraude.

    La percepción de la vocación al celibato apostólico la ven deformada: es una merma y en esta percepción juega un papel importante el no considerarlo como una llamada personal, sino como un estado, tal como se ha considerado históricamente también al matrimonio.

    No podemos resignarnos a lo que se puede y debe cambiar. Todos somos cómplices de no mostrar la belleza de la virtud, aquello que nos hace crecer, aunque no tengamos nada. 

    Como decía Teresa de Jesús: Quien a Dios tiene, nada le falta.

    Los católicos hemos construido sólidos edificios de lo espiritual, pero ya Benedicto XVI nos advirtió que la Iglesia de los próximos tiempos será de minorías muy activas, de aquellos que se jueguen la vida, todos los días, por vivir en virtud y por educar en virtud: vivir sin paracaídas. Sólo Dios basta.

    Domingo Aguilera Pascual, ReL

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