Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta genocidio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta genocidio. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de diciembre de 2024

El Genocidio Silencioso

 Una producción audiovisual de Hazte Oír y Terra Ignota que recoge los testimonios de personas que han vivido de cerca la realidad del aborto desde perspectivas diversas. “El Genocidio Silencioso” es una película documental que promete desafiar las narrativas predominantes y poner de relieve que, a pesar de los intentos por presentarlo como un debate cerrado, el aborto sigue siendo un tema profundamente controvertido y abierto a la reflexión.



jueves, 30 de noviembre de 2017

Papa Francisco tocó un asunto casi prohibido… y los medios fingieron no oír

¿Por qué no se habla de eso? ¿Sólo porque fue perpetrado por los comunistas?

El papa Francisco recordó este domingo a los cerca de 3,5 millones de víctimas de hambre provocada deliberadamente en los campos de Ucrania por las políticas del dictador comunista Joseph Stalin, de la antigua Unión Soviética, entre 1932 y 1933, para “colectivizar” granjas de ganado y tierras agrícolas.
El abominable episodio, llamado hoy de Holodomor, fue el más voluminoso, pero no el único del género: 1,5 millones de personas en Kazajistán y casi otro millón de habitantes del norte del Cáucaso y de regiones a lo largo de los ríos Don y Volga sufrieron suplicios semejantes, en la misma época, también causados intencionalmente por el gobierno comunista.
En un mensaje al pueblo ucraniano, el papa Francisco mencionó “la tragedia del Holodomor, la muerte por hambre provocada por el régimen estalinista que dejó millones de víctimas. Rezo por Ucrania, para que la fuerza de la paz pueda curar las heridas del pasado y promover caminos de paz”.
El genocidio ucraniano empezó debido a la resistencia de muchos campesinos del país a la colectivización forzada, una de las bases del régimen comunista por implicar la supresión de la propiedad privada. Los soviéticos confiscaron masivamente el ganado, las tierras y las granjas de los ucranianos y les impusieron castigos que iban desde trabajos forzados al asesinato sumario, pasando por brutales desplazamientos de comunidades enteras.
A pesar de haberse tratado del exterminio sistemático de un pueblo, aún no existe, en la llamada “comunidad internacional”, un reconocimiento amplio y claro del genocidio ucraniano. Algunas corrientes ideológicas evitan el término genocidio alegando que el Holodomor habría sido, a su ver, una consecuencia de “problemas logísticos” asociados a las radicales alteraciones económicas de la Unión Soviética. Es decir, algo que dejaría de ser ese algo porque llegó a ser algo como efecto colateral de alegadas buenas intenciones…
Es muy interesante observar que, recurrente y obstinadamente, se confeccionan teorías suavizares y condescendencias “técnicas” para regatear la verdad sobre el comunismo: esa aberración histórica jamás pasó, ni podría, de una monstruosidad tan odiosa y criminosa como el nazismo.
Además, al hablar de nazismo, prácticamente todo el mundo ya ha oído hablar del Holocausto. Mucha menos gente ha oído hablar del Holodomor. No se trata de comparar los horrores, sino de cuestionar el relativo silencio alrededor de éste en comparación con la amplia divulgación que se da a aquél, sin que ninguno de estos episodios atroces sea “menos grave” o “más grave” que el otro. Sólo hay relativización moral del exterminio humano, finalmente, en la mente de quien lo instrumentaliza.
Pero es un hecho que prácticamente todo el mundo que tiene acceso a los medios de comunicación ya ha oído decir que Hitler mató a 6 millones de judíos en los campos nazis de concentración entre 1933 y 1945 (aunque se preste menos atención al hecho que ese exterminio sistematizado también se extendió a minorías menos recordadas, como gitanos, polacos, prisioneros de guerra soviéticos, discapacitados físicos y mentales, homosexuales, además de minorías clamorosamente “olvidadas”, como las víctimas católicas – san Maximiliano Kolbe y santa Teresa Benedicta de la Cruz son dos ejemplos ilustres de entre muchos otros casi ignorados, pero bastan para cuestionar la campaña de desinformación orquestada por quien acusa a la Iglesia de haber sido “cómplice” de aquella carnicería).
Sin que se disminuya en nada, por lo tanto, la necesidad imperiosa de reconocer el horror a que fueron sometidos cobardemente el pueblo judío y las otras minorías perseguidas por el nazismo, es necesario observar paralelamente que, comparativamente, mucho menos gente ya ha oído decir que Stalin mató, poco antes, a 6 millones de ucranianos, kazajos y otras minorías soviéticas mediante la imposición de hambre masiva.
Y también son aún muy pocos los que saben de los otros 14 millones de personas que fueron asesinadas por el comunismo sólo en la Unión Soviética, por no hablar del resto de víctimas en una lista aterradora de seres humanos exterminados por el mismo comunismo en todo el mundo a lo largo del siglo XX:
  • 65 millones en la República Popular de China
  • 1 millón en Vietnam
  • 2 millones en Corea del Norte
  • 2 millones en Camboya
  • 1 millón en los países comunistas del Este de Europa
  • 1,7 millón en África
  • 1,5 millón en Afganistán 
  • 150 mil en América Latina
  • 10 mil como resultado de las acciones del movimiento internacional comunista y de los partidos comunistas fuera del poder.
Esta suma petrificante de 94,4 millones de personas exterminadas por los regímenes comunistas es estimada por los autores de “El Libro Negro del Comunismo: Crímenes, Terror, Represión”, una obra colectiva de profesores e investigadores universitarios europeos encabezados por el francés Stéphane Courtois.
Como el libro es de 1997, éste obviamente no abarca las muertes cometidas de allá hasta acá en las regiones que continuaron sujetas a ese régimen y a sus métodos esencialmente opresivos, como China y Corea del Norte; ni, está claro, en las regiones que retrocedieron en su trayectoria democrática para reeditar esa aberración histórica – como la Venezuela de Chávez, Maduro y sus comparsas del Foro de São Paulo.
En una época en que las farsas de sesgo socialista vuelven a presentarse al mundo como “liberadoras del pueblo” (nuevamente, véase Venezuela, pero véase también las modalidades del “reajuste de la riqueza” practicadas por gobiernos de ideología socialista en países como Cuba, Argentina e incluso Brasil), la verdad sobre el comunismo suele “evitarse” en las televisiones y en los “grandes” diarios y revistas al servicio de ese proyecto de poder – que no es exactamente un poder “del proletariado”, como predica, descaradamente, su propaganda (a este propósito, nunca está demás recordar el magistral resumen hecho por George Orwell sobre la “igualdad” realizada por el comunismo: “Todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros”).
Dentro de este contexto ideológico y de tergiversación de los hechos que es una característica suya indisociable, es digno de aplausos que el papa Francisco haya dado nombre a los bueyes – así como lo dio al otro genocidio ampliamente “olvidado” por el mundo hasta recientemente: aquel que la Turquía otomana perpetró contra la Armenia cristiana en 1915.
Francisco Vêneto, aleteia


viernes, 24 de junio de 2016

Genocidio armenio: “Mi padre gritaba todas las noches”

Armin T. Wegner fotografió la matanza

Genocidio armenio: “Mi padre gritaba todas las noches”

Marinella Bandini, ReL
Armin T. Wegner gritó en el sueño hasta el último día “soñando y re soñando la tragedia vista y sufrida”. Las imágenes de la matanza de armenios estaban impresas en su mente como en sus fotos, que han inmortalizado el primer genocidio del siglo XX.

Y gritaba su pena como exiliado de Alemania, él alemán, que había tratado de advertir a su pueblo de repetir los mismos horrores, y por eso fue primero internado en un campo de concentración y posteriormente exiliado, despojado de su dignidad.

Un dolor que nunca superó.
Hoy ese grito finalmente puede encontrar la paz después de que Alemania “no sólo reconoció el genocidio de los armenios, sino también admitió su propia responsabilidad, un mea culpa increíble”, subraya Mischa Wegner, el hijo que Armin tuvo con su segunda esposa.

A través de sus ojos recorremos la historia de un hombre que fue testigo de dos genocidios, y que trató de dar a conocer la verdad. Aunque no fue escuchado, fue censurado, y sus publicaciones quemadas, hereje novato de la Alemania nazi.

Mischa Wegner nace en 1941 en Nápoles, y crece en las calles de Positano. En los años ´60 se traslada a Roma con los padres.

No conoce un padre distinto de aquel que a 55 ya está marcado por el genocidio y el exilio, un padre que grita en sueños: “El grito era parte de su vida y, por tanto, era parte de la carga de la familia. No se vivía como una tragedia, sino como algo natural”.

Un padre al que no le gusta hablar de lo que ha visto y del dolor que lleva en el corazón.

Un padre silencioso y lejano con sus pensamientos: “de esta prisión no lograba salir, y por lo tanto no podía comunicarse”.

Mischa conoce la historia de su padre, el compromiso primero en el frente polaco y luego en aquel oriental como sanitario acompañante de las tropas alemanas, su compromiso con la paz y los derechos humanos.

Conoce sus batallas -escritos, apelaciones y conferencias- para despertar la conciencia de un Occidente (Europa, Alemania y los EE.UU.) que no quiere ver, él “no era uno que miraba para otro lado.”
Los mundos de Armin y Mischa eran distantes cronológicamente y en realidad, además de los datos biográficos, Mischa nunca se interesó mucho en la historia de un padre.

Hasta el 95, cuando Pedro Kuciukian recurre a él para tener material fotográfico de la exposición Refugio precario sobre los intelectuales alemanes obligados a abandonar Alemania porque no eran agradables a Hitler.

“No podía imaginar que me habría transportado en un vuelo al fondo de mi existencia, al descubrimiento de mi padre y al mismo tiempo de mi pasado” dirá años más tarde Mischa Wegner.

“Heredamos mucho de la experiencia de la vida de nuestros padres. Hasta el 95, cuando me pidieron las fotos de mi padre, nunca me había ocupado de los armenios, mi padre nunca había hablado y yo nunca le había preguntado. Apenas comencé a hablar en aquella conferencia empecé a llorar. Hubo como un cajón dentro de mí que nunca había abierto y ocultaba cosas que yo no sabía”.

En ese cajón, Mischa encontró las heridas con las que su padre nunca lo cargó: “la traición de sí mismo para sobrevivir, la ignominia de la sumisión a los guardias de la prisión (en los campos de concentración), la sumisión de la dignidad humana bajo la bota de la grosería y la estupidez. Oí a mi padre como si estuviera dentro y he sufrido enormemente su humillación como mía”.

Y otra vez: “Mi padre murió muchas veces, primero en los desiertos de Anatolia , después en los campos de concentración. Murió cada vez que la dignidad humana fue pisada”.

“¿Alguna vez has pensado en lo que significa ver al hombre morir una, diez, cien, mil, diez mil, cien mil, un millón de veces? Verlos con tus propios ojos, allí, delante tuyo, morir con ellos y no morir, no morir sino ser destinado a llevarlos en la memoria dentro de ti por el resto de tus días”.
Sobre la tumba de Armin Wegner en Positano está la misma inscripción que el papa Gregorio VII tomó como suya: “He amado la justicia y odiado la injusticia: por eso muero en el exilio”.

Hoy aquel exilio ha terminado, no ha terminado sin embargo su tarea. Armin Wegner tomó fotografías de armenios en zonas de difícil acceso y en modo rocambolesco las llevó a Alemania.

Escribió en una carta: “Lo sé que cometo de esta manera un acto de alta traición, y sin embargo, la conciencia de haber aportado un granito de arena para ayudar a estas pobres personas, me llena de alegría más que cualquier otra cosa que haya hecho”.

En el poema Der alte Mann (El viejo), escribe: “Mi conciencia me llama a ser testigo. Yo soy la voz de los exiliados que clama en el desierto”.

Esta conciencia lo acompañará a lo largo de su vida. En Stromboli, sobre el techo de su cuarto de trabajo tiene grabadas estas palabras: “Nos dieron la tarea de trabajar en una obra, pero no de completarla”.
No se completó ni siquiera con honores: el título de Justo de las Naciones del Yad Vashem (1967) y la Orden de San Gregorio los armenios (1968).

Hoy le toca a Mischa llevar a cabo esa tarea, lo sabe muy bien. “Hoy grito yo también. En silencio pero grito yo también. Prácticamente soy un hombre herido yo también”.

miércoles, 8 de abril de 2015

Recemos por los perseguidos por su fe y levantemos nuestra voz en protesta



Open Doors ( una organización americana protestante dedicada al seguimiento de las persecuciones de los cristianos en el mundo y a la difusión global de la Biblia) en su lista de los 50 países del mundo que en 2012 atentaron específicamente contra los ciudadanos pertenecientes a confesiones cristianas, ofrece cuatro categorías: 

“Persecución extremada”: Corea del Norte, Arabia Saudita, Afganistán, Irak, Somalia, Maldivas, Mali, Irán, Yemen, Eritrea, Siria.

“Persecución severa”: Sudán, Nigeria, Pakistán, Etiopía, Uzbekistán, Libia, Laos, Turkmenistán, Qatar, Vietnam, Omán, Mauritania.

“Persecución moderada”: Uganda, Kazajistán, Kirguistán, Níger, Tanzania, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Brunei, Bután, Argelia, Túnez, la India, Myanmar, Kuwait, Jordania, Bahréin, Territorios Palestinos, China, Azerbaiyán, Marruecos, Kenia, Comoras, Malasia.

 “Persecución escasa”: Yibuti, Tayikistán, Indonesia, Colombia.

El mismo autor hace la  recomendación de que las distintas confesiones religiosas realicen  denuncias conjuntas ante distintos organismos nacionales  e internacionales y que  lo hagan con fuerza y sin complejos, buscando de manera inmediata la solidaridad de todas las confesiones cristianas, todas igualmente amenazadas, en la consecución de un mensaje poderoso y común. Esa renovación ecuménica bien se podría ver acompañada con la presencia de confesiones no cristianas potencialmente amenazadas por las mismas persecuciones. Denuncia profética ante los que practican la persecución, los que la alientan, los que la permiten o los que la comprenden.

Porque los cristianos están sufriendo y muriendo en muchas partes del mundo. Y con ellos la libertad. 
El silencio, como bien decía David Harris, no es remedio. 

Y como predicaba el pastor protestante alemán Martin Niemoller de cara a la persecución nazi:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas, y no dije nada porque no era comunista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos, y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí, pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.”


Christian persecution _

martes, 3 de febrero de 2015

¿Por qué España prohibió esclavizar en América y evangelizó por deseo real de Isabel?


Esparza explica por qué España prohibió esclavizar en América y evangelizó por deseo real de Isabel
Entre 1492 y 1560 España se abrió al mundo, descubrió, conquistó y 
pobló un espacio veinte veces mayor que la península ibérica. Además 
de una hazaña náutica y militar, aquello fue un gigantesco paso adelante 
en la construcción de la civilización cristiana.



He aquí una historia del descubrimiento y la conquista de América que no dejará a nadie indiferente. La cruzada del océano, de José Javier Esparza (ed. La Esfera), se lee como una novela de aventuras, pero en sus páginas no hay más que realidad pura y desnuda: la crónica de algo más de medio siglo, entre 1492 y 1560, durante el que España abrió al mundo, descubrió, conquistó y pobló un espacio veinte veces mayor que la península ibérica.

Por el camino, el lector descubrirá algo que pocas veces se subraya: además de una hazaña náutica y militar, aquello fue un gigantesco paso adelante en la construcción de la civilización cristiana.

- La cruzada del océano es una historia del descubrimiento y conquista de América. ¿Por qué ha elegido para el título esa palabra, “cruzada”, tan llena de polémica?
- Porque en realidad fue una cruzada. Si no formalmente, sí en la práctica. España encontró América por azar, buscando una ruta hacia las islas de las Especies. Allí no había ni ruta ni las especies que buscábamos, pero apareció otra cosa: un mundo nuevo, unos pueblos desconocidos, unas tierras infinitas… y un enorme campo de misión para la Cruz. Roma autorizó la conquista de aquel nuevo mundo con la condición de que se evangelizara a los indios. Otros lo habrían tomado a beneficio de inventario, pero los españoles se lo tomaron en serio.

- ¿Desde el principio?
- Prácticamente. El codicilo del testamento de Isabel II –y era 1504- es un documento fundamental porque habla expresamente de proteger a los nativos, evangelizarlos y tratarles bien, es decir, una prohibición inequívoca de la esclavitud.

Era la primera vez en la Historia que una potencia vencedora prohibía esclavizar a los vencidos. Fue una verdadera revolución. Y, como es lógico, se tardó mucho en que todo el mundo lo entendiera.

- ¿Hubo resistencias?
- Muchísimas. Imagínese: has cruzado el océano en esos cascarones, has entrado en guerra con pueblos de lengua incomprensible y costumbres inquietantes, has vencido, has sometido al enemigo, te has adueñado de la tierra y… ¡te dicen que no puedes hacer esclavos! Para la época, era sencillamente incomprensible.

Hoy todos damos por hecho que cualquier ser humano posee una dignidad irreductible por el hecho de existir, pero en el siglo XVI eso no lo pensaba nadie. Sólo los españoles, y ciertamente no todos.

- ¿Cómo se aplicó la ley? España estaba muy lejos…
- Sí, pero allí estaban los frailes para recordar la voluntad de la reina y la letra del Evangelio. Tan pronto como en 1511 hay una verdadera rebelión de frailes en La Española, la primera colonia. Denuncian la crueldad de los encomenderos y la corona les escuchará. A partir de ese momento hay una formidable obra legisladora para proteger a los indígenas, las Leyes de Indias: las de Burgos de 1512 y las Leyes Nuevas de 1542, entre otras. El momento culminante de ese proceso fue la Controversia de Valladolid, en 1550: Carlos I ordena detener las conquistas hasta tener la certidumbre de que está obrando conforme a la moral cristiana y para ello convoca a los mejores talentos de su tiempo. Ahí se definió por primera vez algo parecido a lo que hoy entendemos por “derechos humanos”.

- ¿No hubo entonces genocidio en América?
- Hoy nadie con una mínima información defiende eso del “genocidio indio”. Hubo una mortalidad enorme, sí. Tanto entre los indios hostiles como entre los indios aliados, y también entre los españoles. Hubo guerras, por supuesto, y explotación, y condiciones de trabajo inhumanas (las mismas que en la Europa de la época), pero la gran mortandad se produce años después de las grandes conquistas y por razones muy claras: los virus.

Los indios cayeron a mansalva por efecto de enfermedades que desconocían –viruela, peste porcina, sarampión, etc.- y los nuestros también quedaron diezmados por la malaria, el dengue, etc. Fue el mayor choque vírico de la Historia y eso está hoy sobradamente documentado.

- Ha dicho usted “indios aliados”. ¿Los había?
- Por centenares de miles. Vamos a ver: ¿de verdad cree alguien que 400 españoles, por bragados que fueran (que lo eran), iban a conquistar ellos solitos un imperio como el azteca?

En todos los episodios de la conquista, desde Colón hasta Pizarro, hay siempre decenas de tribus aliadas junto a los españoles. Eran pueblos que estaban hasta el gorro de la dominación de los mexicas o de los incas, amos verdaderamente crueles, y que recibieron a los nuestros como a libertadores. La gran mayoría de ellos se convirtieron paulatinamente al cristianismo.

- ¿Por la fuerza o de buen grado?
- En la mayor parte de los casos, porque no les quedaba otra salida. Las religiones de los pueblos amerindios eran religiones muy políticas, muy vinculadas al orden social y a la autoridad de los clanes dominantes. Caídos éstos, era inevitable que la gran masa de los nativos abandonara la religión de sus amos y abrazara la del vencedor. Entre otras cosas, porque bautizarse les liberaba de la esclavitud. Los misioneros, por su parte, se ocuparon de dar contenido a ese proceso. Es una obra verdaderamente admirable.

- ¿No hubo conversiones forzosas por la Inquisición?
La Inquisición pasó a América, pero sólo actuó contra europeos, ya se tratara de herejes o de clérigos “relajados”. Sólo hay un caso en el que actuó contra un indígena: el del cacique don Carlos, y fue un verdadero escándalo. Enseguida la propia Inquisición dictó órdenes para que se dejara a los nativos en paz, y con un argumento notable: eran “neófitos en la fe”, luego no se les podía juzgar como a un cristiano de Europa.


- A los indigenistas no les va a gustar nada este planteamiento.
- Lo que nació en la América española fue una realidad nueva: ni enteramente india, ni enteramente española. Este libro, La cruzada del océano, trata de explicar las cosas como ocurrieron, sin maniqueísmos, de tal modo que un lector de hoy pueda entenderlo poniéndose en la mentalidad de entonces. Fue una aventura humana extraordinaria, pero, incluso por encima de eso, lo más trascendental es que allí, por primera vez, se reflexionó sobre la dignidad del ser humano y se obró en consecuencia. Tal cosa fue posible porque España era, por encima de todo, un país católico. Eso fue lo que ocurrió. Y hoy hay un papa argentino.