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lunes, 20 de mayo de 2019

Estoy cansado de ser impuntual todo el tiempo, ¿qué puedo hacer para cambiar?


Padre, me molesta mucho la impuntualidad, yo mismo soy muy impuntual y suelo tener problemas por eso ¿Está mal ser impuntual?


Creo que para todos está claro que la puntualidad es una virtud.Muchas veces nos quejamos de la impuntualidad de otros, quizás cuando alguien no nos entrega un trabajo a tiempo, o cuando nos hacen esperar mucho para una cita o reunión, pero algunas veces nosotros también caemos en este defecto. Es bueno aclarar que no estamos hablando de una impuntualidad fruto de una eventualidad que escapa a nuestro control, sino del mal hábito de llegar tarde frecuentemente. Sabemos que todos los hábitos se van forjando en la constancia de practicarlos, tanto los buenos, como los malos. Por lo tanto si no tenemos la buena costumbre  de llegar a tiempo es porque no hemos sido educados en ella o no la hemos cultivado.


1. Acostumbrados a la impuntualidad

Puede ser que en nuestro medio ya estemos acostumbrados a la impuntualidad, y como alguien me decía el otro día, «es algo cultural». Refiriéndose a que es algo propio de nuestra manera de ser o de vivir, y que terminamos aceptándolo no porque nos parezca bueno sino porque ya se nos ha hecho costumbre e incluso en algunos casos ya no existe ni siquiera la conciencia de estar haciendo algo malo.
Personalmente me niego a pensar que no podemos cambiar.  Imagínate que te acostumbras a ver basura en la calle o a tener tu cuarto desordenado, el hecho de que estés acostumbrado a ello, no quiere decir que esto sea lo correcto o este bien. Por lo tanto, se trata de que comprendamos y vayamos tomando conciencia de lo fructífero que es la puntualidad, y así nos esforzaremos por cultivarla.

2. Por qué somos impuntuales con tanta frecuencia 

Tratemos de identificar la raíz del problema para de ahí dar alguna recomendación que nos pueda servir para mejorar. Mi opinión es que detrás de la impuntualidad puede haber un poco de egoísmo o desconsideración. Me refiero a dejar de pensar en el otro y pensar solo en mí. Es más, en algunos casos, el egoísmo llega al punto, que ni siquiera se considera el daño que le podamos hacer a la otra persona con nuestra tardanza. Por ejemplo pensar en el tiempo que utiliza para poder estar ahí a la hora indicada o si es que tiene alguna otra cosa que hacer y por nuestra demora o impuntualidad le dañamos los otros planes.
Por lo tanto podríamos revisar y ver qué consideraciones tomamos cuando decidimos llegar tarde, o si quizás ni siquiera pensamos y simplemente actuamos por hábitos adquiridos sin tomar conciencia de cómo mi actuar puede afectar al otro.
Voy aprovechar la ocasión para poner un ejemplo muy común, la tardanza de las novias en los matrimonios. Es un mal hábito, y una falta de consideración que hagan esperar algunas veces hasta 45 minutos, a los invitados puntuales y al sacerdote. Quizás podría alguno decir que exagero, pero no es así. Imagínate que la cosa fuera al contrario, que el sacerdote llegara una hora tarde a la celebración de la Misa. ¿Qué sucedería? A nadie le gustaría, podríamos decir que sería una irresponsabilidad y una falta de consideración hacia todas las personas.
En el fondo un acto egoísta de la persona que lo hace porque no piensa en los demás sino en él mismo. Ojo no estoy hablando de las eventualidades. Sino de acciones libres y deliberadas donde se mezcla la falta de reflexión, y de planificación. Por lo tanto ese ejemplo ilustra que la impuntualidad es una desconsideración hacia los demás.

3. ¿Cómo puedo mejorar?


En algunos casos incluso la impuntualidad puede llevar a la mentira, porque la persona tiende a justificarse, a inventarse alguna historia para ocultar su irresponsabilidad o falta de organización. ¿Cómo mejorar? Creo que escuchando nuevamente las palabras del Señor Jesús, viviendo el amor al prójimo, «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos» (Mt 7,12).Esforcémonos todos por mejorar siendo ejemplo para otros. Creo que si cultivamos al puntualidad todos ganamos.
Para reflexionar o meditar en grupo: ¿me acostumbré a ser impuntual?, ¿lo soy constantemente pero me molesta que otros lo sean conmigo?, ¿me esfuerzo verdaderamente por ser puntual en mis asuntos?
Artículo elaborado por el Padre Enrique Granados. catholic-link






























domingo, 16 de septiembre de 2018

¿Tanto cuesta llegar con puntualidad a Misa




Pues sí, la puntualidad con Dios nos cuesta. Pero me voy a ceñir un poco más a lo que mejor conozco: la puntualidad en llegar a Misa me cuesta. A mí. A los otros no sé. No me acabo de creer del todo lo que ahí anda en juego. Porque si me lo creyera a pies juntillas y mi amor no fuera tan tacaño digo yo que pondría un poquito más de interés. Digo. Al menos el mismo interés que pongo en ser puntual con mi mujer o con cualquier amigo para comer juntos, o para ir al cine con mis hijos. Pero no. ¿Dónde para el alma? ¿Dónde? La cabeza desde luego por los arrabales de la prisa, desperdigada en todas esas cosas tan importantes de la vida. Porque creemos que lo son, que cualquiera de ellas justifica el desplante a Dios. Total, ¡qué más da! Unos minutillos arriba o abajo no suponen nada. ¿Nada? Nada. ¿Qué pasa? Dios es Padre, ya sabe que voy volado o que me he levantado tarde o que llovía. Menudos somos. Perdón: menudo soy. Probablemente ustedes que me leen son bastante mejores que yo. Y más puntuales con Dios. Como debe ser.

puntualidad en la santa misa

Y te acostumbras. Igual que me acostumbro a rezar media hora más tarde el ángelus o el Regina coeli (si lo rezo), o igual que me acostumbro a zanjar mi conversación con Dios por una simple llamada de teléfono o una visita (las visitas siempre son cruciales). Así soy. Pero vuelvo con lo de la Misa. Se supone que uno es un hombre de fe. ¿Lo soy realmente? ¿Pido a Quién procede un incremento de esa fe? Porque a la vista está que dejo mucho que desear. Dios me espera. Se va a renovar el sacrificio de la Cruz. Dios se va a transubstanciar desde un poco de pan. Y vino. El Cuerpo de Cristo. Y la Sangre. Dios muere por mí… Lo siento, llego de nuevo tarde al Calvario. Este banco está bien, ni muy cerca ni muy lejos. Vaya, hace calor aquí y ya están leyendo el Evangelio. De cuando en cuando esa maldita costumbre de mirar el reloj (suele cumplirse una norma: el que llega tarde a Misa sale de la iglesia antes de que a Cristo le haya dado tiempo a dar el último suspiro). Este cura habla demasiado y no dice nada de enjundia. Tengo que salir pitando. Me esperan. O me encuentro mal o tengo que comprar el postre. Mucha prisa y poca fe. Y un amor con el que sólo me amo a mi mismo. ¿Qué es de mi alma? ¿Se puede saber en qué estoy pensando? ¿Y en Quién no estoy pensando?

Lo reconozco: es muy fácil hablar de Dios. Eso está chupado. Hasta puedes presumir de ello y ponerte medallas. Lo que ya no resulta tan fácil es seguirle, ser consecuente. Quiero decir: seguirle con propiedad y con cierta elegancia de alma. ¡Ay, el alma! Puede que la tenga adocenada, medio lela, y creerme que estoy paladeando un alto grado de la mística, cuando no soy capaz ni de llegar puntual a mi propia Redención. Cristo está dando Su vida por mí (clavado a una cruz) y mientras tanto yo estoy pendiente de la luna. ¡Seré estúpido! Y cobarde. Lo de ser puntuales en llegar a Misa es una cuestión de educación. Humana y sobrenatural. Pero sobre todo es cuestión de alma. De amor (¿en lo que respecta al amor hay asuntos menores?). De lucha. Es cuestión de creerme de verdad el Credo. ¿Me lo sé? ¿Lo rezo? ¿O muevo los labios con el mismo paripé con el que presumo de ser cristiano? Bueno, no todo está perdido. Al menos me doy cuenta, estoy a tiempo y puedo comenzar por fin a tomarme a Dios en serio. La puntualidad a la Santa Misa es un principio. Y no pequeño.

Guillermo Urbizu, ReL


 puntualidad para la santa misa



jueves, 20 de noviembre de 2014

Me distraje en la Misa




Ricardo Reyes Castillo




En nuestro Blog anterior hemos dicho que es fácil distraerse al inicio de la Misa, con pensamientos y preocupaciones sobre las mil cosas pendientes por hacer; y así, lo primero que puede pasar desapercibido es el Acto Penitencial, que es un momento propicio para detenerse y ver cuál es la realidad que estamos viviendo. Es evidente que no es fácil reconocer, en cinco segundos, quiénes somos y dónde estamos; por esto siempre digo a las personas de mi Parroquia que es importantísimo prepararse antes de venir a Misa.

Antes de ir al supermercado, por ejemplo, nuestras madres, prudentes, suelen preparar una lista según lo que se requiere en casa, ya que es inútil ir si no se sabe qué se necesita. Algo similar ocurre en la Misa; necesito haber reflexionado con anterioridad, para tener claro dónde debo pedir al Señor que me sane y me ayude a descubrir Su amor en mi vida.

La dificultad que tenemos en reconocer nuestras faltas no se limita al factor tiempo, sino que surge de algo mucho más profundo en nosotros, que con frecuencia tratamos de esconder. Con relación al último artículo que escribí, hace algunos días un amigo me comentaba que él llega siempre tarde a Misa, agregando como excusa que es debido a la impuntualidad de su esposa.

Esa anécdota me hizo recordar uno de los primeros episodios de la Biblia, donde Dios se pasea por el jardín buscando a Adán, quien en cambio se esconde porque ha pecado y tiene miedo. A un cierto punto le pregunta Dios: «Adán, ¿Dónde estás? ¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?», pero él no logra aceptar haberse equivocado y, ¿qué hace? Acusa a Eva y dice: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí». Dios aún trata de salvarlos preguntando a Eva la misma cosa: «¿Por qué lo has hecho?», pero ella es incapaz de aceptar sus errores y acusa a la serpiente: «La serpiente me sedujo y yo comí».  Recuerden siempre que quien acusa, esconde.

Asimismo nosotros, en este momento de la celebración Eucarística, en el Acto Penitencial, no estamos llamados a justificarnos, ni a ser acusadores, sino más bien a reconocer con humildad cada una de nuestras fragilidades. Adán y Eva no habían entendido que Dios los estaba buscando, no para condenarlos, sino para manifestarles Su amor y Su infinita misericordia.




Recapitulando: mientras el pecado nos lleva a taparnos y a  escondernos, acusando al otro como culpable de nuestros sufrimientos, el desnudarnos ante Dios, reconociendo nuestra condición de pecadores –Acto Penitencial–, nos conduce a experimentar el poder de Su infinito amor misericordioso. La celebración de la Santa Misa es un encuentro maravilloso con la ternura de aquel Dios que no nos abandona nunca, sino más bien, nos espera desde siempre para mostrarnos la dulzura de su compañía.