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En el Evangelio de hoy vemos
un cambio radical en la forma en que se recibe a Jesús. Al principio,
cuando regresa a su ciudad natal, Nazaret, y comienza a hablar, la
multitud está llena de admiración: "se maravillaban de las palabras
llenas de gracia que salían de su boca". Se maravillan de su
elocuencia y de la belleza de su mensaje. Pero ese entusiasmo no dura
mucho. Pronto cunde el escepticismo: “¿No es este el hijo de José?”.
Entonces, el escepticismo se convierte en ira descarada e intención
asesina: "lo llevaron al borde de la colina… para tirarlo por el
precipicio". La multitud pasó rápidamente del asombro a la
duda y, luego, a la ira. Pasaron muy rápidamente, en cuestión de unas
pocas horas, de un estado emocional a otro.
Su reacción se parece quizás
más a nuestra propia experiencia de lo que nos gustaría admitir. Nosotros
también podemos pasar el día pasando de un estado emocional a otro. Nos
levantamos sintiéndonos optimistas y llenos de energía, pero basta con un
correo electrónico inesperado, una conversación difícil o una mala
noticia para que nos sintamos desconcertados. Un poco más tarde, una
palabra amable de un amigo nos levanta el ánimo de nuevo. Por la tarde
podemos sentirnos cansados o desanimados, pero recuperamos la paz tras un
paseo, una oración o, simplemente, compartir una comida con alguien a
quien queremos. Nuestras emociones cambian constantemente, a menudo
moldeadas por circunstancias que escapan a nuestro control. El Evangelio
de hoy nos invita con delicadeza a preguntarnos si nuestra fe es
igualmente cambiante, o si permanece arraigada en Cristo, incluso cuando
nuestros sentimientos tienen sus altibajos.
El extraordinario dibujo de
Leonardo da Vinci Un diluvio, que actualmente forma parte de la Colección
Real y forma parte de una serie de estudios apocalípticos realizados
durante los últimos años de su vida, plasma este vaivén de la experiencia
humana con una fuerza extraordinaria. A primera vista, el dibujo parece
casi caótico. El agua cae con fuerza desde el cielo, los árboles se
doblan bajo la fuerza del viento, los muros se derrumban y todo el
paisaje parece disolverse en un remolino. Sin embargo, cuanto más lo
miramos, más nos damos cuenta de que no se trata en absoluto de un caos
aleatorio. Leonardo, siempre tanto científico como artista, observó con
atención el movimiento de las nubes, la lluvia, el agua y el viento,
transformando la violencia de la naturaleza en una composición de notable
armonía y belleza.
Quizás por eso este dibujo
nos hace pensar tanto en la lectura del Evangelio de hoy. Nuestras
emociones a menudo pueden parecerse a este paisaje turbulento: la alegría
da paso a la decepción, la paz se convierte en ansiedad, la confianza se
desvanece en la duda. Podemos sentirnos arrastrados por fuerzas que
escapan a nuestro control. Sin embargo, Leonardo nos recuerda que, bajo
lo que parece confusión, sigue existiendo un orden subyacente. Dios ve el
panorama completo, incluso cuando nosotros solo vemos la tormenta. Las
multitudes del Evangelio de hoy se dejaron llevar por las corrientes
cambiantes de las emociones. Cristo, por el contrario, se mantuvo firme.
Su misión no fluctuaba al ritmo de las reacciones de quienes le rodeaban.
El Evangelio nos invita con delicadeza a buscar esa misma estabilidad
interior, permitiendo que nuestras vidas se anclen no en nuestras
emociones pasajeras, sino en la presencia inmutable de Dios.
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