Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta Carta a los Gálatas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carta a los Gálatas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de noviembre de 2021

¿El cansancio frena tu entusiasmo? ¡Despierta a Cristo e invoca el Espíritu Santo!, anima el Papa


 

El Papa Francisco ha impartido este domingo su última catequesis sobre la Carta de San Pablo a los Gálatas, en las que el apóstol “nos ha hablado como evangelizador, como teólogo y como pastor”, dijo el Papa.

“Podemos decir que el apóstol Pablo ha sido capaz de dar voz” al silencio de Dios, añadió. Se dirigió a "una comunidad perdida y confundida", usando “métodos diferentes”: “usó de vez en cuando la ironía, el rigor, la mansedumbre… Reclamó su propia autoridad de apóstol, pero al mismo tiempo no escondió la debilidad de su carácter”.

San Pablo defendió “la libertad llevada por Cristo con una pasión que todavía hoy conmueve”, explicó a los cristianos que “que también ellos estaban llamados a esa libertad, que les liberaba de toda forma de esclavitud, porque les hacía herederos de la promesa antigua y, en Cristo, hijos de Dios”.

“Reiteró con parresía, es decir, con coraje, a los creyentes que la libertad no equivale en absoluto a libertinaje, ni conduce a formas de presuntuosa autosuficiencia. Al contrario, Pablo ha puesto la libertad en la sombra del amor y ha establecido su coherente ejercicio en el servicio de la caridad”, añadió el Pontífice.

Francisco destacó la enseñanza de Pablo: que “la verdadera Ley tiene su plenitud en esta vida del Espíritu que nos ha dado Jesús”, y que “esta vida del Espíritu sólo puede vivirse en libertad”. “La libertad cristiana. Y esta es una de las cosas más hermosas. Más bellas.”

¿Qué hacer ante la falta de entusiasmo?

“Tocamos con la mano cada día lo difícil que es ser dóciles al Espíritu”, admitió el Papa. Puede “surgir el cansancio que frena el entusiasmo”. Desanimados, débiles, a veces marginados respecto al estilo de vida según la mentalidad mundana...

Ante ese problema , el Papa acude a un antiguo sermón de San Agustín que alude a la escena en que Cristo duerme en la barca en medio de la tormenta.

«La fe en Cristo en tu corazón es como Cristo presente en la nave. Escuchas insultos, te fatigas, te turbas: Cristo está dormido. ¡Despierta a Cristo, despierta tu fe! Algo puedes hacer, al menos cuando estés turbado: ¡despierta tu fe! Despierte Cristo y te diga… Despierta, pues, a Cristo… Cree lo dicho y se producirá en tu corazón una gran bonanza», dice el sermón de San Agustín (Sermones 163/B 6).

Así, el Papa anima a “despertar a Cristo en nuestro corazón” porque así “podremos contemplar con su mirada”, puesto que Él “ve más allá de la tormenta”. “A través de esa mirada serena, podemos ver un panorama que, solos, ni siquiera es concebible vislumbrar.”

“En este camino exigente pero fascinante, el Apóstol nos recuerda que no podemos permitirnos ningún cansancio en el hacer el bien”, continuó el Papa, animando a no cansarnos de “hacer el bien”.

"Espíritu Santo, ven"... pero con tus palabras

El Papa añadió que “debemos confiar que el Espíritu siempre viene a ayudar en nuestra debilidad y nos concede el apoyo que necesitamos”.

“¡Por tanto, aprendamos a invocar más a menudo al Espíritu Santo! "Y, padre, ¿cómo se invoca al Espíritu Santo? Porque sé rezar al Padre, con el Padre Nuestro; sé rezar a la Virgen con el Ave María; sé rezar a Jesús con la Oración de las Llagas, pero al Espíritu... ¿Cuál es la oración del Espíritu Santo? La oración al Espíritu Santo es espontánea: debe nacer de tu corazón. Debes pedir en los momentos de dificultad: "Espíritu Santo, ven. La palabra clave es esta: venir. Ven. Pero debes decirlo con tu lenguaje, con tus palabras. Ven porque estoy en dificultades, ven porque estoy en la oscuridad, en las tinieblas; ven porque no sé qué hacer; ven porque estoy a punto de caer. Ven. Ven. Es la palabra del Espíritu. Llama al Espíritu. Aprendamos a invocar al Espíritu Santo más a menudo.”

Con palabras “sencillas”, en distintos momentos del día, se puede decir la oración que la Iglesia recita en Pentecostés (la secuencia de Pentecostés):

«Ven Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido.
Luz que penetras las almas,
fuente del mayor consuelo…».

El Papa insiste en que incluso si alguien no tiene a mano el texto de esta oración, lo principal es orar como la Virgen y los Apóstoles en el Cenáculo: "ven, Espíritu Santo".

“Nos hará bien rezarla a menudo. Ven, Espíritu Santo. Y con la presencia del Espíritu salvaguardamos la libertad. Seremos libres, cristianos libres, no apegados al pasado en el feo sentido de la palabra, no encadenados a las prácticas. La libertad cristiana, que nos hace madurar.”

Nos ayudará esta oración – concluyó asegurando el Santo Padre - a caminar en el Espíritu, en la libertad y en la alegría, porque cuando viene el Espíritu Santo viene la alegría, la verdadera alegría. “Que el Señor los bendiga”.

ReL

























miércoles, 20 de octubre de 2021

«Mi libertad termina donde empieza la tuya»: el Papa explica por qué esta expresión está equivocada


 

El Papa Francisco prosiguió este miércoles con su catequesis en la Audiencia General sobre la carta de San Pablo a los Gálatas donde profundizó nuevamente en la “libertad de la fe” y destacando la espontaneidad y la libertad de los niños, como el que se le acercó para pedirle el solideo, habló de la “valentía de acercarse al Señor, de estar abiertos al Señor, de no tener miedo del Señor”.

El Pontífice señaló que el apóstol en esta carta va poco a poco introduciendo “la gran novedad de la fe”, y es una “novedad” –agregó el Papa- “porque no renueva sólo algún aspecto de la vida, sino que nos lleva dentro de esa ‘vida nueva’ que hemos recibido con el Bautismo”.

“Hemos pasado de la esclavitud del miedo y del pecado a la libertad de los hijos de Dios. Otra vez la palabra libertad”, agregó el Papa.

Con esta nueva catequesis, Francisco quiso explicar “cuál es para el apóstol el corazón de esta libertad”.

“Pablo afirma que la libertad está lejos de ser ‘un pretexto para la carne’ (Gal 5,13): la libertad no es un vivir libertino, según la carne o según el instinto, los deseos individuales y los propios impulsos egoístas; al contrario, la libertad de Jesús nos conduce a estar —escribe el apóstol— ‘al servicio los unos de los otros’”, añadió el Papa.

De este modo, recalcó que “la libertad en Cristo tiene alguna ‘esclavitud’, alguna dimensión que nos lleva al servicio, a vivir para los otros. La verdadera libertad, en otras palabras, se expresa plenamente en la caridad. Una vez más nos encontramos delante de la paradoja del Evangelio: somos libres en el servir, no en el hacer lo que queremos. Somos libres en el servir, y ahí viene la libertad; nos encontramos plenamente en la medida en que nos donamos. Nos encontramos plenamente a nosotros en la medida en que nos donamos, tenemos la valentía de donarnos; poseemos la vida si la perdemos. Esto es Evangelio puro”.

Pero esta paradoja, ¿cómo se explica?, preguntó Francisco. A su juicio, la respuesta de San Pablo es “tan sencilla como comprometedora”: “Mediante el amor”.

El Papa Francisco, con un grupo de monjas

Por ello, recordó que “no hay libertad sin amor. La libertad egoísta del hacer lo que quiero no es libertad, porque vuelve sobre sí misma, no es fecunda. Es el amor de Cristo que nos ha liberado y también es el amor que nos libera de la peor esclavitud, la del nuestro yo; por eso la libertad crece con el amor”.

Sin embargo, Francisco alertó que este amor no es el de “telenovela” ni el de la “pasión que busca simplemente lo que nos apetece y nos gusta”. Se trata del “amor que vemos en Cristo, la caridad: este es el amor verdaderamente libre y liberador”.

“Para Pablo la libertad no es ‘hacer lo que me apetece y me gusta’. Este tipo de libertad, sin un fin y sin referencias, sería una libertad vacía, una libertad de circo: no funciona. Y de hecho deja el vacío dentro: cuántas veces, después de haber seguido solo el instinto, nos damos cuenta de quedar con un gran vacío dentro y haber usado mal el tesoro de nuestra libertad, la belleza de poder elegir el verdadero bien para nosotros y para los otros”, añadió Francisco.

Así, expresó que “la verdadera libertad nos libera siempre, sin embargo cuando buscamos esa libertad de ‘lo que me gusta y no me gusta’, al final permanecemos vacíos”.

En resumen, “si la libertad no está al servicio —este es el test— si la libertad no está al servicio del bien corre el riesgo de ser estéril y no dar fruto. Sin embargo, la libertad animada por el amor conduce hacia los pobres, reconociendo en sus rostros el de Cristo. Por eso el servicio de los unos hacia los otros permite a Pablo, escribiendo a los Gálatas, subrayar algo de ninguna manera secundario”.

Francisco recordó que una las expresiones modernas más difundidas sobre la libertad es esta: “mi libertad termina donde empieza la tuya”. “¡Pero aquí falta la relación, el vínculo! Es una visión individualista. Sin embargo, quien ha recibido el don de la liberación obrada por Jesús no puede pensar que la libertad consiste en el estar lejos de los otros, sintiéndoles como molestia, no puede ver el ser humano encaramado en sí mismo, sino siempre incluido en una comunidad. La dimensión social es fundamental para los cristianos, y les consiente mirar al bien común y no al interés privado”, respondió el Papa.








miércoles, 8 de septiembre de 2021

PAPA FRANCISCO AUDIENCIA GENERAL Aula Pablo VI Miércoles, 8 de septiembre de 2021


 

Catequesis 8. Somos hijos de Dios

Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Proseguimos nuestro itinerario de profundización de la fe —de nuestra fe—- a la luz de la Carta de san Pablo a los Gálatas. El apóstol insiste con esos cristianos para que no olviden la novedad de la revelación de Dios que se les ha anunciado. Plenamente de acuerdo con el evangelista Juan (cf. 1 Jn 3,1-2), Pablo subraya que la fe en Jesucristo nos ha permitido convertirnos realmente en hijos de Dios y también en sus herederos. Nosotros, los cristianos, a menudo damos por descontado esta realidad de ser hijos de Dios. Sin embargo, siempre es bueno recordar de forma agradecida el momento en el que nos convertimos en ello, el de nuestro bautismo, para vivir con más consciencia el gran don recibido.

Si yo hoy preguntara: ¿quién de vosotros sabe la fecha de su bautismo?, creo que las manos levantadas no serían muchas. Y sin embargo es la fecha en la cual hemos sido salvados, es la fecha en la cual nos hemos convertido en hijos de Dios. Ahora, aquellos que no la conocen que pregunten al padrino, a la madrina, al padre, a la madre, al tío, a la tía: “¿Cuándo fui bautizado? ¿Cuándo fui bautizada?”; y recordar cada año esa fecha: es la fecha en la cual fuimos hechos hijos de Dios. ¿De acuerdo? ¿Haréis esto? [responden: ¡sí!] Es un “sí” así ¿eh? [ríen] Sigamos adelante…

De hecho, una vez «llegada la fe» en Jesucristo (v. 25), se crea la condición radicalmente nueva que conduce a la filiación divina. La filiación de la que habla Pablo ya no es la general que afecta a todos los hombres y las mujeres en cuanto hijos e hijas del único Creador. En el pasaje que hemos escuchado él afirma que la fe permite ser hijos de Dios «en Cristo» (v. 26): esta es la novedad. Es este “en Cristo” que hace la diferencia. No solamente hijo de Dios, como todos: todos los hombres y mujeres somos hijos de Dios, todos, cualquiera que sea la religión que tenemos. No. Pero “en Cristo” es lo que hace la diferencia en los cristianos, y esto solamente sucede en la participación a la redención de Cristo y en nosotros en el sacramente del bautismo, así empieza. Jesús se ha convertido en nuestro hermano, y con su muerte y resurrección nos ha reconciliado con el Padre. Quien acoge a Cristo en la fe, por el bautismo es “revestido” por Él y por la dignidad filial (cf. v. 27).

San Pablo en sus Cartas hace referencia en más de una ocasión al bautismo. Para él, ser bautizados equivale a participar de forma efectiva y real en el misterio de Jesús. Por ejemplo, en la Carta a los Romanos llegará incluso a decir que, en el bautismo, hemos muerto con Cristo y hemos sido sepultados con Él para poder vivir con Él (cf. 6,3-14). Muertos con Cristo, sepultados con Él para poder vivir con Él. Y esta es la gracia del bautismo: participar de la muerte y resurrección de Jesús. El bautismo, por tanto, no es un mero rito exterior. Quienes lo reciben son transformados en lo profundo, en el ser más íntimo, y poseen una vida nueva, precisamente esa que permite dirigirse a Dios e invocarlo con el nombre “Abbà”, es decir “papá”. “¿Padre?” No, “papá” (cf. Gal 4,6).

El apóstol afirma con gran audacia que la identidad recibida con el bautismo es una identidad totalmente nueva, como para prevalecer sobre las diferencias que existen a nivel étnico-religioso. Es decir, lo explica así: «ya no hay judío ni griego»; y también a nivel social: «ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer» (Ga 3,28). Se leen a menudo con demasiada prisa estas expresiones, sin acoger el valor revolucionario que poseen. Para Pablo, escribir a los gálatas que en Cristo “no hay judío ni griego” equivalía a una auténtica subversión en ámbito étnico-religioso. El judío, por el hecho de pertenecer al pueblo elegido, era privilegiado respecto al pagano (cf. Rm 2,17-20), y el mismo Pablo lo afirma (cf. Rm 9,4-5). No sorprende, por tanto, que esta nueva enseñanza del apóstol pudiera sonar como herética. “¿Pero cómo, iguales todos? ¡Somos diferentes!”. Suena un poco herético, ¿no? También la segunda igualdad, entre “libres” y “esclavos”, abre perspectivas sorprendentes. Para la sociedad antigua era vital la distinción entre esclavos y ciudadanos libres. Estos gozaban por ley de todos los derechos, mientras a los esclavos no se les reconocía ni siquiera la dignidad humana. Esto sucede también hoy: mucha gente en el mundo, mucha, millones, que no tienen derecho a comer, no tienen derecho a la educación, no tienen derecho al trabajo: son los nuevos esclavos, son aquellos que están en las periferias, que son explotados por todos. También hoy existe la esclavitud. Pensemos un poco en esto. Nosotros negamos a esta gente la dignidad humana, son esclavos. Así, finalmente, la igualdad en Cristo supera la diferencia social entre los dos sexos, estableciendo una igualdad entre hombre y mujer entonces revolucionaria y que hay necesidad de reafirmar también hoy. Es necesario reafirmarla también hoy. ¡Cuántas veces escuchamos expresiones que desprecian a las mujeres! Cuántas veces hemos escuchado: “Pero no, no hagas nada, [son] cosas de mujeres”. Pero mira que hombre y mujer tienen la misma dignidad, y hay en la historia, también hoy, una esclavitud de las mujeres: las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Debemos leer lo que dice Pablo: somos iguales en Cristo Jesús.

Como se puede ver, Pablo afirma la profunda unidad que existe entre todos los bautizados, a cualquier condición pertenezcan, sean hombres o mujeres, iguales, porque cada uno de ellos, en Cristo, es una criatura nueva. Toda distinción se convierte en secundaria respecto a la dignidad de ser hijos de Dios, el cual con su amor realiza una verdadera y sustancial igualdad. Todos, a través de la redención de Cristo y el bautismo que hemos recibido, somos iguales: hijos e hijas de Dios. Iguales.

Hermanos y hermanas, estamos por tanto llamados de forma más positiva a vivir una nueva vida que encuentra en la filiación con Dios su expresión fundamental. Iguales por ser hijos de Dios, e hijos de Dios porque nos ha redimido Jesucristo y hemos entrado en esta dignidad a través del bautismo. Es decisivo también para todos nosotros hoy redescubrir la belleza de ser hijos de Dios, ser hermanos y hermanas entre nosotros porque estamos insertos en Cristo que nos ha redimido. Las diferencias y los contrastes que crean separación no deberían tener morada en los creyentes en Cristo. Y uno de los apóstoles, en la Carta de Santiago, dice así: “Estad atentos a las diferencias, porque vosotros no sois justos cuando en la asamblea (es decir en la misa) entra uno que lleva un anillo de oro, está bien vestido: ‘¡Ah, adelante, adelante!’, y hacen que se siente en el primer lugar. Después, si entra otro que, pobrecillo, apenas se puede cubrir y se ve que es pobre, pobre, pobre: ‘sí, sí, siéntate ahí, al fondo’”. Estas diferencias las hacemos nosotros, muchas veces, de forma inconsciente. No, somos iguales. Nuestra vocación es más bien la de hacer concreta y evidente la llamada a la unidad de todo el género humano (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 1). Cualquier cosa que agrave las diferencias entre las personas, causando a menudo discriminaciones, todo esto, delante de Dios, ya no tiene consistencia, gracias a la salvación realizada en Cristo. Lo que cuenta es la fe que obra siguiendo el camino de la unidad indicado por el Espíritu Santo. Y nuestra responsabilidad es caminar decididamente por este camino de igualdad, pero igualdad que es sostenida, que ha sido hecha por la redención de Jesús.

Gracias. Y no os olvidéis, cuando volváis a casa: “¿Cuándo fui bautizada? ¿Cuándo fui bautizado?”. Preguntad, para recordar esta fecha. Y también celebrar cuando llegue la fecha. Gracias.


 

Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Los invito a redescubrir la belleza de ser hijos e hijas de Dios, y a dar gracias por el don recibido en el bautismo, que nos hace hermanos y hermanas en Cristo, miembros de la Iglesia y partícipes de su misión en el mundo.

Y en este día, los cubanos celebran a su Patrona y Madre, la Virgen de la Caridad del Cobre. Con un recuerdo agradecido de mi peregrinación a su Santuario, en septiembre de 2015, quiero presentar nuevamente a los pies de la Virgen de la Caridad la vida, los sueños, las esperanzas y dolores del pueblo de Cuba. Que dondequiera que haya hoy un cubano, experimente la ternura de María, y que Ella los conduzca a todos hacia Cristo, el Salvador.

Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.


 

Llamamiento

El próximo 11 de septiembre en Etiopía se celebrará el Año Nuevo. Dirijo al pueblo etíope mi más cordial y afectuoso saludo, de forma particular a los que sufren a causa del conflicto actual y de las graves situaciones humanitarias causadas por él. Que este sea un tiempo de fraternidad y de solidaridad en el que escuchar el común deseo de paz.


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la Carta a los Gálatas, san Pablo nos recuerda que somos hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Así, el bautismo nos reviste de una nueva dignidad, nos hace hermanos en Cristo, lo que nos permite dirigirnos a Dios con confianza y llamarlo “Padre” o “Papá”. Además, al insistir en la novedad de la revelación y la filiación divina, san Pablo afirma que hay una profunda unidad entre todos los bautizados, que va más allá de la condición cultural, social o religiosa, porque cada uno es una criatura nueva en Cristo.

En este sentido, el Apóstol nos enseña que cualquier diferencia que se establezca entre las personas es secundaria respecto a la dignidad de hijos de Dios. Por eso los creyentes nunca deberían dar espacio a lo que separa, a lo que discrimina, sino a todo lo que favorece la llamada de Dios a la unidad y a la fraternidad. Por tanto, el fundamento de la verdadera igualdad entre todos los miembros de la gran familia humana, es esa nueva dignidad de hijos y herederos en Cristo.






























miércoles, 18 de agosto de 2021

Francisco en la Audiencia: ¿Vivimos bajo el poder de la Ley o como hijos de Dios?



¿Cuál es, según la Carta a los Gálatas, el papel de la Ley? Con esta pregunta el papa Francisco comienza la catequesis correspondiente a este 18 de agosto, durante la Audiencia General.

El Papa Francisco, en la catequesis de la Audiencia General de este 18 de agosto se pregunta por el papel de la Ley en la Carta a los Gálatas (Gal 3, 23-25). Seguidamente afirma: “En el pasaje que hemos escuchado, Pablo sostiene que la Ley ha sido como un pedagogo. Es una bonita imagen, que merece ser comprendida en su auténtico significado”.

Para comprender el auténtico significado de la ley en el pensamiento paulino, el Papa subraya que “El apóstol parece sugerir a los cristianos dividir la historia de la salvación, y también su historia personal, en dos momentos: antes de haberse hecho creyentes y después de haber recibido la fe”.

Antes y después de la Ley

Entre el antes y el después está el evento de la muerte y resurrección de Jesús.  “Por tanto, afirma el Papa, a partir de la fe en Cristo hay un “antes” y un “después” respecto a la misma Ley. La historia precedente está determinada por el estar “bajo la Ley”; la sucesiva va vivida siguiendo al Espíritu Santo (cfr Gal 5,25).

El Papa llama la atención sobre una expresión utilizada por Pablo: estar “bajo la Ley” y afirma: “El Apóstol lo explicita diciendo que cuando uno está “bajo la Ley” se está como “vigilado” o “cerrado”, una especie de custodia preventiva. Este tiempo, dice San Pablo, ha durado mucho, y se perpetúa hasta que se vive en el pecado”.


El Papa: vacunarse es un acto de amor

En un videomensaje dirigido a los pueblos de América Latina, Francisco invita a vacunarse contra el coronavirus: un gesto sencillo pero profundo para un futuro mejor. Los prelados ...

Francisco subraya que “la Ley lleva a definir la trasgresión y hacer a las personas conscientes del propio pecado. Es más, como enseña la experiencia común, el precepto termina por estimular la trasgresión” y añade: “De forma lapidaria, Pablo fija su visión de la Ley: «El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley» (1 Cor 15,56).

El rol pedagógico de la Ley

El Papa recuerda la función del pedagogo en la antigüedad, que es diferente de la actual: “se trataba de un esclavo que tenía el encargo de acompañar al hijo del amo cuando iba donde el maestro y después acompañarlo de nuevo a casa. Así tenía que protegerlo de los peligros y vigilarlo para que no asumiera comportamientos inadecuados. Su función era más bien disciplinaria. Cuando el joven se convertía en adulto, el pedagogo cesaba sus funciones. El pedagogo al que se refiere Pablo no era el maestro, no: [era] el que acompañaba al niño a la escuela, lo supervisaba y lo llevaba a casa”.

Función positiva de la Ley

En este sentido, dice el Papa, la función pedagógica de la Ley, la Torah, con el pueblo israelita, si bien tuvo elementos restrictivos, “al mismo tiempo había protegido a su pueblo, lo había educado, disciplinado y sostenido en su debilidad, especialmente la protección frente al paganismo; había tantas actitudes paganas en aquellos días”.

Por lo tanto, para el apóstol Pablo, afirma Francisco, “la Ley posee ciertamente su propia función positiva, pero limitada en el tiempo. No se puede extender su duración más allá de toda medida, porque está unida a la maduración de las personas y a su elección de libertad. Una vez que se alcanza la fe, la Ley agota su valor propedéutico y debe ceder el paso a otra autoridad”.

El papa llama la atención de los fieles al afirmar: “¿Qué significa esto? Que cuando se acabe la ley podamos decir: "Creemos en Jesucristo y hacemos lo que queremos..." ¡No! Los mandamientos están ahí, pero no nos justifican. Lo que nos justifica es Jesucristo. Los mandamientos hay que cumplirlos, pero no nos hacen justicia; está la gratuidad de Jesucristo, el encuentro con Jesucristo que nos justifica gratuitamente. El mérito de la fe es recibir a Jesús. El único mérito: abrir el corazón. ¿Y qué hacemos con los mandamientos? Consérvalos, pero como ayuda para el encuentro con Jesucristo”.

Vivir como hijos de Dios

El Obispo de Roma invita a ver la enseñanza sobre el valor de la Ley con cuidado y así evitar malentendidos y dar pasos en falso:

Nos hará bien preguntarnos si todavía vivimos en el período en que necesitamos la Ley, o si somos bien conscientes de que hemos recibido la gracia de convertirnos en hijos de Dios para vivir en el amor. ¿Cómo vivo? ¿Con el temor de que si no lo hago iré al infierno? ¿O también vivo con esa esperanza, con esa alegría de la gratuidad de la salvación en Jesucristo? Es una hermosa pregunta. Y también la segunda: ¿desprecio los mandamientos? No, no lo sé. Los observo, pero no como absolutos, porque sé que lo que me justifica es Jesucristo.