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sábado, 26 de septiembre de 2026

León XIV responde en la UNESCO a la pregunta que ninguna IA sabe contestar

Reflexionó acerca de lo que hace verdaderamente humano la hombre.

El Papa León visitó la sede de la UNESCO en una de sus primeras paradas en su viaje a Francia.

El Papa León visitó la sede de la UNESCO en una de sus primeras paradas en su viaje a Francia.EWTN/Aciprensa.


León XIV pronunció este viernes en la sede de la UNESCO en París un discurso articulado en torno a una pregunta que, según dijo, «reclama con urgencia una respuesta»: ¿qué significa ser humano? Era la primera vez que un Papa intervenía ante la organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura desde que lo hiciera Juan Pablo II en 1980. 

En la primera jornada de su viaje apostólico a Francia, el Pontífice denunció la paradoja de una época que llama «inteligentes» a las máquinas mientras mide a las personas por lo que producen. También pidió a la comunidad internacional una protección especial para niños y jóvenes en la era digital.

Cuarenta y seis años después

La visita, por invitación del director general, Khaled El-Enany, llega en un momento delicado para la institución, que arrastra una grave crisis presupuestaria tras la salida de Estados Unidos en 2025. Llega también en vísperas de un aniversario: en 2027 se cumplirán 75 años de la presencia de la Santa Sede en la UNESCO, donde mantiene una misión de observación permanente desde 1952.

El Papa habló en francés y en inglés, y fue el único discurso bilingüe de todo el viaje. Arrancó recogiendo el testigo de su predecesor polaco, que en aquella misma sala recordó que “genus humanum arte et ratione vivit”, es decir, que el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. 

A partir de ahí, invitó a los presentes a ver la UNESCO “no solo como una organización internacional ilustre, sino también como un lugar donde la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro”.

Además, quiso que los presentes reflexionaran sobre la cuestión de ser de todo su trabajo en esta institución: «Ninguna educación es completa si no habla de la cuestión del sentido».

Hijos, pobres y libres

El corazón del discurso fue una respuesta en tres tiempos a la gran pregunta. El primero: «Antes que nada, la persona humana es alguien que es concebido y nace. Por eso, ser humano significa, en primer lugar, ser hijo. Ninguno de nosotros eligió serlo». De ahí extrae algo que, advirtió, no es solo biológico sino ético: si todos somos hijos, todos somos hermanos.

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El segundo: «Todos nacemos desnudos y necesitados. Somos pobres de nacimiento, necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afecto». Olvidarlo tiene consecuencias. La vida deja entonces de entenderse como un don y pasa a verse como una mercancía, un producto que explotar.

El tercero es la libertad, cuya belleza, dijo el Papa, «tiene un nombre: justicia». Cuando esa libertad degenera en arbitrariedad o sed de poder, llega lo peor: «la más terrible de las “obras humanas” es la guerra, porque entonces la propia ciencia se pone al servicio de una voluntad inhumana de destruir y de matar».

León XIV rescató entonces la frase más célebre de la Constitución de la UNESCO, escrita tras la Segunda Guerra Mundial: «Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz». 

Recordó que la humanidad aprendió entonces, a un precio altísimo, que «el progreso científico, separado de la sabiduría, puede convertirse en un arma de destrucción». Añadió que la cultura sometida a la ideología degenera en propaganda, y que la educación que abandona la verdad acaba siendo «un instrumento para manipular las conciencias».

La paradoja de las máquinas «inteligentes»

El pasaje sobre la tecnología fue, probablemente, el más afilado. «Mientras se atribuye “inteligencia” a sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas humanas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando ya no se consideran productivas, son rechazadas y descartadas», afirmó.

Frente a esa lógica, el Papa defendió una dignidad que no depende de las capacidades ni se pierde con la enfermedad, «ni siquiera ante la muerte». 

Sobre la inteligencia artificial fue claro: estos sistemas «pueden correlacionar datos», pero no responder a las preguntas sobre el sentido de la vida. «Y sin embargo, los seres humanos no pueden vivir sin sentido. El sentido es el oxígeno de la mente». Dicho de otro modo, la IA sabe dónde está cada dato, pero no sabe para qué está nadie.

Vinculó también la verdad con la justicia social. Sin ella, dijo, el lenguaje queda a merced de la violencia y del capricho de los poderosos. Los que mandan invocan la ley «cuando sirve a sus intereses» y la ignoran «cuando los limita», tratando la justicia «como si fuera una mercancía que se compra y se vende». Y pidió expresamente proteger a niños y jóvenes, porque en la era digital «su vulnerabilidad nunca debe convertirse en una oportunidad de explotación».

Babel o Pentecostés

Para cerrar el diagnóstico, León XIV recurrió a dos imágenes bíblicas. En primer lugar, y como recordó en su primera encíclica Magnifica humanitas, Babel representa la unidad impuesta por la dominación, y la historia enseña que «muchos imperios se han deleitado en su poder antes de ser consumidos por él y derrumbarse como una torre». 

Esa tentación, advirtió, reaparece hoy en una globalización sin fraternidad, en formas «rapaces» de neocolonialismo, en imposiciones ideológicas y en los «contactos sin vínculos» que reducen la vida a comercio.

La alternativa es la plaza de Pentecostés, donde cada uno escuchó el mensaje en su propia lengua. «La comunión no suprime en modo alguno la diversidad», subrayó. «No es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, lo que hace posible esa comunión entre todos los pueblos».

También dejó una vara de medir para todos los discursos sobre dignidad humana: el cuidado de los últimos. Mencionó a los niños «en el seno de sus madres y en los diversos escenarios de guerra», a las personas con discapacidad, a los ancianos, a los migrantes y refugiados, y a todos los excluidos «con arrogancia» por improductivos. Por eso, concluyó, la crisis ecológica actual es en el fondo una crisis antropológica.

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Una virtud rara: la confianza

En la parte final, de nuevo en francés, el Papa no esquivó la crisis del multilateralismo. Las instituciones internacionales, reconoció, atraviesan una crisis de eficacia, sobre todo cuando el diálogo se ve como un freno o como una forma de hipocresía. Su receta fue promover «una virtud tan rara como deseada: la confianza», sin caer en un optimismo ingenuo. «Cada niño que nace trae esperanza», recordó.

Reivindicó también el papel «culturalmente necesario e insustituible» de las religiones, que ayudan a la humanidad a buscar un destino que no es la muerte: «No estamos en camino hacia la nada». Sus últimas palabras fueron para los jóvenes, que son, dijo, quienes observan con más atención lo que hacen los adultos.

En una casa acostumbrada a catalogar patrimonios de la humanidad, León XIV vino a recordar cuál es el primero de todos: la humanidad misma.




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