Un santo franciscano que se retiró a una montaña a buscar la paz del alma inspira una plegaria breve para los días en que rezar cuesta.

San Buenaventura fue un franciscano, filósofo y teólogo nacido en el siglo XIII.
Hay días en que Dios parece haberse mudado sin dejar dirección. Para esos días circula una oración inspirada en San Buenaventura. Su idea central cabe en una línea: Dios no se encuentra en el ruido ni en la prisa, sino en «el silencio donde Él ya habita».
El santo que buscaba la paz
Buenaventura nació en Bagnoregio, en el Lacio, hacia 1217, y se llamaba Giovanni da Fidanza. De niño cayó tan gravemente enfermo que ni su padre, que era médico, esperaba salvarlo; su madre pidió la intercesión de Francisco de Asís, canonizado hacía poco, y el niño se curó. Aquello le marcó la vida.
Estudió y enseñó en París, donde coincidió como maestro con Tomás de Aquino, y en 1257 lo eligieron ministro general de los franciscanos. Tenía todo para vivir entre libros y cargos. Sin embargo, según cuenta él mismo en el prólogo de su obra más famosa, se retiró al monte Alverna «buscando la paz del alma» y allí, recordando la visión del serafín que tuvo Francisco en ese mismo lugar, escribió el Itinerario de la mente a Dios. Es el libro de un hombre agotado que necesitaba parar.
La tradición añade una escena muy suya. Cuando el Papa lo nombró cardenal y sus enviados le llevaron el capelo, dicen que lo encontraron lavando los platos del convento y le pidieron que lo colgara de un árbol hasta terminar. Murió en 1274 durante el Concilio de Lyon, fue canonizado en 1482 y proclamado Doctor Seráfico en 1588. Benedicto XVI, que de joven investigó su obra y peregrinó a su pueblo natal, lo definió como hombre de acción y de contemplación.
La oración, párrafo a párrafo
La oración empieza así: «Señor, quiero encontrarte. No en el ruido ni en la prisa, sino en el silencio donde habitas. Muchas veces te busco lejos, como si estuvieras escondido, y olvido que Tú ya estás aquí, esperando mi corazón».
Es la paradoja de todo el que reza en una época de sequía: se busca lejos a quien ya está dentro, como también decía San Agustín de Hipona. Buenaventura lo dice casi con las mismas palabras. En su Itinerario invita al lector con un «Entra en ti mismo», porque para él el alma es un espejo donde Dios se deja ver.
Y explica por qué casi nadie lo consigue: el alma, distraída con los cuidados, no vuelve a sí misma. Esos cuidados son el ruido y la prisa de la oración.
Continúa: «Enséñame a detenerme, a mirar con fe, a reconocer tu presencia en lo sencillo: en la oración callada, en tu Palabra, en la paz que solo Tú puedes dar. Ilumina mi mente para que te conozca, y enciende mi corazón para que te ame».
Aquí hay tres verbos: detenerse, mirar con fe, reconocer. Buenaventura veía todo lo creado como una escalera hacia Dios, y por eso la presencia de Dios «en lo sencillo» no le sonaba a tópico. Para él, además, la oración era el origen de todo ascenso espiritual.
La petición final, mente iluminada y corazón encendido, resume su método. Advertía al lector de que no le bastaba leer sin unción ni saber sin amar. Benedicto XVI subrayó que en Buenaventura, al final, lo determinante es la primacía del amor.
Y termina así: «Guía mis pasos para que toda mi vida se convierta en un camino hacia Ti. Señor, si alguna vez me pierdo, vuelve a llamarme. Y si alguna vez me canso, recuérdame que Tú eres el descanso que mi alma busca. Amén».
«Itinerario» significa camino, y en este párrafo se pide justo eso: que la vida entera sea un camino hacia Dios. Buenaventura lo organiza en seis grados, como las seis alas del serafín, y lo remata con el descanso del séptimo día. Su libro termina, de hecho, invitando a acallar los cuidados y a pasar con Cristo crucificado al Padre. Por eso las dos últimas frases de la oración cierran tan bien: si me pierdo, vuelve a llamarme; si me canso, recuérdame que Tú eres el descanso que busco.
La oración completa
«Señor, quiero encontrarte. No en el ruido ni en la prisa, sino en el silencio donde habitas. Muchas veces te busco lejos, como si estuvieras escondido, y olvido que Tú ya estás aquí, esperando mi corazón.
Enséñame a detenerme, a mirar con fe, a reconocer tu presencia en lo sencillo: en la oración callada, en tu Palabra, en la paz que solo Tú puedes dar. Ilumina mi mente para que te conozca, y enciende mi corazón para que te ame.
Guía mis pasos para que toda mi vida se convierta en un camino hacia Ti. Señor, si alguna vez me pierdo, vuelve a llamarme. Y si alguna vez me canso, recuérdame que Tú eres el descanso que mi alma busca. Amén».
Buenaventura tuvo que subir a una montaña para aprenderlo. A nosotros, con suerte, nos bastará con apagar el móvil cinco minutos.
ReL
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