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jueves, 9 de noviembre de 2023

Los 4 temperamentos del ser humano: ¿conoces el tuyo?

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Es más fácil llegar a la santidad si nos conocemos a nosotros mismos, desde nuestros defectos, hasta nuestras virtudes. En este artículo encontrarás cuales son tus tendencias para que puedas trabajar en ellas

Es fundamental conocer el temperamento que predomina en nosotros si queremos trabajar de mejor forma en el camino a la santidad. Sabiendo cuál es el nuestro, podremos encontrar la forma de ordenar nuestras malas cualidades y potenciar nuestras virtudes.

En el vídeo Los Temperamentos, el Padre Javier Olivera Ravasi, explica que estos son inclinaciones propias de la persona al nacer, no tienen relación con la forma en la que la persona fue educada, sino que son parte de la naturaleza e identidad.

¿De dónde surgió la teoría de los temperamentos?

Desde la antigua Grecia, Aristóteles decía que el hombre nace con inclinaciones, algunas de ellas no muy buenas, por ello, se debían ordenar para convertirlas en virtudes. En añadidura, el filósofo Hipócrates, mencionaba que en el cuerpo humano había interiormente humores o temperaturas que formaban parte de la naturaleza del hombre y dictaba sus inclinaciones. Por último, el filósofo Galeno, argumentó que estos «líquidos» estaban relacionados con las emociones.

Ahora, gracias a los estudios de estos pensadores, sabemos que hay cuatro temperamentos. Lee sus características para saber cuál es el tuyo:

1
SANGUÍNEO

Se excita con facilidad y fuerza ante las impresiones. Su reacción es inmediata, aunque no dura por mucho tiempo; por ello, el recuerdo de eventos del pasado no causa nuevos sentimientos.

Buenas cualidades:

  • Son alegres, simpáticos y sensibles ante las dificultades de los demás. 
  • Tienen buena memoria e imaginación ardiente.
  • Dóciles con sus superiores.
  • Suelen ser líderes de los grupos, cautivantes.
  • Hacen amistades fácilmente y tienen un atractivo natural con las personas.
  • Su inteligencia es viva, asimila con rapidez pero no con profundidad.

Malas cualidades:

  • Tienden a ser superficiales. No toman en serio los problemas.
  • Cuando emiten un juicio dicen lo primero que se les viene a la cabeza.
  • Se arrepienten con prontitud, pero tienden a caer rápidamente.
  • Se les dificulta el sacrificio y la mortificación.
  • Al hombre se le complica refrenar la vista y a la mujer la lengua.
  • Sus dos pecados capitales recurrentes son la gula y la lujuria. 
  • Reaccionan violentamente ante las ofensas.

Santo con este temperamento: San Pablo

2
MELANCÓLICO

Es débil para excitarse desde un inicio, sin embargo, las impresiones prevalecen en su interior y quedan profundamente marcadas, difícilmente se olvida de las situaciones u ofensas. Pueden ser intelectuales secos o personas contemplativas entregadas al Señor.

Buenas cualidades: 

  • Poseen una sensibilidad inferior que los sanguíneos, pero es más profunda. 
  • Se inclinan por la reflexión, soledad, quietud.
  • Son piadosos y se compadecen con facilidad a las injusticias de los demás. 
  • Son calmados, tienen una inteligencia aguda y profunda.
  • Su abnegación llega hasta el heroísmo.
  • Aman para siempre y se desprenden fácilmente de sus afectos.
  • Siente con menor fuerza el desorden de las pasiones.

Malas cualidades:

  • Tendencia hacia la tristeza y a la autocrítica.
  • Se inclina al pesimismo, viendo el lado difícil de las situaciones.
  • Son tímidos, retraídos y propensos a la desconfianza.
  • Se la pasan pensando, viendo imperfecciones en los demás.

    Santo con este temperamento: Santo Tomás de Aquino.

    3
    CÓLERICO

    Las personas con este temperamento se excitan de forma rápida y violenta, pero, la impresión queda profundamente marcada en el corazón.

    Cualidades buenas:

    • Siempre están haciendo cosas, son grandes, apasionados en busca de objetivos.
    • Su voluntad es fuerte y constante.
    • Inclinados más a obrar que a pensar.
    • Son prácticos y tienen un entendimiento agudo.

    Malas cualidades:

    • Propensos a endurecer el corazón y ser obstinados e insensibles.
    • Tienden a la ira y al orgullo.
    • No conocen la delicadeza de los sentimientos, ni entienden el dolor de los demás.
    • Pueden ser crueles ante la contradicción de los demás.
    • Son altaneros y piensan que los demás son perezosos.

    Santo con este temperamento: San Ignacio de Loyola.

    4
    FLEMÁTICO

    No suele excitarse, y si lo hace, es débilmente. Las impresiones desaparecen con prontitud y no dejan marca en el corazón.

    Buenas cualidades:

    • Trabaja despacio y con lentitud. No busca el sobreesfuerzo.
    • No se irrita con facilidad ante los fracasos, insultos y enfermedades.
    • Son discretos y sobrios.
    • No conocen las pasiones vivas, la profundidad ni las emociones ardientes y fuertes.
    • Su inteligencia es clara, son ordenados, justos.
    • Tienen buen corazón, aunque parecen fríos, por no ser muy expresivos emocionalmente.

    Malas cualidades:

    • La calma hace que se pierdan buenas ocasiones.
    • No le interesa lo que pasa en el exterior, vive para sí mismo.
    • No es apto para mandar ni liderar.
    • Les falta entusiasmo para hacer penitencias, sacrificios y mortificaciones. 

    El padre Javier explica que estos son temperamentos «puros», sin embargo, cuando una persona va creciendo, genera carácter, que puede disminuir o aumentar ciertas cualidades del temperamento propio.

    Lo importante es que una vez que se sabe qué temperamento se tiene, comience una etapa de discernimiento y búsqueda activa para combatir las malas cualidades y elevar las buenas.

    Yohana Rodríguez Yohana Rodríguez, Aleteia 

    Vea también      El temperamento que Dios te ha dado: Recursos para conocer y vivir cristianamente tu realidad

















    sábado, 16 de enero de 2021

    Descubre tu manera de pedir perdón

     

    FORGIVNESS


    De nuestro temperamento depende nuestro lenguaje del perdón. Hay varias maneras de pedir perdón. Identifica la tuya.

    Dependiendo de nuestro temperamento, el lenguaje del perdón puede tomar diferentes formas. Gary Chapman, consejero matrimonial, pastor y conferencista sobre matrimonio y familia, ha identificado cinco idiomas de disculpa. ¿Cuál sería el tuyo, y puedes descifrar el que usan las personas de tu alrededor?

    Torpeza o maldad, un rasguño o una bofetada en la cara… tantas ofensas que dañan la relación, cuando no la rompen. A veces, a pesar de una petición de perdón, la harmonía de antes no regresa. Y sin que podamos explicarlo. Según Gary Chapman, la razón es simple: no hablamos el mismo lenguaje del perdón que la otra persona. ¡Pero se puede aprender! «Hay cinco aspectos básicos en las disculpas. Los hemos llamado los cinco idiomas del perdón. Cada uno es importante. Pero uno (o más) en particular tendrá mayor impacto con cada persona», dice el experto en su libro The five languages of apology [Los cinco lenguajes del perdón: aprendiendo a disculparse y descifrando la disculpa de los demás]. Conocerlos permite utilizar el lenguaje más apropiado, dependiendo del individuo y de la situación.

    Cuando usas el lenguaje del perdón con el que la gente en tu vida se identifica, les ayudas a perdonarte de verdad», dice Chapman. “Si no les hablas de una forma que vayan a entender, no estarán seguros de que eres sincero.” Entre marido y mujer, padres e hijos, amigos y colegas, aprende a descifrar el lenguaje de la disculpa para lograr un perdón genuino y una profunda reconciliación.

    Expresa arrepentimiento: «Lo siento»

    Un simple «lo siento» puede jugar un papel clave en la recuperación de la relación. La ausencia de esta frase puede parecer evidente para algunas personas. Si la persona culpable no se da cuenta de que ha olvidado estas «palabras mágicas” puedes estar seguro de que la persona con la que habla sí que se da cuenta…

    ¿Perdón por qué? Una disculpa tiene más efecto si es específica. Si dejo plantado a alguien con quien tuve una cita en el cine, no sólo diré: «Siento haber perdido la película». La persona quedará más convencida si enumeras las consecuencias de tu ausencia para ella: «Sé que saliste de casa a tiempo interrumpiendo lo que estabas haciendo. Tenías que conducir en la hora punta. Tuviste que esperar y estabas preocupado por mí», etc. Estos detalles revelan que no estás minimizando tu culpa y dan a entender a la persona ofendida que comprendas cuánto daño le has hecho.

    Evita el «pero»… El arrepentimiento sincero no debe ir acompañado de restricciones. Como hermanas, Iris y María se encontraban a menudo en conflicto. Cada una quería una mejor relación, pero ninguna de las dos sabía cómo hacerlo. Cuando le pregunté a María, «¿Iris se disculpa cuando se enfada?» Ella respondió: «Se disculpa todo el tiempo, aunque suele concluir diciendo: ‘Pero me gustaría que dejaras de denigrarme por no tener tantos estudios como tú.’ Su disculpa es como otro golpe más.»

    Cada vez que culpamos al otro, pasamos de la disculpa a la ofensa. No del perdón a la reconciliación.

    Reconoce tu responsabilidad: «Me equivoqué»

    Como jefe, Luis solía mantener la calma, pero ese día perdió la paciencia. Se dirigió a uno de sus empleados con dureza. Sus palabras fueron justas y sus reproches necesarios, pero expresados con ira. Este tipo de comportamiento tiende a romper las relaciones. Una simple disculpa podría cambiarlo todo; implica reconocer su error.

    ¿Por qué es tan difícil para algunos de nosotros decir «me equivoqué»? Muy a menudo, nuestra reticencia a reconocer nuestros errores está ligada a nuestro sentido de autoestima. Admitir que nos hemos equivocado es visto como una debilidad. Podemos decirnos: sólo los perdedores se confiesan. En realidad, todos cometemos errores. Un adulto maduro aprende a asumir la responsabilidad de sus propios errores. Los adultos inmaduros nunca dejarán de intentar justificar sus errores.

    Aceptar la responsabilidad es, en esencia, una voluntad de asumir la responsabilidad. Para muchas personas, sin embargo, la parte más importante de una disculpa es el hecho de reconocer la mala conducta del infractor. Como dijo un testigo: «Decir ‘lo siento’ no es suficiente. Quiero asegurarme de que entienda que lo que hizo estuvo mal».

    Arregla: «¿Qué puedo hacer para arreglar las cosas?»

    Para algunos, la frase «Tratarte así estaba mal» debería ir seguida de «¿Qué puedo hacer para demostrarte que aún te aprecio?» Sin este intento de reparación, la persona ofendida dudará de la sinceridad de la disculpa. Seguirán sintiéndose no queridos, aunque les digas: «Lo siento. Me equivoqué». Él o ella necesita asegurarse de que la relación siga teniendo un fundamento sólido.

    La pregunta entonces es cómo podemos compensar el daño causado. Para reparar, a menudo tendrás que hacer algo más que hablar estos cinco idiomas. Puede requerir un reembolso (de un coche dañado, un reloj roto, etc.) o la restauración de algo (de una reputación o dignidad).

    Si no está seguro de lo que la persona ofendida valorará como un remedio adecuado, pregúntale. Algunos ejemplos de preguntas: «Lamento haber ofendido tu reputación. ¿Acaso debería disculparme públicamente contigo?» O, «He roto esa promesa un millón de veces. ¿Quieres que esta vez la ponga por escrito?»

    Voluntad de cambiar: «Intentaré no volver a hacerlo nunca más”

    Los que hablan el lenguaje del perdón necesitarán, para convencerse de la sinceridad del infractor, que su comportamiento cambie y que no cometa la misma falta la semana siguiente. La condición del arrepentimiento sincero es, por lo tanto, la voluntad de cambiar. Implica reconocer que lo que hicimos estuvo mal, que hirió a la persona que amamos. El creyente podrá pedirle a Dios su ayuda.

    A menudo me ha sido útil escribir en una tarjeta los cambios a realizar y luego pegarla en el espejo delante del cual me afeito por la mañana. Es una forma de priorizarlos. De esa manera, los tengo en mente todo el día. La escritura también te permite aclarar tus ideas y hacerlas más concretas. Puedes empezar escribiendo una frase como: «Intentaré no culpar a los demás por mis emociones negativas”. Entonces, piensa en cómo poner en práctica esta intención básica. En vez de plantearlo así: “Estoy enfadado porque tú….” podría ser “Estoy enfadado porque la situación….”

    Verás que un plan específico es más fácil de poner en práctica que una intención general. Y al ponerlo en práctica, demostrará a la persona ofendida tus buenas intenciones.

    Pide disculpas directamente: «¿Me perdonas?»

    Has reconocido tu error. Has expresado tu arrepentimiento. Puede que hayas ofrecido una reparación. ¡Pero eso no siempre es suficiente! Cuando preguntamos, «¿Qué esperas encontrar en una disculpa?» alrededor de uno de cada cinco (21%) dicen, «Espero que él (ella) se disculpe conmigo. Pedir perdón muestra que estás dispuesto a poner el futuro de la relación en manos de la persona ofendida».

    «¿Me perdonas, verdad?” No puedes responder a esa pregunta por la otra persona. Perdonar o no perdonar, la decisión es suya. Y el futuro de la relación depende de esa decisión. Se te quita el control de la situación, y para algunas personas eso puede ser extremadamente incómodo.

    No exijas perdón. No podrá obtenerlo de esa manera, por su propia naturaleza. Perdonar consiste en levantar el castigo y dejar que la persona vuelva a ocupar su lugar en nuestras vidas. «Me importa nuestra relación. Así que elijo aceptar tus disculpas y no pedir justicia.» Es sobre todo un regalo. Un regalo que se exige ya no es un regalo. Si he herido a alguien, no estoy en la posición del monarca que, desde su trono, tendría derecho a juzgar al ofendido culpable de tener un corazón despiadado. Tampoco debo incitarlo a que se culpe por no perdonarme. Eso sería manipulación.

    Stéphanie Combe, Edifa Aleteia

    Vea también    Convivir en el matrimonio - el arte de perdonar




    viernes, 18 de diciembre de 2020

    Una santa patrona para los niños con temperamentos exaltados

     

    EULALIA


    No todos los niños de 12 años buscarían a un gobernante pagano para escupirle, pero santa Eulalia sí lo hizo

    La leyenda dice que santa Eulalia de Mérida era, ya desde joven, piadosa y de carácter dulce. Se dice que era modesta, devota y seria, y quizás lo fue. Pero Eulalia también tenía un carácter feroz y una voluntad de hierro, y fueron esas características las que terminaron por ganarle la corona del martirio.

    Nacida a finales del siglo III en la hispano-romana Augusta Emerita, actual ciudad de Mérida, Eulalia era hija de padres cristianos de una destacada familia.

    Educada por un sacerdote y criada en el conocimiento del profundo amor de Dios hacia ella, Eulalia se consagró a la virginidad ya a los 12 años.

    Sus padres debían haber estado extremadamente orgullosos de su devoción al Señor, pero también vieron en ella un rasgo de peligrosa testarudez. Eulalia se había comprometido ante todo con la verdad, con la bondad y con la belleza, independientemente del coste.

    Santa Eulalia en las persecuciones

    Así que cuando empezaron las persecuciones de Diocleciano, los padres de Eulalia huyeron a su propiedad en el campo y se la llevaron con ella.

    Su preocupación no era tanto porque su dulce hija cayera en manos de agentes del gobierno como que su hija indignada fuera a buscar a los perseguidores para reprenderles.

    Después de todo, conocían bien a su hija. Desde luego, Eulalia estaba indignada. Por desgracia para los padres, minusvaloraron el poder de la voluntad de la joven.

    ST EULALIA OF MERIDA
    Public Domain

    Parece que no se les ocurrió que, tras sacarla del contexto de peligro, Eulalia saldría a escondidas de la casa bajo el manto de la noche y regresaría a la ciudad para buscar a los impíos que exigían sacrificios paganos de hombres y mujeres cristianos.

    Y eso fue exactamente lo que hizo. La muchacha de 12 años fue caminando toda la noche hasta llegar al juzgado donde el juez Daciano amenazaba a los cristianos con tortura y muerte.

    «Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí»

    Todo cansancio se desvaneció cuando escuchó las exigencias del juez de que los cristianos negaran a Cristo, y entonces Eulalia se plantó como una fiera ante el tribunal pagano.

    Les censuró por su idolatría y por intentar descarriar cristianos, y llegó a gritarles: “Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí: soy enemiga de vuestros dioses y estoy dispuesta a pisotearlos”.

    Unas palabras así provocarían, por lo general, la ira del juez, pero este se sorprendió tanto por la juventud e inocencia de Eulalia que pensó que podría bajarle los humos.

    Le describió las torturas que le esperaban, luego intentó tentarla con su familia noble y la vida cómoda que podría llevar. Sin duda, no podía ignorar los insultos anteriores, pero le ofreció salir libre si únicamente tocara la sal y el incienso que los otros cristianos habían sido obligados a ofrecer a unos ídolos paganos como señal de su apostasía.

    Una furia honrada

    Como con muchas jóvenes de 12 años, con Eulalia era difícil razonar; pero, a diferencia de la mayoría, su furia era honrada, sus palabras estaban inspiradas por el Espíritu Santo y su alma estaba preparada para sufrir inconmensurablemente por Cristo, a quien se había consagrado.

    Tras agotar toda elocuencia, la joven virgen gritó al juez, escupió en su cara y pateó sus ídolos. Su arrebato no podía ser perdonado, ni siquiera teniendo en cuenta su tierna edad, así que Daciano llamó a los torturadores para que se aplicaran con la joven.

    EULALIA
    Public Domain

    Eulalia sufrió unas torturas horribles, pero mientras miraba sus heridas, pronunció desafiante: “Tú estarás en mí escrito, sí, Señor, cómo agrada leer tales señales, que denotan, oh Cristo, tus trofeos, habla tu sacro nombre en la púrpura de sangre enrojecida”.

    Fuego y nieve

    Finalmente, fue quemada viva. La leyenda dice que, cuando murió, su alma abandonó el cuerpo en la forma de una paloma. Poco después de su muerte, una nevada cubrió su cuerpo desnudo en un sudario.

    Tras leer sobre la rebelión de Eulalia contra la autoridad injusta, tras conocer su valentía y su capacidad para usar una retórica mordaz, haríamos bien en recordar lo que supimos de ella antes de su martirio: era dulce y piadosa.

    Parece que, aunque tenía capacidad para el desafío, Eulalia podía atemperar su lado colérico, podía ser amable y cariñosa cuando las circunstancias lo requerían, al tiempo que podía voltear mesas y limpiar templos si era necesario.

    Quizás santa Eulalia no sea alguien que queramos que nuestros hijos imiten, no exactamente, pero sí es un hermoso ejemplo de una voluntad fuerte aplicada con corrección.

    Por mucho que sus padres hubieran querido que fuera dócil, fue su espíritu fiero y obstinado el que glorificó a Dios y la hizo santa.

    El 10 de diciembre, fiesta de santa Eulalia de Mérida, pidamos su intercesión por todos los de carácter fuerte y por nuestros tenaces hijos, porque Dios dirija el ardor de todos ellos hacia Él y les haga luchar por la virtud y la justicia con toda la fuerza que puedan reunir sus apasionadas almas. Santa Eulalia de Mérida, ¡reza por nosotros!

    Meg Hunter-Kilmer, Aleteia

    Vea también    El Temperamento que Dios te ha dado