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domingo, 2 de junio de 2024

¿Eres de los que se van ni bien termina la Misa? Este sacerdote tiene algo que decirte


Cuando participas de la Misa, ¿esperas que el sacerdote termine de decir “pueden ir en paz” para salir corriendo de la iglesia? Si ese es tu caso, el video de este sacerdote es para ti.

La Santa Misa juega un papel esencial en la vida de fe de todo católico, es en ella que hacemos memorial de la muerte y resurrección de Jesús, recibiendo su cuerpo en la Eucaristía.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) nos indica que:

“Por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo 
y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos” (CIC 1326)

Sin embargo, es común ver en las iglesias que las personas salen inmediatamente del templo cuando el sacerdote da la bendición final.

El sacerdote de la Archidiócesis de Madrid (España), P. Jesus Silva, compartió en sus redes sociales un video donde recuerda a los fieles la importancia de vivir cada momento de la Misa.

La publicación, que usa el humor para crear conciencia, muestra tres escenarios: Lo que dice el padre, lo que la gente escucha y lo que realmente quiere decir el sacerdote.

Lo que el cura dice al final de la Misa: ‘Podeís ir en paz’.
Lo que la gente escucha: ‘Sálvese quien pueda, tonto el último’.

Muchos fieles apoyaron las palabras del sacerdote y dejaron en los comentarios algunas oraciones que rezan al finalizar la celebración eucarística:

“La Santa Misa finaliza cuando termina el canto a la Virgen. No hay por qué salir 🏃‍♀️”

“Debemos quedarnos un momento para darle gracias a Dios; yo rezo tres Ave María y la oración a San Miguel Arcángel”.

“Yo siempre espero un ratito cuando termina para volver a rezar y pensar en lo que hemos escuchado y aprendido 🙏🏻”.

¿Cuándo termina la Santa Misa?

La introducción general del Misal Romano indica que la celebración eucarística termina con el Rito de conclusión, que incluye:

a) Breves avisos, si fuere necesario.

b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.

c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.

d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.

Ofrezcamos unos minutos de nuestro tiempo luego de Misa y demos gracias a Jesús por darnos el inmenso regalo de la Eucaristía.

Harumi Suzuki, churchpop

Vea también     Comprender y vivir la Eucaristía: la Santa Misa















sábado, 9 de marzo de 2019

El católico participa con fervor cada domingo en la celebración de la Eucaristía


Es la Voz de tu Conciencia de Católico. 
¡Préstale Atención!
Te hablará a lo más tardar mañana en la mañana



Llamado de la Conciencia para participar en la Misa Dominical


Los padres de familia tienen una responsabilidad multiplicadora. Cuando se ponen las pilas, todos los miembros de la familia se acercan a Dios. Cuando flojean, a lo mejor todos les siguen el ejemplo. ¿Por qué no van a Misa 15 minutos antes. En muchas parroquias hay confesiones antes de la Misa. Algunas la ofrecen durante la Misa. Cuando no  hay nada ¿porqué no se lo piden al sacerdote de la parroquia?

miércoles, 30 de enero de 2019

Así dejé de aburrirme en misa y empecé a entender

Lo que sucedió "en aquel tiempo" tiene lugar "en este tiempo"

Santa Misa

Desde hace un tiempo la Eucaristía es muy importante para mí. Lo que entiendo y vivo en ella llena mi días y se muestra como un camino claro a seguir. Confieso que ha sido todo un aprendizaje, pues antes solo sentía cómo pasaba el tiempo, minuto a minuto, cuando estaba allí.
Desde siempre la Iglesia ha querido introducirnos en las profundidades del misterio eucarístico, pero creo que hemos puesto poca atención a lo que verdaderamente sucede en ella.
“Para nosotros la Eucaristía no es algo nuevo a descubrir, es algo antiguo y familiar, pero, precisamente por esto, quizá necesitada de ser rescatada de la costumbre. Uno de los fines que Juan Pablo II, en su carta apostólica, asignaba al año eucarístico del 2004, era el de resucitar el “estupor eucarístico”, es decir, la capacidad de asombrarse nuevamente ante la “enormidad” (así la define Claudel) que es la Eucaristía” (P. Raniero Cantalamessa).
Para renovarnos en este nuevo asombro eucarístico tomaré algunas citas del Padre Raniero.

Presencia en la Palabra

En la liturgia, las lecturas bíblicas adquieren un sentido nuevo y más fuerte que cuando son leídas en otros contextos.
En la misa no tienen tanto el objetivo de conocer mejor la Biblia, sino el de reconocer quién se hace presente en la fracción del pan. Nos ayudan a iluminar un aspecto del misterio que vamos a recibir.
Como con los discípulos de Emaús: cuando escucharon la explicación de las Escrituras su corazón se ablandó de modo que fueron capaces de reconocer a Jesús en la fracción del pan.
“En la misa, las palabras y los episodios de la Biblia no son solamente narrados, sino revividos: la memoria se hace realidad y presencia. Lo que sucedió “en aquel tiempo”, tiene lugar “en este tiempo”. Nosotros no solo somos oyentes de la palabra, sino interlocutores y actores en ella. A nosotros, allí presentes, se nos dirige la palabra; somos llamados a asumir el puesto de los personajes evocados”.
Escuchando las lecturas podemos ser tocados por su actualidad. Las cosas que allí sucedieron tienen lugar en el ahora de nuestra vida, podemos encontrar una profunda identificación con ellas:
“Un día de verano, me encontraba celebrando la Misa en un pequeño monasterio de clausura. Como texto evangélico teníamos Mateo 12. No olvidaré nunca la impresión que me hicieron las palabras de Jesús: aquí ahora hay uno que es más que Jonás…, aquí ahora hay uno que es más que Salomón. Entendía que aquellos dos adverbios “ahora” y “aquí” significaban verdaderamente ahora y aquí, es decir, en ese momento y en ese lugar, no sólo en el tiempo en el que Jesús estuvo en la tierra hace tantos siglos”.

La consagración

En este momento central hay dos cuerpos de Cristo en el altar: está su cuerpo real (nacido de la Virgen María) y está su cuerpo místico que es la Iglesia.
En la consagración la cabeza y el cuerpo están inseparablemente unidos. En el gran “Yo” de la Cabeza, se esconde el pequeño “yo” del cuerpo que es la Iglesia.
Nuestra ofrenda y la ofrenda de la Iglesia no sería nada sin la de Jesús; y la ofrenda de Jesús, sin la de la Iglesia, no sería suficiente.
“Nuestra firma son las pocas gotas de agua que se mezclan con el vino en el cáliz, como explica la oración que acompaña el gesto: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana». Nuestra firma es, sobre todo, ese Amén solemne que la liturgia hace que pronuncie toda la asamblea como final de la Plegaria eucarística: «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén!». Es como quien dijera: «Me uno a lo que se ha hecho y dicho, lo suscribo todo»”.
Cada uno de nosotros se puede preguntar: ¿qué ofrezco yo al entregar mi cuerpo y mi sangre junto con Jesús en la Misa?
Ofrezco lo mismo que ofreció Él: la vida y la muerte; el tiempo, la salud, las energías, mis capacidades, mis afectos, limitaciones, fracasos, y también, quizás, esa sonrisa llena de amor que solo mi espíritu puede ofrecer y que es extraordinaria.
Todo esto exige que cada uno de nosotros, al salir de la Misa, nos pongamos manos a la obra para realizar lo que hemos dicho; que a pesar de nuestros límites nos esforcemos en ofrecer a los hermanos nuestro “cuerpo”, es decir, nuestro tiempo, nuestras energías, nuestra atención; en una palabra: nuestra vida.

Toda la vida una Eucaristía

“Tratemos de imaginar qué sucedería si celebrásemos la Misa con esta participación personal. (…) Imaginemos una madre de familia que celebra así su misa, y después va a su casa y empieza su jornada hecha de multitud de pequeñas cosas. Su vida es, literalmente, desmigajada; pero lo que hace no es en absoluto insignificante: ¡Es una eucaristía junto con Jesús!
Pensemos en una religiosa que viva de este modo la Misa; después también ella se va a su trabajo cotidiano: niños, enfermos, ancianos… Su vida puede parecer fragmentada en miles de cosas que, llegada la noche, no dejan ni rastro; una jornada aparentemente perdida.
Imaginemos un sacerdote, un párroco, un obispo, que celebra así su misa y después se va: ora, predica, confiesa, recibe a la gente, visita a los enfermos, escucha… También su jornada es eucaristía. Un gran maestro de espíritu, decía: «Por la mañana, en la misa, yo soy el sacerdote y Jesús es la víctima; durante la jornada, Jesús es el sacerdote y yo soy la víctima» (P. Olivaint)”.

El hombre es lo que come

Un filósofo ateo dijo: “el hombre es lo que come”. Gracias a la Eucaristía, el cristiano es verdaderamente lo que come.
En la Eucaristía nosotros no asimilamos a Jesús, es Él quien nos asimila a su cuerpo. La carne de Cristo se hace “mía”, pero también mi carne, mi humanidad, se hace de Cristo. Esto nos pone delante una gran verdad: no hay nada en mi vida que no pertenezca a Cristo.
Pero dar a Jesús nuestros cansancios, dolores, fracasos, alegrías y pecados, es solo el primer paso. De dar se pasa, en la comunión, a recibir. Recibir nada menos que a Cristo. En esto consiste “la enormidad” de la Eucaristía: en este intercambio absolutamente inmerecido.

La comunión con el cuerpo

“El Cristo que viene a mí en la comunión, es el mismo Cristo indiviso que se dirige también al hermano que está a mi lado; por así decirlo, Él nos une unos a otros, en el momento en que nos une a todos a sí mismo”.
Todos quedamos unidos en Cristo y en todos vive Cristo. Por eso podemos decir que somos hermanos. Cuando decimos amén en el momento de la comunión, decimos amén al cuerpo de Jesús que ha muerto por nosotros, pero decimos también amén a su cuerpo que es la Iglesia, todos aquellos que están a nuestro alrededor.
¿De ahora en adelante la Misa será igual para ti?

Luisa Restrepo, Aleteia









sábado, 4 de agosto de 2018

El corazón que participa en la liturgia (I)

Ofrenda de la Misa



Ofrecernos junto con Cristo es la primera disposición interior para que
 la participación en la liturgia sea auténtica participación. Había que 
responder a estas preguntas: ¿qué ofrecemos? ¿cómo nos ofrecemos? 
¿qué incluimos en la ofrenda? ¿De qué modo se realiza la participación
 interior, la propia del corazón? ¿Cuáles son las disposiciones íntimas, 
espirituales? 
 
 
 

Pensemos -y no olvidemos- que una verdadera participación en la 
liturgia conduce a que lleguen “a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la 
hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente
 con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión 
con Dios y entre sí” (SC 48).
 
 
Sabiendo estonces el sentido profundo que toda liturgia de tiene
 de ofrecer y ofrecernos, veamos ahora cómo es el corazón que
 participa, cuáles son sus virtudes o sus cualidades para que sea 
una liturgia santa y participativa... porque lo que importa es el corazón 
-no el activismo de 'hacer' o 'intervenir' o tener 'un minuto de 
gloria' subiendo al presbiterio-. Siempre "lo esencial es invisible a los 
ojos": vayamos pues al corazón de los fieles.
 
El corazón debe ser muy consciente de participar en la liturgia sabiendo 
que está en presencia del Dios Altísimo, de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu.

¡Se está en presencia de Dios!

 
            La liturgia es opus Dei, obra de Dios, así como un divino servicio.
 Es algo santo y sagrado porque proviene de Dios mismo que nos permite
 estar en su presencia y servirle; es santa y sagrada la liturgia porque en 
ella estamos ante Dios mismo, y debemos reproducir el mismo espíritu de
 fe, respeto y adoración de Moisés ante la zarza ardiente que se descalza
 porque está en terreno sagrado ante el Dios vivo (cf. Ex 3,1-8).
 
            Se nos inculca un sentido profundamente religioso, la conciencia 
de una Presencia, sin los resabios secularistas donde el hombre es 
el centro y la liturgia parece una fiesta humana, una comida de amigos. 
 
“Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como  
más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace 
por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, 
la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán
         siempre los primeros objetivos a alcanzar para una pastoral

         litúrgica y sacramental” (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus

Annus, n. 10).
 
 
            Quien nos inculca ese sentido religioso de la liturgia -¿acaso podría tener otro?- es la misma eucología. Acudiendo a la liturgia, estamos sirviendo a Dios: “podamos servirte en el altar con un corazón puro”[1]. La ofrenda –eucarística y existencial- se ofrece con un solo objeto, el de servir a Dios: “Mira, Señor, complacido el sacrificio espiritual que vamos a ofrecerte en nuestro deseo de servirte”[2]
 
                 Dios mismo nos llama al servicio santo de la liturgia: “escucha, Señor, nuestra oración y libra de las seducciones del mundo a los que has llamado a servirte en estos santos misterios[3] y la liturgia es siempre un servicio al Señor: “concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad”[4]. La ofrenda posee un significado espiritual mostrando que somos siervos del Señor: “como signo de nuestra servidumbre[5], “miras nuestra ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio”[6].
 
            La liturgia es un servicio divino, un servicio santo[7]. En ella somos siervos y servidores, no dueños y amos; recibimos como don, no somos poseedores a nuestro arbitrio. Vivimos y queremos vivir “entregados a servirte en el altar”[8]. En la liturgia obsequiamos a Dios con “el homenaje de nuestro servicio”[9].
 
 
[1] OF (: Oración sobre las ofrendas), San José.
[2] OF, Espíritu Santo, B.
[3] OF, Lunes II Cuar.
[4] OF, Jueves V Cuar.
[5] OF, IV Dom. T. Ord.
[6] OF, VIII Dom. T. Ord.
[7] “Nuestro humilde servicio” (OF, X Dom. T. Ord.); “nuestro servicio” (OF, XIII Dom. T. Ord.).
[8] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.
[9] OF, Santa Marta, 29 de junio.

por Corazón Eucarístico de Jesús, ReL