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sábado, 24 de octubre de 2020

Cambiar el miedo a la muerte por la alegría por la vida eterna: la joven que acompaña a moribundos

                                     Con apenas 16 años tuvo una experiencia con unas monjas que la marcó


La muerte es parte irremediable de la existencia humana. Pero en estos meses está más presente que nunca. Cuando muchos en Occidente han vivido como si no fueran a morir nunca, de repente una pandemia como la de coronavirus vuelve a poner de manifiesto la fragilidad de la existencia en esta tierra.

Pero tanto antes del coronavirus, que ya ha dejado más de un millón de muertos, como durante la pandemia y también cuando ésta pase muchos católicos seguirán acompañando a personas moribundas para que el miedo a la muerte en este momento trascendental pueda ser reemplazado por la alegría de caminar hacia la vida eterna.

Una experiencia que ha marcado su vida

Las hermanitas de los Pobres realizan esta importante misión, de no sólo cuidar sino de acompañar espiritual y físicamente hasta el mismo momento de la muerte. De ello fue testigo Michaela Gallagher, una adolescente voluntaria en una de las residencias de estas religiosas. Tenía 16 años cuando fue testigo por primera vez de la muerte de una persona. Fue en este centro y quedó impactada con el amor con el que estas monjas despidieron a este fallecido.

Gallagher estaba en esta residencia en ese momento y se aventuró a entrar en una habitación donde las religiosas acompañaban a una residente de 101 años que se esperaba que muriera en algún momento de ese día.

“Una de las hermanas me vio parada en la parte de atrás de la habitación y dijo: 'Acércate' y me indicó que me sentara al lado de esta residente”, relata esta joven a Catholic News Service.

hermanitas-pobres

De aquella experiencia, “recuerdo –explica ella- haberme preguntado por qué querrían que me sentara a su lado; nunca antes había visto morir a nadie". Pero entonces lo entendió: “Si tenía algún miedo o vacilación, quedó aplastado justo en el momento en el que me arrodillé al lado de esta viejecita y tomé su mano mientras se deslizaba hacia la eternidad”.

“Ella murió en paz. Una de las hermanas notó que me caían lágrimas por las mejillas. Ni siquiera me di cuenta hasta que me dio un par de pañuelos. No estaba triste, no estaba asustada. Las lágrimas fluían porque en ese momento estaba muy en paz”, explica Gallagher.

Por ello, nunca olvidará aquel día y siempre “estaré agradecida con esa pequeña anciana de 101 años por lo que, sin saberlo, hizo por mí en el momento de su muerte”. Aquella situación eliminó el miedo a la muerte para Gallagher y decidió responder al llamamiento cristiano de acompañar a los moribundos.

La habitación de un moribundo es un santuario

De este modo, durante los últimos tres años ha acompañado a más personas ancianas en el momento final de su vida, una ayuda para que puedan llegar al cielo.

La práctica de acompañar a los moribundos se puede ver en el ejemplo de María, que no se movió del pie de la cruz, afirma la hermana Maureen Weiss, quien fue administradora y madre superiora en las Hermanitas de los Pobres de esta residencia para ancianos pobres cuando Gallagher comenzó su voluntariado allí.

“Michaela entendió por qué la iglesia nos enseña que la habitación de una persona moribunda debe ser un santuario con alguien que ofrece consuelo y esperanza al dejar este mundo y entrar en la vida eterna”, señala esta religiosa.

Una de las cosas que más maravilló a esta joven voluntaria fue el ver a las Hermanitas de los Pobres turnarse para quedarse con un residente moribundo durante las 24 horas, a menudo riéndose con ellos, cantando, rezando con ellos, a veces llorando, lo que le enseñó que el final de la vida de alguien puede ser una celebración anticipada del viaje futuro.

El privilegio de acompañar hasta las puertas del cielo

“La muerte es una parte muy natural e inevitable de la vida”, añade esta joven católica, que considera que “si se te brinda la oportunidad de acompañar a otra persona durante su viaje al final de su vida, te darás cuenta del privilegio y la gracia que supone. Aprovecha este regalo que te han dado”

Por otro lado, Michaela Gallagher también señala que también es normal estar triste: “no es fácil ver a alguien sufrir y morir, especialmente cuando se trata de alguien a quien amas profundamente”.

Sin embargo, añade que “puedes consolarte y sacar fuerzas del hecho de que estás haciendo todo lo posible para aliviar su sufrimiento, y brindarles consuelo y paz durante este momento tan sagrado”.

 J. Lozano / ReL

Vea  también   El Cristiano ante la Muerte




jueves, 15 de octubre de 2015

El encuentro más íntimo: hablo de sexo, pero no sólo…


Me cuesta trabajo aceptar consejos espirituales de otras mujeres. Podría enumerar los motivos: que soy orgullosa y egoísta, que parecen haber muchas palabras y calificativos, que no me gusta cuando me animan diciendo “tú puedes, mujer”, o lo contrario, la glorificación o el fracaso.
Pero la cuestión principal es que he dejado de considerar mi alma un problema que requiere algunos cambios y afinaciones aquí y allá para que todo vaya bien. La solución que mi alma necesita a menudo no es un consejo sino una relación – lo que el Papa Francisco define “el arte del acompañamiento”. Obviamente Jesús es mi primera fuente de acompañamiento. Es mucho más – es alimento, es misericordia, es consumación, esposo, hermano, todo.
Tengo además pocos amigos verdaderos que me acompañan, pero mis compañeras se han vuelto un grupo de madres santas: santa Ana, santa Isabel, santa Mónica, la beata Dorothy Day y la Virgen María.
Una vez en confesión, un sacerdote me dijo que buscara santos que habían enfrentado desafíos o habían luchado contra tentaciones similares a las mías.
Siempre he pensado en los santos como en una especie de proyecto o de modelo al cual conformar mi alma, pero aprendí que la lucha de algunos santos en particular, y su triunfo sobre el pecado con la ayuda de la gracia de Dios, tiene un valor santificador que trasciende el tiempo y el lugar –incluso la vida misma– e interesa a todo el cuerpo de Cristo. En resumidas cuentas, su lucha es mi lucha, y sus gracias son mis gracias.
Santa Ana dio a luz a la pureza. El fruto de su vientre fue la pureza. Cuando hablo de pureza, no me refiero a la pureza sexual, sino a la virginidad espiritual, a la ausencia de doblez en mi corazón. Un corazón lleno del único esposo. Una sola cosa. Amar una sola cosa es pureza, estar llenos del Único, de Jesús.
Santa Ana fue la madre de la madre de Dios y recibió la bendición de participar en el modelamiento del lenguaje de todos los cristianos. La herencia que dejaré a mis hijos pasará a sus hijos, y a los hijos de sus hijos. ¿Puedo cambiar los efectos de mi historia y su efecto en los demás?¿Puedo dar a luz a la pureza?
Santa Isabel, patrona de la hospitalidad, cuyo vientre fue paciente, y fue colmada en su vejez, fue la madre de aquel que bautizó a Jesús. “Y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?”. Ella contempla la santidad en otras mujeres. Todo lo que ella es y ha concebido sobresalta de gozo en la presencia de la Pura.
Te saludo, oh llena de gracia, el Señor es contigo. Ella contempla el tabernáculo sagrado que contiene al Hijo de Dios. Y esto a una edad avanzada, cuando estaba cansada y pesada por el hijo que llevaba, y una joven virgen había venido a cuidarla. ¡Qué fácil hubiera sido para alguien como yo expresar cinismo en el momento en que santa Isabel se alegra!
Santa Mónica llora y suplica durante el tiempo necesario. No estableció límites, diciendo “Bien, lloraré sólo este tiempo y luego me enderezaré y seguiré adelante con mi vida”. No merecía lo que le hizo Agustín, ni lo que le hizo su esposo.
Me gusta Mónica porque suplica al cielo. Bienaventurados los que lloran. Será escuchada. Si una mujer es inquebrantable, ¿cómo sabrá qué pedir? Ya no quiero ser inquebrantable.
Y luego la Virgen María. Pienso particularmente en las bodas de Caná, cuando la Virgen logró ver lo que era divino en su Hijo y lo indujo a mostrarlo. Doy grandes responsabilidades a mis hijos. Los animo en el estudio y el deporte. Me gusta que sean sociables y activos en la comunidad, pero cuando llega el momento de las cosas espirituales no soy lo suficientemente determinada. Quisiera tener el discernimiento que tuvo la Virgen cuando le hizo saber a su Hijo que era su hora. No tienen vino.
La sierva de Dios Dorothy Day es una de las pocas beatas y santas cuya vida expresa la lucha contra la lujuria. Nunca me he contentado con ningún concepto de Jesús como novio casto.
He sido creada para la consumación, la necesito, y si no logro obtenerla en la Eucaristía y el servicio, entonces mi alma errante la busca en obras menos dignas.
He sido creada para consumar y ser consumada. Lo sé con la misma certeza que he sentido cuando he reposado sin vergüenza entre los brazos de mi marido, he querido casi comérmelo. He querido vivir en ese momento íntimo, y que viviera en mí.
En el glorioso misterio que pronto le siguió –ese modo en que Dios responde a cualquier oración-, otra alma vino a habitar en mí, y luego otra, y luego otras cuatro: mis seis hijos, que he alimentado con mi carne, la placenta los alimentó en mi vientre, y mi leche una vez que salieron de mí.
He sido creada para la consumación, y así ellos, para alimentarse del cuerpo de Cristo, que es la Eucaristía, y también mi carne y la suya sacramentadas por su alianza.
Mis hijos, obviamente, no tendrían idea alguna de lo que estoy hablando, ni serían conscientes de un deseo de este tipo. Aunque al inicio se manifiesta su deseo de ser vistos y conocidos, de amar y saborear los frutos del amor, rápidamente sigue la conciencia de que no es suficiente, el ojo humano, el cuerpo humano no son suficientes en sí. Incluso la mirada de Dios, aunque en toda su gloria, es sólo el principio.
Como dijo C.S Lewis, debemos ir más arriba y más adentro. ¿Todo esto parece locamente sexual? Bien, lo es. Dejaré a nuestros amigos de la industria del entretenimiento la tarea de aliviar el estigma de la sexualidad femenina. Mi vocación en la vida, si algún día llego a realizarla, es aliviar el estigma de la espiritualidad femenina, demasiado tiempo cubierta por colores pastel y devociones empalagosas.
¡Cautívame, Señor! Y al caminar con tus santas, ayúdame a dar frutos en el momento adecuado.

Por Elizabeth Duffy, que tiene un blog en Patheos, escribe en Elizabeth Duffy: Perspectives on Catholic Life, Family and Culture, y tiene obras publicadas o por publicar en OSV On Faith, The Catholic Educator, eImage.