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lunes, 24 de enero de 2022

Las dificultades académicas de un sociólogo para explicar el impacto del divorcio sobre los hijos

                       Un mundo de relativismo donde prima lo anecdótico



Hablar sobre el impacto del divorcio sobre los hijos
desde una perspectiva sociológica se está convirtiendo
en algo cada vez más difícil por el relativismo y la trivialización con el que es contemplado.


A pesar de la evidencia científica sobre el impacto negativo del divorcio sobre los hijos, los sociólogos que tienen que explicarlo a sus alumnos se encuentran con una dificultad que no depende solo de cuestiones ideológicas o políticas: también de la propia forma en la que los alumnos contemplan esa realidad.

Alexander Riley, profesor de Sociología en la Bucknell University de Lewisburg (Pennsylvania), ha compartido su experiencia al respecto en Public Discourse:

Las dificultades de la enseñanza sobre el divorcio en un mundo anecdótico

Desde hace dos décadas me esfuerzo por enseñar a los estudiantes de una pequeña universidad de artes liberales de élite los efectos del divorcio en los niños. Muchos de los trabajos académicos sobre el divorcio en el ámbito de las ciencias sociales adolecen de un sesgo político, dado que los científicos sociales suelen tener una abrumadora mayoría de opiniones progresistas sobre el matrimonio y la familia. Pero, no obstante, hay muchos buenos estudios disponibles. El Proyecto Nacional de Matrimonio de la Universidad de Virginia, dirigido por Brad Wilcox, es un sitio maravilloso de datos y análisis fiables. El editor colaborador de Public Discourse, Mark Regnerus, el difunto Steven Nock, de la Universidad de Virginia, y Sara McLanahan, de Princeton (que ha fallecido recientemente), también han realizado importantes investigaciones sobre el tema, y con frecuencia enseño a mis alumnos sus conclusiones.

Las pruebas demuestran con innegable claridad que el divorcio perjudica a los niños. Judith Wallerstein hizo un seguimiento de una muestra de hijos de parejas divorciadas durante veinticinco años, documentando múltiples y graves déficits en comparación con los grupos de familias intactas. Se ha demostrado que estos déficits perjudican el desarrollo cognitivo de los niños. Cuanto más se desciende en la jerarquía socioeconómica, mayor es el daño que sufren los hijos de los divorciados. Un estatus económico elevado no protege a los niños de los perjuicios del divorcio. La investigación ha demostrado que el divorcio produce resultados psicológicos adversos para los niños en comparación con sus iguales que provienen de familias biológicas intactas, incluso cuando se controla la situación económica. Sin embargo, el divorcio es menos frecuente entre las familias de clase alta y media que entre las de clase baja. Y cuando las familias de clase media-alta experimentan el divorcio, son capaces de amortiguar al menos su trastorno financiero con sus recursos.

Gráfico que relaciona índice de divorcio con nivel económico.

El porcentaje de adultos que se han divorciado alguna vez es tanto mayor cuanto menor es el nivel económico, de ahí también el mayor impacto sobre la estabilidad financiera de los hijos en su nueva situación.

Teniendo en cuenta estas tendencias, la verdadera dificultad a la que me enfrento para enseñar a los alumnos la dura realidad del divorcio no es la politización de la investigación. Más bien, el mayor desafío para mi enseñanza es la visión relativista, dominada por anécdotas, del conocimiento que muchos de mis alumnos han absorbido cuando entran en mi aula. Esta forma de pensar es cada vez más frecuente en todos los temas, pero quizás sea especialmente común en este, dada la desconexión entre los antecedentes, las experiencias y las creencias de mis alumnos, por un lado, y los datos sobre los efectos del divorcio, por otro.

Los límites de lo anecdótico

La epistemología implícitamente relativista y anecdótica de mis estudiantes es antitética al funcionamiento básico de las ciencias sociales. Si se quiere entender con precisión el funcionamiento de una institución como el matrimonio, la primera regla sociológica es que hay que centrarse en los patrones generales que producen los datos basados en un gran número de casos. Las anécdotas personales son, por supuesto, una forma importante de transmitir y comprender las experiencias individuales de los matrimonios y los divorcios, pero no nos dicen necesariamente nada útil sobre el panorama social más amplio. Su caso individual podría ser representativo de tendencias más amplias, pero también podría no serlo. No hay forma de saber cuál es el caso a menos que se mire más allá de lo personal.

En la universidad en la que trabajo, un dato demográfico sobre la gran mayoría de los estudiantes se interpone a menudo en el camino de la comprensión plena de esta cuestión. El típico estudiante de la Universidad de Bucknell procede de un entorno de clase media-alta que no es representativo de la estructura familiar estadounidense en general. Les doy esta calculadora para obtener una estimación aproximada del lugar que ocupan sus familias en la estructura general de las clases sociales estadounidenses. Estos datos muestran a qué altura se sitúa la familia media de Bucknell en esa jerarquía.

Al igual que muchas otras personas de su edad, educación y nivel socioeconómico, mis estudiantes se inclinan hacia la izquierda políticamente. Tienden a aceptar las afirmaciones de que el matrimonio es un asunto contractual e individualista que debe durar solo mientras las dos partes del contrato estén plenamente satisfechas. Suponen que el divorcio es un acto básicamente inofensivo que es necesario cuando una u otra parte de ese contrato desea abandonar el acuerdo. A priori, estos prejuicios suelen verse reforzados por sus propias experiencias familiares de divorcio. En prácticamente todas las clases que imparto en las que se trata este tema, al menos un alumno dirá: "Bueno, mis padres están divorciados y a mí me fue bien. Entonces, ¿cómo puede ser cierto algo de lo que estamos leyendo y hablando aquí?".

Más allá de tu experiencia

Para ser justos, mucha gente empieza con su propia experiencia cuando discute o piensa en cualquier tema político o social. No es un problema empezar con la anécdota. El problema surge cuando nuestro estudio de un fenómeno termina con la anécdota. Si uno quiere entender un asunto a nivel poblacional, debe ir más allá de lo personal para hacerse estas preguntas: "¿Es mi experiencia representativa de otras en mi sociedad, tanto en general como con respecto a otras de más o menos la misma situación social que la mía? ¿Soy un caso atípico, una excepción a los patrones y tendencias generales, o encajo perfectamente en un patrón más amplio de las experiencias de los demás?".

Los estudiantes universitarios de dieciocho años tienen excusas razonables para su evidente falta de facilidad con estas cuestiones. A su edad, el poderoso motor de la preocupación por uno mismo que nos impulsa en la infancia y la juventud está empezando, aunque muy lentamente, a apagarse. En la mayoría de los casos, hasta ese momento sus pensamientos están dominados por la preocupación egoísta. Pero vienen a la universidad -o al menos deberíamos desear que vinieran- para ser educados en formas de pensar más sofisticadas, más ligadas a la verdad. Los estudios universitarios son el momento de sacudirse los malos hábitos de la constante autorreferencia.

Profesores relativistas

Pero la dificultad de inculcar a los estudiantes la apertura a la evidencia es que demasiados de sus profesores abrazan la opinión de que el conocimiento relativista, subjetivista y, en última instancia, la experiencia personal, es el único tipo disponible para nosotros, o al menos que supera a otros tipos de conocimiento. Se espera que un estudiante de primer año en la universidad piense solo de forma anecdótica. Pero ¿qué debemos hacer con las personas con doctorados en ciencias sociales que enseñan en las universidades y que parecen tan incapaces de este tipo de razonamiento como sus estudiantes de primer año?
He visto muchos ejemplos de este tipo en mis veinte años en el mundo académico, y se han vuelto más comunes en los últimos años. Hace poco, una científica social de mi generación -es decir, de mediana edad- celebraba en una de sus cuentas de redes sociales el hecho de haberse divorciado de su cónyuge y haber criado a su hijo básicamente como madre soltera, con poca participación del padre. Esto era, según ella, una refutación de las afirmaciones de los conservadores de que el divorcio perjudica a los niños.

No planteó ninguna de las complejas cuestiones que acabo de señalar. ¿Tenían algo que ver sus ingresos de clase media alta y la flexibilidad de su trabajo académico de élite con el hecho de que el divorcio se hubiera resuelto de forma relativamente poco problemática? No se menciona esto. ¿Cuáles son los datos comparativos sobre los resultados de los niños que, como el suyo, tienen la misma clase pero que crecieron en familias intactas, y qué parte de la diferencia entre los niños de clase media alta de familias intactas y los de la misma clase de familias rotas podría atribuirse razonablemente a los efectos del divorcio? Tampoco tiene nada que decir sobre esto.

Recientemente he asistido a una charla en el campus de una socióloga de otra universidad que había sido invitada a discutir los patrones de matrimonio entre los estadounidenses de clase trabajadora y pobres. Afirmó con brusquedad que no había pruebas de que las tasas comparativamente bajas de matrimonio y altas de divorcio de los estadounidenses menos prósperos contribuyeran significativamente a las dificultades de los niños de esas familias. Mencioné varios trabajos que demostraban precisamente eso. Desestimó a sus autores como "reaccionarios" y dijo que ella había visto personalmente a muchos niños en esas familias durante su propia experiencia vital y profesional que estaban muy bien. Pregunté cómo constituía esto una respuesta a los amplios datos de los "reaccionarios". La moderadora del acto pasó rápidamente a otra pregunta más amable del público.

Portada de un libro infantil sobre divorcio.

Esta obra, "Dos hogares llenos de amor", se presenta como una ayuda a para que el hijo comprenda que en ambas casas de sus padres divorciados se le quiere y apoya. Pero la portada, sin quererlo, lanza un mensaje distinto: el niño no quiere dos hogares donde ser querido, sino ser querido en un solo hogar.

La cultura estadounidense en general está totalmente saturada del mensaje que se presenta en estos ejemplos. Los escritores populares (que a menudo tienen experiencia personal con el divorcio) explican los efectos negativos murmurando que la adversidad hará más fuertes a los niños y que los matrimonios imperfectos son más perjudiciales que su desmantelamiento. Los libros infantiles presentan el divorcio como un acontecimiento positivo en el sentido de que duplica el número de hogares llenos de amor que los niños podrán habitar. Estos libros predican que nada permanece igual, ni siquiera aquello en lo que más confían los niños para obtener seguridad y estabilidad, así que más vale que se acostumbren a ello.

Pero esta deriva cultural general no puede excusar el fracaso de los profesores en la enseñanza. De hecho, el movimiento cultural hacia la "alegre conversación sobre el divorcio" se ha visto influenciado en gran medida por la forma en que los educadores han fallado tan atrozmente. Los profesores tienen el deber intelectual y moral de mostrar a sus alumnos la verdad y la mejor manera de discernirla. Con profesores como los que he descrito, ¿es de extrañar que los estudiantes universitarios estén masivamente confundidos en este tema? El público, cuyos hijos están siendo mal educados de esta manera, debe desafiar este proceso para evitar un mayor declive en el pantano cultural relativista.

ReL, Traducido por Elena Faccia Serrano.

Vea también     Los Efectos del Divorcio en los Hijos



























jueves, 27 de octubre de 2016

¿En qué afecta la violencia televisiva a los niños?

Mecanismos psicológicos de asunción psicológica de la violencia

¿En qué afecta la violencia televisiva a los niños?

La violencia tiene un gran impacto en TV. Las investigaciones afirman que el 85% de los programas de ficción contiene violencia. Para hacernos una idea, un adolescente, antes de acabar este periodo evolutivo, habrá contemplado más de 13.000 muertes.

La contemplación de la violencia provoca violencia o al menos eso es lo que se supone, pero es difícil de demostrarlo empíricamente. Las variables que estarían implicadas en el impacto negativo de la violencia televisiva pueden ser las siguientes:

El contexto donde ocurre esa violencia: Si los contextos violentos que se nos ofrecen son similares a nuestro medio vital habitual, se podría dar un aumento de las actuaciones violentas por identificación con las mismas. La mayor parte de la violencia en TV ocurre en contextos interpersonales muy similares a nuestras propias vivencias.

La justificación de la violencia: La violencia gratuita tiende a aumentar el comportamiento violento, en la mayoría de las situaciones violentas que aparecen en la pequeña pantalla no se presenta como el último recurso sino más bien como el único. Los menores pueden acaba pensando que el ser violento es el único modo de ser.

El contenido de la justificación: Qué se nos puede decir con esa violencia. Los héroes violentos suelen erigirse en portadores de la verdad y la justicia, y dictaminan la bondad de los hechos por encima de los criterios éticamente aceptados por la sociedad.

La persona que percibe la violencia: Evidentemente la receptividad de la persona que está expuesta a las acciones violentas en la televisión depende de muchas variables, las principales podrí­an ser las siguientes:
Grado de frustración con el que se encuentre el televidente (situación puntual que acentúa la contemplación de la violencia).


Agresividad del perceptor (los más agresivos tienden a actuar de forma más violenta cuando ven violencia).



En el caso de los niños hay que añadir la fragilidad de sus criterios éticos, que les hace aceptar las expresiones violentas sin discernir su idoneidad.


La asunción de la violencia por parte de los más pequeños se puede explicar a través de distintos mecanismos psicológicos. Los más destacados podrí­an ser los siguientes:

Identificación: con los personajes de los programas televisivos. Mecanismo de raíces psicodinámicas que nos habla de la adopción³n como propia de las características del héroe por parte del niño.
Imitación: Condicionamiento Vicario. La imitación de un modelo socialmente aceptable, el héroe, por parte del menor.

Agudización: La violencia incrementará el comportamiento violento de sujetos propensos a la misma. Actuará como estímulo desencadenante en aquellos niños especialmente inquietos.

Ansiedad: El temor ante el entorno que se nos presenta como violento, conduce a respuestas defensivas que pueden producir respuestas de imitación, que en este caso serán respuestas violentas.

Asociación: Tiene que ver con el Condicionamiento Clásico. Se trata de asociar que ante situaciones de conflicto la única respuesta posible es la respuesta violenta. La repetición de este mecanismo va a generar otro proceso:

Activación del individuo: La repetición de respuestas violentas va a disminuir el umbral de sensibilidad del niño ante la misma y le va a facilitar emitir respuestas similares.

Desensibilización: Ley de la Habituación ante la repulsa de la violencia. La sucesiva exposición ante situaciones violentas produce que el niño cada vez sienta menos malestar ante las mismas. Esto podría explicar el silencio en los procesos de victimización entre iguales. Para un niño que está acostumbrado a aceptar las respuestas violentas no le va a suponer nada ver como maltratan a otro niño.

Pero el proceso de aceptación de la violencia televisiva y su traspolación a la vida real no sólo depende de variables individuales del niño. También©n la actitud familiar ante esta violencia influencia y facilita esa posible traspolación de la que hablamos. Entre las variables familiares implicadas en la repercusión de la violencia televisiva en los más pequeños estarán:

Comportamiento violento de los padres: un patrón de comportamiento violento por parte de algún progenitor o de ambos sumado a la contemplación de violencia en televisión puede aumentar las respuestas violentas en los niños, además de su justificación.

La contemplación de programas violentos por los padres: sobre todo cuando esta contemplación no es criticada, puede inducir a los menores a entender que si sus padres no condenan dicha violencia es que la misma es aceptable y, por tanto, ellos la pueden imitar con tranquilidad.

Parece que hasta ahora estamos hablando sólo de series de ficción con personajes humanos, pero de la violencia tampoco se escapan los dibujos animados y las series de animación. En los dibujos animados las secuencias violentas son muy frecuentes. 

Los datos empíricos nos revelan datos sorprendentes:

El 40 % de las conductas violentas son ejecutadas por los protagonistas.

El 66% de las mismas son de carácter proactivo, no se producen como defensa ante nada.

El 75 % de las consecuencias de la violencia no aparecen o son mucho menores que en las de las de ficción reales.

La mayorí­a de las veces las conductas violentas están justificadas por un fin (amistad, justicia…)

No perdamos de vista que la abundancia de programas violentos a los que sometemos a los menores y la falta de respeto por parte de las cadenas televisivas en su compromiso de crear y cuidar franjas de contenido infantil no dejan de ser un maltrato institucional y social a la infancia. Sin embargo, que la violencia contemplada se plasme en la conducta personal dependerá¡, en buena parte, de la respuesta que den todos aquellos que tienen responsabilidades educativas sobre los niños: la familia, la escuela y los medios de comunicación.

Artículo originalmente publicado por lafamilia.info