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jueves, 8 de octubre de 2020

Cómo responder a un insulto

 STRESS


Estos 3 pasos pueden ayudarte a ser una persona con integridad y fortalecer tus relaciones

Tengo muchos defectos. En el interés de la transparencia, me encantaría escribirte una lista de ellos pero, parafraseando a san Juan el Evangelista, no hay bastantes libros en el mundo para contener una lista así.  

Empiezo con esta humilde confesión porque no quiero sonar demasiado arrogante –la arrogancia es uno de mis principales defectos, por cierto– al asegurar que se me da bastante bien responder a los insultos.

Muy poco de lo que cualquiera pueda decirme me afecta ya, suscita una réplica o me hace hacer o decir algo que lamente. La triste verdad es que a la mayoría de los sacerdotes se les da bien encajar insultos, y yo he aprendido a mantener el optimismo a lo largo de los años observando a sacerdotes mayores a los que admiro.

La gente nos dice cosas de lo más estrafalarias, así que, después de un tiempo, nos convertimos en expertos de la digestión de golpes emocionales. No vienen de nuestros feligreses necesariamente.

Normalmente, los feligreses son encantadores; lo que pasa es que los sacerdotes son un blanco muy visible para cualquiera que esté enfadado con Dios o que haya desplazado su ira hacia otras personas. He visto a personas decir cosas absolutamente terribles a sacerdotes cuya respuesta no se quedaba lejos de la santidad.

No nací con esta habilidad. Tuve que aprenderla. Y si yo puedo aprenderla, tú también puedes. En cierto modo, es extraño que la vida se las apañe para obligarnos a aprender a recibir insultos; pero son cosas que pasan. Sin duda, uno no tiene que ser sacerdote para que le insulten. A todos nos han insultado alguna vez. Probablemente todos hemos dedicado un insulto. Es esa declaración apresurada que desearíamos poder retirar en el mismo instante que escapa de nuestros labios. Sucede tan a menudo que resulta increíblemente útil saber cómo lidiar con ello; de otro modo, puede llegar a arruinar familias y amistades.

Un insulto real –del tipo que toca la fibra y deja un daño duradero– siempre es personal. Ataca la identidad de una persona, pintándolo como esencialmente defectuoso en el mismo centro de su ser. Aquí es donde mis defectos se convierten en mis fortalezas. Resulta que soy una persona con una confianza en mí mismo extraordinaria. Esto me mete en problemas algunas veces, pero también me permite adaptarme bien en la absorción de insultos. Nunca permito que el insulto me defina porque yo sé quién soy.

Tener la suficiente seguridad en uno mismo como para no permitir que el insulto se convierta en personal es el primer paso para responder de forma positiva. En vez de ceder a la autocompasión, devolver el ataque con una réplica airada que disimule el dolor o agonizar por un comentario malicioso, recuérdate que los insultos a menudo dicen más de la persona que insulta que sobre ti. No es una excusa, pero la persona que insulta probablemente esté triste, dolida y llena de dudas. Quizás se sienta impotente debido a otra situación en su vida y tú le pareciste un objetivo fácil que le ayudara a reafirmar cierto sentido de control. ¿Quién sabe? Quizás el que insulta sabe exactamente lo que te está haciendo y, para él o ella, sí es algo personal. Para ti, no tiene por qué serlo. Sabe quién eres.

La segunda forma de responder a un insulto deriva de la primera. Si tienes seguridad en tu identidad, puedes tomar la sustancia del insulto con calma y seriedad. Quizás no sea más que un ataque personal, lleno de falsedad y bilis. En este caso, lo mejor es pasar página sin dedicar otro segundo a pensar en ello. Sin embargo, a veces el insulto puede ocultar cierta sustancia que puedes aprovechar para tu crecimiento personal.

Un gran ejemplo de esta actitud es san Juan María Vianney. En el año 1818, llegó a su primer destino sacerdotal en la parroquia rural de Ars, en Francia. Había pasado por los pelos sus exámenes en el seminario y sus superiores no lo tenían en alta estima, así que lo enviaron a un pueblecito tranquilo donde no pudiera causar gran daño.

No mucho después de su llegada, los sacerdotes vecinos se quejaron de él, llamándolo ignorante. Luego enviaron una solicitud al obispo para que lo reasignaran y, cuando la solicitud llegó accidentalmente a la rectoría de Vianney, él vio las firmas de sus hermanos sacerdotes. Vio el insulto.

Así que él también la firmó con su nombre y envió personalmente por correo la solicitud al obispo. Vianney sabía –como todos los sacerdotes– que era indigno de su vocación y estaba dispuesto a tomar seriamente la sustancia del insulto. Continuó trabajando y creciendo en sabiduría y, con el tiempo, se hizo famoso por su sabio consejo y su capacidad para la enseñanza. Desechó el insulto en sí, absorbió su sustancia y convirtió su debilidad en fortaleza.

El tercer paso importante en la respuesta a un insulto es tomarse tiempo para ponderarlo antes de responder. Una respuesta rápida será, inevitablemente, una respuesta pobre porque lo más probable es que esté motivada por una emoción negativa. Cada vez que he respondido con rapidez a palabras que me parecieron ofensivas, siempre lo lamenté. He aprendido por las malas a siempre tomarme unos segundos –o el tiempo que sea necesario– para valorar una respuesta prudente.

Un maravilloso ejemplo de esto es el famoso incidente que ocurrió en 1997 cuando Steve Jobs recibió una “pregunta” insultante en la Conferencia Mundial de Desarrolladores de Apple. Durante el tiempo de preguntas a Jobs, un hombre empezó su intervención diciendo: “Es tristemente claro que, en varios temas que ha tratado, usted no sabe de lo que está hablando”.

Luego, terminó con otro insulto más: “Quizás podría decirnos lo que ha estado haciendo usted personalmente en los últimos siete años”. Para responder, Jobs se mantuvo en silencio pensando durante un tiempo largo e incómodo antes de hablar.

Y siguió todos los pasos descritos en las líneas anteriores. No se lo tomó como algo personal, se tomó en serio el contenido subyacente del insulto y, después de dedicar un tiempo a pensar una respuesta apropiada y razonable, habló. La manera en que Jobs respondió se ganó la simpatía y el respeto de todos los presentes.

La vida es demasiado corta para desperdiciar nuestra energía respondiendo a la negatividad con más negatividad. La forma en que respondes a un insulto no habla realmente de la otra persona, sino de ti mismo o misma. Te corresponde a ti definirte a ti mismo, no a cualquier otra persona. Te corresponde a ti aprovechar la oportunidad para extraer cualquier consejo constructivo y usar ese intercambio como oportunidad para mejoría personal. Te corresponde a ti dedicar tiempo a reflexionar sobre cómo responder positivamente, para caminar sin entrar en el barro, para ser amable y empático.

Todos tenemos defectos, pero esos defectos no tienen que arrastrarnos al lodazal, porque cada defecto es una oportunidad, cada insulto una invitación a aceptar el reto. Podemos ser mejores e incluso las interacciones más negativas que experimentamos están llenas de oportunidades.

Michael Rennier, Aleteia

Vea también  Oración expiatoria al Sagrado corazón de Jesús


lunes, 20 de febrero de 2017

Cómo evitar que el deseo de venganza te domine

Sólo hay una manera de detenerlo 

odio venganza

CARLOS PADILLA ESTEBAN, aleteia 
La venganza es una actitud muy propia del hombre: “Habéis oído que se dijo: – Ojo por ojo, diente por diente”. Evoca la ley de talión. Una ley moral que trata de establecer la proporcionalidad en la reacción. No devolver más daño que el recibido.

Esa ley la llevo grabada en el alma. Muchas veces he sentido la necesidad de vengarme ante el mal recibido. He buscado servir mi venganza en plato frío. No inmediatamente, sino algo más tarde. Si me hacen daño no lo olvido. Guardo la ofensa.

Y yo entonces también lo hago. Si me gritan yo grito. No más fuerte, lo mismo. Si me hieren yo hiero. No con más dureza, con la misma. Si me insultan yo insulto.

Pero a veces actúo de forma desproporcionada al mal recibido. Hago más. Grito más. Me sorprendo a mí mismo ideando venganzas más crueles. Mi corazón me sorprende. No tolero la injusticia. No aguanto la mentira. Me lleno de rencor.

En la película The Little boy el sacerdote le decía al niño: “La fe no funciona si hay algo de rencor en tu corazón”. Si tengo rencor en el corazón me vuelvo vengativo. Dejo de mirar a Dios. Brotan el odio y el desprecio.

“Tan malo como el tabaco para los pulmones es el rencor para el alma; una sola bocanada ya es nociva”[1]. Me vuelvo mezquino. Me pongo a la defensiva. Ataco antes de que me ataquen. Siento que la vida es injusta y yo deseo una vida más justa.
Siento que no me toman en cuenta después de todos mis méritos. Se despierta la envidia al comparar mi vida con otras. Me comparo con los que más tienen, con los que más pueden, con los que valen más que yo. Envidio otros templos, al comparar mi templo con otros. Deseo otras vidas.

Y la envidia me lleva a guardar rencor en el alma. Me siento poco valorado por los míos. Poco respetado por los que dicen amarme. Poco amado por Dios y por los hombres. Guardo rencores no olvidados. No perdono y quiero la venganza. Ese ojo por ojo que tanto daño me hace. La medida que han usado conmigo quiero yo usarla con otros.

El otro día leí algo muy cierto: “Es más fácil criar niños fuertes que reparar adultos rotos”. Un vaso roto. Una vida rota. Es más difícil reparar que fortalecer. Hacer que el corazón sea más fuerte desde niño es el camino ideal. Para que los rencores no acaben pesando demasiado en el alma.

Decía el papa Francisco: “Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal”.

Quiero formar personalidades fuertes. Quiero ser yo más fuerte en las manos de Dios. Ese templo en el que Dios se hace fuerte. Herido y fuerte al mismo tiempo. Quiero ser fuerte desde mi herida.
Que mi pequeñez no sea una barrera en mí sino un puente. Que no por ser débil me cierre al amor a los hombres. El odio engendra más odio. La venganza más venganza en un círculo vicioso que nunca termina. Más odio, más rencor, más violencia, más venganza. No hay punto final.

¿Quién puede poner un punto final a esa espiral de venganzas? Sólo el hombre libre. Aquel que no teme por su vida. Ese hombre arraigado en Dios que le ha entregado todo.

Decía el padre José Kentenich: “También nosotros anhelamos una nueva conversión. Es cierto que ya nos convertimos una vez y que pertenecemos al mundo donde reinan los valores sobrenaturales. Pero aún no nos hemos arraigado suficientemente en Él. El puerto hacia el cual nos dirigimos está siempre delante de nosotros: echar raíces en la eternidad. La senda a recorrer ahora es la de abandonarse al Espíritu Santo”[2].

Una roca asentada en el corazón de Dios. Sólo entonces es posible detener ese deseo de venganza. Ese ojo por ojo. No me importa más que el amor sea asimétrico. Yo no reacciono al odio con odio. No quiero ser reactivo. Quiero actuar con misericordia.
Me gustó esta descripción de los discípulos de Jesús: “Su conducta ha de estar marcada por una dedicación misericordiosa a las personas. Si son misericordiosos, también ellos experimentarán a su vez misericordia”[3].

Necesito saberme amado por Dios en lo más hondo de mi ser. Me quiere como soy. Con mis debilidades, en mi pequeñez. Eso me sostiene. Hace más fuerte mi alma herida. Puedo detener esa cadena del odio. Puedo evitar devolver mal por mal. El amor es asimétrico.
Puedo responder con amor cuando recibo odio. Puedo responder con una sonrisa cuando me gritan. Me parece tan difícil… Pero es posible si me dejo. Si me arraigo en Dios. Si no vivo a la defensiva cuidando mi parcela. Mi mundo. Mis tierras. Mis derechos. Mi justicia. Mi verdad.

No quiero vivir así. Esperando que los demás actúen correctamente. Muchas veces no lo van a hacer. Pero yo no quiero caer en lo mismo. No quiero reaccionar. Quiero aprender a actuar con sabiduría. Que mi amor sea asimétrico. Eso me da alegría. Amo sin que me amen. Trato con delicadeza aun cuando no lo hagan conmigo.

[1] Elizabeth Gilbert, Come, reza y ama
[2] J. Kentenich, Envía tu Espíritu
[3] Anselm Grün, La mitad de la vida como tarea espiritual, 90

martes, 13 de diciembre de 2016

¿Cómo se puede perdonar y no seguir odiando?

Perdonar de boca para fuera es muy fácil.
Lo difícil es perdonar de corazón

¿Cómo se puede perdonar y no seguir odiando?

Contioutra, aleteia
No hay escapatoria. En determinado momento de la vida, alguien te dirá cosas que no querías o deberías oír, o te hará algo que nunca esperabas. Palabras duras, pesadas, que herirán y harán sangrar. Actitudes fuertes, que atormentarán tu sueño y desencadenarán noches de insomnio. Peor aún, cuando esas palabras las diga algún ser querido del que nunca te lo esperarías. Siendo así, ¿qué hacer?

La verdad es que la mayoría de nosotros siente una enorme dificultad en lidiar con situaciones de este tipo. Sentimos angustia, quedamos resentidos, el corazón sufre. Perdonar de boca para afuera es muy fácil. Lo difícil es perdonar de corazón. Por otro lado, ¿que tipo de beneficio hay en guardar rencor?

Te quedas pesado, triste, perturbado con una pesadilla que siempre se repite. Escuchando, siempre que se hace el silencio, el eco del sufrimiento recorriendo la mente y el corazón. Pasamos a alimentar un monstruo dentro de nosotros, que nos sofoca, porque se nutre del odio que llevamos. Un fardo incómodo que nos impide seguir adelante.

De esa forma, el odio se acaba volviendo una especie de grillete que nos encadena al pasado, quitándonos la capacidad de vivir el presente y ver lo que hay de positivo en nuestra vida. Se produce, incluso, una visión totalmente negativa del ser humano, en que se realzan de tal manera los aspectos negativos presentes en las personas, que se impide ver la belleza que pueda haber en ellas.
En otras palabras, el odio nos vuelve ciegos y, aunque este se haya desencadenado por un mal causado por otros, no debemos alimentarlo, porque, a fin de cuentas, nosotros somos los principales perjudicados, ya que nos roba completamente nuestra energía y como se dice en la película “Historia Americana X” – “La vida es muy corta para estar todo el tiempo enfadado”.

Sé que muchas cosas que nos suceden son difíciles de perdonar, porque la verdad es que cada vez que confiamos en alguien, nunca esperamos que esa persona rompa el sentimiento que depositamos en ella, aunque hayas sido defraudado antes. Por eso, duele tanto cuando una persona nos defrauda, porque esperábamos que esta vez sería diferente.

Sin embargo, esto siempre sucederá. Sea con nuevas personas a las que conocemos, sea con aquellos a quienes más queremos, y el odio estará siempre rondando, dispuesto a volver, como la sequía que atormenta el páramo.

Pero guardar angustia, rencor, odio, nunca será la mejor opción, pues cuando lo alimentamos, es difícil huir de sus amarras y, así, todo se vuelve infierno sólo queremos que sigue ardiendo, sin aliviar el dolor, una autoflagelación ininterrumpida, que reabre continuamente las heridas.

Pienso que por más que haya personas que nos hagan daño, si sabemos mirar, siempre habrá otras que nos abracen. A veces, las cosas dependen de una mirada en perspectiva, para que podamos percibir que el perdón no es una forma de pasividad o de librarse de quien nos hizo el mal, sino que perdonar es lo mismo que decir que, aun estando hundidos, somos capaces de ser luz en la oscuridad y que no vamos a desperdiciar nuestra energía en el odio. El mundo ya está lleno de odio, cuando lo que necesita es el amor.