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martes, 29 de septiembre de 2026

León XIV cierra su viaje a Francia con un llamamiento a «desarmar los corazones y las palabras»

 En Metz, la ciudad de Robert Schuman, que cambió de manos entre Francia y Alemania León XIV cerró su viaje con dos avisos: a los líderes religiosos, que usar el nombre de Dios para justificar la violencia es profanarlo, y a Europa, que su futuro no está en la uniformidad sino en la «armonía de las diferencias».

El Papa ha clausurado su segundo gran viaje apostólico en Metz, ciudad francesa en la frontera con Alemania. La próxima parada serán 10 ciudades de América del Sur en noviembre.

El Papa ha clausurado su segundo gran viaje apostólico en Metz, ciudad francesa en la frontera con Alemania. La próxima parada serán 10 ciudades de América del Sur en noviembre.


    León XIV puso este lunes punto final en Metz, en el noreste de Francia, a su viaje apostólico de cuatro días por el país. Lo hizo con dos citas que, aunque separadas por unas horas, tenían mucho que ver. 

    Por la mañana, en el Centro de Congresos Robert Schuman, reunió a representantes de las distintas tradiciones religiosas presentes en Francia y les recordó que «invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre». 

    Por la tarde presidió la misa por la paz y la justicia en la catedral de San Esteban. Según el Vaticano, participaron unas 35.000 personas, dentro del templo y en las calles cercanas, donde se instalaron pantallas gigantes. Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte, se sentaron en la primera fila.

    El Papa con el presidente de la República Emmanuel Macron.

    El Papa con el presidente de la República Emmanuel Macron.Vatican Media

    Dios no firma la violencia

    El lugar ya era parte del mensaje. Schuman, venerable y uno de los padres fundadores de la Unión Europea, vivió en Metz, y el Papa lo presentó como un hombre que «supo transformar las antiguas líneas de fractura en puntos de esperanza». 

    Antes de su discurso, los responsables de las principales confesiones del país leyeron y firmaron el Llamamiento de Metz. El texto mira al encuentro de Asís de hace cuarenta años y sostiene que no se puede construir una paz duradera sin los demás ni contra ellos.

    León XIV se apoyó en Francisco y en la Fratelli tutti, en Juan Pablo II y hasta en Paul Ricoeur para defender que «dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad». Para él, el diálogo es el arte de ver al otro como una promesa y no como una amenaza. 

     «Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina», afirmó también. De ahí sacó una tarea concreta para cada líder presente: que el discurso religioso sirva para «desarmar los corazones y las palabras». No es poca cosa en una Europa donde, a veces, se reza con el puño cerrado.

    Durante un momento de su discurso en el encuentro «A las raíces de Europa por la paz y la unidad».

    Durante un momento de su discurso en el encuentro «A las raíces de Europa por la paz y la unidad».

    La segunda parte del discurso apuntó a otro frente. «La grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana», dijo, y añadió que servir a la vida es «envolverla en cuidados, presencia y ternura, sobre todo en la prueba, hasta el final».

    Veinticuatro horas después de llamar «falsa compasión» a la eutanasia ante los enfermos de Lourdes, y en un país que acaba de legalizar la «ayuda para morir», ese «hasta el final» no necesitaba traducción.

    El desierto, el jardín y la casa

    En la homilía de la misa que se celebró posteriormente, el Papa partió de Isaías y de sus tres imágenes del Reino de Dios. El desierto es el lugar de lo esencial. El jardín es el de la belleza. La casa es la única de las tres que no brota sola, porque exige ladrillo, sudor y manos humanas. 

    Así ocurre de la misma manera con la paz, explicó: «la paz, que es don de Dios, exige una respuesta por parte de los hombres en un esfuerzo compartido».

    Después, al comentar el Evangelio, el de poner la otra mejilla, el Papa explicó que habrá quien lo vea como debilidad o como rendición ante el mal, «pero no es así en absoluto». 

    Y, mirando a una tierra «lacerada en el pasado por conflictos fratricidas», según dijo, afirmó que «no es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación. No es verdad que el que se marcha azotando la puerta es más fuerte que el que afronta el esfuerzo de caminar juntos».

    Metz, dijo, demuestra que la reconciliación solo es posible cuando alguien tiene «la valentía de romper las cadenas del resentimiento». Citó a san Agustín y su tranquillitas ordinis, y también a Juan Pablo II en el Acto Europeo de Santiago de Compostela de 1982.

    Recordó también que Europa se construyó sobre un patrimonio espiritual y moral «aun antes que económico y político». Enumeró ese patrimonio sin tapar ninguna parte: el carácter sagrado de la vida «en todas sus fases», la familia como fundamento de la sociedad, los pobres, la acogida del extranjero y el respeto a los ancianos. Es un inventario que no deja cómodo a nadie, y probablemente por eso es el bueno.

    A las 16:00 presidió la Santa Misa en la catedral de Metz.

    A las 16:00 presidió la Santa Misa en la catedral de Metz.

    La linterna del Buen Dios

    El final de la homilía se lo regaló la propia catedral, conocida como la «Linterna del Buen Dios» por sus 6.500 metros cuadrados de vidrieras. Entre ellas brillan las del pintor judío Marc Chagall.

    El Papa vio en ellas «un extraordinario símbolo ecuménico y de diálogo interreligioso», y así cerró el círculo con el encuentro de la mañana. De ahí salió su frase para Europa: «el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz».

    También aplicó la imagen a la Iglesia. Sin vidrieras, las ventanas de San Esteban serían solo huecos llenos de una luz que ciega. Con ellas, se convierten en libros. Las estructuras eclesiales, vino a decir, solo tienen sentido si sirven para eso.

    Fuera esperaban scouts de uniforme, jubilados en banquetas plegables y banderas alemanas mezcladas con las francesas, algo impensable en esta plaza hace ochenta años. Había también una profesora de Física que se tomó el día libre para venir con cuatro de sus seis hijos. 

    El Papa se despidió pidiendo a Metz que sea «un faro de esperanza para este país, para Europa y para el mundo», y puso rumbo a Roma. Deja en Francia una idea sencilla y nada cómoda: la luz, para que sirva de algo, tiene que atravesar algo roto.

    ReL





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