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domingo, 21 de julio de 2024

¡Comulga, pues, con frecuencia!

 



La frecuencia de confesar y comulgar. Porque dime, alma mía, ¿viviría mucho tu cuerpo sin alimento? ¿creerías que para hacerlo vivir le bastaría tomarle una, dos o tres veces al año? Y aunque fuera posible que así viviese ¿estaría muy fuerte y muy robusto? ¿Y querrás que tu alma viva la vida de la gracia sin tomar a menudo el pan divino y sobresustancial de la Eucaristía? ¿Te figuras que le es menos necesario que el material para el cuerpo? No, te engañas tontamente; ni quieras milagros sin necesidad. Como Dios te ha dado el pan material para alimentar a tu cuerpo, así te ha dado el pan eucarístico para mantener y aumentar la vida espiritual de tu alma: comulga, pues, con frecuencia, como te lo aconsejan los santos y te lo persuade tu propia necesidad espiritual, y vivirás eternamente...

San Antonio María Claret
Ejercicios Espirituales de
San Ignacio de Loyola Explicados

sábado, 30 de septiembre de 2023

Especialmente para los que NO suelen ir a Misa los Domingos

 Aquí podemos ofrecerle sólo unos pocos aspectos
de las mil maravillas de la Santa Misa

Dimensión plena y significado esencial del Sacramento de la Eucaristía.

No es lícito ni en el pensamiento ni en la vida ni en la acción, quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia.

San Juan Pablo II
Carta Encíclica Redemptor hominis, n. 20

¡Atención! ¡Atención!

La causa del relajamiento del sacerdote es que no presta atención a la Santa Misa.

¡Dios mío, qué digno de compasión es un sacerdote cuando celebra la Santa Misa como una cosa ordinaria!

San Juan María Vianney, el Cura de Ars

Sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos.

Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el Amén, y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: "El Cuerpo de Cristo", y respondes: "Amén". Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén.

San Agustín, Doctor de la Iglesia
Sermón 272


Si una mujer embarazada asiste a la Santa Misa.

Si una mujer embarazada asiste a la Santa Misa, siempre y cuando ello le sea posible, tomándose un poquito de molestia, como mayor se la tomó la Virgen al viajar a Belén para dar a luz allí al Redentor, podrá obtener grandes auxilios en los dolores de su parto.

San Beda el Venerable,
Doctor de la Iglesia


El Padre eligió lo mejor entre lo mejor.

El Padre eligió lo mejor entre lo mejor; algo que no se podía comprar ni vender; quiso darnos el misterio profundo de su Hijo, la Carne de su Hijo, la Sangre de su Hijo; su Hijo como Pan, como alimento, como manjar, como Vida. Todo se lo ha dado al hombre.

Sierva de Dios Teresa Mª de Jesús Ortega, op
Eucaristía, banquete de amores y sacramento de unidad

La Santa Misa es el cielo en la tierra.

Decía el Cardenal Schönborn que el cielo y la tierra, la Iglesia celeste y la Iglesia peregrina, se unen sobre la tierra durante la celebración de la Santa Misa. Por eso, decimos claramente que la Santa Misa es el cielo en la tierra y que se celebra realmente con todos los ángeles y todos los santos.

Lorient Marc, De L´angelité, o.c., p. 25.

Por la Eucaristía somos una humanidad añadida a la de Cristo.

Gracias a la Eucaristía nosotros nos volvemos una humanidad añadida a la de Cristo.

P. Raniero Cantalamessa, OFMCap
Predicador Pontificio











viernes, 18 de marzo de 2022

Cardenal Raniero Cantalamessa: Redescubrir el asombro eucarístico


Las reflexiones cuaresmales tendrán como objeto la Eucaristía en su etapa actual, es decir, como sacramento. Lo anunció en su primera predicación de Cuaresma el Cardenal Raniero Cantalamessa OFMCAP, Predicador de la Casa Pontificia, que dedicará las reflexiones de esta Cuaresma a un reexamen del misterio eucarístico. (Vatican News)

“Redescubrir el asombro eucarístico” es el objetivo de las predicaciones de Cuaresma del Cardenal Raniero Cantalamessa. Este viernes 11 de marzo, a las nueve de la mañana en el Aula Pablo VI del Vaticano y ante los miembros de la Curia Romana, el Predicador de la Casa Pontificia propuso una catequesis mistagógica sobre la eucaristía para las reflexiones cuaresmales, que tendrán como objeto la Eucaristía en su etapa actual, es decir, como sacramento. Mistagógica porque su objetivo, en la Iglesia antigua, era revelar a los neófitos el significado de los ritos celebrados y las profundidades de los misterios de la fe: bautismo, confirmación o unción y, en particular, la Eucaristía. Por ello explicó que en las predicaciones serán seguidos de cerca el desarrollo de la misa en sus tres partes, ligurgia de la palabra, liturgia eucarística y comunión, para permanecer lo más posible anclados a la naturaleza sacramental y ritual de la misma, y se añadirá al final una reflexión sobre el culto eucarístico fuera de la Misa. 

Jesús está realmente presente en este mundo

La Eucaristía, comenzó diciendo, es “presencia en la historia del acontecimiento que ha invertido para siempre los papeles entre vencedores y víctimas”. Esto porque, en la cruz, “Cristo hizo de la víctima el verdadero vencedor” y así, la Eucaristía “nos asegura que Jesús está con nosotros, no solo intencionalmente, sino realmente en este mundo nuestro, que parece escaparse de nuestras manos en cualquier momento”. 

Nos repite: "¡Ánimo! ¡Yo he vencido al mundo!" (Juan 16: 33).

Figura, acontecimiento y sacramento

En la historia de la salvación la Eucaristía está presente en el Antiguo Testamento como figura; está presente en el Nuevo Testamento como acontecimiento y está presente en el tiempo de la Iglesia como sacramento. La figura – explicó el Padre Cantalamessa - anticipa y prepara el acontecimiento, el sacramento «prolonga» y actualiza el evento. Y acrecentó:

En el Antiguo Testamento, la Eucaristía está presente «en figura». Una de estas figuras era el maná, otra el sacrificio de Melquisedec, otra el sacrificio de Isaac. Con la venida de Cristo y su misterio de muerte y resurrección, la Eucaristía ya no está presente como figura, sino como acontecimiento, como realidad. Lo llamamos «acontecimiento» porque es algo que sucedió históricamente, un hecho único en el tiempo y en el espacio, sucedido solo una vez (semel) e irrepetible: Cristo «sólo una vez, en la plenitud de los tiempos, apareció para anular el pecado por medio del sacrificio de sí mismo» (Heb 9,26). Finalmente, en el tiempo de la Iglesia, la Eucaristía, está presente como sacramento, es decir, en el signo del pan y del vino, instituido por Cristo. 

Re-presentar 

Porque la Misa renueva el acontecimiento de la cruz celebrándolo (¡no reiterándolo!) y lo celebra renovándolo (¡no sólo recordándolo!), la palabra en la que hoy se logra el mayor consenso ecuménico es quizás el verbo representar, entendido en el sentido fuerte de re-presentar, es decir, “hacer presente de nuevo”, precisó el predicador de la Casa Pontificia.


Gracias a la Eucaristía nos convertimos en contemporáneos del acontecimiento. 



Corpus Domini

Corpus Domini

La memoria se convierte en realidad y presencia

En la Misa las palabras y los episodios de la Biblia no sólo son narrados, sino revividos; la memoria se convierte en realidad y presencia. Lo que sucedió «en aquel tiempo», - reiteró el purpurado - sucede «en este momento», «hoy».

No sólo somos oyentes de la palabra, sino interlocutores y actores de la misma. Es a nosotros, allí presentes allí, a quienes se dirige la palabra; estamos llamados a ocupar el lugar de los personajes evocados.

Invertir tiempo y oración en la preparación de la homilía

Sucede que según el predicador de la Casa Pontificia “la liturgia de la Palabra es el mejor recurso que tenemos para hacer de cada vez, de la Misa, una celebración nueva y atractiva, evitando así el gran peligro de una repetición monótona que especialmente los jóvenes encuentran aburrida”. Pero señaló que para que esto suceda es necesario  invertir “más tiempo y oración” en la preparación de la homilía. 

Los fieles deberían ser capaces de comprender que la palabra de Dios toca las situaciones reales de la vida y es la única que tiene respuestas a las preguntas más serias de la existencia.

La cultura al servicio de la Palabra

Según el padre Cantalamessa, “hay dos maneras de preparar una homilía”: uno puede sentarse a la mesa y elegir el tema en base a las propias experiencias y conocimientos; luego, una vez que el texto esté preparado, ponerse de rodillas y pedir a Dios que infunda el Espíritu en las propias palabras. Es algo bueno, - corroboró - pero no es una forma profética.

Para ser proféticos deberíamos seguir el camino inverso: primero ponernos de rodillas y preguntarle a Dios cuál es la palabra que quiere hacer resonar para su pueblo. (…) Ahora ya no es la palabra de Dios la que está al servicio de tu cultura, sino tu cultura al servicio de la palabra de Dios. 

La obra del Espíritu Santo

Porque “toda la atención prestada a la palabra de Dios por sí sola no es suficiente”, debe descender sobre ella “la acción del Espíritu Santo” que se ejerce a través de la unción espiritual presente en el que habla y en el oyente. Tal como asegura san Juan, “hemos recibido la unción del Santo” gracias al bautismo y la confirmación, y para algunos “a la ordenación sacerdotal o episcopal”. Pero esta unción, sin embargo, “es como un ungüento perfumado encerrado en un jarrón: permanece inerte y no libera ningún olor si no se rompe y no se abre el jarrón”, como sucedió con el jarrón de alabastro roto por la mujer del evangelio, cuyo aroma llenó toda la casa (...). Depende de nosotros – señaló - eliminar los obstáculos que impiden la irradiación. 

No es difícil entender lo que significa para nosotros romper el jarrón de alabastro. La vasija es nuestra humanidad, nuestro yo, a veces nuestro árido intelectualismo. Romperlo significa ponerse en un estado de entrega a Dios y de resistencia al mundo. (…) Por lo tanto, pidamos la unción antes de que nos estemos preparando para una predicación o acción importante al servicio del Reino. 



Cardenal Raniero Cantalamessa OFMC en una foto de archivo

Cardenal Raniero Cantalamessa OFMC en una foto de archivo

Unge mi corazón y mi mente

“¿Por qué no decir alguna vez (o al menos pensar dentro de sí): «¿Unge mi corazón y mi mente, Dios Todopoderoso, ¿para que pueda proclamar tu palabra con la dulzura y el poder del Espíritu»?” planteó el cardenal Cantalamessa, que también hizo presente la necesidad de la “unción” no sólo “para que los predicadores proclamen eficazmente la palabra, sino también para que los oyentes la acojan”. De hecho, dice el evangelista Juan: 

«Habéis recibido la unción del Santo, y todos tenéis conocimiento... La unción que habéis recibido de él permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os instruya» (1 Jn 2,20.27).

El Maestro y su inspiración nos unge y nos instruye

Por eso, aunque “no es que toda instrucción exterior sea inútil” Cantalamessa finalizó haciendo bien presente que, tal como dice san Agustín, “Es el maestro interior quien verdaderamente instruye, es Cristo y su inspiración los que instruyen”.

Cuando falta su inspiración y su unción, las palabras externas solo provocan un alboroto inútil. 

Esperamos – concluyó - que aún hoy Cristo nos haya instruido con su inspiración interior y mis palabras no hayan sido "un ruido inútil".

Los próximos sermones de Cuaresma tendrán lugar los viernes 18 y 25 de marzo y 1 y 8 de abril de 2022.

El sermón completo del cardenal Cantalamessa

Card. Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.

Cuaresma 2022
Primera predicación

LA LITURGIA DE LA PALABRA

Viernes, 11 de marzo de 2022

Entre los muchos males que la pandemia de Covid está causando a la humanidad, ha habido al menos un efecto positivo desde el punto de vista de la fe. Nos ha hecho tomar conciencia de la necesidad que tenemos de la Eucaristía y del vacío que crea su carencia. Durante el período más agudo de la pandemia en 2020 me impresionó mucho -y, como a mí, creo que a muchos otros- lo que significaba asistir todas las mañanas por televisión a la Santa Misa celebrada por el Papa Francisco en Santa Marta.

Algunas iglesias locales y nacionales han decidido dedicar este año a una catequesis especial sobre la Eucaristía, de cara de un deseado renacimiento eucarístico en la Iglesia Católica. Me parece una decisión oportuna y un ejemplo a seguir, tal vez subrayando algunos aspectos no siempre tomados en consideración. Por eso, he pensado hacer una pequeña contribución al proyecto, dedicando las reflexiones de esta Cuaresma a un reexamen del misterio eucarístico.

La Eucaristía está en el centro de cada tiempo litúrgico, de la Cuaresma no menos que de los demás tiempos. Es lo que celebramos todos los días, la Pascua diaria. Cada pequeño progreso en su comprensión se traduce en un progreso en la vida espiritual de la persona y de la comunidad eclesial. Pero también es, por desgracia, lo más expuesto, por su repetitividad, a caducar de forma rutinaria, a algo que se da por descontado. San Juan Pablo II, en la carta Ecclesia de Eucharistia, escrita en abril 2003, dice que los cristianos deben redescubrir y mantener viva el «asombro eucarístico». Para este propósito quisieran servir nuestras reflexiones: redescubrir el asombro eucarístico.

Hablar de la Eucaristía en tiempo de pandemia y ahora además con los horrores de la guerra delante de nuestro ojos, no es huir de la realidad dramática que estamos viviendo, sino una ayuda para mirarla desde un punto de vista más elevado y menos contingente. La Eucaristía es la presencia en la historia del acontecimiento que ha invertido para siempre los papeles entre vencedores y víctimas. En la cruz, Cristo hizo de la víctima el verdadero vencedor: «Victor quia victima», lo define san Agustín: vencedor precisamente por ser víctima. La Eucaristía nos ofrece la verdadera clave de lectura de la historia. Ella nos asegura que Jesús está con nosotros, no solo intencionalmente, sino realmente en este mundo nuestro que parece escaparse de nuestras manos en cualquier momento. Nos repite: «Tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

La Eucaristía en la historia de la salvación

¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en la historia de la salvación? La respuesta es: ¡no ocupa un lugar, sino que lo ocupa todo! La Eucaristía es co-extensiva a la historia de la salvación. Sin embargo, está presente de tres maneras diferentes, en los tres tiempos o fases diferentes de la salvación: está presente en el Antiguo Testamento como figura; está presente en el Nuevo Testamento como acontecimiento y está presente en el tiempo de la Iglesia como sacramento. La figura anticipa y prepara el acontecimiento, el sacramento «prolonga» y actualiza el evento.

En el Antiguo Testamento —decía—, la Eucaristía está presente «en figura». Una de estas figuras era el maná, otra el sacrificio de Melquisedec, otra el sacrificio de Isaac. En la secuencia Lauda Sion Salvatorem, compuesta por santo Tomás de Aquino para la fiesta del Corpus Christi, se canta: «Figuras lo representaron: Isaac fue sacrificado; el cordero pascual, inmolado; el maná nutrió a nuestros padres»: In figúris præsignátur, / cum Isaac immolátur: / agnus paschæ deputátur: / datur manna pátribus. Como figuras de la Eucaristía, santo Tomás llama a estos ritos «los sacramentos de la Ley antigua» [1].

Con la venida de Cristo y su misterio de muerte y resurrección, la Eucaristía ya no está presente como figura, sino como acontecimiento, como realidad. Lo llamamos «acontecimiento» porque es algo que sucedió históricamente, un hecho único en el tiempo y en el espacio, sucedido solo una vez (semel) e irrepetible: Cristo «una sola vez, al final de los tiempos, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo» (Heb 9, 26).

Finalmente, en el tiempo de la Iglesia, la Eucaristía —decía—, está presente como sacramento, es decir, en el signo del pan y del vino, instituido por Cristo. Es importante que entendamos bien la diferencia entre el acontecimiento y el sacramento: en la práctica, es la diferencia entre la historia y la liturgia. Dejémonos ayudar por San Agustín.

Nosotros —dice el santo doctor— sabemos y creemos con fe certísima que Cristo murió una sola vez por nosotros, él, justo, por los pecadores, él, Señor por los siervos. Sabemos perfectamente que esto sólo ha sucedido una vez; y, sin embargo, el sacramento lo renueva periódicamente, como si se repitiera varias veces lo que la historia proclama que ha sucedido una sola vez. Sin embargo, acontecimiento y sacramento no están en contraste entre sí, como si el sacramento fuera falaz y solo el acontecimiento fuera verdadero. De hecho, de lo que la historia afirma haber sucedido, en realidad, una sola vez, de esto el sacramento renueva (renovat) a menudo la celebración en el corazón de los fieles. La historia revela lo que sucedió una vez y cómo sucedió, el liturgia hace que el pasado no se olvide; no en el sentido de que hace que vuelva a suceder (non faciendo), sino en el sentido de que lo celebra (sed celebrando) [2].

Aclarar la conexión que existe entre el sacrificio único de la cruz y la Misa es algo muy delicado y siempre ha sido uno de los puntos de mayor disenso entre católicos y protestantes. Agustín utiliza, como hemos visto, dos verbos: renovar y celebrar que son muy justos, siempre que, sin embargo, se entiendan uno a la luz del otro: la Misa renueva el acontecimiento de la cruz celebrándolo (¡no reiterándolo!) y lo celebra renovándolo (¡no sólo recordándolo!). La palabra, en la que hoy se logra el mayor consenso ecuménico, es quizás el verbo (también utilizado por Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei) representar entendido en el sentido fuerte de re-presentar, es decir, hacer presente de nuevo [3].

Según la historia, ha habido, por lo tanto, una sola Eucaristía, la realizada por Jesús con su vida y su muerte; según la liturgia, sin embargo, es decir, gracias al sacramento, hay tantas Eucaristías como se han celebrado y se celebrarán hasta el fin del mundo. El acontecimiento se realizó una sola vez (semel), el sacramento se realiza «cada vez» (quotiescumque). Gracias al sacramento de la Eucaristía nos convertimos, misteriosamente, en contemporáneos del acontecimiento; el acontecimiento se nos hace presente y nosotros al acontecimiento.

Nuestras reflexiones cuaresmales tendrán como objeto la Eucaristía en su etapa actual, es decir, como sacramento. En la Iglesia antigua había una catequesis especial, llamada mistagógica, que estaba reservada al obispo y se impartía después, no antes, del bautismo. Su objetivo era revelar a los neófitos el significado de los ritos celebrados y las profundidades de los misterios de la fe: bautismo, confirmación o unción y, en particular, la Eucaristía. Lo que nos proponemos hacer es precisamente una pequeña catequesis mistagógica sobre la Eucaristía. Para permanecer lo más posible anclados a la naturaleza sacramental y ritual de la misma, seguiremos de cerca el desarrollo de la Misa en sus tres partes —liturgia de la palabra, liturgia eucarística y comunión—, añadiendo al final una reflexión sobre el culto eucarístico fuera de la Misa.

Liturgia de la Palabra

En los primerísimos días de la Iglesia, la liturgia de la Palabra estaba separada de la liturgia eucarística. Los discípulos, refieren los Hechos de los Apóstoles, «todos los días, todos juntos, asistían al templo»; allí escuchaban la lectura de la Biblia, recitaban los salmos y las oraciones junto con los demás judíos; hacían lo que se hace en la liturgia de la Palabra; luego se reunían por separado, en sus casas, para «partir el pan», es decir, para celebrar la Eucaristía (cf. Hch 2, 46).

Muy pronto, sin embargo, esta práctica se hizo imposible tanto por la hostilidad hacia ellos por parte de las autoridades judías, como porque para entonces las Escrituras habían adquirido para ellos un nuevo significado, todo orientado a Cristo. Así fue como la escucha de la Escritura también se trasladó del templo y la sinagoga a los lugares de culto cristianos, asumiendo gradualmente la fisonomía de la liturgia actual de la Palabra que precede a la plegaria eucarística. En la descripción de la celebración eucarística hecha por san Justino en el siglo II, no sólo la liturgia de la Palabra es parte integrante de ella, sino que a las lecturas del Antiguo Testamento se han añadido ahora las que el santo llama «las memorias de los apóstoles», es decir, los Evangelios y las Cartas, prácticamente el Nuevo Testamento [4].

Escuchadas en la liturgia, las lecturas bíblicas adquieren un significado nuevo y más fuerte que cuando se leen en otros contextos. No se pretende tanto conocer mejor la Biblia, como cuando se lee en casa o en una escuela bíblica, cuanto reconocer al que se hace presente en la fracción del pan, iluminar cada vez un aspecto particular del misterio que se está a punto de recibir. Esto aparece, de manera casi programática, en el episodio de los dos discípulos de Emaús. Fue al escuchar la explicación de las Escrituras cuando los corazones de los discípulos comenzaron a derretirse, de modo que luego pudieron reconocerlo «al partir el pan» (Lc 24, 1ss.). ¡La de Jesús resucitado fue la primera «liturgia de la palabra» en la historia de la Iglesia!

Segunda característica: en la Misa las palabras y los episodios de la Biblia no sólo son narrados, sino revividos; la memoria se convierte en realidad y presencia. Lo que sucedió «en aquel tiempo», sucede «en este momento», «hoy» (hodie), como le gusta expresarse a la liturgia. No sólo somos oyentes de la palabra, sino interlocutores y actores de la misma. Es a nosotros, allí presentes allí, a quienes se dirige la palabra; estamos llamados a ocupar el lugar de los personajes evocados.

Algunos ejemplos ayudarán a entender. Una vez que leemos, en la primera lectura, el episodio de Dios hablando a Moisés desde la zarza ardiente: estamos, en la Misa, ante la verdadera zarza ardiente… Otra vez se habla de Isaías que recibe en sus labios el carbón ardiente que le purifica para la misión: estamos a punto de recibir en los labios el verdadero carbón ardiente, el fuego que Jesús vino a traer a la tierra… Ezequiel es invitado a comer el rollo de los oráculos proféticos: nos estamos preparando para comer al que es la palabra misma hecha carne y hecho pan.

Esto se hace aún más claro si pasamos del Antiguo Testamento al Nuevo, de la primera lectura al pasaje del Evangelio. La mujer que sufría una hemorragia está segura de que será sanada si puede tocar el borde del manto de Jesús: ¿qué decir de nosotros que estamos a punto de tocar mucho más que el borde de su manto? Una vez escuchaba en el Evangelio el episodio de Zaqueo y me llamó la atención su «actualidad». Yo era Zaqueo; las palabras estaban dirigidas a mí: «Hoy debo venir a tu casa»; era de mí de quien se podía decir: «¡Se ha alojado con un pecador!» y era a mí, después de recibirlo en comunión, a quien Jesús decía: «Hoy ha sido la salvación de esta casa» (cf. Lc 19, 9).

Así de cada episodio del Evangelio. ¿Cómo no identificarnos en la Misa con el paralítico a quien Jesús le dice: «Tus pecados te son perdonados» y «Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa» (cf. Mc 2, 5.11); con Simeón sosteniendo al Niño Jesús en los brazos (cf. Lc 2, 27-28); con Tomás que toca sus heridas (Jn 20, 27-28)? En el segundo domingo del tiempo ordinario del actual ciclo litúrgico está el pasaje evangélico en el que Jesús dice al hombre de la mano paralizada: «“Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida» (Mc 3, 5). No tenemos la mano paralizada; pero todos tenemos, algunos más o menos, el alma paralizada, el corazón reseco. A quien escucha Jesús le dice en ese momento: “¡Extiende tu mano! Extiende tu corazón ante mí, con la fe y la disposición de ese hombre».

La Escritura proclamada durante la liturgia produce efectos que están por encima de toda explicación humana, a la manera de los sacramentos que producen lo que significan. Los textos divinamente inspirados también tienen un poder curativo. Después de leer el pasaje del Evangelio en la Misa, la liturgia invitaba en un tiempo a que el ministro besara el libro diciendo: «Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados» (Per evangelica dicta deleantur nostra delicta).

A lo largo de la historia de la Iglesia, acontecimientos epocales han ocurrido como resultado de escuchar las lecturas bíblicas durante la Misa. Un joven escuchó un día el pasaje del Evangelio donde Jesús le dice a un joven rico: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme» (cf. Mt 19, 21). Entendió que esta palabra estaba dirigida a él personalmente, así que se fue a casa, vendió todo lo que tenía y se retiró al desierto. Su nombre era Antonio, el iniciador del monacato. Muchos siglos después, otro joven, recientemente convertido, entró en una iglesia con un compañero. En el Evangelio del día Jesús decía a sus discípulos: «No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno» (Lc 9, 3). El joven se volvió hacia su compañero y le dijo: «¿Has escuchado? Esto es lo que el Señor quiere que nosotros hagamos también». Así comenzó la Orden Franciscana.

La liturgia de la Palabra es el mejor recurso que tenemos para hacer de cada vez, de la Misa, una celebración nueva y atractiva, evitando así el gran peligro de una repetición monótona que especialmente los jóvenes encuentran aburrida. Para que esto suceda, debemos invertir más tiempo y oración en la preparación de la homilía. Los fieles deberían ser capaces de comprender que la palabra de Dios toca las situaciones reales de la vida y es la única que tiene respuestas a las preguntas más serias de la existencia.

Hay dos maneras de preparar una homilía. Uno puede sentarse a la mesa y elegir el tema en base a las propias experiencias y conocimientos; luego, una vez que el texto esté preparado, ponerse de rodillas y pedir a Dios que infunda el Espíritu en las propias palabras. Es algo bueno, pero no es una forma profética. Para ser proféticos deberíamos seguir el camino inverso: primero ponernos de rodillas y preguntarle a Dios cuál es la palabra que quiere hacer resonar para su pueblo.

De hecho, Dios tiene su propia palabra para cada ocasión y no deja de revelarla a su ministro, quien se lo pide humilde e insistentemente. Al principio será sólo un pequeño movimiento del corazón, una luz que se ilumina en la mente, una palabra de la Escritura que atrae la atención y arroja luz sobre una situación vivida. Es, aparentemente, solo una pequeña semilla, pero contiene lo que la gente necesita escuchar en ese momento.

Después de eso, uno puede sentarse a la mesa, abrir sus libros, consultar notas, recoger y ordenar sus pensamientos, consultar a los Padres de la Iglesia, a los maestros, a veces a los poetas; pero ahora ya no es la palabra de Dios la que está al servicio de tu cultura, sino tu cultura al servicio de la palabra de Dios. Sólo de esta manera la Palabra manifiesta su poder intrínseco.

La obra del Espíritu Santo

Pero hay que añadir una cosa: toda la atención prestada a la palabra de Dios por sí sola no es suficiente. Sobre ella debe descender «la fuerza de lo alto». En la Eucaristía, la acción del Espíritu Santo no se limita sólo al momento de la consagración, a la epíclesis que se recita antes ella. Su presencia es igualmente indispensable para la liturgia de la Palabra y, veremos a su debido tiempo, para la comunión.

El Espíritu Santo continúa, en la Iglesia, la acción del Resucitado que, después de la Pascua, «les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (cfr. Lc 24, 45). La Escritura, dice la Dei Verbum del Concilio Vaticano II, «debe leerse e interpretarse con la ayuda del mismo Espíritu mediante el cual fue escrita» [5]. En la liturgia de la palabra, la acción del Espíritu Santo se ejerce a través de la unción espiritual presente en el que habla y en el oyente.

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres
 (Lc 4, 18).

Jesús indicó así de dónde saca su fuerza la palabra proclamada. Sería un error confiar sólo en la unción sacramental que hemos recibido de una vez por todas en la ordenación sacerdotal o episcopal. Esta nos permite realizar ciertas acciones sagradas, como gobernar, predicar y administrar los sacramentos. Nos da, por así decirlo, la autorización para hacer ciertas cosas, no necesariamente autoridad al realizarlas; asegura la sucesión apostólica, ¡no necesariamente la éxito apostólico!

Pero si la unción es dada por la presencia del Espíritu y es su don, ¿qué podemos hacer para tenerla? En primer lugar, debemos partir de una certeza: «Estáis ungidos por el Santo», nos asegura san Juan (1 Jn 2, 20). Es decir, gracias al bautismo y la confirmación —y, para algunos, a la ordenación sacerdotal o episcopal— ya poseemos la unción. Más aún, según la doctrina católica, ha impreso en nuestra alma un carácter indeleble, como una marca o un sello: «Es Dios —escribe el Apóstol— quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros; y además nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones» (2 Cor 1, 21-22).

Esta unción, sin embargo, es como un ungüento perfumado encerrado en un jarrón: permanece inerte y no libera ningún olor si no se rompe y no se abre el jarrón. Así sucedió con el jarrón de alabastro roto por la mujer del evangelio, cuyo aroma llenó toda la casa (Mc 14, 3). Ahí es donde se inserta nuestra parte sobre la unción. No depende de nosotros, pero depende de nosotros eliminar los obstáculos que impiden la irradiación. No es difícil entender lo que significa para nosotros romper el jarrón de alabastro. La vasija es nuestra humanidad, nuestro yo, a veces nuestro árido intelectualismo. Romperlo significa ponerse en un estado de entrega a Dios y de resistencia al mundo.

No todo, afortunadamente para nosotros, está confiado al esfuerzo ascético. Mucho puede, en este caso, la fe, la oración, la humilde imploración. Por lo tanto, pidamos la unción antes de que nos estemos preparando para una predicación o acción importante al servicio del Reino. Mientras nos preparamos para la lectura del Evangelio y a la homilía, la liturgia nos hace pedir al Señor que purifique nuestros corazones y labios para poder anunciar dignamente el Evangelio. ¿Por qué no decir alguna vez (o al menos pensar dentro de sí): “Unge mi corazón y mi mente, Dios Todopoderoso, para que pueda proclamar tu palabra con la dulzura y el poder del Espíritu”?

La unción no sólo es necesaria para que los predicadores proclamen eficazmente la palabra, sino que también es necesario que los oyentes la acojan. El evangelista Juan escribía a su comunidad: «Estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis. […] La unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe» (1 Jn 2, 20.27). No es que toda instrucción exterior sea inútil. «Es el maestro interior –dice san Agustín – quien verdaderamente instruye, es Cristo y su inspiración los que instruyen. Cuando falta su inspiración y su unción, las palabras externas solo provocan un alboroto inútil» [6].

Esperamos que aún hoy Cristo nos haya instruido con su inspiración interior y mis palabras no hayan sido “un ruido inútil”.


[1] TOMÁS DE AQUINO, S.Th., III, q.60, a.2,2.

[2] AGUSTÍN, Sermo 112: PL 38, 643.

[3] PABLO VI, Mysterium fidei: AAS 57 (1965) 753ss.

[4] JUSTINO, I Apologia, 67, 3-4.

[5] Dei Verbum, 12.

[6] AGUSTÍN, Comentario a la Primera Carta de Juan, 3, 13.

























domingo, 14 de junio de 2020

Descubrir la Eucaristía

Definición de Eucaristía


La Eucaristía no es una devoción sino una presencia personal y real de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Merece todo honor y toda alabanza. Las devociones quedan para los santos. La Virgen Madre con su misión materna queda en un lugar especial.
     Presencia Eucarística. El papa Pablo VI en su encíclica sobre la Eucaristía señala seis presencias de Dios en el mundo. “Pero es muy otro el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por eso es entre los demás Sacramentos <<el más suave por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido>>; ya que contiene al mismo Cristo y es <<como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos>>.
   Dedicar un tiempo ante Jesucristo Sacramentado, es gozar de la misma presencia que Jesús tenía en el Evangelio, pero de otra manera. Nosotros hoy somos los leprosos, los paralíticos, Zaqueo, la Magdalena, las Hermanas de Lázaro, el Centurión, la Hemorroísa. Desde la Eucaristía tiene la misma fuerza y el mismo amor. Disfrutemos de su presencia en cuanto podamos. Dialoguemos con Él. Presentémosle nuestros deseos de santidad, de que las personas se salven, que su Pasión Muerte y Resurrección no sea desperdiciada. Nuestras preocupaciones, nuestros dolores…  Está lleno de misericordia.
   San Antonio Maria Claret sentía así su visita al Santísimo: Delante del Santísimo Sacramento siento una fe tan viva que no lo puedo explicar. Casi me parece sensible, y estoy continuamente besando sus llagas y quedo, finalmente,  abrazado con Él. Siempre tengo que separarme y arrancarme con violencia de su divina presencia cuando llega la hora”.
    Las realidades más valiosas de la Liturgia están en torno a la Eucaristía: cálices, patenas, ornamentos etc. Cuántas Religiosas de hábito y vida austera miman lo referente a la Eucaristía. El santo Cura de Ars cuando iba a las tiendas de Liturgia de Lyon, decía a los empleados: ¿No tiene algo mejor? Austero consigo mismo, generoso con el Señor Sacramentado. Las procesiones por nuestras calles son el convencimiento de que Él es el Señor del orden cívico y social.
   Alimento para el camino. El profeta Elías, huyendo de Jezabel, fue alimentado por el Señor para continuar el camino: <<Elías se levantó, comió, bebió y, con la fuerza de aquella comida, caminó cuarenta días y curenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”. (1 Re, 19, 8) San juan habla en su capítulo sexto de la eucaristía como alimento: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. (Jn 6,55) El escándalo que se armó fue mayúsculo. No solo entre los dirigentes judíos sino también entre algunos de sus seguidores. Se macharon. Se escandalizaban los paganos que pensaban que los cristianos comían carne humana en sus reuniones. Cuando los enemigos de la fe quieren darnos donde más nos duele, profanan las Sagradas Formas. Esta presencia de la Eucaristía como alimento es la garantía de nuestro caminar hacia la eternidad. Con el Viático nos abre el camino definitivo al encuentro con el Señor Resucitado. Para llegar hasta este punto, necesitamos fuerza para caminar.  El camino, a veces se hace largo y duro.
   Primero: El enemigo ataca: “Pongo hostilidades entre ti y la mujer, entre su descendencia y su descendencia; Esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en talón” (Gn 3, 15) “Y llenó de ira el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12, 17) No cesa el combate. Tenemos que ser fortalecidos con el Pan de Vida. El enemigo llega siempre con la tentación de la muerte.
   Segundo: Es una lástima que mayoría de los cristianos pongamos nuestra meta en evitar el pecado; cuando la Eucaristía nos posibilita crecer hasta transformarnos en Cristo Jesús. “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gl 2, 20).  “Porque a los que había conocido de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29) “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Fl 2, 5). Nuestra vocación es la santidad: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1Ts 4, 3). “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos” (Ef 1, $). No frustremos este proyecto amoroso de Dios sobre nosotros. No seamos aves de corral pudiendo ser águilas en las alturas. La eucaristía es un elemento clave en este ilusionante camino.
   Preparemos bien la recepción de la Eucaristía. Medio día ansiando al Señor y medio día de acción de gracias. Siempre en gracia de Dios. Si alguna ez no podemos confesarnos antes, un acto de perfecta contrición, y confesarnos cuanto antes.
   En cuanto al modo de recibirla, sigamos siempre el criterio y orientaciones de la Iglesia. No debemos dar más autoridad a una revelación o un santo que al criterio de la Iglesia. No seamos distintos por los gestos externos sino por la preparación del corazón. Intentemos no ser raros por el exterior. No juguemos a buenos y malos.
    Vivir la Eucaristía. Unas indicaciones que pueden ayudarnos a vivir mejor nuestra Eucaristía tan frecuente como podamos.
   Señal de la Cruz. Iniciamos la celebración con el signo del cristiano. Nos recuerda que en el altar hacemos presente la Muerte y resurrección de Jesús y que somos cristianos por su poder. Capaces de participar en el misterio eucarístico.
   A la acción humana de perdón, glorificación y de súplica, responde la acción de Dios con su palabra: Lecturas, homilía y credo.
   Ofertorio: El alimento de mi vida que presento: pan y vino.
 Se convierten en pan de vida y cáliz de salvación, mediante la oración de consagración. En este momento experimentamos la unidad de todo la Iglesia. Desde el Prefacio estamos unidos con la Iglesia del cielo y los hermanos de la tierra. Ofrecemos al Padre el Cordero Degollado. Único don perfecto e intercedemos por la Iglesia que camina en la tierra.
  El AMÉN final de la oración de la Consagración es importante. Nos unimos a la plegaria que el Sacerdote ha pronunciado en nombre de Cristo. San Jerónimo dice que cuando los cristianos lo decían en Roma, lo pronunciaban con tal fuerza, que temblaban los templos paganos.
   Que recibimos en la Comunión. Para identificarnos con Cristo y estar bien armados para luchar contra los enemigos que nos acechan.
   Podéis ir en Paz. No es un grito de tranquilidad y pasivo. En paz y dichosos por haber participado en la Eucaristía, pero en guerra contra todo lo que contradiga cuanto hemos celebrado.
 JULIO SÁINZ TORRES Rel
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