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miércoles, 5 de agosto de 2026

Carmina, la profesora que habló de su depresión con el Papa en Montjuich: así sintió su abrazo

León XIV abraza a Carmina en Montjuich, tras su testimonio de depresión e incluso intento de suicidio

León XIV abraza a Carmina en Montjuich, tras su testimonio de depresión e incluso intento de suicidio


    Los testimonios que se presentaron ante el Papa León XIV en su velada en el estadio olímpico de Montjuich, en Barcelona, eran bastante más duros que los que se habían presentado en los distintos eventos de Madrid los días anteriores.

    Uno de ellos era el de Carmina Santamaría Tejada, de 35 años, profesora en L'Hospitalet de Llobregat. Le habló de sus años sufriendo depresión. Rompía así un tabú, el de la salud mental. Su depresión duró 3 años e incluso intentó suicidarse. Carmina recibió ayuda, aunque tardía, con años de dilación.

    Ahora, en una entrevista en VaticanNews detalla que la terapia, la música y la misa diaria la ayudaron a sobrellevarlo y mejorar. Y que el abrazo del Papa fue como un bálsamo para ella.

    Sobre los años que más sufrió, afirma: “La mente empieza a jugarte malas pasadas, la sonrisa se convierte en un muro, llegas a pensar que valdrías menos que una piedra y te olvidas de ti misma”.

    Durante la pandemia, uno de los momentos más difíciles en su proceso, se obligaba a mantener "una cita diaria" con el Señor en la misa. "Pasaba todo el rato de la misa llorando, porque ya no podía más. Y, sin embargo, decía, antes de marcharse: "Señor, nos vemos mañana. Señor, volveré mañana, resistiré un día más"", recuerda.

    Cantar, tocar la guitarra o el piano también le permitió expresar sus emociones y recuperar paulatinamente la tranquilidad. 

    Carmina reconoce que pidió ayuda demasiado tarde: fue uno de sus hermanos quien le animó a buscar apoyo de profesionales de salud mental.

    Su historia llegó hasta el papa León XIV gracias a una conversación con el sacerdote responsable de la pastoral juvenil con la que colabora en Barcelona, que le propuso hacerle una pregunta durante su visita al estadio de la ciudad.

    De ese encuentro guarda el recuerdo de “un momento de descanso para el alma”. “Fue un abrazo realmente cálido, un abrazo que me dio consuelo, como cuando estás cansado y, de repente, alguien te abraza y tu peso desaparece, tu peso emocional, tu carga…”, relata.

    Ahora, siendo profesora, mira a sus alumnos adolescentes que también sufren problemas de salud mental y emocional. “Estamos muy conectados, pero de forma muy superficial”, afirma. Muchos jóvenes, dice, viven aislados detrás de una apariencia de bienestar y no encuentran personas de confianza cuando atraviesan momentos de dolor.

    “Tengo miedo por mis alumnos”, confiesa. Viven presionados para ser “bellos, perfectos, interesantes” y estar a la moda.

    Ahora, vencida esa oscuridad, Carmina quiere ayudar a otras personas desde su trabajo y su experiencia. 

    ReL

    Vea también     Depresión:  Síntomas, Diagnóstico, Causas, Posibles Reacciones



    miércoles, 21 de agosto de 2024

    Francisco llama a los cristianos a «difundir la fragancia de Cristo, no el mal olor del pecado»

    "No debemos distraernos de nuestro compromiso de realizar,
    en la medida de nuestras posibilidades y cada uno en su ambiente,
    esta sublime vocación de ser el buen olor de Cristo en el mundo",
    dijo Francisco durante la audiencia de este 21 de agosto.




    La mañana de este 21 de agosto, el Papa Francisco ha pronunciado una nueva catequesis del ciclo El Espíritu y la Esposa, donde ha profundizado en la venida del Espíritu Santo sobre Jesús durante su bautismo.

    A lo largo de su discurso, Francisco destacó la importancia de este pasaje del Evangelio, plasmada en las palabras de Jesús pronunciadas poco después en la sinagoga de Nazaret, "el Espíritu del Señor está sobre mí; por eso me ha ungido".

    A continuación abordó las implicaciones de esa unción sobre Jesús como "Rey, Profeta y Sacerdote", tal y como eran ungidos los reyes, sacerdotes y profetas del Antiguo Testamento pero, en este caso, con el "aceite espiritual" del Espíritu Santo, que desciende sobre Jesús.

    Es por ello que Jesús "estaba lleno del Espíritu Santo desde el primer momento de su Encarnación. Aquella, sin embargo, era una gracia personal, incomunicable. Ahora, en cambio, recibe la plenitud del don del Espíritu para su misión que, como cabeza, comunicará a su cuerpo que es la Iglesia".

    Profundizando en la simbología de este pasaje, detalló la consagración del óleo en la misa del Jueves Santo, el "crisma", con el que se ungirá a los que reciban el bautismo y la confirmación, siguiendo el rito que dice: "Que esta unción los penetre y santifique, para que, liberados de su corrupción nativa y consagrados como templo de su gloria, difundan la fragancia de una vida santa". Es una aplicación que se remonta a San Pablo, que escribe a los Corintios: "Porque somos ante Dios el olor de Cristo".

    "La unción produce el perfume. Los consagrados que viven esta unción con alegría perfuman a la Iglesia", subrayó el Papa.

    Sin embargo, advirtió de que, "por desgracia, a veces los cristianos no difunden la fragancia de Cristo, sino el mal olor de su propio pecado". Por ello invitó a recordar que "el pecado nos aleja de Jesús" y que "el diablo entra normalmente a través de los bolsillos".

    Frente a esta amenaza, el Papa invitó a no perder de vista el compromiso de realizar "la sublime vocación de ser el buen olor de Cristo en el mundo". Una fragancia que "emana de los frutos del Espíritu", como son "amor, alegría, paz, magnanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí".

    "Una persona con amor, gozosa, que crea la paz; una persona magnánima; una persona benévola, una persona buena… Es hermoso encontrar una persona buena, una persona fiel, una persona mansa que no sea envidiosa. Alguno sentirá un poco de esta fragancia cuando nos encontremos en medio de estas personas. Que seamos cada vez más conscientes de ser ungidos por Él", concluyó.

    ReL








    domingo, 21 de julio de 2024

    SI LOS BUENOS CALLAN, DEJAN DE SER BUENOS

    El cineasta Eduardo Verástegui participó en la I Semana de la Familia organizada por las universidades CEU San Pablo y Francisco de Vitoria del 1 al 5 de julio. Con ese motivo conversó con Mater Mundi TV sobre nuestras responsabilidades ante Dios. Dejó varias frases para pensar:

    -"El mal triunfa cuando la gente buena se queda callada. Y cuando la gente buena se queda callada, ya no es gente buena, porque es parte del problema";

    -"Está fuera de mis manos controlar lo que el mundo piense de mí. Al final del día le vamos a rendir cuentas a Dios, no al mundo. Es lo que piensa Dios lo que importa: no 'el qué dirán' sino 'Él, ¿qué dirá?'".

     

    -"Si Dios está dentro de ti, no puedes vivir en miedo, porque entonces no está Dios dentro de ti: crees que está dentro de ti, pero quien está dentro de ti es el miedo, y el miedo es el que te tiene poseído".


    martes, 2 de julio de 2024

    ¿Por qué hay católicos que creen, a su manera, pero ya no van a la iglesia? Responde una analista

     

            

    Philippa Martyr es una analista de sondeos sobre los católicos
    en Australia, sus creencias y hábitos



    Philippa Martyr es una veterana estudiosa de sondeos y estadísticas sobre la Iglesia Católica en Australia, de la Universidad de Notre Dame Australia, con sede en Sídney. Suele escribir con estilo divulgativo en los distintos digitales católicos del país, a veces también sobre temas de Psicología, pero más a menudo sobre la sociología de los católicos.

    En Australia y otros países, al contrario que en España, la Iglesia encarga detallados sondeos sobre las creencias y prácticas de los creyentes o la población en general. (España es un país especialmente raro, al tener muchas universidades católicas, unas diez, pero que casi nunca estudian a los fieles ni a la sociedad: los pastores españoles, para conocer a las ovejas, dependen de los datos dudosos que dan entidades con líderes hostiles, como el nada fiable CIS del activista socialista José Félix Tezanos).

    Philippa Martyr, al oír que el Centro Nacional [católico australiano] de Investigación Pastoral dedicará dos años a estudiar por qué los católicos en Australia "no asisten a misa", adelanta en el Catholic Weekly algunas cosas que ella considera que son bien conocidas.

    Una doctrina más permisiva no atraerá a nadie

    La primera es que los que se declaran católicos pero no van nunca o casi nunca a misa, no aceptan muchas enseñanzas católicas importantes (sobre sexualidad, pecado, etc...) y declaran que la Iglesia debería cambiar su doctrina, "pero nunca dicen que volverán a misa si la Iglesia cambia".

    Con su estilo humorístico, la experta analista bromea: "¿Creen ustedes que podríamos intentar pedir un contrato firmado a cada uno de ellos, diciendo que en el momento en que se cambien las enseñanzas que consideran objetables, volverán cada domingo? No soy abogado, pero sospecho que podríamos tener problemas para lograr que eso llegue a los tribunales. También sospecho que si hiciéramos los cambios deseados, encontraríamos que los católicos que hoy sí asisten a misa desaparecerían de la noche a la mañana".

    Las 2 grandes razones ya se conocen

    Luego explica las dos razones por las que los católicos australianos no van a misa (estudiadas en sondeos de 1996 y 2007):

    - "No creen que sea pecado faltar a misa los domingos";
    - "no están de acuerdo con las enseñanzas de la iglesia en temas clave".

    "Ambas razones nos indican que hemos hecho un mal trabajo en la educación de la fe de estas personas desde la infancia. Si yo fuera ellos, tampoco iría a misa", lamenta la investigadora.

    La investigación busca "nuevas causas", y Martyr considera que quizá haya un par relacionada con el coronavirus.

    "En mi investigación, descubrí que aproximadamente una cuarta parte de todos los asistentes a misa habían reducido su nivel normal de asistencia a misa, a pesar de que las iglesias estaban abiertas nuevamente", detalla. Es decir, de los que acudían antes, uno de cada cuatro sigue acudiendo, pero menos veces.

    "Luego está el incómodo asunto de que los católicos mayores simplemente hayan muerto en los últimos cinco años. Creo que las muertes naturales representan aproximadamente una cuarta parte de las personas que hemos perdido desde 2016", añade.

    Una catedral blanca vacía por dentro, foto de Reinaldo Kevin en Unsplash

    Los que creen, pero están enfadados

    Por último, Martyr ha repasado los cuestionarios del sondeo Católicos en Australia 2022, donde aparecen 100 católicos "poco o nada practicantes" que en una sección de comentarios detallan sus razones para estar enfadados con la Iglesia (que no es lo mismo que razones para no ir a misa, pero tiene relación).

    "No puedo encontrar un patrón claro en sus respuestas. Por ejemplo, alrededor del 14 por ciento de ellos menciona el abuso sexual del clero y alrededor del 12 por ciento menciona el papel de la mujer [en la Iglesia]. Mencionan estas razones como razones por las que no les gusta la iglesia o están enojados con ella. Muy pocos dicen: “por eso ya no voy a misa”. En cambio, hay algunas historias muy personales de por qué algunas personas dejaron de ir a misa".

    "Algunas de ellas se basan en trágicos malentendidos de las enseñanzas de la iglesia. Algunas personas dicen que han trabajado para la Iglesia y han visto cosas que les han horrorizado. A veces es algo tan sencillo como que hayan elegido un nuevo párroco que no les gusta", detalla, enumerando la casuística.

    "El grupo más interesante para mí hasta ahora es el de aquellos que parecen bastante conservadores en sus creencias, pero que perdieron la esperanza y dejaron de ir a misa. No estoy seguro de que nadie supiera de ellos antes de ahora", añade.

    "Creo que es importante que sepamos más sobre los católicos que ya no van a misa. También creo que no debemos engañarnos pensando que podemos recuperar a estas personas reorganizando el mobiliario de la iglesia. Se necesitará mucha apertura, paciencia y voluntad para explicar claramente las enseñanzas de la iglesia a cada uno de ellos, posiblemente por primera vez. Se necesitarán disculpas y perdón por ambas partes. Tenemos mucho por qué disculparnos. También será necesario que se enamoren nuevamente de Jesús Sacramentado. Pero esta vez tendrá que ser el verdadero Jesús", afirma la analista.

    P.J.G., ReL

    Vea también       El laicado, ese gigante dormido


    lunes, 20 de noviembre de 2023

    El verdadero significado de ser cristiano

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    Como cristianos, nos definimos por el nombre de Cristo. No es una cuestión menor. Implica una elección por nuestra parte, o en todo caso un sentimiento de pertenencia, de reconocimiento

    El cristiano es aquel que profesa su fe en Jesucristo. Esta definición nos parece tan obvia que muchas veces no nos tomamos la molestia de detenernos en ella. Pero ¿qué significa realmente para nosotros? Con San Pedro, en el Evangelio de San Mateo (Mt 16, 13-18), tratemos de dar sentido a este nombre cristiano y cuestionemos nuestra fe.

    Reconocer a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre

    «¿Quién dicen que soy? Tú eres Cristo, el hijo del Dios vivo» (Mt 16,15-16). San Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, reconoce a Jesús como hijo de Dios. Quizás deberíamos intentar ponernos en el lugar de los apóstoles para comprender mejor la importancia de la pregunta de Cristo y la respuesta que da San Pedro. 

    Probablemente los apóstoles estaban cautivados por el Maestro pero aún les costaba comprender con quién estaban tratando realmente. Hacía poco que habían dejado atrás su vida laboral, acorde con la de su época. Lo habían dejado todo para seguir a Jesús.

    Un hombre. Un hombre de carne y hueso, aunque también se revela maestro, profeta, hacedor de milagros, amigo… Pero, ¿Hijo de Dios? Esto es mucho más difícil de concebir. En última instancia, enfrentamos el mismo desafío en nuestra vida como cristianos: el de reconocer a Cristo. ¿Somos más rápidos para creer que los apóstoles? Muy pocos de nosotros somos capaces de afirmar, con tanta confianza como Pedro, que el hijo de Dios se hizo hombre, que vino a habitar entre nosotros y que es nuestro Salvador. 

    Jesús ha estado preparando a los apóstoles desde su encuentro. En cuanto a nosotros, puede que hayamos ido al catecismo cuando éramos más jóvenes, vamos a misa los domingos, nos declaramos cristianos y, sin embargo, la Verdad es tan difícil de comprender que, como a los apóstoles, nos lleva mucho tiempo llegar a entenderla. De hecho, la mayoría de ellos esperaron hasta la resurrección del Señor para comprender plenamente quién era aquel con el que se habían codeado, al que habían servido y al que habían amado.

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    Jesús lava los pies a Pedro (detalle), Giotto (Capilla de los Scrovegni)

    Elegir definirse como cristiano

    Como cristianos, nos definimos por el nombre de Cristo. No es una cuestión menor. Implica una elección por nuestra parte, o en todo caso un sentimiento de pertenencia, de reconocimiento. Entonces, como cristianos, ¿cómo respondemos a la pregunta de Jesús: «¿Quién soy yo para ti?»

    Es a Jesús, personalmente, a quien debemos una respuesta porque es a cada uno de nosotros individualmente a quien se plantea esta pregunta. ¿Definimos nuestra relación con Cristo como algo tan importante que nos da nuestro nombre? ¿Qué nos convierte en lo que realmente somos? Hagámonos realmente esta pregunta, porque de esta sencilla y directa cuestión se derivan multitud de otras que condicionan nuestro modo de vida.

    Significa hacernos preguntas sobre nuestra naturaleza más profunda, sobre la forma en que enfocamos nuestras vidas, sobre el sentido que queremos dar a nuestras vidas, sobre nuestra vida interior y lo que la impulsa. Sobre lo esencial. ¿Quién soy yo? ¿En términos de qué, o más bien ,de quién quiero definirme? ¿Quién creo que soy? Aunque la respuesta sea a veces vaga, titubeante o incluso desesperada: «No lo sé», o «Ya no lo sé», o «¡Ayúdame Señor!» Quizá lo importante sea que esta pregunta siempre resuene en nuestro interior.

    Sacudir la fe

    En teoría, nuestra fe nos permite responder a esta pregunta como San Pedro. Pero al igual que los apóstoles, aquellos que lo dejaron todo para seguir a Jesús, en nuestro corazón habrá regularmente vacilaciones, dudas, miedo, pero también certeza. ¿Cuántas veces se lo preguntaron estos hombres que estaban cerca de Él? ¿Cada día? ¿Cada vez que el camino era difícil o que sus vidas corrían peligro? ¿Cada vez que el Maestro hablaba y encendía el fuego en sus corazones? ¿Cada vez que se inclinaba sobre la viuda, el enfermo o el pecador? ¿Cada vez que su mirada se cruzaba con la suya? ¿La respuesta era siempre la misma? Seguro que no.

    Nuestra fe, como la de los apóstoles, debe estar en movimiento: debe alimentarse y enriquecerse, pero también cuestionarse, desafiarse y confrontarse. Por eso, la respuesta nunca se afirma de una vez por todas. Nuestra fe nunca se da por supuesta. San Pedro reconoció al Salvador y, sin embargo, cayó varias veces.

    Como él, tendremos momentos de fe profunda y de verdadera comunión con el Señor. Como él, dudaremos, nos equivocaremos, caeremos, negaremos. Y Él nos levantará. Recordemos con confianza la gran misión que Jesús confió a Pedro. «Dichoso tú, Pedro, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17).

    Deseando el espíritu de la verdad

    La exclamación de Pedro, en respuesta a la pregunta de Jesús, casi parece sobrecogerle, tan repentina y espontánea fue. Fue permitida porque su corazón vio la verdad, desvelada en el espacio de un instante. Reconoce a Cristo porque, al estar con él, ha aprendido a ponerse a disposición de la inspiración del Espíritu Santo.

    La fe se recibe. Es un don gratuito de Dios, ofrecido por el bautismo y a todo corazón que lo busque de verdad. El Espíritu sopla donde quiere, pero para recibirlo hay que tener un corazón dispuesto, un corazón que busca, que desea.

    Un testimonio alegre

    Nosotros que confesamos a Cristo -es decir, que afirmamos ser Cristo y sabemos reconocerlo- podemos ser sus testigos. No solo basta reconocerlo para que seamos capaces de hacerlo, sino que encontraremos en ello una alegría aún más profunda. Porque dar testimonio nos hace discípulos suyos. El testimonio nos une profundamente a Él. En efecto, cuando nos convertimos en sus testigos, hacemos nuestra su Palabra, hacemos nuestra su misión. Le acogemos y le dejamos vivir en nosotros. Entonces somos capaces de reclamar a Cristo como nuestro y llevar su nombre a quienes nos rodean.

    Pensemos en Felipe, que dice a Natanael que ha encontrado al Mesías esperado. Frente a su escepticismo, Natanael le conduce a Cristo. «Venid y veréis» (Jn 1,46). Basta un testigo para que se produzca el encuentro con Jesús. Natanael es llevado a su presencia, le reconoce a su vez y se convierte en uno de sus apóstoles. Es el encuentro personal con el Señor lo que conduce a la conversión del corazón. De hecho, Dios nos lo ofrece constantemente, pero para que se produzca es absolutamente necesario el deseo del hombre. Es el encuentro de dos voluntades que se buscan por amor: el feliz reencuentro de un alma desterrada y su creador, tan bien transcrito en el Cantar de los Cantares.

    NATIVE

    Aceptar su lugar en la Iglesia

    «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). En la primera lectura de este versículo, Jesús confía su Iglesia naciente a Pedro y, por extensión, a todos sus sucesores. Pero también puede leerse como un discurso dirigido a todos los que reconocen a Cristo, es decir, a todos los cristianos. Amando a Cristo, tratando de vivir a su imitación, viviendo plenamente nuestra fe, ocupamos nuestro lugar entre las piedras que construyen la Iglesia. Una pequeña parte de un todo cuyo imán es Cristo. Por modesta e imperfecta que sea nuestra piedra, contribuye a la construcción del conjunto, lo equilibra, lo consolida, lo unifica.

    La promesa de la vida eterna procede de la libre elección que hacemos de ocupar este lugar, a la que también se espera que contribuyamos. «Y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella» (Mt 16,18). Esta vida se ve menos como una recompensa para quienes lo han hecho todo bien, y más como una culminación. En efecto, cuando se saborea el amor infinito del Señor, cuando se entra en relación con Él, surge un deseo imperioso de seguir sus huellas -sin tener, no obstante, el cuadro completo, como los apóstoles y Pedro que, hasta la Resurrección, tienen a veces momentos de gracia y de verdad, pero que a menudo flaquean un poco en el fondo. Sin embargo, la fuerza del vínculo que les une a Cristo les impulsa constantemente a entrar en comunión con Él en su plan de salvación para ellos y para el mundo.

    Participar en la construcción del Reino

    Esto es también lo que significa ser cristiano: seguir sus pasos, poner de nuestra parte, aceptar el misterio. Aceptar que no lo entendemos todo sobre los planes de Dios. Dejarnos desbordar, pero seguir el camino con confianza y valentía tras las huellas de aquel que vino a hacernos sus hermanos y a elevarnos con él hacia Dios. Victorioso sobre la Muerte, conduce a su Iglesia a la Vida. La Iglesia de Cristo pertenece al Cielo. Se construye piedra a piedra aquí en la tierra, pero el conjunto, guiado por Jesús, ya es santo.

    En nuestro lugar, por humilde que sea, podemos decir que participamos en la construcción del Reino de Dios. Nuestro Cielo podría ser, por tanto, la medida del abandono con el que nos dejamos modelar por Aquel que siempre nos ha preparado un lugar allí.

    Stéphanie de Lachadenède, Aleteia

    Vea también      La auténtica participación en la Liturgia






























    martes, 25 de julio de 2023

    Falta testimonio cristiano


    'Seréis mis testigos' (Hech 1, 8) es un mandato explícito de Jesucristo a sus discípulos, y una exigencia de nuestro bautismo y nuestra confirmación. 'El Milagro de los cinco panes y dos peces que hizo Jesucristo en el desierto', por Francisco Herrera el Viejo (1590-1654), Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

     

    En una estación de ferrocarril o en un aeropuerto, no recuerdo bien. Multitud de personas deambulan de un lado para otro. Muchos paran un momento por el tablero de anuncios de entradas y salidas, otros con aspecto de cansados, se sientan donde pueden.

    De pronto me atrae la atención un señor de pie en medio de esa multitud que va y viene. Es sin duda alguna un judío que hace su oración, acompañada de los movimientos corporales propios de su modo de orar. Está totalmente ajeno a lo que le rodea. Por su supuesto que estaba extraño a lo que pudieran pensar.

    Les aseguro que, si bien los he visto rezar en otros lugares, en ese momento y en esas circunstancias me hizo reflexionar y preguntarme: ¿cuántos cristianos estarían dispuestos a un acción semejante?

    Entre los católicos, he visto a sacerdotes que hacían su oraciones en el tren y a gente de todo género y condición santiguarse al elevarse y descender el avión y al empezar la marcha el tren (aunque cada vez menos y hoy casi nadie). Pero algo semejante a lo que supone la oración de los judíos por su forma y en esas o parecidas circunstancias no he visto. Sirva esta historia de entrada para nuestro tema. 

    Un lamento ineficaz

    Nos lamentamos de la situación actual de la Iglesia. Hay razón para ello. Seminarios y casas de formación de religiosos y religiosas vacías o con un número ínfimo de aspirantes. Descenso notable de la asistencia a la Misa dominical. Aumento de divorcios y uniones matrimoniales sin sacramento. Confesonarios con descenso preocupante de penitentes. Disminución de bautismos y confirmaciones. Aumento de los católicos bautizados que no se reconocen como tales y más todavía sin manifestarlo.

    Pero de nada sirve si nos quedamos en el lamento. Dios tiene caminos que sobrepasan nuestro conocimiento. Él dirige con sabiduría infinita el fluir de la historia; pero es bien sabido, aunque sea un misterio insondable, que entra en sus datos de guía de la historia la responsabilidad humana. Y en ese espacio que deja en manos de la libertad humana hay un quehacer que da la impresión de estar un tanto olvidado. Me refiero a la obligación que tenemos todos los cristianos de ser testigos de Cristo con nuestra vida y con nuestra palabra.

    Cuando ando por la calle y luego extiendo mentalmente la mirada en un recorrido por la sociedad cristiana que conozco, apenas veo signos de testimonio cristiano. Realidad que, a pesar de las diferencias entre ambos momentos, tiene poco que ver con lo que reflejan estas palabras de los Hechos de los Apóstoles: «Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado» (Hch 2, 42-43). Todo el mundo estaba impresionado. 

    La exigencia de ser testigos

    El mandato es claro y reiterativo. Dice el Señor: «Vosotros sois la luz el mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 12-16).

    Es la hora de la despedida y de las últimas instrucciones a sus apóstoles antes de la subida a los cielos, y les dice: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8).

    «Ahora bien -dice San Pedro- [si tuvierais que sufrir por causa de la justicia] no les tengáis miedo. Más bien, glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicaciones a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 Pd 3, 15).

    Y San Pablo escribía así a los fieles de Éfeso: «Os conjuro a que os portéis de una manera digna de la vocación a la que habéis sido llamados» (Ef 4, 1). Y a los de Roma les recordaba que es necesario obrar el bien no solo delante de Dios, sino también delante de los hombres.

    Palabras que no tienen como destinatarios sólo a los apóstoles, sino que, en su forma y medida, atañe a todos los cristianos. El Concilio Vaticano II nos recuerda: «Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana y, regenerados como hijos de Dios, tienen el deber de confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia. Por el sacramento de la confirmación…. se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe con su palabra y sus obras como verdaderos testigos de Cristo» (Lumen Gentium, n. 11).

    Estamos, pues, ante una obligación que no se deriva sólo del Señor, sino como exigencia de la naturaleza de ser cristiano. 

    ¿Damos testimonio?

    Pero, ¿cómo hemos cumplido esta obligación? ¿Hemos sido luz que ha iluminado? ¿Nos distinguimos los cristianos de los no cristianos? ¿Nuestra vida da testimonio de Cristo? Debería ser un interrogante para los no cristianos. ¿Les extraña positivamente nuestra vida? ¿Les escandaliza positivamente? ¿Nos conocen como algo distinto, algo nuevo, un hombre en Cristo? El santo provoca rechazo o adhesión, pero no deja indiferente a nadie. Todos los cristianos debiéramos provocar, en cierta mediada, idénticos sentimientos.

    Cristo no vino a traer una nueva moral más perfecta, sino mucho más: un hombre nuevo. Si no aparecemos ante el mundo como tales, si no provocamos esa sensación, no damos testimonio de Cristo. Un cristianismo que “borra” el bautismo con la vida, es anti-testimonio. Pero un cristianismo que reduce su vida cristiana a la Santa Misa del domingo y sus prácticas piadosas, no es suficientemente testimonio.

    Hay que ser serios. Ser cristiano no es lo mismo que pertenecer a una sociedad recreativa, por más que también en ella es preciso ser serios. Se trata nada más y nada menos que de haber quedado configurados con Cristo por el bautismo; reafirmados y fortalecidos para dar testimonio con los hechos y con las palabras, por la Confirmación. Aquí no cabe andar con disimulos, ni dejar a “los misioneros” la tarea apostólica de predicar el Evangelio. Sobre todos, aunque de diferente forma, pesa idéntica obligación de dar testimonio y dar a conocer el Evangelio.

    De todos es sabido que hay muchos cristianos que dan cada día testimonio en su trabajo y en otros momentos. Pero ese testimonio debe salir a la calle y en la vida social. No se trata de llevar un cartel, ni siquiera un traje especial o un hábito, aunque, en su caso, también, sino de actuar con actitud cristiana en la calle y en toda relación social; no para que se nos note, sino de tal modo que se note. Brille vuestra luz entre los hombres. ¿Brilla esa luz en la mayoría de los cristianos? ¿Somos acaso cirios apagados? ¿La hemos metido debajo del celemín de nuestra vida semipagana? «Los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado» (Hch 4, 33).

    Y lo dicho no supone olvido de los monasterios y casas religiosas donde viven almas en entrega total, ni de los sacerdotes que viven su sacerdocio, ni de los seglares de movimientos, que son capaces de dejar atrás toda comodidad y marchar con sus familias a lugares extremadamente difíciles. Ni de los enfermos que ofrecen sus dolores y limitaciones. Ni de los pobres que viven su pobreza en cristiano. Ni de tantos seglares ejemplares. Ni de tantos mártires actuales, que ofrecen el mayor testimonio posible. No olvido nada ni a nadie, y me alegra y me siento interpelado. Pero pienso en ese número, todavía cuantioso, que llamamos practicantes, y no da la impresión de que su testimonio sea relevante. Y tengo muy presente no solo el posible antitestimonio (tremenda contradicción), sino la falta del testimonio especial de quienes se espera y es razonable esperarlo: de los sacerdotes y consagradas. 

    Vida en cristiano

    Ahora bien, el testimonio cristiano presupone una vida vivida en cristiano. Y vivir en cristiano es aceptar lo que el Señor nos va proponiendo en el camino de la vida en cada momento. Hacer la voluntad de Dios como se hace en el cielo. En cualquier elección que se nos presente, optar por Cristo. En la disyuntiva entre Cristo y lo que sea, por importante que pueda resultarnos, siempre elegir a Cristo. Dice el Señor: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10, 37-39).

    Esto es demasiado, esto no es posible, grita nuestra naturaleza… y hay que decir que, en cierto sentido, es razonable ese grito. Pero deja de serlo si tenemos en cuenta que se trata de Dios, del Señor absoluto de quien dependemos en el ser y en el existir y cuyo amor infinito hacia nosotros le llevó morir en una cruz.

    Pero esto no es todo el Evangelio. Para conjugarlo debidamente, es preciso seguir y escuchar estas reconfortantes palabras: «Venid a mí todos los que estáis cansados o agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carne ligera» (Mt 11, 28-30).

    Y estas otras no menos tranquilizadoras: «Pedro se puso a decirle a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús contestó: "En verdad os digo: Ninguno que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o campos por mi causa y por el Evangelio quedará sin recompensa. Pues, aun con persecuciones, recibirá cien veces más en la presente vida en casas, hermanos, hermanas, hijos y campos, y en el mundo venidero la vida eterna. Entonces muchos que ahora son primeros serán últimos, y los que son ahora últimos serán primeros» (Mc 10, 28-31). Cien veces más ahora y, después, la vida eterna.

    Nadie más feliz que los santos. «Haz lo que puedas, pide lo que no puedas, y Dios hará que puedas», decía San Agustín. Y Romano Guardini escribe en su obra El Señor: «Cuando la razón nos dice que no es posible, la fe contesta: Sí que es posible: “La fe es la victoria que vence al mundo”. Cada uno de los días de nuestra existencia acabará con la comprobación de que hemos caído y fracasado. Pero, a pesar de ello, no debemos desechar violentamente el mandato. Hemos de presentar a Dios nuestros fallos con el corazón contrito y empezar de nuevo, convencidos de que seremos capaces de cumplir lo que Él nos ordena, porque Él “obra en nosotros así el querer como el obrar”». 

    Y cuando pensamos que otros tienen que cambiar, es conveniente tener en cuenta las palabras de Urs von Balthasar: «Cuando oigo que la Iglesia tiene que cambiar, me digo: “Yo tengo que cambiar”».

    Clementino Martínez Cejudo, ReL

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    lunes, 10 de octubre de 2022

    «En una zona céntrica, a 200 metros de la clínica»: las denuncias no intimidan a 40 Días por la Vida


     

    La organización provida 40 días por la vida inició hace apenas unos días su campaña de ayuno y oración por el fin del aborto. Una iniciativa que consiste en rezar, en turnos de una hora y en grupos de entre dos y cinco personas, en la acera de enfrente de abortorios de 20 ciudades de España. Algo que no ha sentado nada bien a los que hacen negocio con las vidas de los más indefensos.

    Aunque la campaña de 40 Días por la vida consiste en orar pacíficamente, los primeros días, varios abortorios, ante la presencia de voluntarios, llamaron a la Policía invocando la aplicación del nuevo delito de acoso. Tras la comprobación por parte de los agentes, los voluntarios pudieron seguir rezando.

    Sin razones de orden público

    Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo frente a las clínicas que persiguen la vida en la ciudad de Vitoria (España). Los abortorios Askabide han denunciado a los voluntarios, y han publicado varias noticias falsas en los medios, acusándoles de organizar "escraches" y manifestaciones frente a su establecimiento.

    Lo sorprendente del caso es que la Directora de la Ertzaintza del Departamento de Seguridad, sin considerar que el rezo en la vía pública viene amparado por derechos fundamentales, ha dictado una resolución en la que insta a los voluntarios a alejarse 200 metros, ya que, los 15 a lo que lo hacían hasta ahora, no son suficientes. La jefa de la Policía les invita a ir a un lugar "céntrico" de la ciudad, donde "puedan hacer llegar sus ideas".

    "Hay que recordar que la Ley Orgánica 4/2022, que introduce el delito de acoso a las mujeres que pretenden abortar, no afecta en absoluto a las campañas como la de 40 Días por la vida. Iniciativas que son única y exclusivamente de estricta oración en la vía pública, bajo las normas de comportamiento de la declaración de paz a las que se comprometen los voluntarios, y sin interactuar con las mujeres que van a abortar o los trabajadores de los abortorios", asegura Nayeli Rodriguez, responsable de 40 Días por la Vida España.

    Priman derechos económicos 

    "Dicha resolución no responde a ninguna razón de orden público ni tiene respaldo legal, vulnera derechos fundamentales de los ciudadanos, y desconoce la jurisprudencia al respecto, por lo que va a ser recurrida ante el Tribunal Superior de Justicia del Pais Vasco", asegura la responsable.

    Para los voluntarios provida está claro que se está cometiendo una indefensión. "Ante esta situación, en que priman los intereses económicos del abortorio sobre los derechos fundamentales de los ciudadanos vascos, la organización de 40 Días por la vida tiene la firme determinación de hacer valer el derecho de los voluntarios de rezar en la calle frente a los abortorios, por lo que ejercerá las acciones legales que correspondan", añade.

    Aquí puedes ver la labor que realiza 40 Días por la vida.

    La organización termina su comunicado animando a continuar rezando ante estos negocios. "40 Días por la vida hace un llamamiento a todos los voluntarios a seguir rezando en las campañas con más ilusión y perseverancia si cabe, pues rezar salva vidas, como la de dos gemelos rescatados de las garras del aborto ayer en Barcelona", concluye Nayeli Rodriguez.

    ReL

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    viernes, 16 de septiembre de 2022

    «Apostolado, testimonio y fidelidad a la verdad»: la misión de Francisco para la Iglesia kazaja

    Destacó la importancia de preservar la memoria apostólica
    como garante su supervivencia hasta hoy

    A pocas horas de concluir la "peregrinación de paz" en Kazajistán, el Papa Francisco ha sido recibido por los obispos, sacerdotes, diáconos y seminaristas en la mañana de este jueves, en la catedral de la Madre del Perpetuo Socorro. La recepción ha tenido lugar tras un breve encuentro con miembros de la Compañía de Jesús en la Nunciatura Apostólica.

    Tras una calurosa recepción protagonizada por familias y niños kazajos vestidos con atuendos locales y músicos interpretando piezas tradicionales, Francisco accedió al templo en silla de ruedas hasta su silla, en la que se sentó ayudado por su bastón.

    Desde el comienzo de su discurso, Francisco expresó su cercanía con la Iglesia kazaja que, pese a que podría ser considerada pequeña por el mundo -los católicos kazajos no superan el 0,1% de los habitantes del país-, encierra en ella "la primera bienaventuranza, porque la pequeñez lleva al poder de Dios y lleva a no cimentar la acción eclesial en nuestras propias capacidades".

    En este sentido, reafirmó a los creyentes de la pequeña pero sólida Iglesia de Kazajistán con un mensaje de unidad: "La belleza de la Iglesia es esta, que somos una familia en la que nadie es extranjero. Lo repito: ninguno es extranjero en la Iglesia, somos un solo Pueblo santo de Dios".

    La "memoria del pasado", factor clave en la Iglesia en Kazajistán

    Tras la lectura del Evangelio de San Pablo de este jueves, Francisco orientó sus palabras en torno a algunas notas que, a su juicio,  marcan a la Iglesia, especialmente a la de Kazajistán.

    En primer lugar valoró la importancia de "la memoria" en la Iglesia kazaja, pues esta y "la rica historia" que precede al país oriental es una de las condiciones que ha permitido que "hoy, en este vasto país, veamos comunidades cristianas vivas" y "un sentido religioso que atraviesa la vida de la población".

    Por ello, llamó a "honrar y custodiar" la herencia cristiana y la transmisión de la fe heredada de "grandes protagonistas y de gente sencilla".

    "No se debe perder de vista el recuerdo de cuantos anunciaron la fe, porque hacer memoria nos ayuda a desarrollar el espíritu de contemplación por las maravillas que Dios ha realizado en la historia, aún en medio de las fatigas de la vida y de las fragilidades personales y comunitarias", subrayó.

    Y es que, de olvidar su historia y perder "la memoria viva", la Iglesia de Kazajistán y con ella "la fe, las devociones y las actividades pastorales" correrían "el riesgo de debilitarse, de ser como llamaradas que se encienden rápidamente pero se apagan enseguida".

    El Papa Francisco con kazajos.

    Antes de su llegada a la catedral de la Madre del Perpetuo Socorro, Francisco fue recibido por fieles con instrumentos y vestimentas propios de la región. 

    "Cuando extraviamos la memoria, se agota la alegría. Desaparece la gratitud a Dios y a los hermanos, porque se cae en la tentación de pensar que todo depende de nosotros", advirtió.

    Tras profundizar en diversos episodios y testimonios de la Iglesia kazaja, Francisco indicó que la fe "se transmite con la vida, con el testimonio de quien ha llevado el fuego del Evangelio en medio de las situaciones para iluminarlas, purificarlas y difundir el cálido consuelo de Jesús, así como la alegría de su amor que salva y la esperanza de su promesa".

    Tras expresar esta realidad, Francisco remarcó que "haciendo memoria aprendemos que la fe crece con el testimonio" y dirigió "una llamada" a fieles, laicos, obispos, sacerdotes y todos los presentes y miembros de la Iglesia en el país oriental: "No nos cansemos de dar testimonio de la esencia de la salvación, de la novedad de Jesús, de la novedad que es Jesús. La fe no es una hermosa exposición de cosas del pasado, sino un evento siempre actual, el encuentro con Cristo que tiene lugar en nuestra vida, aquí y ahora".

    La esperanza de la Iglesia kazaja reside en su humildad 

    Junto con la memoria, habló de la esperanza que debe guiar a la Iglesia kazaja guiada por la "promesa del Evangelio".

    "Jesús nos aseguró que estará siempre con nosotros. No se trata de una promesa dirigida a un futuro lejano, sino que estamos llamados a acoger hoy la renovación que el Resucitado lleva a cabo en la vida", alentó.

    Por eso transmitió a la comunidad católica un mensaje de esperanza en el que no importa el tamaño de la Iglesia o su número de fieles: "Mirando los números en la vastedad de un país como este podríamos sentirnos pequeños e incapaces. Sin embargo, si adoptamos la mirada esperanzadora de Jesús, descubriremos que la pequeñez nos entrega humildemente al poder de Dios y nos lleva a no cimentar la acción eclesial en nuestras propias capacidades".

    De hecho, se refirió a las humildes cifras de la Iglesia del país asiático como "una gracia", ya que "al ser pequeña, en lugar de exhibir nuestras fortalezas, números, estructuras y cualquier otra forma de prestigio humano, nos dejamos guiar por el Señor y nos acercamos con humildad a las personas".

    "Ser pequeños nos recuerda que no somos autosuficientes, que necesitamos de Dios, pero también de los demás, de todos y cada uno. La promesa de vida y de bendición, que Dios Padre derrama sobre nosotros por medio de Jesús, se hace camino no sólo para nosotros, sino que se realiza también para los demás", añadió.

    Papa Francisco con obispos kazajos.

    Francisco instó a la jerarquía de la Iglesia en Kazajistán a ser "pastores cercanos a la gente" e "imágenes vivas del corazón compasivo de Cristo".

    Dos objetivos: el apostolado de los laicos y la firmeza en la verdad

    Antes de concluir, Francisco llamó a hacer realidad esa promesa a través de la fraternidad a través de la "atención a los pobres y heridos por la vida" o "cada vez que damos testimonio de la justicia y de la verdad diciendo `no´ a la corrupción y la falsedad".

    Asimismo, llamó a "que las comunidades cristianas, en particular el seminario, sean `escuelas de sinceridad´, y `gimnasios de la verdad´", a que "siembren el bien donde se encuentren" y a que todos en la Iglesia y las comunidades sean "discípulos esenciales y de igual dignidad, no solo los obispos, sacerdotes y consagrados, sino que todos los bautizados están llamados a recibir la herencia y acoger la promesa del Evangelio".

    El Papa finalizó su mensaje dirigiéndose a obispos, sacerdotes y seminaristas para recordarles que su misión no es "ser administradores de lo sagrado preocupados por hacer que se respeten las normas religiosas, sino pastores cercanos a la gente, imágenes vivas del corazón compasivo de Cristo".

    "Vivan con alegría esta herencia y den testimonio de ella con generosidad, para que todas las personas con las que se encuentren puedan percibir que también hay una promesa de esperanza dirigida a ellas", alentó a la Iglesia kazaja al concluir.

    ReL

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