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lunes, 23 de febrero de 2026

La oración que cruza fronteras en Corea: 31 años y 1.500 misas por una sola intención

En las dos Coreas, el mismo día y a la misma hora, se reza la misma oración. 

Cada semana se recuerda a una de las 57 parroquias que existían en Corea del Norte antes de la separación.

Cada semana se recuerda a una de las 57 parroquias que existían en Corea del Norte antes de la separación.

Celebrar misas durante 31 años por una única intención es un acontecimiento sin precedentes en la historia de la Iglesia católica en Corea. Agencia Fides amplía más detalles.

"Esto demuestra cómo la unidad entre Corea del Norte y Corea del Sur son tareas cruciales para nuestro pueblo", comenta Peter Chung Soon-taick, arzobispo de Seúl y administrador apostólico de Pyongyang, durante la celebración, el pasado 10 de febrero, de la 1500ª misa por la reconciliación y la unidad de Corea.

Más de 400 personas

La Eucaristía se celebra cada martes a las 19:00 en la Catedral de la Inmaculada Concepción de Myeong-dong, con el objetivo de pedir a Dios una paz auténtica y la reconciliación en la península coreana.

En la celebración, promovida por el Comité para la Reconciliación en Corea de la archidiócesis de Seúl, han participado más de 400 personas, entre ellas el nuncio apostólico Giovanni Gaspari, el ex presidente del Comité para la Reconciliación en Corea, el arzobispo Choi Chang-mou, además de representantes políticos.

Según ha informado la Oficina de Comunicaciones Sociales de la archidiócesis de Seúl, el arzobispo Chung ha recordado en su homilía que "en los últimos 30 años ha habido momentos en los que la paz en la península coreana parecía cercana, así como períodos en los que el diálogo se ha interrumpido completamente y las tensiones han alcanzado su punto máximo". 

Actualmente, ha señalado, "no está claro dónde ni cómo retomar el diálogo". Sin embargo, ha subrayado que "los esfuerzos por comprender a la otra parte y buscar la reconciliación no son una opción débil o irrealista, sino la decisión más valiente".

Refiriéndose a las relaciones intercoreanas, el arzobispo ha insistido en la necesidad de abandonar la actitud de "sentirse superiores a los demás" para mirarse "como hermanos y vecinos". Asimismo, ha explicado que esta misa "ha protegido la paz en la península coreana y constituye una Eucaristía de introspección y preparación para un nuevo futuro".

Durante la ceremonia, el padre Jung Soo Yong, vicepresidente del Comité para la Reconciliación en Corea, ha presentado los avances alcanzados hasta ahora. Cada semana, ha explicado, se recuerda en la oración a una de las 57 parroquias que existían en Corea del Norte inmediatamente después de la liberación.

"Seguiremos manteniendo en el corazón el deseo de paz en la península coreana y de mejores relaciones intercoreanas. Continuaremos rezando juntos", ha afirmado.

La misa se celebra cada martes desde la creación del Comité para la Reconciliación en Corea en 1995, y constituye un testimonio de la fe, la devoción y la perseverancia de los fieles que iniciaron esta tradición hace 31 años. 

La primera celebración tuvo lugar el 7 de marzo de 1995 y fue presidida por el cardenal Kim Sou-hwan, entonces arzobispo de Seúl y administrador apostólico de Pyongyang. El Comité fue fundado el 1 de marzo de ese mismo año, coincidiendo con el 50º aniversario de la liberación y división de la península coreana.

Al término de cada celebración, los fieles recitan el "Señor, hazme instrumento de tu paz", oración atribuida a San Francisco de Asís. Esta oración se reza simultáneamente en la catedral de Myeong-dong, en Seúl, y en la iglesia de Changchung, en Pyongyang, la única iglesia católica que permanece en territorio norcoreano

La práctica deriva de un acuerdo alcanzado el 15 de agosto de 1995 entre el Comité para la Reconciliación en Corea y la Asociación Católica Coreana en Corea del Norte. Desde entonces, los fieles de Corea del Sur y del Norte permanecen unidos en comunión espiritual, rezando por la paz el mismo día y a la misma hora.

Además, desde hace aproximadamente nueve años, tras la misa se reza el Rosario invocando la intercesión de la Virgen de Fátima para alcanzar la paz en la península coreana y en el mundo.

ReL

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por la paz



miércoles, 16 de agosto de 2023

Evangelio del día

Deuteronomio 34,1-12.

Moisés subió de las estepas de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisgá, frente a Jericó, y el Señor le mostró todo el país: Galaad hasta Dan,
todo Neftalí, el territorio de Efraím y Manasés, todo el territorio de Judá hasta el mar Occidental,
el Négueb, el Distrito y el valle de Jericó - la Ciudad de las Palmeras - hasta Soar.
Y el Señor le dijo: "Esta es la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, cuando les dije: "Yo se la daré a tus descendientes". Te he dejado verla con tus propios ojos, pero tú no entrarás en ella".
Allí murió Moisés, el servidor del Señor, en territorio de Moab, como el Señor lo había dispuesto.
El mismo lo enterró en el Valle, en el país de Moab, frente a Bet Peor, y nadie, hasta el día de hoy, conoce el lugar donde fue enterrado.
Cuando murió, Moisés tenía ciento veinte años, pero sus ojos no se habían debilitado, ni había disminuido su vigor.
Los israelitas lloraron a Moisés durante treinta días en las estepas de Moab. Así se cumplió el período de llanto y de duelo por la muerte de Moisés.
Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había impuesto sus manos sobre él; y los israelitas le obedecieron, obrando de acuerdo con la orden que el Señor había dado a Moisés.
Nunca más surgió en Israel un profeta igual a Moisés - con quien el Señor departía cara a cara -
ya sea por todas las señalas y prodigios que el Señor le mandó realizar en Egipto contra el Faraón, contra todos sus servidores y contra todo su país,
ya sea por la gran fuerza y el terrible poder que él manifestó en presencia de todo Israel.


Salmo 66(65),1-3a.5a.8.16-17.

¡Aclame al Señor toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre!
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan al Señor: «¡Qué admirables son tus obras!»

Vengan a ver las obras del Señor,
las cosas admirables que hizo por los hombres.
Bendigan, pueblos, a nuestro Dios,
hagan oír bien alto su alabanza:

Los que temen al Señor, vengan a escuchar,
yo les contaré lo que hizo por mí:
apenas mi boca clamó hacia él,
mi lengua comenzó a alabarlo.


Evangelio según San Mateo 18,15-20.

Jesús dijo a sus discípulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Bulle

San Ignacio de Antioquia (¿- c. 110)
obispo y mártir
Carta a los Magnesios, 6-7 (SC 10 bis, Lectures pour chaque jour de l’année II, Prière du Temps présent, Cerf, 1971), trad. sc©evangelizo.org


No estén divididos

Esfuércense en alcanzar conformidad con Dios y respétense unos a otros. Que ninguno mire a su prójimo según la carne, sino que ámense los unos a los otros siempre, en Jesucristo.
Que no haya nada entre ustedes que tenga poder para dividirlos, sino que permanezcan unidos con el obispo y con los que los presiden, como un ejemplo y una lección de incorruptibilidad. Por tanto, tal como el Señor no hizo nada sin el Padre (cf. Jn 5,19 Jn 5,30 Jn 8,28) por ser uno con Él, ni por los apóstoles, no hagan nada ustedes, sin el obispo y los presbíteros. No piensen que algo es bueno para ustedes separados de los otros, lo bueno es lo que hacen en común.
Una oración en común, la misma suplicación, un solo espíritu, la misma esperanza animada por el amor (Ef 4,4-6), en la alegría pura. Todo es Jesucristo, nada hay que sea mejor que Él. Apresúrense a congregarse en el único templo, Dios, como ante el único altar, Jesucristo, que vino del Padre, sin dejar de ser uno con Él. (EDD)

Oración

Toma nuestra mano, Señor, para que podamos verte en todos los momentos de nuestra vida. Haz que te sigamos sin miedo y sin angustia. Ilumina tu luz sobre nosotros y enciende nuestros corazones para que vivamos envueltos en el calor de tu amor.
























domingo, 23 de abril de 2023

Consejos para los Matrimonios


 Qué terrible es el diablo; así ha benido a destruir los matrimonios. Por eso que los esposos cuiden a sus esposas; sean felices con lo que Dios les ha dado; y esposas: cuidemos a nuestros esposos. Lo Dios ha unido que no lo separe el hombre























lunes, 9 de enero de 2023

Cuando dos son uno: un relato de Amado Nervo

COUPLE


Se ha dicho de mil maneras que cuando se ama, un solo corazón vive en dos cuerpos.

Es un exceso poético que expresa el deseo de los amantes. Los poetas son dados a esas exageraciones que, sin embargo, permiten ver con claridad lo real.

Con un nombre tan apto para la poesía como el de Amado Nervo (Tepic, México, 1870-Montevideo, Uruguay, 1919) aborda este autor la cuestión de un modo tan original que podríamos decir que invierte los términos.

Se trata de El donador de almas (1899) publicada por entregas en el suplemento humorístico de El Mundo y más adelante como novela corta. Se trata de un cuento, «la forma literaria del porvenir», de capítulos breves, de humor sobrio e inteligente, que permiten una lectura ágil y agradable.

La historia se abre con el sereno reflexionar del doctor Rafael Antiga, un hombre sabio, un científico, un filósofo y, por entrar en lo que deja plasmado en su diario, un hombre solitario con una vida confortable que anhela lo que todos: sentirse querido. Lo expresa así:

«Tengo […] una ausencia total de afectos ¡Mi reino por un afecto!

Sé mucho menos que Newton supo. Sé sobre todo que no soy feliz.

¿Qué deseo, pues, hoy?

Deseo tener un afecto diverso del de mi gato. Un alma que me quiera, con la cual pueda dividir la enorme pesadumbre de mi Yo inquieto… Un alma… ¡“Mi reino” por un alma!».

Rafael tiene un amigo verdadero, con una amistad que se remonta a los años del colegio, cuando descubrieron que ambos eran «cerebros destorrentados», el uno encontró el camino del saber mientras que Andrés Esteves «tiene aptitudes de hierofante, se torna a las veces sacerdotal» y es una eminencia mundial con su poesía.

Andrés llega en el momento preciso en que el buen doctor anhela afectos. Y viene a hacerle donación de un alma. Es normal mostrar perplejidad ante semejante regalo. Dejamos al lector que descubra por sí mismo cómo es posible esto, pero esta es la conversación entre los dos amigos:

«-Pero, ¿hablas en serio, Andrés?

Hablo en serio, Rafael

Mírame bien.

(Pausa durante la cual ambos “se miraron bien”)».

Andrés hace entrega, pues, de un alma a su amigo. Ese alma tiene un cuerpo pero el regalo afecta sólo al alma. El alma se llama Ada y pertenece a un cuerpo femenino al que tiene que volver periódicamente ya que es función del espíritu animar o vivificar el cuerpo.

Imagine el lector las perplejidades y posibilidades jocosas y metafísicas que proporciona el argumento. El alma está al servicio de Andrés y le proporciona enorme fama pero no era eso lo que el doctor quería. Él quería afecto, quería un alma pero para ser querido. Ada es “posesión” suya, le obedece, le está sometida, pero no puede amarlo: «Las odaliscas del sultán no aman al sultán… Una mujer no ama sino en tanto que es dueña de sí misma, que puede “no amar”, o entregarse. Su propia donación es un testimonio de su voluntad, influida si se quiere por una atracción poderosa, pero capaz, cuando menos en el orden de las teorías lógicas, de resistirla».

«No hay hombre que no se familiarice con el prodigio, lo mismo Moisés que un sacristán de pueblo» y eso vale tanto para Rafael cuanto para el lector. Un giro inesperado permite que Ada quede libre de su cuerpo y venga a instalarse en un hemisferio del cerebro de Rafael. Esta curiosa novedad es la inversión de que hablábamos al principio pues llegamos a un cuerpo con dos almas que se quieren, que viven su luna de miel, su idilio. Como todos los matrimonios cuando empiezan a ser dos en un solo cuerpo.

Descensus averno lleva por título el capítulo en el que narra el lento desgaste matrimonial, cuando el entusiasmo cede a la cotidianidad, cuando las dificultades se amontonan, y se acuerda Rafael de lo tranquilo que vivía él antes de que el amor entrara en su mundo y el alma de su amada se instalase en su cuerpo.

Estalla la guerra y se encuentra el camino hacia la “paz matrimonial” que se consigue «cuando ambas “potencias beligerantes” se fatigan de la tragedia y optan por la salvadora monotonía de una unión sin amor, pero también sin crisis». Ese camino, que no pocos han transitado, lleva pronto a la siguiente estación: el divorcio.

¿Cómo romper un matrimonio? Recuerde el lector que hablamos de dos que viven en un mismo cuerpo, el enfoque es jocoso pero no se excluyen otras lecturas, obviamente; incluso los niveles de lectura incrementan la jocosidad y la seriedad al mismo tiempo. Es difícil erradicar a quien es dueño de una parte vital (sea el cerebro sea el corazón) sin dañar el órgano en el que reside y, por tanto, sin herir al cuerpo en el que se vive.

El final del relato se aproxima y nuevos prodigios proporcionan originales giros a un relato siempre ameno y ocurrente.

Manuel Ballester, Aleteia

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viernes, 25 de marzo de 2022

Cantalamessa: «Compartir lo que tenemos debe ser parte integral de nuestra vida eucarística»


 

La tercera meditación de Cuaresma predicada este viernes a la Curia por el cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en el Aula Pablo VI del Vaticano, versó sobre la profunda unión que se produce entre Cristo y quien le recibe en la Comunión. 

Dentro de la consideración general sobre la Eucaristía que da motivo a estas charlas cuaresmales, tocaba ahora explicar "el momento que mejor pone de relieve la unidad fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios", porque "la Eucaristía que recibe el obispo o el Papa es exactamente la misma que la Eucaristía que recibe el último de los bautizados".

Siguiendo a San Pablo, recordó que "la comunión eucarística es siempre comunión con Dios y comunión con los hermanos; que hay en ella una dimensión, por así decirlo, vertical y una dimensión horizontal".

La comunión con Cristo

La dimensión vertical consiste en la comunión con Cristo que establece el hecho de recibir su Cuerpo y su Sangre. Al hacerlo, "vivimos de Jesús y para Jesús", porque, "en el plano espiritual, es lo divino quien asimila lo humano a sí mismo". La comunión se convierte, así, en asimilación: "No es sólo la unión de dos cuerpos, de dos mentes, de dos voluntades, sino que es la asimilación del único cuerpo, de la única mente y de la voluntad de Cristo".

Y así como el matrimonio es "símbolo de la unión entre Cristo y la Iglesia", la Eucaristía sería, "por usar una imagen audaz pero verdadera", dijo Cantalamessa, "la consumación del matrimonio entre Cristo y la Iglesia".

Esa relación entre Cristo y el comulgante, que los hace uno, implica que "la carne incorruptible y vivificante del Verbo Encarnado se hace «mía», pero también mi carne, mi humanidad, se convierte en la de Cristo". Entonces, ¿cómo permitir "que mi mirada se detenga en imágenes lascivas, a mi lengua que hable contra mi hermano, a mi cuerpo que no sirva como instrumento de pecado"?

Cantalamessa añadió, a esta consideración moral, una consideración trinitaria, pues "Padre, Hijo y Espíritu Santo son una naturaleza divina única e inseparable, son «una sola cosa»", que recibimos al recibir a Cristo. Y así como "en el momento de la consagración es el Espíritu Santo quien nos da a Jesús... en el momento de la comunión es Cristo quien, al entrar en nosotros, nos da el Espíritu Santo".

La comunión con los demás

En cuanto al aspecto "horizontal" citado al principio de sus palabras, el purpurado capuchino señaló que esta dimensión se basa en que la comunión eucarística es también "con el cuerpo de Cristo que es la Iglesia", esas personas "reunidas por la predicación evangélica, molidas por el ayuno y la penitencia, amasadas en agua en el bautismo y cocinadas por el fuego del Espíritu".

El Papa, entre los asistentes a la predicación del cardenal Cantalamessa.

En particular, y según el propio "a Mí me lo hicisteis" que Jesucristo anunció como criterio para el Juicio Final, esa comunión ha de ser con "los pobres, los afligidos y los marginados". Cantalamessa citó un hecho de la vida del filósofo Blaise Pascal, quien cuando, moribundo, no podía ya recibir el Viático porque lo vomitaba, suplicaba sí: "Si no podéis darme la Eucaristía, al menos dejad entrar a un pobre en mi habitación. Si no puedo comulgar con la cabeza, quiero al menos comulgar con su cuerpo".

Por ese motivo, "la preocupación por compartir lo que tenemos con los necesitados, cercanos y lejanos, debe ser parte integral de nuestra vida eucarística", teniendo en cuenta que ese compartir "no es solo dar el propio dinero, sino también el propio tiempo", por ejemplo visitando a quien lo necesita o experimenta la soledad o la marginación.

En cierto modo, concluyó, con una ventaja: "no siempre podemos recibir el cuerpo de Cristo en la Eucaristía e incluso, cuando lo recibimos, dura solo unos minutos, mientras que siempre podemos recibirlo en los pobres. Aquí no hay límites, solo se requiere que lo queramos".

(A continuación ofrecemos el texto completo de la intervención, traducido por Pablo Cervera Barranco.)

* * *

Tercera predicación de Cuaresma 2022 

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFMCap

Comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo

En nuestra catequesis mistagógica sobre la Eucaristía —después de la Liturgia de la Palabra y de la Consagración— hemos llegado al tercer momento, el de la Comunión. Dentro de la Misa, la Comunión es el momento que mejor pone de relieve la unidad fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios. Hasta ese momento, prevalece la distinción de los ministerios. En la liturgia de la Palabra el celebrante representa a la Iglesia docente y la asamblea a la Iglesia discente; en la consagración el primero representa el sacerdocio ministerial, los fieles al sacerdocio universal de todos los bautizados. En la comunión, sin distinción. La Eucaristía que recibe el obispo o el Papa es exactamente la misma que la Eucaristía que recibe el último de los bautizados.

Reflexionemos sobre la Comunión eucarística a partir de un texto de san Pablo: "El cáliz que bendecimos, ¿no es la comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión con el cuerpo de Cristo? Puesto que sólo hay un pan, nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo: porque todos participamos del único pan" (1 Cor 10,16-17).

La palabra «cuerpo» aparece dos veces en los dos versículos, pero con un significado diferente. En el primer caso («el pan que partimos ¿no es la comunión con el cuerpo de Cristo?»), cuerpo indica el cuerpo real de Cristo, nacido de María, muerto y resucitado; en el segundo caso («somos un solo cuerpo»), el cuerpo indica el cuerpo místico, la Iglesia. No se podía decir de manera más clara y más sintética que la comunión eucarística es siempre comunión con Dios y comunión con los hermanos; que hay en ella una dimensión, por así decirlo, vertical y una dimensión horizontal. Empecemos por lo primero.

1. La comunión eucarística con Cristo

Pablo habla de la Eucaristía como comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo. Ya he recordado lo que significan las palabras cuerpo y sangre en el lenguaje bíblico. Cuerpo no indica, como en nuestro lenguaje actual, un componente, o una parte del hombre que, unido a los otros componentes que son el alma y el espíritu, forma el hombre completo; indica toda la vida en cuanto se desarrolla en una dimensión corporal. No la vida en abstracto, sino lo vivido concreto.

Y ¿qué añade entonces la palabra «sangre»? ¡Añade la muerte! El término «sangre» en la Biblia no indica, en efecto, un órgano del cuerpo, es decir, una parte de una parte del hombre; indica un acontecimiento: la muerte. Si la sangre es la sede de la vida (así se pensaba entonces), su «derramamiento» es el signo plástico de la muerte. Decir que la Eucaristía es el misterio del cuerpo y de la sangre del Señor significa decir, repito, que es el sacramento de la vida y de la muerte del Señor, el sacramento que hace presente al mismo tiempo la Encarnación y la Pasión del Salvador.

Por eso es tan importante que —cuando lo permitan las disposiciones y circunstancias canónicas (por tanto, no en este tiempo de Covid)—, toda la asamblea reciba la Eucaristía en las dos especies del cuerpo y la sangre de Cristo. En este ámbito, creo que nos hemos mantenido de este lado, y no hemos ido más allá, del Concilio. El nuevo misal prevé hasta 14 casos en los que se puede dar la comunión bajo las dos especies. La Eucaristía es un banquete, un sacrum convivium, ¡y en un banquete se come y se bebe!

Pero dejemos de lado este problema y tratemos de profundizar qué tipo de comunión se establece entre nosotros y Cristo en la Eucaristía. En Juan 6,57 Jesús dice: «Así como el Padre, que tiene vida, me envió y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí». La preposición «por» (en griego, dià) tiene aquí valor causal y final; a la vez un movimiento de origen y un movimiento de destino. Significa que quien come el cuerpo de Cristo vive «de» él, es decir, a causa de él, en virtud de la vida que proviene de él, y vive «de cara a» él, es decir, para su gloria, su amor, su Reino. Así como Jesús vive por el Padre y para el Padre, así, al comulgar en el santo misterio de su cuerpo y de su sangre, vivimos de Jesús y para Jesús.

De hecho, es el principio vital más fuerte quien asimila al menos fuerte a sí mismo, no al revés. Es el vegetal el que asimila el mineral, no al revés; es el animal el que asimila el vegetal y el mineral, no al revés. Así que ahora, en el plano espiritual, es lo divino quien asimila lo humano a sí mismo, no al revés. Así que mientras que en todos los demás casos el que come es el que asimila lo que come, aquí el que se come es el que se asimila a sí mismo lo que come. Al que se acerca a recibirlo, Jesús le repite lo que le dijo a Agustín: «No serás tú quien me asimile a ti, sino que seré yo quien te asimile a mí»[1].

Un filósofo ateo dijo: «El hombre es lo que come» (F. Feuerbach), queriendo decir que en el hombre no hay diferencia cualitativa entre la materia y el espíritu, sino que todo se reduce al componente orgánico y material. Un ateo, sin saberlo, dio la mejor formulación de un misterio cristiano. ¡Gracias a la Eucaristía, el cristiano es verdaderamente lo que come! San León Magno escribió hace mucho tiempo: «Nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo solo tiende a hacernos llegar a ser lo que comemos»[2].

En la Eucaristía, por lo tanto, no sólo hay comunión entre Cristo y nosotros, sino también asimilación; la comunión no es sólo la unión de dos cuerpos, de dos mentes, de dos voluntades, sino que es la asimilación del único cuerpo, de la única mente y de la voluntad de Cristo. «El que se une al Señor forma con él un solo Espíritu» (1 Cor 6,17).

La analogía de la comida —la de comer y beber—, no es la única que tenemos de la comunión eucarística, aunque sea insustituible. Hay algo que no puede expresar, como no lo puede expresar la analogía de la comunión entre la vid y el sarmiento: son comuniones entre cosas, no entre personas. Comulgan, pero sin saberlo. Me gustaría insistir en otra analogía que puede ayudarnos a comprender la naturaleza de la comunión eucarística en cuanto comunión entre personas que saben y quieren estar en comunión.

La Carta a los Efesios dice que el matrimonio humano es un símbolo de la unión entre Cristo y la Iglesia: «Por ello el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos formarán una sola carne. Este misterio es grande; ¡Y yo refiero a Cristo y a la Iglesia!» (Ef 5,31-33). La Eucaristía —por usar una imagen audaz pero verdadera—, es la consumación del matrimonio entre Cristo y la Iglesia, por lo que a veces digo que una vida cristiana sin la Eucaristía es un matrimonio rato, pero no consumado. No en vano la Eucaristía es llamada «el banquete nupcial del Cordero» (Ap 19,9). (Alguien espera que, en un posible retoque futuro de las palabras del celebrante en el momento de la comunión, se cite en su totalidad la frase del Apocalipsis: «Dichosos los invitados a la cena nupcial del Cordero»).

Ahora bien —siempre según san Pablo— la consecuencia inmediata del matrimonio es que el cuerpo (es decir, toda la persona) del marido pasa a ser de la mujer y, viceversa, el cuerpo de la mujer pasa a ser del marido (cf. 1 Cor 7,4). Esto significa que la carne incorruptible y vivificante del Verbo Encarnado se hace «mía», pero también mi carne, mi humanidad, se convierte en la de Cristo, es hecha suya por él. En la Eucaristía recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo, pero ¡Cristo también «recibe» nuestro cuerpo y nuestra sangre! Jesús, escribe san Hilario de Poitiers, asume la carne de quien asume la suya[3]. Él nos dice: «Toma, esto es mi cuerpo», pero nosotros también podemos decirle: «Toma, esto es mi cuerpo».

Tratemos de entender las consecuencias de todo esto. En su vida terrena Jesús no tuvo todas las experiencias humanas posibles e imaginables. Para empezar, era un hombre, no una mujer: no vivió la condición de la mitad de la humanidad; no estaba casado, no experimentó lo que significa estar unido de por vida con otra criatura, tener hijos o, peor aún, perder hijos; murió joven, no conoció la vejez...

Pero ahora, gracias a la Eucaristía, tiene todas estas experiencias. Vive la condición femenina en las mujeres, la enfermedad en los enfermos, la ancianidad en los ancianos... No hay nada en mi vida que no pertenezca a Cristo. Nadie debería decir: «¡Ah, Jesús no sabe lo que significa estar casado, ser mujer, haber perdido un hijo, estar enfermo, ser anciano, ser una persona de color!» Lo que Cristo no pudo vivir «según la carne», lo vive y «experimenta» ahora como resucitado «según el Espíritu», gracias a la comunión esponsal de la Misa. Santa Isabel de la Trinidad había comprendido la razón profunda de esto cuando escribió: «La esposa pertenece al esposo. Mi (Esposo) me ha tomado. Quiere ser una humanidad añadida para él»[4].

¡Qué razón inagotable para el asombro y el consuelo ante la idea de que nuestra humanidad se convierte en la humanidad de Cristo! Pero también ¡qué responsabilidad de todo esto! Si mis ojos se han convertido en los ojos de Cristo, mi boca en la de Cristo, qué razón para no permitir que mi mirada se detenga en imágenes lascivas, a mi lengua que hable contra mi hermano, a mi cuerpo que no sirva como instrumento de pecado. «¿Tomaré, pues, los miembros de Cristo y haré de ellos miembros de una prostituta?», escribía Pablo a los Corintios (1 Cor 6,15).

Y, sin embargo, eso no es todo; falta la parte más hermosa. El cuerpo de la novia pertenece al esposo; pero también el cuerpo del esposo pertenece a la esposa. Del dar hay que pasar inmediatamente, en la comunión, al recibir. ¡Recibir nada menos que la santidad de Cristo! ¿Dónde se llevará a cabo concretamente en la vida del creyente ese «maravilloso intercambio» (admirabile commercium), de la que habla la liturgia, si no se lleva a cabo en el momento de la comunión?

Allí tenemos la posibilidad de darle a Jesús nuestros trapos sucios y recibir de él el «manto de la justicia» (Is 61,10). De hecho, está escrito que él «por obra de Dios se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención» (cf. 1 Cor 1,30). Lo que se ha convertido «para nosotros» está destinado a nosotros, nos pertenece. «Puesto que —escribe Cabasilas— pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos, habiéndonos comprado de nuevo a un alto precio (1 Cor 6,20), inversamente lo que es de Cristo nos pertenece más que si fuera nuestro»[5]. Es un descubrimiento capaz de dar alas a nuestra vida espiritual. Este es el golpe de audacia de la fe y debemos orar a Dios para que no permita que muramos antes de haberlo realizado.

La Eucaristía, comunión con la Trinidad

Reflexionar sobre la Eucaristía es como ver abiertos de par en par frente a nosotros, a medida que avanzamos, horizontes cada vez más amplios que se abren unos a otros, que se pierden de vista. El horizonte cristológico de la comunión que hemos contemplado hasta ahora se abre a un horizonte trinitario. En otras palabras, a través de la comunión con Cristo entramos en comunión con toda la Trinidad. En su «oración sacerdotal», Jesús dice al Padre: «Que sean uno como nosotros. Yo en ellos y tú en mí» (Jn 17,23). Esas palabras: «Yo en ellos y tú en mí», significan que Jesús está en nosotros y que en Jesús está el Padre. No se puede, por tanto, recibir al Hijo sin recibir, con él, también al Padre. Las palabras de Cristo: «El que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9) significan también «el que me recibe a mí, recibe al Padre».

La razón última de esto es que Padre, Hijo y Espíritu Santo son una naturaleza divina única e inseparable, son «una sola cosa». A este respecto, san Hilario de Poitiers escribe: «Estamos unidos a Cristo, que es inseparable del Padre. Él, mientras permanece en el Padre, permanece unido a nosotros; así también nosotros llegamos a la unidad con el Padre. De hecho, Cristo está en el Padre connaturalmente, en la medida en que fue engendrado por él; pero, en cierto modo, nosotros también a través de Cristo, estamos connaturalmente en el Padre. Él vive en virtud del Padre, y nosotros vivimos en virtud de su humanidad»[6].

Lo que se dice acerca del Padre también se aplica al Espíritu Santo. En el sacramento se repite cada vez (quotiescunque) lo que sucedió solo una vez (semel) en la historia. En el momento de su nacimiento terrenal, es el Espíritu Santo quien da a Cristo al mundo (¡María concibió por obra del Espíritu Santo!); en el momento de la muerte, es Cristo quien da al mundo el Espíritu Santo (al morir, «entregó el Espíritu»). Del mismo modo, en la Eucaristía, en el momento de la consagración es el Espíritu Santo quien nos da a Jesús (¡es por la acción del Espíritu como el pan se transforma en el cuerpo de Cristo!), en el momento de la comunión es Cristo quien, al entrar en nosotros, nos da el Espíritu Santo.

San Ireneo (¡finalmente Doctor de la Iglesia!) dice que el Espíritu Santo es «nuestra propia comunión con Cristo»[7]. Por usar el lenguaje de un teólogo moderno, Heribert Mühlen, él es la misma «inmediatez» de nuestra relación con Cristo, en el sentido de que actúa como intermediario entre nosotros y él, sin constituir, sin embargo, ningún diafragma; sin que nada esté «en medio» entre nosotros y Jesús, porque Jesús y el Espíritu Santo también son, como Jesús y el Padre, «una sola cosa». En la comunión Jesús viene a nosotros como quien da el Espíritu. No como quien un día, hace mucho tiempo, dio el Espíritu, sino como quien ahora, habiendo consumado su sacrificio incruento en el altar, de nuevo, «entrega el Espíritu» (cf. Jn 19,30).

2. La comunión de uno con el otro

Desde estas alturas vertiginosas, volvamos ahora a la tierra y pasemos a la segunda dimensión de la comunión eucarística: la comunión con el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Recordemos las palabras del apóstol: «Puesto que sólo hay un pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo: porque todos participamos en el único pan».

Desarrollando un pensamiento ya esbozado en la Didachè, san Agustín ve una analogía en la forma en que se forman los dos cuerpos de Cristo: el eucarístico y el eclesial. En el caso de la Eucaristía, tenemos el trigo primero disperso en las colinas, que trillado, molido, amasado en agua y cocinado en el fuego se convierte en el pan que llega al altar; en el caso de la Iglesia, tenemos la multitud de personas que reunidas por la predicación evangélica, molidas por el ayuno y la penitencia, amasadas en agua en el bautismo y cocinadas por el fuego del Espíritu, forman el cuerpo que es la Iglesia.

En este sentido, la palabra de Cristo viene inmediatamente a nuestro encuentro: «Si, por lo tanto, presentas tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a ofrecer tu don» (Mt 5,23-24). Si vas a recibir la comunión, pero has ofendido a un hermano y no te has reconciliado, albergas resentimiento, te pareces —decía también san Agustín al pueblo— a una persona que ve llegar a un amigo que no ha visto hace años. Corre a su encuentro, se levanta sobre la punta de los pies para besarlo en la frente... Pero al hacer esto no se da cuenta de que está pisando sus pies con zapatos con púas[8]. Los hermanos y hermanas son los pies de Jesús que todavía camina por la tierra.

Comunión con los pobres

Esto es especialmente cierto respecto de los pobres, los afligidos y los marginados. El que dijo del pan: «Esto es mi cuerpo», también lo dijo del pobre. Lo dijo cuando, hablando de lo que hizo por el hambriento, el sediento, el prisionero y el desnudo, declaró solemnemente: «¡A mí me lo hicisteis!» Esto es como decir: «Yo era el hambriento, yo era el sediento, yo era el extranjero, el enfermo, el prisionero» (cf. Mt 25,35ss.). He recordado en otras ocasiones el momento en que esta verdad casi explotó dentro de mí. Estaba en una misión en un país muy pobre. Cruzando las calles de la capital vi por todas partes niños cubiertos con unos pocos trapos sucios, corriendo detrás de los camiones de basura para buscar algo de comer. En cierto momento fue como si Jesús me dijera: «Mira bien: ¡eso es mi cuerpo!». Había que tener cortada la respiración.

La hermana del gran filósofo creyente Blaise Pascal refiere este hecho sobre su hermano. En su última enfermedad, no lograba retener nada de lo que comía y, por esto, no le permitían recibir el viático que pedía insistentemente. Luego dijo: «Si no podéis darme la Eucaristía, al menos dejad entrar a un pobre en mi habitación. Si no puedo comulgar con la Cabeza, quiero al menos comulgar con su cuerpo»[9].

El único impedimento para recibir la comunión que san Pablo menciona explícitamente es el hecho de que, en la asamblea, «uno tiene hambre y otro está borracho»: «Por lo tanto, cuando os reunáis, vuestra comida ya no es un comer la Cena del Señor. Porque cada uno, cuando estáis a la mesa, comienza a tomar su propia comida, y así uno tiene hambre, el otro está borracho» (1 Cor 11,20-21). Decir «esto no es comer la Cena del Señor» es como decir: ¡la vuestra ya no es una verdadera Eucaristía! Es una afirmación fuerte, incluso desde un punto de vista teológico, a la que quizás no prestamos suficiente atención.

A día de hoy, la situación en la que uno tiene hambre y otro estalla con comida ya no es un problema local, sino mundial. No puede haber nada en común entre la Cena del Señor y el almuerzo del rico epulón, donde el dueño festeja abundantemente, ignorando al pobre que está fuera en la puerta (cf. Lc 16,19ss.). La preocupación por compartir lo que tenemos con los necesitados, cercanos y lejanos, debe ser parte integral de nuestra vida eucarística.

No hay nadie que, si lo desea, no pueda, durante la semana, realizar uno de esos gestos de los que Jesús dice: «Me lo hicisteis a mí». Compartir no significa simplemente «dar algo»: pan, ropa, hospitalidad; también significa visitar a alguien: un prisionero, una persona enferma, un anciano solo. No es solo dar el propio dinero, sino también el propio tiempo. El pobre y el que sufre necesitan solidaridad y amor, no menos que pan y ropa, sobre todo en este tiempo de aislamiento impuesto por la pandemia.

Jesús dijo: «Porque siempre tenéis a los pobres con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre» (Mt 26,11). Esto también es cierto en el sentido de que no siempre podemos recibir el cuerpo de Cristo en la Eucaristía e incluso cuando lo recibimos, dura solo unos minutos, mientras que siempre podemos recibirlo en los pobres. Aquí no hay límites, solo se requiere que lo queramos. Siempre tenemos a los pobres a mano. Cada vez que nos encontremos con alguien que sufre, especialmente si se trata de ciertas formas extremas de sufrimiento, si estamos atentos, escucharemos, con los oídos de la fe, la palabra de Cristo: «¡Esto es mi cuerpo!».

¡Que Dios nos ayude a no volver la cabeza hacia otro lado!

©Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco, ReL

[1] Cf. San Agustín, Confesiones VII, 10.
[2] San León Magno, Sermón 12 sobre la Pasión, 7: CCL 138A, 388.
[3] San Hilario de Poitiers, De Trinitate, 8, 16 (PL 10, 248): «Eius tantum in se adsumptam habens carnem, qui suam sumpserit».
[4] Santa Isabel de la Trinidad, Carta 261, a la madre, en Scritti (Roma 1967) 457.
[5] N. Cabasilas, La vida en Cristo, IV, 6: PG 150, 613.
[6] San Hilario, De Trinitate, VIII, 13-16: PL 10, 246ss.
[7] San Ireneo, Adversus haereses, III, 24, 1.
[8] Cf. San Agustín, Comentario a la Primera Carta de Juan, 10,8.
[9] Vida de Pascal, en B. Pascal, Oeuvres complètes (París 1954) 3ss.

Vea también    La Eucaristía, cumbre de la unión entre Dios y el hombre - San Juan Pablo II



























jueves, 6 de agosto de 2020

Cuatro maneras muy específicas de cómo las personas pueden encontrarse con Dios hoy

Evangelio del día: Encontrarse con Dios es liberador y sanador ...


El amor de Dios no es un amor teórico que está lejos de manera infinita. Está en medio de nuestras vidas. Es áspero, salvaje, y a la vez tierno y está lleno de alegría. Brennan Manning, un franciscano cálido y clarividente, escribió: "Su deseo para usted y para mí puede describirse mejor como un anhelo ardiente".

El amor de Dios arde brillante, ardiente y verdadero. Nunca disminuye. De ninguna manera. Ni siquiera un poco.

Lo consume, no puede quitarnos los ojos de encima (Sal. 34:15). Él piensa en nosotros todo el tiempo. Nunca nos ha olvidado, ni siquiera por un segundo, ni uno solo de nosotros (Is 49:16). Él tiene innumerables pensamientos en su cabeza sobre cada uno de nosotros (Salmo 40: 5). Su amor por ti y por mí es tan grande que no puede, literalmente, ser medido o captado por nuestro pensamiento humano (Efesios 3: 17-19).

Él es verdaderamente nuestro padre (Ef 1: 5; 1 Juan 3: 1). A menudo creemos que necesitamos salvación o una salida, que nuestras oraciones deben ser respondidas y que nuestras condiciones de vida tienen que cambiar. Pero lo que realmente necesitamos es algo infinitamente más grande. Lo que realmente necesitamos es que sea nuestro padre orgulloso y enamorado.

Lo más importante en nuestra vida es conocerlo, experimentarlo en nuestra vida diaria y estar abiertos a  su amor abrumador. Pero la mayoría de los cristianos modernos lo ha olvidado.

Aquí hay cuatro maneras en que podemos encontrarnos con su amor hoy.


Alabanza

Cuando luchamos por aceptar su compasión y amor,  tratamos de aceptar su amor con los puños cerrados (porque la situación es tan difícil). En cambio, cuando hacemos un acto concreto para amarlo realmente, p. e.,  un elogio, entonces nos abrimos para recibir su amor por nosotros. En lugar de tratar de obligar nuestros pensamientos para que acepten su amor según nuestra manera de pensar, simplemente dejemos que él nos ame. ¡Y es realmente un experto en amarnos!

Así que encuentra un lugar y una hora donde no te interrumpan. Tu oficina, tu habitación, tu auto tal vez. Tómate unos 30 minutos y toca tu música de alabanza favorita. Escucha el texto y canta si quieres. No hay nada igual cuando escuchas tu propia voz en alabanza.



Las Santas Escrituras

¡Tenemos que leer las Sagradas Escrituras! Dios escogió estas palabras para ti y para mí (Rom 15,4). Él eligió estas palabras cuidadosamente para que podamos entenderlas realmente. Y nos formó de manera tal que sea necesario que los leamos. "El hombre vive no solo del pan solo, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4)

Descubrir cómo realizar esto puede ser difícil para nosotros. Pero debemos abordar este problema con alegría, conscientemente,  con optimismo, y no con sentimientos de culpa, vacilantes o con resignación. Debemos abordar este problema con creatividad, teniendo en cuenta nuestro destino e identidad únicos, así como nuestras tendencias e inclinaciones únicas. Porque las soluciones al problema son tan únicas y diferentes como lo somos nosotros.

¿No sabes por dónde empezar? Prueba uno de los muchos planes de lectura de la Biblia católica en una aplicación gratuita de la Biblia que hay en el Internet. ¿No tienes tiempo? Intenta escuchar una de las numerosas aplicaciones bíblicas de audio. ¿Estás luchando por perseverar o motivarte? Prueba con una alarma diaria en tu teléfono celular o usa la función de seguimiento y / o la función de grupo en las diferentes aplicaciones de la Biblia. ¿No te gusta el idioma obsoleto? Prueba una traducción moderna. ¿No recuerdas lo que leíste? Prueba una aplicación gratuita que te ayudará a memorizar la Biblia. ¿Tienes alguna otra dificultad? Ahora, usa la habilidad que Dios te ha dado para resolver problemas. Y luego, lleva la solución a la práctica.


Soledad

¿Por qué la gente moderna lo encuentra tan difícil de experimentar la soledad? Nuestro Rey lo hizo bastante bien. Jesús conocía sus límites como ser humano. Era consciente de que necesitaba contacto con su padre, su ayuda y fuerza. Sabía lo bueno que era ese contacto. Él quería que esto lo supiéramos también.

Entonces, si es tan bueno, ¿por qué tenemos tantas dificultades? Bueno, un poco porque tenemos mucho que hacer. La soledad es difícil cuando estás trabajando y / o casado, tienes hijos y / o amigos. Y un poco porque no estamos acostumbrados. Nuestra cultura nos enseña movimiento y multitarea, no nos ayuda a bajar la tensión y vivir un poco la simplicidad. Y también un poco porque en el fondo sabemos que la soledad significa confrontación. Eso lo sabes, en la soledad las distracciones desaparecen y nos quedamos solos con Dios por unos minutos.

La soledad a veces se define como "estar solo", pero no estamos solos. El Espíritu de Dios habita en nosotros (1 Cor 3:16). Dios esta ahí. Y nunca sabemos qué sucederá si estamos solos con Dios. Pero si evitamos este tipo de confrontación, entonces nos va a faltar su acompañamiento, su consejo,  su consuelo, la renovación y la salvación. ¡Entonces armémonos de coraje! No nos preocupemos de que todavía no seamos buenos en eso. Y la soledad tiene que ser una prioridad para nosotros, al igual que para Jesús.

Empieza poco a poco. Descubre lo que funciona para ti. Apaga tus dispositivos y sal a caminar, al mediodía o durante un descanso. Toma un poco de aire caminando en tu vecindario después de la cena. Siéntate afuera brevemente antes de acostarte y quédate quieto un poco, en la oscuridad. Estos momentos podrían convertirse en tus momentos favoritos del día.


Comunidad

Los humanos a menudo tenemos problemas para unirnos como una comunidad cristiana. El calendario está lleno: "¡Simplemente no tengo tiempo para nada más!" Nuestro orgullo es grandioso: "Estoy bien ... ¡Estoy bien solo! ”. Nuestra renuencia a ser vulnerables es fuerte: "¡Oh hombre ... simplemente no soy bueno abriéndome!" Sin embargo, si seguimos a nuestro Rey, Jesús, debemos unirnos y "no nos alejemos de nuestras reuniones, como se ha convertido en la costumbre de algunos" (Hebreos 10:25).

¿Pero por qué? ¿Por qué es tan importante la comunidad? Bueno, hay un par de razones para eso. "Dos son mejores que uno solo", nos dice la Biblia, juntos somos más fuertes y no tan vulnerables. (Eclesiastés 4,9)

Porque cuando caen, uno levanta al otro. Pero ¡ay del que está solo cuando se cae, sin nadie que lo levante! (Eclesiastés 4:10)

Aún hay algo más importante, sin embargo, y es que Jesús nos dijo que cuando nos reunimos en su nombre, Él está presente de manera única (Mt 18:20). Recuerda, Dios habita en todos los que siguen a Jesús (Jn 14:17). Entonces, cuando nos reunimos, el poder del Espíritu Santo fluye entre nosotros, de ida y vuelta. Cuando nos reunimos, la obra de Dios se lleva a cabo: se hacen confesiones, se arrepienten los pecados, se expresa el amor y la compasión, se sanan los corazones, se alienta y se transforma la vida. Las personas son recreadas y traídas a la vida, a su verdadera identidad, son llamadas a dejar el pecado y la rebelión. Se está haciendo un trabajo que no se puede hacer de forma aislada.

Ponte en contacto con alguien, incluso si tiene que ser a través de Zoom o FaceTime. Comienza con reuniones regulares, preferiblemente semanales. Lucha contra el calendario, contra el orgullo y el miedo, por formar parte de tu comunidad. El rey David cantó: "Mira qué bueno y qué hermoso es cuando los hermanos viven en armonía unos con otros" (Salmo 133, 1-3)

Piénsalo que Dios sabe cuánto tienes que hacer. Te ve en este momento, ve el trabajo, las obligaciones, las distracciones. Pero de todos modos   Él te llama a hacia Él. Él sabe lo que está haciendo. Entonces ve con Él. Elige una de las sugerencias anteriores y encuéntrate con Él hoy.

Justin Camp, beliefnet


Vea también  Condiciones para encontrar a Dios - San Juan Pablo II