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jueves, 30 de julio de 2020

Búsqueda de uno mismo, curación interior: ¿ayudan a la fe?

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Ante el desarrollo personal, hay personas que están divididas entre la desconfianza y la fascinación. ¿Es un instrumento que puede ayudarnos a progresar en la vida? ¿La fe no basta para “desarrollarnos”?

Búsqueda de uno mismo, curación interior… El entusiasmo por el desarrollo personal carece a menudo de discernimiento. El filósofo Norbert-Mallet desentraña este concepto bajo la luz de la fe.
El objetivo de la vida cristiana es vivir la caridad. ¿Por qué buscar la realización personal?
Tal y como Jesús recuerda, en el Antiguo Testamento la Ley exige: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39).
El amor al otro no puede vivirse sin un amor justo por uno mismo.
El amor de Dios es único para cada uno. La manera en que Él alcanza a las personas pasa por el respeto a su personalidad, su historia, sus necesidades.
No somos criaturas clonadas espiritualmente ni llamadas a la misma relación con Dios. Cada uno responde a su vocación en función de sus talentos.
Un santo Tomás de Aquino o un san Carlos Borromeo con su talento intelectual, un san Alfonso de Ligorio con el del gobierno de los hombres…
¿La unión con Dios no es preferible a la búsqueda del bienestar?
La unión con Dios es el summun del desarrollo personal. Fuimos creados por Él para estar unidos a Él con todo nuestro ser: cuerpo, emotividad, inteligencia, imaginación, voluntad, etc.
El riesgo es pasar por alto aquello que somos y los frutos que podríamos aportar. Trabajar en uno mismo, atenuar las disfuncionalidades de nuestra personalidad, los sistemas de defensa que nos bloquean, facilita el trabajo del Señor en nuestra vida.
Podemos ilustrar esto con la personalidad de san Pedro: colérico, todo fuego. No puede recibir completamente el mensaje de Cristo sin haber dejado antes esta impulsividad.
Sin embargo, la curación de nuestras heridas nunca suprimirá nuestra condición de pecadores… 
Santo Tomás de Aquino dice que el primer efecto del pecado es impedir la amistad con Dios. El segundo es una cacofonía en nuestras facultades (inteligencia, voluntad, sensibilidad…). Siguen siendo buenas, pero no están armonizadas.
La gracia de Dios restaura la amistad entre Dios y la persona, pero no regula la cacofonía entre las facultades de la persona.
Nuestra conversión consiste en intentar que esas facultades trabajen juntas. Para ello, bien recibimos una gracia de Dios que viene a conmocionar nuestra vida, o bien, con más frecuencia, ponemos en práctica nuestras disposiciones virtuosas.
Cada uno, según su carácter, sufre una pasión dominante. Tenemos una virtud particular que desarrollar para unificar nuestra humanidad y recibir la salvación.
¿Qué quiere decir “desarrollarse” para un cristiano? ¿Qué diferencia hay con el conocimiento de uno mismo?
El término “desarrollo personal” designa el desarrollo de nuestros recursos propios. El término “conocimiento de uno mismo” data de la Antigüedad.
El “Conócete a ti mismo” socrático fue retomado por Platón, luego Aristóteles y luego, con matices, por los Padres de la Iglesia.
Este conocimiento está en el corazón de la tradición griega y cristiana: cuanto más me conozco, más capacidad tengo de inscribir mi vida personal en una vocación más elevada que yo para desarrollar todas las dimensiones de mi persona, incluyendo la de la salvación.
Partimos de quien somos para realizarnos en Dios. Un árbol sin raíces cae al suelo a la primera tormenta.
Entonces ¿el desarrollo personal es un invento de la modernidad?
Si el desarrollo personal es contemporáneo, el enfoque del conocimiento de uno mismo y del dominio de las pasiones es antiguo.
Platón habla de ello en los Diálogos. En Ética a NicómacoAristóteles describe una “ética de carácter”. Fue comentada por santo Tomás de Aquino.
San Juan Casiano, un Padre del desierto, transmitió a sus monjes el consejo de “descubrir la pasión que más domina, la que hace reaccionar inmediatamente y que te impide reflexionar y ser humano. Una vez que la hayas encontrado, aplícate en convertirla y hacer de modo que se oriente hacia Cristo. Una vez hayas convertido esta pasión dominante, observa si hubiere alguna otra pasión que te cause el mismo problema y esfuérzate en convertirla también”.
Casiano no invita a todos los monjes a rezar de la misma manera. En vez de eso, llama a cada uno a convertir la parte de sí mismo que le cause más dificultades.
¿Cómo se articulan la vida corporal, la vida psíquica y la vida espiritual?
Para comprender las cosas, la persona a veces está tentada de dividir y aplicar separaciones arbitrarias. Es absurdo compartimentar el cuerpo, la psique o la vida espiritual: somos uno.
Sea cual sea la puerta de entrada, la cuestión es, con el desarrollo personal, aprehender la globalidad de nuestra humanidad. Todo está relacionado.
Todos hemos experimentado que una angustia puede verse apaciguada por ejercicios corporales. Al mismo tiempo tenemos que evitar separar las diferentes naturalezas que componen nuestra persona y, de igual modo, respetarlas.
Cuando uno de los ámbitos de nuestra persona revele un problema, serán necesarios cuidados adaptados para que la obra de salvación de Dios pueda desplegarse más plenamente.
¿En qué condiciones puede el cristiano extraer un beneficio del desarrollo personal?
Contemplo dos riesgos: uno, práctico, que lo reduzca todo a lo psicológico y lo desvincule de la vocación de la persona de estar unida a Dios.
O bien el riesgo de una ética sin los pies en el suelo, limitada a la unión con Dios y que olvide la encarnación. El riesgo es entonces el de expulsar lo humano, el de esperar únicamente el trabajo de la gracia olvidando la parte de voluntad, de libertad, que corresponde al ser humano.
En realidad, el desarrollo personal comienza con las personas que frecuentamos: la pareja, los hijos, los colegas, los seres queridos, que son los espejos de nuestros límites y nos permiten mejorar.
Y luego no olvidemos –¡estaría bueno!– que el Mandamiento de Jesús no es el de “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
El mandamiento de Jesús es un “mandamiento nuevo” que lo realiza todo a la perfección: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”.
Este mandamiento nuevo nos desvía radicalmente de nosotros mismos y de nuestro desarrollo personal para girarnos hacia los demás y comprometernos a dar nuestra vida por ellos, en un amor sin límites en el que nos sacrificamos nosotros mismos a imitación de Cristo: “Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).
“Como yo los he amado”: la auténtica imitación de Jesucristo se revela finalmente como el absoluto contrario de la búsqueda del desarrollo personal propio. San Pablo nos lo confirma :
“(…) Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios, (…) al contrario, (…) se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,2-8)
Edifa

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