Mª Ángeles Valios y José Mª Sainz son un matrimonio que recién jubilado que en verano de 2025 llegó como matrimonio misionero a las montañas de República Dominicana. Cada uno de ellos fue misionero "por separado" hace 30 años.
Luego se casaron, tuvieron dos hijos, ahora ya crecidos. Y con la jubilación, ganas y fuerzas, vuelven a las misiones.
Tienen que atender una escuela rural, de montaña remota, que puso en marcha otro matrimonio misionero. Ella es maestra y habla de aprender a tener paciencia. Los ritmos de la montaña dominicana son muy distintos. Los modales también.
En este año han aprendido a aceptar el ritmo de allí, a hablar con mucha más amabilidad, a confiar en Dios, a dejarse transformar, y a buscar en una ciudad no demasiado lejana un grupo de cristianos maduros con los que reunirse para crecer en la fe.
Hace un año, al ser enviados por el obispo de Alcalá y la OCSHA (obra de los obispos españoles que evangeliza en América) contaban sus ilusiones y deseos, entrevistados en la web de la diócesis de Alcalá. Pasado un primer año, María Ángeles cuenta ahora su experiencia en la montaña en un vídeo en OMP. [11 min 40 s]
El proyecto misionero ya se encuentra presente en Argentina, EE.UU., Francia o Chile
Romain y Reina de Chateauvieux se conocieron en una favela. Se enamoraron, se casaron y con sus hijos sintieron una llamada a dedicar su vida a la misión.
Vajillas, obras de arte, licores, muebles… Son algunos de los regalos que los principales portales de organización de bodas sitúan entre las tendencias dominantes. Pero en la suya, Romain y Reina de Chateauvieuxpidieron algo muy distinto:oración, sencillez y vida misionera. Aquellas tres peticiones se materializarían poco después, en 2013, en el proyectoMisericordia.
Se trata de un apostolado que lleva el Evangelio a todo el mundo desde la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús y con el carisma de la ayuda a los más necesitados, viviendo “como los más pobres entre los pobres”.
El pasado 7 de junio, en el Congreso Cor Iesu, Spes Mundi, el propio Romain relató la historia de un proyecto que ya abarca 19 años de matrimonio, seis hijos, más de dos décadas como misioneros y centros que llegan desde Francia hasta Argentina o de Estados Unidos a Chile.
Conoció a Dios por la Biblia y en la pobreza
El misionero de origen francés comenzó presentando a Reina, su esposa, criada en una familia muy pobre y sin fe de Salvador de Bahía, en Brasil.
Relató la poderosa experiencia que llevó a su mujer a conocer el Evangelio, cuando unos misioneros de la parroquia de la favela llamaron a su puerta, hablaron de Dios y le dejaron una Biblia. Entonces, Reina tenía 17 años.
Tras la visita, cuenta Romain, “abrió la Biblia y leyó la pasión y por primera vez se encontró con un corazón ardiente de amor. La experiencia de encontrarse con el amor de Jesús fue tan potente que [Reina] tuvo la sed de responder”.
Emocionada, salió de su casa de inmediato, buscó la iglesia más cercana y no tardó en pedir recibir el bautismo y el resto de sacramentos. Comenzó así su pertenencia a la Iglesia, dando sus primeros pasos en la fe en una comunidad misionera con una fuerte vida apostólica y de oración en torno a la favela. Allí permaneció durante seis años, cuando llegó Romain, proveniente de una familia muy distinta a la de Reina, acomodada y con vida de fe.
El poderoso encuentro con Jesús de Romain
Cuenta que entonces sufrió varias experiencias que grabaron en él el celo apostólico. En una de esas ocasiones, era viernes santo y la pastoral de jóvenes le pidió representar a Jesús en el vía crucis. Estación tras estación, contemplando la pasión, “empecé a entender que el Señor lo había hecho por mí y volvería a hacerlo solamente por mí”, relata.
Casi al mismo tiempo, al terminar el Vía crucis, las misioneras de la caridad le pidieron visitar y llevar medicamentos a un hombre sin recursos que se encontraba postrado en su casa.
Al hacerlo, cuenta, “viví un encuentro muy potente con Jesús. Al limpiar las lágrimas del rostro de ese señor que lloraba, contándome los dolores de su vida, viví un encuentro difícilmente explicable con palabras humanas. Escuché una frase muy clara en mi corazón, como una luz para mi vida y mi vocación, que decía: ` Romain, la felicidad que buscas, al servicio de los pobres la encontrarás´”.
Al principio pensó que era un primer llamado a la vida consagrada o sacerdotal. Pero conforme pasaban las semanas, no hacía sino enamorarse aún más de Reina y la vida misionera. Ambos supieron entonces que su vocación era dedicarse juntos a la misión, “al servicio de los pobres, de Jesús y de la Iglesia”.
Tres regalos de boda
Y para cumplirla, pidieron en su oración tres regalos de bodas: “El primero, el regalo de la oración porque estamos convencidos de que el mundo cambia a punto de rodilla. El segundo, la sencillez, el regalo de poder vivir pobres entre los pobres toda nuestra vida. Y el tercero, el regalo de la vida misionera”.
Ninguno de ellos tardó en llegar. Nada más casarse fueron consultados por Fidesco, organización internacional de envío de voluntarios, y enviados al barrio de Little México, en Atlanta, donde la práctica totalidad son inmigrantes clandestinos de Hispanoamérica.
Describe su misión como “ser la presencia en el barrio de una Iglesia que anuncia y sirve”.
Lo que empezó con una simple caravana, su casa sobre ruedas, terminó creciendo en proyectos y voluntarios que aunaban caridad y compasión con evangelización. El proyecto crecía y cada vez eran más los que pedían al matrimonio que llevase el Evangelio más allá de Little México, también a Guatemala, Colombia o el mismo México. Y con ese mismo pedido, se ofrecieron al Consejo Episcopal Latinoamericano. “Si ustedes nos envían, nosotros vamos”, dijeron.
La familia crece, y la misión también
Dicho y hecho, el matrimonio misionero fue enviado en un autobús que convirtieron en “casa rodante” y que los llevó de Estados Unidos a la Amazonia de Brasil, visitando en tres años más de 15 países y los lugares más pobres, retirados y con menos presencia de la Iglesia de todo el continente.
Recuerda aquellos años plagados de “milagros y aprendizaje eclesial”. También de vida familiar, mencionando entre risas que el matrimonio subió al autobús con dos hijos y bajo con cuatro. Hoy, la familia misionera tiene seis hijos y 19 años de trayectoria evangelizadora.
Entre sus primeros pasos, recuerda cómo se instalaron en el icónico barrio chileno de La Pincoya, que comparan al Bronx estadounidense. Allí comenzaron su “diagnóstico misionero”, escuchando a los vecinos e identificando tres de sus necesidades más acuciantes, “su sed de Dios y consuelo, necesidad de educación y de salud”.
En respuesta, el matrimonio trató de edificar un centro misionero cuya vocación sería ofrecer la respuesta del Sagrado Corazón a las necesidades de sus habitantes. Era 2013 y, sin saberlo, estaba naciendo el proyecto Misericordia, un mes antes de la elección del Papa Francisco.
En el año 2013, Romain y Rena se establecieron en uno de los barrios más pobres y emblemáticos de Santiago de Chile y fundan Misericordia.
En el año 2013, Romain y Rena se establecieron en uno de los barrios más pobres y emblemáticos de Santiago de Chile y fundan Misericordia.
Cena de Navidad con una familia de 1.500 personas
Doce años después, el proyecto “cristocéntrico” y misionero con la mirada puesta en el Sagrado Corazón de Jesús tiene un gran foco en Chile, donde atienden a cientos de vecinos y familias, ofreciendo asistencia material y espiritual. Recuerda momentos especialmente significativos como el día de Navidad, reuniendo en torno a la Iglesia del foco misionero hasta a 1.500 vecinos.
Todos ellos se reúnen en los más de 60 proyectos sociales, ubicados cada uno en grandes contenedores de carga donde “excelencia e innovación” se dan la mano para desarrollar iniciativas vinculadas a la caridad y el desarrollo.
Allí, dice, “la misericordia trabaja con la fuerza del Corazón de Jesús” y “atrae a los vecinos de manera natural. Una vez participan de los proyectos, tienen un encuentro personal, penetran en el Corazón de Jesús y encuentran su lugar en la Iglesia”, explica. Solo entonces, el que ha sido ayudado está preparado para ayudar, siendo enviado de vuelta a sus barriosy comunidades pero ahora como misioneros.
Los factores clave de la misión de "Misericordia"
De entre los “componentes clave” del apostolado misionero, habla en primer lugar de la evangelización desde la visión caritativa, de la compasión y la misericordia.
Convencido de que el Corazón de Jesús “es la fuente de donde brota la misericordia”, Romain comenzó a desarrollar campañas de evangelización directa, puerta a puerta, para promover el bautismo y los sacramentos.
Si el símil del agua explica su vocación de sanar barrios y almas, el de la sangre del corazón refleja su búsqueda de un proyecto eucarístico basado en la centralidad de la misa diaria o capillas de adoración perpetua.
El proyecto de “Misericordia” también busca ser refugio como el Corazón de Jesús como parte central de su estrategia misionera, siendo un imán donde vecinos y necesitados puedan sentarse en la mesa, también junto a niños y menores que buscan apoyo escolar, de maternidad o de asistencia a gente de la calle.
Entre otro de los componentes básicos de su proyecto destaca la belleza, que cuidan especialmente en el ámbito de la liturgia y los sacramentos, buscando “ofrecer lo mejor de la Iglesia para los más pobres”. Y con la belleza, también cobra especial relevancia su búsqueda de reparación y consolación desde una dimensión social, de modo que, practicando las obras de misericordia, los misioneros del proyecto buscan también “consolar el Corazón de Jesús en los pobres”.
Un nuevo modelo de misión: "Cañada Real nos robó el corazón"
En último lugar, Romain menciona su deseo de representar “un nuevo modelo” de Iglesia misionera, en la que sea posible “ser muy fiel al magisterio y la doctrina”, pero al mismo tiempo ser “un modelo más líquido, que permee mejor en los barrios y periferias”.
El misionero se despide anunciando su deseo de incorporar a España a su listado de destinos misioneros como Francia, Argentina, Estados Unidos o Chile.
“Hemos visitado Madrid en los últimos días, y hay un barrio que nos robó el corazón, que es Cañada Real. Ojalá podamos dar la respuesta del Corazón de Jesús a una situación de mucha pobreza”, finaliza.
La familia es la comunidad más importante a la que pertenece el ser humano, por eso, debe atesorarla y procurar orar junto a ella, para que no la separen los problemas
Desde que nacemos, nuestro sentido de pertenencia se desarrolla con las experiencias compartidas en nuestra familia de origen, catalogada como célula de la sociedad. Todas las familias juntas conforman el tejido social, que debemos cuidar en todo sentido; por ello, Aleteia ofrece una oración que bien puede hacerse en domingo, para que ninguna adversidad la desintegre.
Oración para vivir en paz en familia
Señor, Dios nuestro,
Tú nos has elegido para ser tus santos y tus hijos predilectos.
Danos tus mismos sentimientos de misericordia,
de bondad, de humildad, de dulzura y de paciencia.
Ayúdanos a sobrellevarnos cuando tenemos
algún motivo de queja, que perdonemos
así como Tú, Señor, nos perdonas.
Sobre todo, danos amor, que es vínculo de perfección.
Que la paz de Cristo brille en nuestros corazones.
Esa paz que debe reinar en toda familia reunida en tu nombre.
Que todo cuanto hagamos, en palabras o en obras,
sea en nombre del Señor Jesús, por quien te damos gracias.
Oremos por nuestra mutua santificación
Dios Padre y Señor nuestro,
que este día que vamos a compartir
nos ayude a conocernos más, a disfrutar de la presencia
de cada uno de los miembros de nuestra familia,
a enriquecernos con las experiencias y alegrías que nos ocurran durante la jornada
para que nos amemos más y deseemos alcanzar juntos el cielo
que tienes preparado para nosotros, que queremos hacer tu santa voluntad.
Te lo pedimos por tu Hijo Jesucristo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo
y que eres Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Reunámonos en familia para fortalecer nuestros lazos de amor
Marina, Jaime y sus cinco hijos crearon, como misioneros corazonistas, una red de internados que ha sido utilizada como modelo por el Estado peruano. Hoy cuentan para Aleteia cómo es anunciar el Evangelio y criar una familia numerosa en un lugar sin luz ni agua corriente
Si uno busca «Lagunas, Perú», en Google Maps, encuentra lo que parece ser un pueblo cualquiera a orillas de un río. Pero si se retrocede el zoom para verlo de lejos, se descubre la inmensidad verde del Amazonas rodeando por completo este municipio del vicariato de Yurimaguas al que solo es posible llegar en lancha o avioneta.
Allí, escondido en la selva y sin casi presencia del Estado peruano, se encuentra el que ha sido el hogar de Marina y Jaime durante los 12 años que este matrimonio de Madrid ha pasado en Lagunas como misioneros laicos corazonistas. Más de una década en la que han nacido sus 5 hijos, y que han invertido para instalar en la región una red de internados para niños de distintas tribus indígenas que se ha convertido en el referente para toda la región del Alto Amazonas.
Misioneros 24/7… y en familia
A priori su labor misionera ha sido semejante a la de los miles de laicos, religiosas y sacerdotes que atienden a las poblaciones de la Amazonía: han abierto centros de Formación Profesional; han servido a diario cientos de desayunos y comidas; se han ocupado de la formación y acompañamiento pastoral de los líderes locales; y mientras Jaime trabajaba en el colegio misionero local, Mariana atendía el internado que permite continuar los estudios de Secundaria a los adolescentes. «Porque allí primero llega la Iglesia a ocuparse de la salud y la educación, y después llega el Estado», explica.
Sin embargo, lo que hace tan especial la misión de Jaime y Netis (que así llaman cariñosamente a Marina), es que su anuncio del Evangelio y su vivencia de la caridad la han llevado a cabo junto a sus hijos. Como relata Jaime, «lo que el Señor nos puso en el corazón al llevarnos a Lagunas era ser misioneros 24 horas al día, 7 días de la semana…, y con toda nuestra familia».
Sin luz, sin agua y sin prisas
Este ingeniero, que llegó a trabajar en Metro de Madrid antes de viajar a Perú, cuenta a Aleteia cómo «para nosotros, la vida allí era mucho más tranquila y sencilla; teníamos que caminar mucho para cualquier cosa, lo que te permitía pensar más; y en general nos ayudaba a descubrir mejor a Dios, porque la fe lo empapa todo».
Y, con toda naturalidad, señala que «como cualquier familia numerosa, nos tocaba hacer malabares. La diferencia es que en España, en cualquier lugar de Europa o en muchas ciudades de América, las familias tienen que hacer malabares con la logística y la falta de tiempo, y allí son de otro tipo: sacar agua del pozo para beber y asearnos porque no hay agua corriente; acoplar la vida al ritmo de la luz solar, porque no hay electricidad; o tener que levantarte a las 5 para llegar al mercado antes de las 7 de la mañana, para no quedarte sin víveres».
Sin perder la fe a pesar de todo
Eso sí, huye de todo romanticismo: «Lo más duro fueron los años en los que nuestros hijos eran bebés, porque la salud es algo mucho más complicado. Por ejemplo, con nuestra tercera hija lo pasamos muy mal, porque cogió un dengue muy fuerte siendo pequeñita, tuvimos que ingresarla en Lima y fue un momento muy difícil».
Transmitir la vocación misionera a los hijos tampoco ha sido sencillo. «Nuestros hijos iban al colegio conmigo y pasaban las tardes en el internado junto a su madre –apunta Jaime para Aleteia–. Ellos han crecido entre grandes amigos, pero según crecían se daban cuenta de que eran diferentes al resto de niños, y al volver de los pocos viajes que hacíamos a España, echaban mucho de menos a sus primos. Por eso, con mucho cariño hemos tenido que explicarles que Dios nos llamaba a estar allí, y ellos lo han entendido porque se daban cuenta de que éramos felices gracias a Él».
Y concluye: «Esta vivencia nos ha marcado como familia, y lo ha hecho para bien. El Señor te sostiene cuando quieres vivir difundiendo la fe y transmitiendo el amor de Dios».
Los Paloni, familia con 12 hijos misionera en Holanda, ofrece su testimonio
Massimo y Patrizia tienen 12 hijos, seis chicos y seis chicas
El mundo necesita a la familia, y especialmente a los jóvenes les urge este referente. Esta es la opinión de los Paloni, un matrimonio misionero con 12 hijos que lleva casi 20 años anunciando el Evangelio en Holanda, corazón de la secularización en Europa.
Massimo y Patrizia Paloni han participado recientemente en el Vaticano en el X Encuentro Mundial de las Familias donde desde su propia experiencia hablar sobre cómo “transmitir la fe a los jóvenes de hoy”.
Estos catequistas itinerantes del Camino Neocatecumenal propusieron, tal y como recoge Vatican News, “redescubrir, a través de la iniciación cristiana, la radicalidad del Evangelio como fue el caso de los primeros cristianos en medio un mundo pagano”.
Este matrimonio tiene seis hijos y seis hijas. A todos ellos les enseñan diariamente a relacionarse con la Palabra de Dios para que ilumine sus vidas. Pero no por ello dejan de ser niños y adolescentes con sus crisis y problemas típicos de estas edades.
La transmisión de la fe a los jóvenes es –aseguran- “una tarea de crucial importancia que espera a la Iglesia y a todos los bautizados hoy”, sobre todo ante la pérdida del sentido de Dios y lo que hoy se ofrece a esta nuevas generaciones": pornografía, drogas, ideología de género.
Además, son muchos los niños que debido a la ruptura del matrimonio de sus padres viven en el día a día sin uno de estos referentes. “Sin apoyo y ayuda muchos jóvenes se encuentran sin ningún punto fijo y se pierden”, añaden.
Sin embargo, tienen la certeza de cómo la fuerza de atracción de la fe funciona. Son jóvenes que se juntan con familias de fe probada y que acompañan a este grupo. “Los jóvenes se sienten atraídos por la familia cristiana en la que ven una fe viva. En estos grupos, los jóvenes comienzan a leer la Palabra de Dios, a reflexionar sobre los mandamientos como forma de vida, a redescubrir el Sacramento de la Reconciliación y a entrar en contacto con la vida cristiana de una familia concreta”, cuenta este matrimonio.
Sin embargo, Massimo y Patrizia advierten que “nadie puede dar lo que antes no recibió… En la pastoral de los jóvenes es fundamental el testimonio de las familias que, habiendo recibido primero el amor gratuito de Cristo y de la Iglesia, acogen en este amor a los jóvenes alejados presentándoselo como vivo y actual”.
“El poder de atracción del cristianismo consiste enteramente en el poder del testimonio”, añade el matrimonio.
En su intervención también hablaron de una catequesis que ellos recibieron en su momento y que ahora transmiten. “Se nos ha dicho que en el centro de la familia hay tres altares. El primero es la mesa de la Sagrada Eucaristía, sobre la cual Jesucristo ofrece el sacrificio de su vida y su resurrección por nuestra salvación. El segundo es el lecho nupcial, donde se cumple el sacramento del Matrimonio en el ofrecimiento mutuo y se da el milagro del amor y de la vida nueva. El tercero es la mesa, donde la familia se reúne a comer, bendiciendo al Señor por sus dones. Así, cada comida se convierte en un encuentro en el que se discuten los temas y problemas encontrados en la vida o en la escuela y donde todos participan y se vive la comunión”, comentan.
Este matrimonio ya participó en el Sínodo de la Familia de 2015 con su último hijo recién nacido.
Massimo y Patrizia, esposos muy jóvenes, 24 años, 20 ella, no han estado exentos de problemas. Eligieron formar una familia cristiana con la mejor de las intenciones, pero en los primeros años de matrimonio, al descubrir sus diferencias y sus defectos, se arriesgaron a encerrarse por completo en sí mismos.
Entonces, gracias a la comunidad neocatecumenal en la que estaban insertos, comenzaron a hablarse con sinceridad, a mirarse en su interior y reconocer sus errores y lo que se interponía en su camino conyugal, y fue para ellos "un nuevo comienzo, como unas bodas de Caná".
“Después de haberse quedado sin el 'vino' del enamoramiento y amarnos a base de nuestro esfuerzo, Jesucristo nos ha dado gratuitamente el nuevo y embriagador vino del perdón. Hemos descubierto que la apertura a la vida no es una ley onerosa, sino la liberación del egoísmo, sin el cual el matrimonio se tambalea. Con gran sorpresa, Dios nos ha hecho desear a cada hijo que nos ha dado”, concluyen.
En aquel momento, Patrizia dijo al resto de los participantes: “Desde el tiempo del noviazgo, el conocimiento del Magisterio de la Iglesia fue para mí una promesa que me llenó de alegría, porque podía adherirme a la voluntad de Dios eligiendo libremente para la vida. Junto a muchísimas familias quiero expresar mi profunda gratitud al beato Pablo VI por la encíclica Humanae Vitae, con la que la Iglesia como madre y maestra me ha anunciado la verdad de la vida. A pesar de los combates de cada día puedo testimoniar que esta promesa se ha realizado en el matrimonio: una verdadera gracia. No ha sido un peso vivir la fidelidad conyugal y la apertura a la vida, acogiendo todos los hijos que Dios nos quería dar, y he experimentado que la paternidad responsable no es decidir el número de hijos, sino más bien ser consciente de la grandeza de la vocación de colaborar con Dios en la creación de hijospara la eternidad, hijos que den gloria a Dios. Hoy me siento feliz y realizada como mujer, esposa y madre”.
Y añadía: “Cada día, en torno a nosotros, vemos mucho sufrimiento, separaciones, abortos, personas solas sin esperanza. El mundo está esperando el testimonio de la familia cristiana y estamos convencidos de que la salvación de la humanidad pasa por la familia cristiana. Si las familias fuesen ayudadas a reconocer la verdad de la Humanae Vitae responderíamos a la crisis de la familia, porque como hemos experimentado: ¡la comunidad cristiana salva a la familia y la familia salva a la Iglesia!”.
De Francia a Concepción (Chile), un periplo sin ningún tipo de interés turístico y que implica un auténtico cambio de vida con el fin de trabajar por los demás
“¿Qué mueve a una familia a dejarlo todo y salir de su país para ponerse al servicio de la Iglesia? ¿Te has planteado dejarlo todo por el Señor y por los hermanos?”
Estas preguntas, que se hace la Iglesia de Chile, son las que cualquiera se podría hacer al conocer el caso de esta familia francesa.
Según una crónica publicada en ese medio, Paul Cruse y su esposa Marie-Liesse han tomado una decisión un poco “loca”. Este matrimonio francés, junto a sus tres hijos Agathe (7), Henri (5) y Jean (3), dejó a todos sus afectos más cercanos para trasladarse a Chile.
Pero no lo hicieron con el fin de encontrar un trabajo mejor o realizar algún periplo turístico durante algún tiempo en la otra parte del mundo. El verdadero motor de la decisión tuvo que ver con buscar hacer algo por los demás.
Espíritu de servicio
La voluntad de trabajar por los demás venía haciendo mella en la mente de este matrimonio desde hace algunos años, pero fue en 2020 el momento de la decisión. Fue ahí que se pusieron en contacto con Fidesco, una organización católica de solidaridad internacional.
“Fidesco envía voluntarios que ponen sus habilidades profesionales al servicio de proyectos de desarrollo que la Iglesia local lleva a cabo en los países del sur”, recuerda la web de la organización al hacer referencia a su misión.
Efectivamente, se trata de una organización que incluye a voluntarios con espíritu de servicio y con deseos de ser testigos de esperanza en otros países. Detrás de todo esto también se encuentra la Comunidad de Emmanuel.
Paul reconoció también que tenían familiares vinculados a la Comunidad Emmanuel y que cuando se pusieron en contacto con Fidesco firmaron “una hoja en blanco”.
Efectivamente, en ese momento lo único que quedaba en constancia era que “toda la familia estaba disponible para la misión durante dos años”, prosigue la Iglesia de Chile.
A la espera de la misión
Fue así que, en base al perfil de la familia, la organización decidió enviarlos a Chile, más específicamente a la localidad de Concepción.
Paul junto a Marie-Liesse y sus hijos llegaron recientemente a Santiago, donde tuvieron una instancia de cuarentena por la pandemia del coronavirus, y posteriormente se dirigieron a la Casa Betania en Concepción, sitio en el que estarán un mes.
Lo que resta ahora para esta familia es poder reunirse con el arzobispo de Concepción,, monseñor Fernando Chomali, para conocer específicamente cuál será el trabajo y misión que desarrollarán en el lugar.
Mientras tanto, ahí estas personas, ejemplo de algo distinto y aquello de dejarlo todo (y en familia) para ponerse a trabajar por Dios lejos del lugar de origen.
David Rubio y María Millán son un joven matrimonio de la parroquia Santo Tomás de Villanueva de Castellón que junto a sus nueve hijos están como familia en misión en Ucrania. Allí llegaron hace ya 10 años y muchos menos hijos, el más pequeño ha nacido este verano.
En este tiempo han vivido de cerca todo el conflicto de Crimea y los tambores constantes de guerra entre Ucrania y Rusia. Durante nueve años han permanecido en Odesa y en este último año han sido enviados a Kiev.
Allí anuncian a Jesucristo y David junto a María y sus hijos Israel, Josué, David, Juan, Pablo, Francisco Javier, María, Cecilia y Gloria viven como una familia cristiana en una tierra lejana, pero donde también necesitan a Dios.
En una entrevista con la diócesis de Segorbe-Castellón este matrimonio perteneciente al Camino Neocatecumenal aclara que con respecto a la guerra de Crimea la situación no es lo que era en el año 2014. “En nuestro día a día no nos afecta para nada. El país sí que está preparándose por si tuviera que entrar en combate, hay un tensión política y ves muchos tanques en la calle, pero la realidad es que en el día a día no nos afecta”.
De este modo, la familia Rubio Millán señala que su misión “consiste en anunciar a Jesucristo resucitado”. Además, estos castellonenses forman parte de una missio ad gentes, una comunidad formada por varias familias, que en este caso son dos ucranianas, una polaca, otra española de Valencia, tres chicas, y nosotros, que somos los responsables junto a un sacerdote y un seminarista”.
¿Qué es lo que hacen? “Formamos una comunidad cristiana y vivimos allí como lo hacían las primeras comunidades cristianas, encontrándonos para celebrar la Palabra, la Eucaristía y anunciar que Cristo ha resucitado. Este año, en la medida que hemos podido, hemos salido a la calle a anunciar que Cristo ha resucitado, y que ama a los ucranianos, un pueblo que ha sufrido mucho en su ser, en su alma, a causa del comunismo”.
Otra parte de su misión –añade este matrimonio- consiste en apoyar a la parroquia, que en este caso es la catedral, como catequistas, formando comunidades cristianas. También acompañan a los jóvenes de la parroquia y realizan catequesis con ellos.
Una de las preguntas más frecuentes que reciben como familia misionera es cómo lo viven sus hijos. David asegura que los mayores “son más conscientes de lo que es la misión y son más participativos”. Es más, el padre prosigue afirmando que “ellos la vive de una forma en la que, al igual que el matrimonio, se sienten llamados. Viven la misión con mucha fe, creyéndose de verdad los motivos por los que estamos allí, y forman parte de ella en el mismo grado que los padres, porque el carisma es ‘familia en misión’, no padres en misión o hijos en misión”. También la viven con sufrimiento, por la adolescencia, por la persecución de este mundo, en el que ser cristiano es muy difícil, y tienen sus combates, pero saben y tienen grabado a fuego que son parte de esta misión. Por otra, es una maravilla ver a los niños más pequeños, que han crecido en misión y forman parte de ella. Ellos saben que nosotros estamos llamados a la misión y anunciar a Jesucristo”.
Por su parte, María explica que como madre ella ve que sus hijos “viven la misión con alegría”. Confiesa que “hay momentos difíciles, pero están contentos cuando están en la misión. Les ayuda muchísimo el contacto con la Palabra de Dios, el poder formar parte de su comunidad, el poder formar parte de un prevocacional en el que se escruta la Palabra, en el que celebran la Eucaristía, en el que tienen contacto con otros jóvenes que también se preguntan por su vocación”.
Mientras tanto, los pequeños –indica María- “lo asocian todo con Dios y con su providencia, y todo esto es gracias a la misión. A veces hay gente que nos pregunta por los sufrimientos de los hijos en la misión, como si fuese algo que a ellos les coarte la libertad, o les haga vivir de una forma más precaria que otros niños, cuando ellos lo viven al revés, como una riqueza, en obediencia a sus padres, con alegría y sin rebeldía”.
Preguntados sobre los instrumentos que tiene la familia cristiana, este matrimonio del Camino Neocatecumenal lo tiene claro: “tiene que habitar Cristo en ella. Para que Cristo pueda habitar en la familia primero tiene que habitar en sus miembros, de tal forma que alguien que no es creyente, viendo a una familia cristiana pueda ver a Cristo”.
“Mi experiencia es que Cristo puede habitar en mí si yo no me separo de la Iglesia, si voy de su mano y vivo en comunión con ella, si voy de la mano de mis catequistas, si obedezco al Obispo, en la apertura a la vida, en tener los hijos que Dios quiera, en no vivir egoístamente el acto conyugal, en la forma de vestirse, en la forma de educar a los hijos, en la relación con las redes sociales…,Ahí el mundo puede ver que existe Cristo, cuando lo primero que se pone en la familia es a Él”, agrega.
Un elemento fundamental es la transmisión de la fe a los hijos. A juicio del padre, “es un reto, pero es fundamental para la Iglesia, porque su futuro son los hijos, y si a ellos no les transmitimos la fe el futuro de la Iglesia está en riesgo”.
Los Rubió Millán lo hacen –tal y como describen- “a través de la oración, rezando con ellos las Laudes todos los domingos. Eso ha sido muy importante en mi vida, porque es como mis padres me transmitieron a mí la fe desde pequeño, y así es como ahora María y yo se la transmitimos a nuestros hijos. Todos los domingos nos reunimos alrededor de la mesa y rezamos todos juntos, y después elegimos un personaje de la Biblia o un evangelio y lo leemos, y les damos una catequesis haciéndoles ver que en la Sagrada Escritura está su vida y la sabiduría de Dios, la riqueza del cristianismo, y les preguntamos cómo les ayuda esta palabra que les damos en su vida. Es una celebración preciosa, en la que los niños participan cantando, leyendo, nos cuentan como están, los sufrimientos que tienen, le piden aquello que necesitan al Señor, nos damos la paz, también los padres nos pedimos perdón delante de ellos, les hablamos de nuestra historia y de los milagros que ha hecho Dios en nuestra vida. Vivimos el domingo de una forma distinta. Es el día del Señor, el día que nos ha dado para descansar y para transmitir la fe a los niños, poniéndole a Él lo primero y haciendo una comida especial”.
Sin embargo, también avisa que “los hijos son muy inteligentes. Los padres les podemos contar, nos podemos saber muy bien la Biblia de memoria, podemos contarles la vida de los santos…, pero si ellos no ven en nosotros una coherencia y una sinceridad de lo que decimos con lo que hacemos, la fe no se transmite. Pero si ellos ven una concordancia entre lo que decimos y nuestra forma de vivir, la fe se pasa, se transmite”.
Desde hace 5 años Tomás y Loreto muestran el amor de Dios en el extrarradio de Ámsterdam
Tomás y Loreto, familia en misión en Holanda, junto a sus cinco hijos
Tomás Rico y Loreto Sales son un joven matrimonio de Valencia con apenas 32 años de edad cada uno. Pero esto no impide que sean padres de cinco hijos y que igualmente desde hace un lustro sean familia en misión del Camino Neocatecumenal en el extrarradio de Ámsterdam, concretamente en la localidad de Uithoorn.
Allí junto a otra familia española, dos italianas, una croata y un sacerdote, el padre Darek, conforman una missio ad gentes, enviados por el obispo a zonas descristianizadas o paganas. Y en Europa hay ya muchas zonas de este tipo. Allí evangelizan con su presencia, con su ser familia y evidentemente anunciando la Buena Nueva. Y personas alejadas o no católicas que de otro modo no entrarían a un templo se acercan a estas familias y conocen la Iglesia.
Esta vocación es netamente familiar pues no sólo Tomás y Loreto son misioneros, sino que sus hijos Loreto, Isabel, Carmen, Tomás y Pedro lo son igualmente, y en muchos casos son los pequeños los que abren brecha en la misión.
En una entrevista con Ricardo Morales para la revista Ecclesia esta familia misionera de la parroquia valenciana de Santo Tomás Apóstol habla del origen de su vocación y de su vida misionera en el corazón de la Europa más secularizada.
Los dos son licenciados en Bellas Artes y antes de la misión Tomás trabajaba en la Universidad Católica de Valencia. Ambos pertenecían a la misma parroquia y los dos eran miembros de la misma comunidad neocatecumenal. Y siendo muy jóvenes, con 23 años, se casaron sin miedo al futuro.
Eucaristía de las familias en misión con el arzobispo de Haarlem-Amsterdam, Johannes Hendriks
“Siempre hemos sido algo contraculturales pero siendo honestos, no creemos que hayamos hecho nada especial. Hemos intentado vivir una vida coherente tal y como la hemos experimentado en el Camino. Eso no quita que seamos muy débiles y que no pensásemos que igual estábamos locos por dar ese paso tan pronto. Porque no teníamos nada. Sin embargo, sí vimos claro que si teníamos que esperar a cumplir con los parámetros del mundo no nos íbamos a casar hasta los 30 o puede que nunca”, cuenta el padre de familia.
Según explica Loreto, “Dios no te abandona” y nunca han experimentado que les haya “faltado de nada de lo esencial”. Es más, Tomás recalca que “Dios no te manda a una vida de kamikaze sin estar contigo”.
La llamada se produjo en un momento de su vida en el que todo iba sobre ruedas. “Estábamos en Valencia y todo iba bien. Teníamos trabajo y dos hijos. Y de pronto el Señor nos lo puso en nuestro corazón con mucha paz y alegría. En aquel momento éramos muy jóvenes y no teníamos ataduras de ningún tipo así que dijimos ‘¿por qué no?’. Hablamos con los catequistas de nuestra zona y nos invitaron a una convivencia en Porto San Giorgio, donde está el centro internacional del Camino Neocatecumenal, junto con otras 500 familias de todo el mundo que sentían el mismo llamado que nosotros”, relatan.
No olvidarán aquella “experiencia preciosa” porque estaban abiertos a ir a cualquier parte del mundo. Tomás explica que mucha gente piensa “que irse de misión es ir a un lugar de carestía material” o a “lugares recónditos", que también, pero lo es igualmente donde "la Iglesia es muy pobre o prácticamente no está enraizada en el pueblo. El modelo de misión que tenemos está basado en el primer modelo apostólico domus ecclesiae. Son los obispos los que piden familias y nosotros nos ponemos a su disposición”.
En octubre de 2016 llegaron con sus dos hijos a Holanda, un país europeo pero una cultura muy diferente. Loreto señala que “fue un proceso de confirmación paso a paso. No dejábamos cualquier cosa. Nuestras familias, amigos, trabajos, comunidad… Yo tenía en Valencia todo. Pero en aquel momento me dije: donde el Señor me quiera, cuando me quiera”.
Por su parte, Tomás indica que Holanda “es un país frío con una herencia calvinista fuerte y centrado en lo económico y lo productivo. Sin embargo, si los holandeses establecen contigo una relación, son muy fieles. Dios nos ha puesto verdaderos ángeles en nuestro camino. Es cierto que a los españoles nos ven como un país muy exótico. Aquí el coco es el Duque de Alba (se ríen). Lo importante es amar. Si tú amas, allá donde sea, vas a ser acogido”.
Sus primeros meses en la misión están llenos de historias y anécdotas. Loreto afirma que no se llevaron prácticamente nada de España. Únicamente las maletas y un carrito de bebé. Con sus pertenencias en Valencia hicieron un mercadillo y donaron otras más. Hasta su hija Loreto con apenas tres años donó sus juguetes.
El sacerdote de la misión y las familias en misión ya instaladas en la zona les ayudaron con los papeles y la búsqueda de una casa. “Al principio fue toda una aventura… No teníamos cocina así que hacíamos picnic en el salón (se ríen). Cocinábamos en el microondas”, recuerda este matrimonio.
Tomás empezó a buscar inmediatamente trabajo aunque era complicado al desconocer la lengua. “Empecé trabajando pelando cebolletas y mis compañeros, muchos colombianos, me preguntaban que por qué me había ido de mi tierra, teniendo un trabajo en la universidad –en la Católica de Valencia–, para acabar aquí. Luego estuve tres años cargando camiones en un almacén de flores y después como guía turístico hasta el estallido de la pandemia”, añade.
En cuanto a la evangelización, esta familia tiene claro que “el primer gesto de amor es aprender la lengua. Nadie aprende holandés. A los extranjeros nos hablan en inglés pero cuando les contestas en su lengua se muestran muy agradecidos. En realidad nuestra misión es muy sencilla: vivir. Nada más. Vivir la dinámica del amor. Estar abiertos a quien nos lo pide, con las puertas abiertas, y hacerles ver que el amor existe. Nosotros no somos un ejemplo para nada. Discutimos mucho –y más con nuestra sangre mediterránea– pero existe el perdón, que es lo que mucha gente no conoce y cuando lo ve se queda sorprendida”.
“En definitiva –añade Tomás- hemos venido, como la sal, a diluirnos. Nuestra misión no es construir iglesias sino, a través de Dios, tocar los corazones de los hombres. Y no buscamos que la gente venga al Camino sin más, no somos proselitistas, no queremos engrosar las listas de los católicos, sino que queremos escuchar a las personas y acompañarlas en su día a día”.
Pese a las dificultades, el padre de esta familia afirma que “merece la pena hacer la voluntad de Dios. Es ahí donde estamos seguros. A mí me ha llamado a esto. No es mejor ni peor que lo que viven otros cristianos, cada uno tiene su misión. Es cierto que no tengo dónde apoyar la cabeza pero yo no lo cambiaría por nada”.
La clave es vivir unido con el Señor. Así lo ven ellos, con “naturalidad”. En su opinión, “es la relación de un hijo con su padre. No es nada sentimentaloide. La fe es mucho más que eso porque los sentimientos van y vienen. Es una fe basada en nuestra propia historia, viendo como Él ha estado con nosotros en nuestra biografía, en los problemas, en las alegrías…”.
“Si tú no experimentas que Cristo te quiere como eres, no hay mucho que hacer. Después de todo lo que nos ha ido pasando cada vez estoy más convencido de que la razón por la que sufre el hombre es el pecado y no por no tener dinero o la nevera vacía. Hemos podido vivir en la riqueza y en la pobreza con libertad”, agrega Tomás.