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jueves, 2 de febrero de 2017

9 rasgos de una vida sexual sana en el matrimonio cristiano: más allá del cómo, cuándo y cuánto



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Carol Peters-Tanksley, norteamericana, es ginecóloga, endocrinóloga reproductiva, autora de libros sobre salud femenina y una cristiana comprometida en tareas de evangelización, sobre todo animando a un estilo de vida sano en lo físico y lo espiritual.

Reflexionando sobre las dificultades que pueden aparecer en la vida sexual de un matrimonio cristiano ha detectado 9 características que se deben tener en cuenta.

Recuerda que Dios creó el sexo ("hombre y mujer los creó", Génesis 1,27) pero que distorsionado o mal usado puede destruir vidas y familias.

“Parto de la premisa de que Dios creó el sexo para ser disfrutado entre el hombre y la mujer en un matrimonio comprometido. El debate tras esa premisa es para otro día. Pero entender cómo está diseñada esta relación puede ayudar a responder muchas preguntas”, escribe la doctora Carol.

Una relación sexual sana:

1. Es desprendida, no egoísta
Una relación sexual sana tiene que ver más con dar que con recibir. El esposo y la esposa se enfocan más en satisfacer las necesidades del otro que en cumplir sus propios deseos. Si ambos se centran en el otro, la mayoría de las dificultades se superan. El qué hacer, o cómo, cuándo, donde, cuántas veces… esas preguntas se responden, en la mayor parte de los casos, yendo en la dirección de lo que el cónyuge quiere.
 
2. Es honesta
El esposo y la esposa pueden ver las preguntas del “cómo, cuándo, donde, con qué frecuencia” de forma distinta, pero ambos expresarán con honestidad y amabilidad sus deseos, miedos, frustraciones y más. Aunque ambos intentan cumplir con las necesidades del otro, ninguno se sentirá forzado a implicarse sexualmente en algo que les haga luego sentir resentimiento hacia el otro.

 
3. Tiene etapas, temporadas
La vida, y el matrimonio, tienen estaciones, temporadas, con distintas necesidades en lo íntimo. No cada encuentro sexual tendrá el mismo nivel de emoción o satisfacción. Los aspectos más importantes del sexo cambiarán en las distintas etapas del matrimonio.
 
4. Es relevante, importante
El sexo no es “solo sexo”, es un tipo de intimidad entre esposo y esposa realmente importante. Se ha de tratar como algo valioso, un don precioso que vale la pena guardar, en el que se ha de trabajar, en el que vale la pena mejorar, hacerlo prioritario, invertir en ello, rezar por ello. No hay que menospreciarlo como un añadido menor.
 
5. Es regularmente irregular
La vida sexual puede ir cambiando: de frecuente a ocasional, de emocionante a confortable, de satisfactorio a frustrante… depende de la salud física, el estrés de la vida y otros factores. En una relación sana, el esposo y la esposa están comprometidos a unirse físicamente, a re-conectar así con frecuencia, pero con libertad, sin presiones legalistas.


 
6. Es exclusiva
Los cónyuges se mirarán el uno al otro exclusivamente, no mirarán a ningún otro lugar para el cumplimiento de sus deseos y necesidades sexuales. La intimidad sexual con una tercera persona está fuera de los límites de una sexualidad sana, pero lo mismo sucede con la pornografía, el exceso de intimidad emocional con otra persona, etc…
 
7. Es segura y sanadora
Una relación sexual sana permite exponerse, vulnerable, sin ser herido. La relación sexual (o su aplazamiento) no se usa para castigar, para controlar ni para herir. Que te vean por completo, que te conozcan, y que aún así te amen y acepten, es una experiencia maravillosa y sanadora, que sana heridas específicas del pasado, o las comunes de la debilidad humana.
 
8. Es imperfectamente perfecta
Cada matrimonio es la unión de dos personas imperfectas, y lo mismo sucede con sus relaciones sexuales. Como en cualquier otro ámbito de la vida matrimonial, casi con seguridad en algún momento herirás a tu cónyuge, y él te herirá a ti. Por lo tanto, una relación sexual sana incluye el perdón sincero y una mejoría continua.
 
9. Es más que física
El acto sexual es el aspecto físico de una intimidad bien trabajada. Por eso, nunca es “sólo sexo”. Esta intimidad completa incluye amistad, perdón, lazos emocionales, entendimiento mutuo y conexión espiritual. La sexualidad marital completa incluye todas esas cosas.


 
La doctora Carol añade estas consideraciones:
 
-Hay muchos matrimonios cristianos donde el sexo no cumple todas estas condiciones, pero eso no significa que no sea posible.

-Si tenéis una buena vida sexual, ¡celebradlo! A Dios le gusta.
 
-Si estáis casados y vuestra relación sexual no es muy buena, no os rindáis. A veces hay que trabajar en mejorar lo sexual, pero otras veces tendréis que trabajar antes otros aspectos de vuestro matrimonio y eso hará que mejore vuestra intimidad.
 
-Si no estás casado, no te rindas. El miedo, la culpa, la desesperación y otros mensajes negativos pueden presionarte para que aceptes algo menos que el matrimonio. Te animo a que te reserves para lo mejor.

No hay “Diez pasos garantizados para una relación sexual impresionante”. Una relación sana en una pareja cristiana es un asunto de crecimiento, compromiso y gracia de Dios. Requiere esfuerzo y vale la pena trabajar por ella.

Adolescentes en casa


 adolescentes en casa

Canta y camina, ReL
Adoro a mis hijos, daría mi vida por cada uno, doy gracias cada día porque están todos y están bien. Son mi orgullo y mi alegría. ¡Pero a los adolescentes a veces les daría de tortas!


No les entiendo, no me entienden y parece que estamos a la gresca todo el día. No son pequeños, no son mayores y es como si no encontraran su sitio, como si siempre estuvieran en medio.

No quieren que estés encima de ellos todo el rato pero tampoco son suficientemente responsables.

No quieren ya motivación tipo pegatinas, semáforo o una chuche de premio (lógico, eso es para los pequeñitos) pero tampoco les mueve la satisfacción del deber cumplido, del trabajo bien hecho.

Nos quieren pero les avergüenza decirlo y demostrarlo. Quieren que les queramos pero no que los besemos o abracemos.

Quieren hacerlo todo solos pero no lo saben todo. Tienen dudas pero no quieren preguntarnos.

Es un sí pero no, tierra de nadie; les falta un hervor… o dos docenas.

Se ha escrito mucho sobre lo que sienten los adolescentes pero, ¿y los padres de las criaturitas? Porque yo llevo un tiempo bastante perdida, no encuentro nada escrito que me ayude a entender lo que siento y a colocarlo todo en su sitio para actuar como es debido.

Aunque aún viven en casa cada vez pasan más tiempo fuera y noto que los echo de menos cuando no están, que han empezado irse.  

Para mí es una etapa nueva a la que no termino de hacerme. Lo mío son los niños pequeños; ellos necesitan de mí para casi todo y apenas cuestionan o discuten. En ese terreno me muevo con comodidad porque me gusta mucho servir, cuidar, atender.

Además a ellos sí les mueve el deseo de agradar a papá y a mamá, de llenar la cuadrícula de solecitos o de semáforos verdes, el deseo de aprender a hacer las cosas solos.

Pero los adolescentes no necesitan eso y dejan de preguntar y de contar lo que han hecho o lo que han visto o aprendido, y yo lo echo mucho de menos.

Además me siento como un ídolo caído. Empiezan a ser conscientes de mis defectos y meteduras de pata; nunca he sido perfecta o intachable pero ellos no lo sabían, creían que sí y ahora ven que no. Se sienten desilusionados y se les nota.

En cierto modo desconfían y lo ponen todo en tela de juicio. Como les falta información, a veces te juzgan mal y sufren sin motivo.

¡Yo me muero por darles un achuchón y un millón de besos! Y ellos quieren pero no quieren. Y mi vida se ha desdoblado en planos diferentes y tengo que ir cambiando de registro según a quién esté atendiendo y a veces, cada vez más a menudo, me cortocircuito.

Pienso en cómo sería la adolescencia de Jesús, en cómo lo harían José y María. Pero claro, ni mis hijos son el Niño Jesús ni mi marido es San José ni yo la Virgen María, así que me entra el desaliento.

Entonces elevo los ojos a la imagen de la Virgen del cuarto de estar, vuelco mi corazón en el suyo y es Ella quien me da a mí un achuchón y un millón de besos. Y yo me dejo hacer.
 
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7 consejos que leer antes de castigar a un niño

El "sistema preventivo" de un gran educador para padres cansados o profesores desanimados

7 consejos que leer antes de castigar a un niño

Philip Kosloski, aleteia
Una de las cosas más difíciles en la educación de un niño es saber cómo y cuándo castigarles. ¿Qué debe hacer un padre (o un profesor) cuando un niño sabe precisamente qué botones tocar para presentar un desafío máximo y nada de lo que haga el educador parece funcionar?

Les presento a san Juan Bosco. Si lo prefieren pueden llamarle “Don”, con afectuoso respeto.

Don Bosco sabe exactamente por lo que están pasando, ya que dedicó toda su vida a la formación de jóvenes rebeldes. Recibió a cientos de jóvenes desfavorecidos para educarles y esforzarse con todas sus energías a convertir a estos chicos en hombres decentes que sirvieran al bien de la sociedad.

En vista del aumento de sus esfuerzos, Juan Bosco tuvo necesidad de ayuda, lo cual supuso también la formación de nuevos profesores.
En sus cartas a los profesores, Juan Bosco expuso un detallado “Sistema preventivo” de educación que busca la disposición de los pupilos a “obedecer no por temor o coacción, sino por persuasión. Este sistema excluye todo tipo de fuerza y, en su lugar, la caridad debe ser la fuente de la acción”.

Aquí tienen siete consejos que san Juan Bosco daba a sus profesores y que siguen siendo relevantes hoy para ayudar a un padre o madre cansado o a un profesor o profesora frustrado y que puedan guiar a los niños en el camino de la virtud.

1) El castigo debería ser el último recurso.
En mi larga carrera como educador, esto es algo que me ha quedado claro muy a menudo. Sin duda, es diez veces más fácil perder la paciencia que controlarla, amenazar a un chico que persuadirlo. Sin duda, también, es mucho más gratificante para nuestro orgullo el castigar a los que se nos resisten en vez de aguantarles con bondad firme. San Pablo con frecuencia se lamentaba porque algunos conversos a la fe regresaban con gran facilidad a sus hábitos inveterados; sin embargo, lo llevó todo con una paciencia tan fervorosa como admirable. Este es el tipo de paciencia que necesitamos a la hora de tratar con la juventud.

2) El educador debe esforzarse en hacerse querer por sus pupilos, si desea obtener su respeto.
Cuando lo consigue, la omisión de algún gesto de afecto es un castigo que reaviva la emulación y el valor, y nunca degrada.
Todo educador debe hacerse amar si quiere ser temido. Obtendrá este gran propósito si deja claro con sus palabras, y aún más con sus acciones, que todo su cuidado y diligencia van dirigidos al bienestar espiritual y temporal de sus pupilos.

3) Excepto en casos muy raros, los correctivos y castigos no deberían darse en público, sino en privado y separados de los demás.
Por tanto, deberíamos corregirlos con la paciencia de un padre. Nunca, dentro de lo posible, corregir en público, sino en privado, o como se suele decir, in camera caritatis, al margen de los demás. Solamente en los casos de prevención o remedio de un grave escándalo permitiría correctivos o castigos en público.

4) Golpes de cualquier tipo, arrodillarse en posición dolorosa, tirar de las orejas y otros castigos similares deben evitarse absolutamente.
La ley los prohíbe y, además, irritan en gran medida a los muchachos y rebajan la reputación del educador.

5) El educador debe asegurarse de que las normas de disciplina, de recompensa y castigo están en conocimiento del pupilo, para que nadie ponga la excusa de que no sabía lo que era obligatorio o prohibido.
En otras palabras, los niños necesitan límites y responden bien a ellos. Nadie se siente seguro volando a ciegas y siempre termina en colisión.

6) Sea exigente en las cuestiones del deber, firme en la búsqueda del bien, valiente en la prevención del mal, pero siempre amable y prudente. Se lo aseguro, el éxito auténtico solo viene de la paciencia.
La impaciencia únicamente disgusta a los pupilos y extiende el descontento entre los mejores de ellos. Mi prolongada experiencia me ha enseñado que la paciencia es el único remedio incluso para los peores casos de desobediencia e irresponsabilidad entre los muchachos. En ocasiones, después de aplicar varios y pacientes esfuerzos sin obtener resultado, consideré necesario recurrir a medidas más severas. Sin embargo, estas medidas nunca consiguieron nada y, al final, descubría que la caridad siempre triunfaba allí donde la severidad solo había encontrado fracaso. La caridad es la cura para todo, aunque su efecto pueda ser lento.

7) Para ser auténticos padres en el trato con los jóvenes, no debemos permitir que la sombra de la ira oscurezca nuestra expresión.
Si en ocasiones nos pillan desprevenidos, dejemos que la brillante serenidad de nuestras mentes disperse de inmediato las nubes de la impaciencia. El autocontrol debe gobernar todo nuestro ser, nuestra mente, nuestro corazón, nuestros labios. Si alguien cae en falta, despierte la simpatía en su corazón e invite a la esperanza en su mente para esa persona; luego le corregirá con beneficio.

En ciertos momentos de dificultad, una oración humilde a Dios es mucho más útil que un estallido violento de ira. Sus pupilos no extraerán provecho alguno de la impaciencia de su mentor y usted no será modelo edificante para nadie que siga tus pasos.

martes, 31 de enero de 2017

Cuando no entiendas la utilidad del sufrimiento esto te sostendrá

A veces no veré la utilidad de mi entrega, sé que tampoco entonces dejaré de luchar por dar mi aporte
Cuando no entiendas la utilidad del sufrimiento esto te sostendrá

Carlos Padilla Esteban, aleteia
El sufrimiento me da qué pensar. No creo que evitar el dolor sea menos santo que buscarlo. No creo en un Dios que me manda pruebas para probar mi amor. No lo creo.

Como no entendería tampoco a un padre que mandara pruebas a su hijo pequeño para que le demostrara cuánto lo ama. O un hombre a su amada. No creo en ese Dios que me hace sufrir para ver cómo reacciono. Bien o mal. Con altura o con quejas. Entero o roto.

Creo más bien en un Dios misericordioso y bueno que quiere mi bien. Que quiere mi paz. Y que no sufra. Que quiere que sea libre y pleno. Que desea que aprenda a amar mejor, con más altura, con más madurez.

Y sé que todo amor siempre conlleva sufrimiento. Y en ese sufrimiento que padezco Él me ama. Sé que aquel que ama sufre al entregar la vida. Porque dar duele. Pero no le doy más valor al heroísmo en el sufrimiento que a la entrega en tiempos de paz.
Aunque reconozco que admiro tanto a los que llevan su cruz con una sonrisa dibujada en el alma. Y son capaces de sostener a otros con su alegría desde su cruz dolorosa. “Mirar a los ojos de alguien a quien el sufrimiento no separa de Dios, hace efecto[1]. No se quejan, no claman a Dios por su silencio.

Los admiro en su entrega generosa y pura. Admiro su generosidad. A mí me asusta el dolor. Temo la cruz. Me conmueven las lágrimas del que sufre. Se despierta en mi interior la compasión. Sufro con el que sufre.

Y, por supuesto, no quiero que nadie sufra por mi causa. A veces no lo consigo y causo dolor con mis gestos, con mis omisiones, con mis palabras. Hago sufrir a otros. Y tampoco puedo evitar el dolor de tantos hombres que sufren a mi lado. Veo tanto dolor y me siento incapaz de aliviarlo. ¿De qué sirve mi vida entregada por amor a los hombres?

El sacerdote en la película Silencio en un momento en el que podía traer consuelo a los cristianos ocultos en una isla decía con alegría: “Sentía invadirme el pecho una emoción repentina, que era mitad gozo mitad felicidad. Era la emoción gozosa de sentirme útil. Sí, soy útil a los hombres en este rincón del mundo, en este país que usted jamás ha visto”[2].

Es verdad que a veces puedo ver la utilidad de mi entrega. La fecundidad de mi vida que sana las heridas. Son momentos sagrados en los que Dios me deja ver por una pequeña rendija que mi vida tiene tanto sentido. Son momentos de gozo que guardo en el alma para siempre. Porque me he sentido útil dando la vida.

Pero sé que otras veces no lo veré. Me sentiré estéril. Seguirá habiendo mucho dolor a mi alrededor y mi servicio y mi amor no lograrán calmarlo. Y no veré la utilidad de mi entrega. Sé que tampoco entonces dejaré de luchar por dar mi aporte. Por entregar la vida. Sufriendo con el que sufre.

Y seguiré al pie de la cruz de los hombres sin poder bajarlos de ella. Intentaré hacer lo que hace Dios, que tampoco se evade de mi dolor, ni se aleja de mi cruz, ni me baja de mi sufrimiento.

Tal vez un día en el cielo entenderé sus silencios. Comprenderé el sentido de tantas cruces. Tal vez aprenderé a escuchar mejor sus silencios. Y comprenderé que su amor siempre ha estado a mi lado, caminando conmigo, cargando con mi cruz y la de tantos. Aunque yo no lo viera.

No entiendo muchas cosas en mi camino. No comprendo las injusticias ni el sufrimiento. Pero sí creo en un amor infinito de un Dios que me quiere como soy, en medio de mi vida. Y me salva.

Quiero esa fe en su amor en silencio que sostiene mi vida cuando sufro. Cuando me entrego por los que sufren. Cuando veo sufrir a otros.

Me gusta mirar así mi vida. Mi dolor. El dolor de tantos. No temo cuando confío en su amor crucificado por mí. En un amor que no me deja solo cuando gimo lleno de angustia.

No sé si mi sufrimiento salva a alguien. No lo sé. No creo que Dios lo quiera. Pero yo lo sufro. Y algún sentido tendrá cuando logre ver mi vida con más luz en el cielo. Cuando todo esté más claro. Y entienda.

[1] Simone Troisi y Cristian Paccini, Nacemos para no morir nunca, 65
[2] Shusaku Endo, Jaime Fernández, José Fernández, Silencio (Narrativas Históricas)

¿Es usted miembro de la Iglesia católica?



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134. ¿Quién pertenece a la Iglesia católica?

Pertenece a la plena comunión con la  Iglesia católica quien se vincula a Jesucristo en unidad con el PAPA y los OBISPOS mediante la confesión de la fe católica y la recepción de los SACRAMENTOS. [836-­838]

Dios quiso una Iglesia para todos. Por desgracia los cristianos hemos sido infieles a este deseo de Cristo. Sin embargo hoy estamos aún unidos entre nosotros estrechamente mediante la fe y el bautismo común.


 Iglesia católica judíos


135. ¿Qué relación tiene la Iglesia con los judíos?

Los judíos son los «hermanos mayores» de los cristianos, porque Dios los amó en primer lugar y les habló primero a ellos. El hecho de que Jesucristo, como hombre, sea un judío, nos une. Que la Iglesia reconozca en él al Hijo de Dios vivo, nos separa. Estamos unidos en la espera de la venida definitiva del Mesías. [839­-840]

La fe judía es la raíz de nuestra fe. La Sagrada Escritura de los judíos, que nosotros llamamos ANTIGUO TESTAMENTO, es la primera parte de nuestra Sagrada Escritura. La visión judeocristiana del hombre, cuya ética está marcada por los diez mandamientos, es el fundamento de las democracias occidentales. Es vergonzoso que los cristianos, a lo largo de muchos siglos, no hayan querido admitir este parentesco tan estrecho con el judaísmo y, con justificaciones pseudoteológicas, hayan contribuido a fomentar un odio a los judíos que a menudo ha tenido efectos mortales. El papa beato Juan Pablo II, con motivo del Jubileo del año 2000, pidió expresamente perdón por ello. El Concilio Vaticano II deja claro que no se debe imputar a los judíos como pueblo ninguna culpa colectiva en la muerte en cruz de Jesús. 


 Iglesia católica otras religiones


136. ¿Cómo ve la Iglesia a las demás religiones?
La Iglesia respeta todo lo que en las demás RELIGIONES es bueno y verdadero. Respeta y fomenta la libertad religiosa como derecho humano. Sin embargo, ella sabe que Jesucristo es el único Salvador de los hombres. Sólo él es «el camino y la verdad y la vida» (Jn 14,6). [841­-845, 846-­848]


Todo aquel que busca a Dios nos resulta cercano a los cristianos. Hay un grado especial de «parentesco» con los musulmanes. Al igual que el judaísmo y el cristianismo, el islam pertenece también a las RELIGIONES monoteístas (MONOTEÍSMO). También los musulmanes veneran al Dios creador ya Abraham como padre de su fe. Para el Corán, Jesús es un gran profeta. María, su Madre, es la madre del profeta. La Iglesia enseña que todos los hombres que sin culpa suya no conocen a Cristo ni a su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y siguen la voz de su conciencia, pueden alcanzar la salvación con la ayuda de la gracia. Sin embargo, quien ha conocido que Jesucristo es «el camino, la verdad y la vida», pero no quiere seguirle, no alcanza la salvación. Esto es lo que se expresa con la frase «Extra ecclesiam nulla salus» (Fuera de la Iglesia no hay salvación).


 Iglesia católica otras religiones

* El texto (pregunta y respuesta) proviene del Youcat = Catecismo para Jóvenes. Los números que aparecen después de la respuesta hacen referencia al pasaje correspondiente del Catecismo de la Iglesia Católica que desarrolla el tema aún más. Basta un clic en el número y será transferido.