"La ira es un vicio que destruye las relaciones humanas. Expresa la incapacidad de aceptar la diversidad del otro, especialmente cuando sus opciones vitales difieren de las nuestras", el santo Padre en una de sus audiencias generales
Sin lugar a dudas, la ira es un mal en la vida de quien la padece, debido a que puede llegar a tomar control total de la persona.
Decía la beata Conchita Cabrera que los buenos hábitos llevan a la persona a las virtudes, mientras que los malos hábitos llevan al hombre a los vicios.
En la actualidad, la ira es un mal que suele atentar constantemente, por lo que debemos trabajar para construir buenos hábitos que alejen los vicios.
Ahora bien, si ya te has sentido identificado, revisa estas señales que nos compartió nuestro Santo Pontífice en una audiencia general, para detectar si la ira está tomando dominio sobre ti:
Ante cualquier situación, sueles decir que el problema está en la otra persona.
Te cuesta reconocer tus defectos, así como tus propias faltas.
Pierdes la paciencia muy rápido y comienzas a discutir con quien esté a tu alrededor.
Te cuesta trabajo controlarte y te alteras con facilidad, incluso en unos ambientes más fácil que en otros.
Si has notado estos rasgos en tu vida, probablemente estés teniendo una batalla con el vicio de la ira.
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Entrevistamos al padre Daniel Trujillo Alcalá, quien nos compartió lo siguiente:
«El enojo es un sentimiento humano que nos puede suceder a todos cuando nos enfrentamos a situaciones que no nos agradan. Y el enojo, como tal, no es pecado. Pero de lo que sí debemos tener cuidado es de caer en la ira, que es el consentimiento de un enojo obstinado y que puede tener como consecuencia el ofender a los demás o el faltarles a la caridad!»
Revisa estos consejos para ganarle la batalla a la ira y evitar que se apodere de nuestras emociones y acciones.
1 VOLVER AL PADRE NUESTRO
La oración que Cristo nos enseñó nos invita a pedir con fe y a hacer vida las palabras del mismo Jesús. Es decir, «orar por nuestras relaciones humanas, que son un terreno minado». Así como «aprender a perdonar para ser perdonados».
2 ACABA EL VICIO CON LA VIRTUD
Nos dice el Santo Padre que lo que contrarresta la ira es la benevolencia, la amplitud de corazón, la mansedumbre y paciencia.
3 PIDE DIRECCIÓN AL ESPÍRITU SANTO
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Para vencer la ira es necesario tener dirección y quien nos puede guiar en la batalla es el Espíritu Santo. El padre Daniel asegura que:
«Siempre tendremos oportunidades de llenarnos de paz y paciencia, a través de una pausa, a través del silencio, la invocación al Espíritu Santo en los momentos de enojo, y principalmente a través de un fortalecimiento de la vida espiritual, con los sacramentos y la oración».
El padre Daniel nos invita a tener momentos de silencio en donde podamos dejar que la emoción del enojo se pase y así no de pie a la ira.
Esto te ayudará a controlar los momentos en los que sientas que la ira está por invadirte. Debemos aprender a conocernos y a escuchar nuestras emociones.
«De esta forma, el enojo no será el que nos inspire a actuar, sino el esfuerzo por ser caritativo. El sufrir con paciencia los defectos de los demás es una obra de misericordia que nos ayudará a vencer la ira».
5 QUE LA NOCHE NO TE SORPRENDA
Si durante el día tuviste una discusión con alguien, no permitas que ésta se prolongue. Por el contrario, trátala antes de que la noche caiga. Este es un acto de reconciliación que podemos practicar para no irnos a la cama enojados, no le demos ese gusto al maligno. Recuerda las palabras de san Pablo: «No permitan que la noche los sorprenda enojados» (Ef 4, 26).
¿Por qué no debemos terminar el día sin hacer las paces? San Benito lo tenía muy claro hace quince siglos y ahora la ciencia lo ha confirmado. Esta es la luminosa explicación que nos dejó el padre de la vida contemplativa benedictina
Puede que lo hayas oído antes: es mejor no irse a la cama enfadado con alguien cercano. Si dejas que una disputa se prolongue antes de irte a dormir, el resentimiento durará más tiempo. Los investigadores confirman hoy que el sueño interviene efectivamente en el anclaje de los sentimientos negativos en el cerebro.
San Benito de Nursia, padre de la vida contemplativa benedictina, nacido hace quince siglos, lo había explicado de manera profunda y esclarecedora.
«Reconciliarse antes de la puesta del sol»
Cuando comenzó a fundar monasterios en Italia, especialmente el de Subiaco y el de Monte Cassino en el año 529, Benito de Nursia constató la falta de reglas comunes necesarias para una sana vida de comunidad entre los monjes.
De este modo, hacia el año 530, decidió escribir La Regla con el objetivo de guiar a sus discípulos y orientar su espiritualidad: hitos que él mismo siguió primero. Entre una larga lista de consejos espirituales, llamados «instrumentos de las buenas obras», san Benito ofrece éste: En caso de conflicto, hay que respetar esta regla de «reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se haya tenido alguna discordia». El gesto de ofrecer y recibir el perdón permite redescubrir una relación de verdad, y aprender a amar y ser amado.
Como toda vida, también la vida monástica de clausura no está exenta de molestias y frustraciones cotidianas. Frente a estas dificultades, son valiosos estos pocos «instrumentos de las buenas obras» recomendados por el patrono de Europa y patriarca del monacato occidental:
«No anteponer nada al amor de Cristo».
«No guardar rencor».
«No desesperar nunca de la misericordia de Dios».
«Reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se haya tenido alguna discordia».
Este último consejo fue retomado a su manera por el Papa Francisco en una homilía del 24 de enero de 2014 explicaba que en familia, «a veces se tiran los platos». Pero nunca, aconsejó, «terminar el día sin hacer las paces, sin diálogo, que a veces es un simple gesto, como despedirse ‘hasta mañana’».
Vive cada día como si fuera el último
Pero el perdón no es algo fácil, a veces nos supera. Para practicarlo, san Benito da este consejo que cambia radicalmente la perspectiva: «Tener la muerte presente ante los ojos cada día». Según el santo, para conseguir una vida feliz, hay que amar lo esencial.
Y para entrar en la vida eterna, como escribió el monje en el Prólogo de La Regla:
«‘¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?’. Si tú, al oírlo, respondes ‘yo’, Dios te dice: ‘Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal».
Así, conviene vivir cada día como si fuera el último, recordando en todo momento que la gracia se da a todos. Cuando esto sucede, «se dilata nuestro corazón, y avanzamos con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios».
Como señala San Benito, la puesta de sol simboliza el paso de la muerte y la oscuridad a la resurrección de Cristo. «Desear la vida eterna con la mayor avidez espiritual», para él, significa estar constantemente orientado hacia el objetivo final: «tener la muerte presente ante los ojos cada día», pensar que esta vida tiene un final permite vivir plenamente desde ahora, en su esencia.
Adoptar una mirada de amor
Perdonar y estar en paz es, en definitiva, «rasgar la página en la que se escribió con malicia o rabia la deuda del prójimo», decía el padre Henri Caffarel, fundador de los Equipos de Nuestra Señora. Perdonar es, finalmente, cambiar la visión del otro para adoptar una visión de amor.
Es el momento del despojo total. Perdonar es encontrar en Cristo, que murió perdonando a sus verdugos, la energía para decir desde el fondo del corazón una palabra verdadera que libera y abre a la reparación, al amor verdadero y a lo eterno.
El hogar es donde, mejor o peor, aprendemos a gestionar nuestros sentimientos y emociones
Cada vez más los expertos en psicología infantil insisten en la importancia de educar las emociones y que el niño aprenda a comprender y expresar sus sentimientos. Esto será decisivo a lo largo de toda su vida, tanto para su vida familiar, su capacidad para cultivar sanas amistades, como para su desempeño laboral.
Muchos matrimonios se desmoronan por el analfabetismo emocional de nuestras sociedades, porque no saben cómo resolver sus conflictos emocionales y cada uno culpa a los demás de lo que le sucede sin aprender a comunicar y resolver internamente lo que le pasa.
Así, muchos andan por la vida tratando de no chocar, de no tener el más mínimo conflicto, para vincularse con otros, lo cual es un ideal imposible y sin sentido de realidad. La única salida que les queda es el aislamiento o mantener relaciones superficiales, por la incapacidad para lograr una comunicación sincera y profunda con quienes les rodean.
Cuando aprendimos mal y no sabemos cómo cambiar
Todos nosotros hemos aprendido a manejar nuestros enojos mirando a nuestros padres o con quienes crecimos. De hecho, uno se encuentra con matrimonios donde uno de los dos creció en una familia donde cuando había un conflicto, el enojo se volvía hermetismo, cada uno se cerraba en un profundo silencio, en indiferencia, hasta que se pase y luego no se habla del tema, como si aquí no hubiera pasado nada.
Se tiene miedo incluso de que, si volvemos a hablar del tema, volveremos a enfadarnos con consecuencias cada vez más violentas. Entonces lo mejor es guardárselo y no volver a hablar del asunto.
No es el mejor camino, ni el más sano psicológicamente, pero es la forma que muchos aprendieron a manejar los enfados.
Imaginemos que la otra parte creció en una familia donde se expresaba todo directamente, sin filtros, sin dilaciones, a los gritos incluso y luego se apagaba todo tan rápido como explotó, con una reconciliación sencilla porque ya todo lo hemos dicho sin medir las consecuencias.
Tampoco es un camino ideal, pero a muchos les ha brindado una salida a “sacar para afuera” sus enojos.
El problema
El problema es cuando uno convive con otra persona cuya forma de manejar los enojos es diferente y uno esperaría que todo funcionara como le funciona a uno mismo. Y así encontramos personas enojadas porque el otro es “una persona cerrada que no comparte lo que siente” y a su vez, la otra parte puede sentirse ofendida porque sin darse tiempo le arrojó todo el enojo con palabras hirientes en unos pocos minutos como si fuera el fin del mundo.
Y así, la cuestión se pone muy difícil de resolver. Algunos lo manejan con un poco de humor, pero otros pueden sentirse muy ofendidos con una ironía, porque la interpretan como falta de transparencia.
¡Cuántas veces quien no sabe expresar las cosas con toda claridad se refugia en el humor y la ironía, y en lugar de tener un efecto de distención, crea más conflicto porque el otro lo interpreta como una agresión indirecta, sutil e hipócrita!
La mayoría de la gente desearía que no existiera el enfado, porque no saben cómo manejarlo. De hecho, es la emoción más difícil de manejar y sus consecuencias pueden hacer mucho daño. ¿Qué hacemos?
Ni dar rienda suelta, ni reprimir.
La vida cotidiana está atravesada por toda clase de experiencias que nos causan dolor y frustraciones. Cuando esto sucede nos invaden reacciones que nos limitan, nos confunden y no sabemos qué hacer con ellas, porque no las manejamos.
Ya sea porque desconocemos sus causas o porque preferimos ocultar toda debilidad en un mundo que no tolera el límite y la frustración. Ser consciente de los efectos negativos de mis enojos, sobre mí y sobre los demás, es un principio para comenzar a trabajar en cómo manejarlo.
Muchos creen que tienen que dar rienda suelta porque “es lo que sienten”, como si sentir algo nos autorizara a transformarlo en palabras y acciones automáticamente. Eso no es cierto. Esto requiere pensar en el otro, reflexionar y conversarlo con quienes convivo.
Dar rienda suelta al enojo nos pasa factura, porque se dicen y se hacen cosas que en el fondo no se piensan ni se quieren, de las cuales en la mayoría de los casos nos arrepentimos.
¿Explosión interior?
Por otra parte, quienes reprimen o niegan la realidad de su enojo, no pueden hacer que deje de existir y es una verdadera implosión interior. Se busca ser lo más “educado” posible y el precio es un gran sufrimiento interior. El enojo reprimido siempre escapará por otros medios y de modos camuflados.
El miedo a sus consecuencias llevará a perder la oportunidad de diálogos sinceros y profundos, aprendiendo a sobrevivir en relaciones superficiales, conversando frivolidades para poder escapar de lo que no puedo manejar ni quiero enfrentar.
¿Hay una salida?
El camino más saludable para uno mismo y para los vínculos es conocerse a uno mismo, reconocer lo que me sucede, reflexionar sobre ello y una vez que ha pasado la emoción, exteriorizarlo en una conversación sincera y distendida.
Así no solo aprendemos a comunicar nuestro mundo interior, sino que ayudamos a los que nos quieren a que nos conozcan mejor y puedan ayudarnos a manejarlo. Amarse y cuidarse a sí mismo requiere hacer algo con lo que nos hace daño.
Es gratificante el alivio que produce una sana y pacífica conversación, donde el objetivo es solamente expresar lo que sentí, por qué lo sentí y qué puedo hacer para manejarlo.
No es una conversación con juicios ni con reproches, sino un espacio seguro donde puedo expresar lo que siento y nada más. El miedo al juicio de los demás nos impide mostrar nuestra vulnerabilidad, pero paradójicamente es así como nos hacemos más fuertes interiormente, cuando somos capaces de reconocer, aceptar y expresar lo que nos pasa.
Esto requiere entrenamiento, un cambio de hábitos que necesita esfuerzo y dedicación. Es una opción de sanidad interior y de crecimiento personal, es un acto de amor por nuestros seres queridos que nos padecen cuando no sabemos manejar nuestros sentimientos.
Reconocer los sentimientos
El enojo es una emoción refleja provocada por sentimientos que ocurren primero, como pueden ser frustraciones, miedos o dolor.Aprender a reconocer los sentimientos que causaron el enojo y compartirlos, “desactiva la bomba”.
Cuando compartimos el dolor, el miedo o frustraciones, no lo hacemos a los gritos, sino entre lágrimas, con la voz suave y tranquilos, abriendo el corazón a quien incluso nos ha lastimado, pero sabemos que no fue su intención. A veces se necesita encontrar el momento oportuno y esto requiere aprender a esperarse mutuamente. Así fortalecemos nuestra intimidad y crecemos en la verdad.
Algunos consejos prácticos
Aunque no es divertido escuchar los enfados de los demás, lo mejor es escuchar todo sin interrumpir, sin defendernos en ese momento, sino esperar a que pase la tormenta, para luego poder aclararse. Porque las respuestas cuando el otro está enojado, encienden el conflicto.
Siempre hay razones en ambas partes, por eso hay que empezar por reconocer en lo que el otro tiene razón, para dar luego mis razones. Cuando el otro siente que lo entienden y le dan razón sinceramente, el enojo a veces desaparece instantáneamente.
Cuando nos acercamos a niveles de tensión y conflicto muy elevados, hay que pedir un tiempo de reposo para retomar luego más tranquilos la discusión. A veces es necesario apartarse por un rato y dejar que “se aquieten las aguas”.
Reconocer y comunicar las causas remotas del enfado: Podemos estar irritables por otras razones que olvidamos y “explotamos” por algo trivial. Darnos cuenta de que podemos sentirnos insatisfechos o ansiosos, cansados o saturados, y el problema no es lo que me hizo enfadar en un solo instante. Hablar luego de lo que me sucede requiere de un diario ejercicio de introspección y de la determinación de comunicar a los otros lo que me sucede.
Los temas no resueltos
Hay que revisar temas no resueltos de nuestra infancia o adolescencia que pudieran afectarnos en nuestras relaciones actuales. A veces el mejor camino es acudir a ayuda terapéutica, pero hay situaciones sencillas en las que podemos darnos cuenta de que nuestras reacciones desproporcionadas se deben a que se han activado viejos malestares interiores.
Algunos expertos en terapias matrimoniales recomiendan estos tres pasos para elaborar nuestros enojos como pareja.
Llegar al acuerdo de que comunicaremos nuestros enfados y sentimientos de dolor el uno al otro, tan pronto como sea posible, aceptando que de vez en cuando nos pasará esto y que es normal que suceda sin sentirnos culpables por sentir enfado.
Acordar que, aunque no pasa nada por estar enfadado y es algo pasajero, no ocurre lo mismo cuando hacemos algo que puede doler al otro como consecuencia de nuestro enfado. Es importante no actuar en contra del otro por venganza.
Que todos los enfados sean asumidos y resueltos conjuntamente, no como un problema personal, sino en función de la relación que han construido. El que se enfada pide ayuda al otro en lugar de hacerlo su blanco de ataques. Los enfados solo podrán procesarse en forma positiva si ambos trabajan juntos y unidos.
Las preocupaciones, la fatiga... nos encolerizan. Pero hay un modo (realista) de no perder los nervios
Todos querríamos ser buenos padres, llenos de amor y de paciencia, soñamos con no herir jamás a nuestros niños, no ser nunca injustos, pero no podemos sino constatar que somos padres imperfectos y pecadores.
Frente a esos niños que amamos más que a nosotros mismos, a veces somos impelidos por la cólera y aparecen las palabras duras, los gritos o los reproches injustos que salen disparados. ¿Por qué perdemos de esta manera el control de nosotros mismos?
Cuando la preocupación y la fatiga se acumulan
La fatiga es a menudo causa de cólera. ¿Cuántos padres se enojan con sus hijos –generando inevitablemente otros gritos- porque están agotados? No es ninguna falta de fe o de coraje reconocer sus propios límites y decir: “¡No puedo más!”.
Más que apretar los dientes hasta que se rompan, más que adoptar bellas soluciones de paciencia que nunca pondremos en práctica porque son imposibles de mantener, es mejor mirar el problema a la cara y adoptar los medios concretos para poner remedio: dormir más, dejarse ayudar en la medida de lo posible, pedir a los amigos que cuiden de vez en cuando a nuestros hijos, etc.
Pero la inquietud también la puede engendrar la injusticia. Marion está en 6º y sus resultados son mediocres. Desde el inicio del curso, su padre la ha hostigado de todas las maneras posibles, multiplicando los reproches y los castigos. Siente que exagera, que es injusto y que su comportamiento solo sirve para paralizar a Marion, que tiembla por si suspende los exámenes (que acaba suspendiendo, por cierto). Hasta que un día se da cuenta de que esta agresividad viene del hecho que, treinta años antes, él repitió el sexto curso, lo que le afectó mucho. Ahora tiene miedo a que Marion sufra el mismo fracaso y la quiere proteger. Cuando él se permite no preocuparse más, cesa toda la tensión. En vez de agobiar a Marion, la alienta tranquilamente y ¡los resultados escolares escalan disparados!
La inquietud y el cansancio se pueden acumular. Es el caso de un niño cuando se muestra particularmente difícil y no sabemos cómo comportarnos. Es saludable poder “pasar el relevo” de vez en cuando, confiarlo a los abuelos, a una madrina, a amigos, para poder retomar aliento.
Cuidado con el círculo vicioso de la cólera y la violencia
La negativa a perdonarse a sí mismo es muchas veces la causa de “autocastigos” camuflados. Generalmente, les defectos que más nos irritan en nuestros niños son los que no aceptamos en nosotros. Para ser dulce con los otros, hay que comenzar por ser dulce y misericordioso con uno mismo. Ahora bien, a menudo, hacemos exactamente lo contrario: cuanto más violentos somos, más nos abrumamos con reproches y desprecios, alimentando así en nosotros la fuente de la violencia.
Perdonarse a sí mismo no es excusarse ni caer en la autosatisfacción: es más bien recibirse de Dios como una maravilla infinitamente más grande que su pecado y sus límites aparentes.
La negativa a perdonar a los otros encierra en un círculo vicioso: Jérôme sufre, de parte de su patrón, una injusticia que no puede replicar; de vuelta a casa, lleno de amargura y rencor, se encoleriza contra su mujer por una tontería, quien herida, se traga sus lágrimas y se irrita contra su hijo que se comporta mal en la mesa; resentido, el niño da un puntapié al perro, último chivo expiatorio de esta violencia encadenada. El contagio de la violencia es bien conocido en las relaciones familiares. El único medio de romper este círculo infernal, es el perdón.
Fatiga, miedo, amargura, rencores… las causas de nuestras violencias son múltiples y a menudo complejas. Estas pocas referencias no pretenden en absoluto abarcar toda la cuestión. Que sean simplemente una invitación a reconocer la violencia que no es innata: si osamos nombrarla y presentarla al amor misericordioso del Señor, Él la transformará en dulzura.
Es relativamente frecuente encontrar niños y adolescentes que han sufrido situaciones dolorosas que los han llevado a manifestar ataques de ira como mecanismo de defensa
Los seres humanos tendemos al bien, la armonía, la paz, el equilibrio y la estabilidad. Eso es lo que todos buscamos desde que nacemos, porque todo ello nos garantiza la supervivencia y el bienestar. Sin embargo, las primeras heridas de nuestra vida nos desestabilizan, nos desequilibran y nos hacen perder la paz, haciendo sentir a nuestro instinto animal que nuestra vida corre peligro.
Es relativamente frecuente encontrar niños y adolescentes que han sufrido situaciones dolorosas que los han llevado a manifestar ataques de ira como mecanismo de defensa. Estas situaciones dolorosas pueden ser de muchos tipos: desde las más traumáticas, como la separación de los padres, la pérdida de un ser querido, etc., hasta situaciones más leves en apariencia, pero que han afectado a la sensibilidad de la persona de forma profunda (un insulto de una persona en la que confiaban profundamente, un robo que les ha hecho sentir indefensos y desprotegidos, etc).
En algún momento de su desarrollo psico-afectivo, estas personas han llegado a «comprar» la mentira: “si muestro mi cara más agresiva, por fin conseguiré que el mundo sea como yo quiero y que se me respete como merezco”. Sin embargo, la raíz profunda de sus pensamientos esconde un único deseo: ¡quiero vivir y ser feliz!
Detrás de la rabia, se esconden numerosos miedos: miedo a no ser amado, a no ser tenido en cuenta, a ser rechazado aceptado, a quedar desatendido…
Si además de sentir estos miedos, la persona no encuentra el espacio para expresarlos, se relativizan sus problemas, no se le escucha o se le humilla, la primera emoción que aparece es el miedo y como consecuencia de ello, la rabia.
Si se reprimen las emociones y no se verbalizan, terminarán saliendo en forma de explosiones de ira posteriormente o, lo que es más grave, en forma de enfermedades y psicosomatizaciones.
La ira, por tanto, es una respuesta fisiológica que nos protege de las amenazas externas, y una respuesta psicológica ante el dolor. Es un mecanismo de defensa ante aquello que nos hace sufrir.
Si estás teniendo ataques de ira:
RECUÉRDATE QUE TÚ NO ERES ASÍ
No eres malo ni agresivo. Simplemente no estás sabiendo detectar qué necesitas ni estás pudiendo expresarlo de manera adecuada por miedo a la reacción de los otros.
DETECTA
Detecta los pensamientos intrusivos que te inundan justo antes del momento del ataque de ira: “lo hacen para hacerme daño”, “quieren reírse de mí”, etc.
ALÉJATE
Si tus pensamientos se basan en realidades objetivas, puedes optar por distanciarte del problema para enfrentarte a ellos más tarde con más serenidad y buscando otras alternativas: hacer algo de deporte, expresarte con un amigo que te entienda, etc.
HUMOR Y SILENCIO
Si, por el contrario, tus pensamientos no están basados en la realidad – y simplemente te has equivocado al hacer o dejar de hacer algo – trata de utilizar el humor o de optar por el silencio, que muchas veces es el mejor aliado.
En caso de que tus ataques de ira sean demasiado frecuentes y extremos, pide la ayuda de un profesional para que te acompañe en el camino de aprender a gestionar tus emociones.
La calma no se improvisa cuando uno se enfrenta a momentos de tensión. Prepara tu ánimo para saber salir airoso.
La vida de muchas personas suele estar llena de momentos de paz, aunque no faltan en el día a día situaciones que rompen la calma.
¿Quién no se ha visto envuelto en una discusión familiar o en el trabajo? ¿Quién no ve las noticias y se le disparan los ánimos ante la injusticia? Incluso hay días en que la tormenta no solo amenaza allá arriba entre las nubes.
Sin ir tan lejos, es posible que muy cerca de nosotros tengamos personas tóxicas que enrarecen el ambiente y tienen la capacidad de enervar al más calmado: los que tiran puyas, los que sugieren interpretaciones malévolas acerca de lo que otros hacen…
Galería fotográfica
Y no digamos en el terreno de la política: la violencia verbal se ha extendido y forma parte de la dinámica habitual. No debería ser normal, pero se ha convertido en una estrategia aceptada incluso en países de amplia tradición democrática.
Al final de día, uno puede haberse enfadado incluso por Whatsapp o por Facebook, y le dan ganas de bloquear al susodicho.
¿Qué hacer para mantener la serenidad cuando veo que me estoy enfadando por momentos? ¿Dar un golpe en la mesa? ¿Levantar la voz? ¿Cómo conseguir que vuelva la paz al ambiente?
La serenidad no se improvisa. Es un valor que hay que trabajar previamente si pretendemos gozar de él en caso de emergencia. Es decir, si quiero saber que voy a contenerme en medio de una pelea, debo haberme ejercitado antes para saber que soy capaz de eso. Nadie consigue una marca en el deporte si antes no hay entrenamiento, ¿verdad?
¿Me interesa ser una persona serena?
El diccionario de la Real Academia Española nos dice qué es una persona serena: “Que es o está tranquilo y sosegado, sin nervios o agitación”.
Ok, puedes pensar, eso vale para las situaciones normales. ¿Y cuando las cosas se ponen feas?
Pero es que ser una persona serena es una cualidad que siempre se necesita, también en las situaciones más normales. Por ejemplo, en el trabajo, yo puedo ser alguien que genera serenidad o alguien que pone nervioso a los demás y tensa el ambiente. A veces, basta un comentario para pasar de cero a cien.
Por ejemplo, faltan 5 minutos para que acabe el tiempo de que disponemos para hacer un trabajo. Depende de cómo me exprese, alguien del equipo puede desanimarse, irritarse, colapsarse o animarse a trabajar más rápido. En eso se distinguen los jefes que son líderes de los que son cretinos.
Se puede ser líder y tener autoridad siendo una persona serena. No hace falta gritar para tener autoridad, ni en casa ni en el trabajo.
Cómo mantener la serenidad
1. Llena tus depósitos de serenidad previamente. Antes de que ocurra una situación difícil, imagínala y decide cómo quieres actuar cuando eso ocurra. Así, en el momento real en que te enfrentas a una situación crítica, la razón te ayudará a actuar por encima del arranque del momento.
2.No olvides que tus actos tienen consecuencias. Antes de perder los estribos, piensa si lo que vas a hacer mejora o empeora la situación.
3.Si ves que la situación de va a superar, aléjate. Vete a otra habitación, sal de la casa donde estés, ve a caminar un rato. Eso no es huir, es una forma de autodominio. Es un paso atrás para luego seguir adelante en la dirección correcta.
4. Piensa si hay alguien que te incita a perder los nervios y a explotar contra otros. Si es así, esa persona no te conviene.
5. Desactiva situaciones que pueden derivar en nerviosismo. Organiza los trabajos de forma que no quede nada para última hora. Date un margen de seguridad para entregar el trabajo en el plazo previsto. Organiza la salida familiar con tiempo (por lo menos lo que puedas adelantar).
6. Con la familia, adelántate a los momentos críticos. Cambia de conversación cuando ves que están hablando de algo que puede llevar a la confrontación.
7. No dejes que la persona tóxica arruine el ambiente. Ni en la familia ni en el trabajo dejes que una persona que envenena lleve las riendas de vuestro entorno. A veces el silencio será el arma más efectiva. No entres al trapo ante la provocación. No le sigas la corriente ni le rías las gracias a alguien que previsiblemente os llevará a la discusión. Haz que tomen protagonismo las personas que generan un clima de concordia.
8. La meditación y la oración ayudan a templar el ánimo. Alejarse de las cosas por unos momentos y tomar distancia, ayuda a reflexionar y poner cada asunto en su justa medida. Si te obsesionas con un aspecto de alguien, piensa en global: en toda la persona y en lo que aporta a tu familia, a tu amistad o a tu trabajo. Eso te ayudará a rebajar la tensión que te supone cada vez que te topas con él. Aplicar el sentido trascendente de la vida a un problema siempre te hará ver soluciones: no ves solo la piedra, ves el camino. Y la oración hará que no te parezca que estás solo ante el peligro sino que cuentas con la ayuda de Dios.
Cuanto más veces lo practiques, más feliz y tranquilo estarás
Rabia. Posiblemente la emoción más confusa que existe. Puede silenciar completamente nuestra voz racional, y es inevitable. Trátese de una pelea con un miembro de la familia, o una frustración por cómo está el mundo, todos tenemos que lidiar con la rabia en algún momento.
Si uno es cristiano, se puede ver ser tentado simplemente a reprimir la rabia por miedo de cometer un pecado. Sin embargo, de acuerdo con la ciencia, eso puede ser peligroso y, en realidad, existe una manera más eficaz y libre de culpa para lidiar con ella.
Si reprimir la rabia es suficiente, ¿por qué es peligroso? Pues porque uno de los principales problemas de reprimir cualquier emoción es que eso fortalece la emoción. Reprimir causa hiperactividad en la amígdala, una parte del cerebro fuertemente asociada a las emociones, y ese estrés diminuye nuestra capacidad de experimentar emociones positivas… pero no negativas. Por tanto, nuestra capacidad de sentir emociones como la rabia, el estrés y la depresión sigue fuerte, mientras que nuestra capacidad de sentir emociones positivas como alegría, placer y paz se debilita lentamente.
Pero reprimir emociones no solo es malo para ti; es malo para la persona contra la que estás enfadado. Los estudios muestran que reprimir tu propia rabia puede realmente aumentar el estrés experimentado por la persona con la que estás enfadado. Esto lleva a problemas de relación.
De acuerdo con el Handbookof Emotion Regulation, una publicación académica de teoría e investigación sobre expresar y reprimir emociones, “los individuos que normalmente usan la represión relatan que evitan relaciones íntimas y que tienen relaciones menos positivas con los demás; esto encaja con los testimonios de las personas que reprimen sus emociones, que dicen que tienen relación con personas con las que están menos próximos emocionalmente”.
Entonces, tenemos que desahogar nuestras emociones, ¿no? Tampoco es así. Los estudios muestran que desahogar la rabia causa un aumento de la emoción, en vez de resolverla.
¿Cual es la respuesta? La reevaluación.
La reevaluación es un método de distracción que reevalúa la situación considerando que no tenías toda la información. “No te quedaste frustrado a causa de los acontecimientos; lo que te deja frustrado son tus creencias”, dijo el conocido psicólogo e investigador de Columbia Albert Ellis. Cuando estás en medio de una discusión, es fácil asumir que la situación es sobre tu persona, pero desafiar esa creencia puede facilitar que surja tu rabia.
Por ejemplo, si alguien se enfada contigo, puedes elegir entre llevarlo al lado personal, o puedes optar por considerar que la otra persona está teniendo un mal día, o que ha recibido malas noticias, o que está lidiando con el estrés. Al “reevaluar” la situación, nuestro cerebro está distraído, concentrándose en un camino para sentir compasión y no en la propia rabia. Cuando hacemos eso, nuestra amígdala se calma y disminuye su actividad.
¿Recuerdas el daño que la represión causa al cerebro? Pues bien, ¡la reevaluación hace lo contrario! Este método aumenta nuestra capacidad de sentir emociones positivas y disminuye nuestra experiencia de emociones negativas, como la rabia y la irritabilidad. Eso significa que cuanto más frecuentemente practicamos esto, más felices y más tranquilos estaremos en general.
Así que, la próxima vez que te enfades o sientas rabia, ¡intenta reevaluar la situación!
La ira o cólera es en primer lugar un afecto natural, como reacción a una injusticia experimentada. Pero cuando la cólera se convierte en odio y se desea el mal del prójimo, lo que es un sentimiento natural se convierte en una falta grave contra la caridad. Toda ira incontrolada, especialmente el deseo de venganza, está dirigida contra la paz y altera «la tranquilidad del orden».
* El texto (pregunta y respuesta) proviene del Youcat = Catecismo para Jóvenes. Los números que aparecen
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de la Iglesia Católica que desarrolla el tema aún más. Basta un clic en el
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