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lunes, 23 de enero de 2023

¿Cuál es el pecado contra el Espíritu Santo?

Dove of peace concept

Ese que dijo Jesús que no se podía perdonar ni en esta vida ni en la otra... ¿en qué consiste?

Las personas están llamadas a ofrecer arrepentidas sus pecados a la Iglesia en el sacramento de la penitencia.

Cuando alguien se confiesa, quien perdona los pecados es el mismo Dios. Lo hace, eso sí, mediante la absolución del sacerdote.

Todos los pecados tienen perdón de Dios, menos uno: el pecado contra el Espíritu Santo. Lo dice Jesús en el Evangelio:

“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada” (San Mateo 12, 31).

El único pecado que Dios no perdona es la blasfemia contra el Espíritu Santo.

¿En qué consiste este pecado?

La blasfemia no es solamente con palabras, sino también y sobre todo con hechos.

¿Quién blasfema? Quien no se siente necesitado de Dios, quien no se siente pecador o se cree sin pecado.

Se trata de cerrarse al llamado a la conversión, endurecer el corazón hasta tal punto que a la persona no le interesa Dios.

Es pecado el endurecer el corazón y decirle, por ejemplo, a Dios: ‘No me interesas; estoy bien sin ti; no te necesito’.

Es pecado considerar que Dios no puede perdonar, o negar el perdón de Dios en la confesión. Es decir, es el pecado por el que el hombre se niega libre y conscientemente al perdón y la misericordia de Dios.

Ante esta circunstancia, ¿qué puede hacer Dios? Nada; tan solo dejar que la persona muera en su pecado. Allí Dios no puede actuar, Dios no tiene nada que hacer, no tiene nada que perdonar, no perdona nada.

La Sagrada Escritura nos da más luz:

«El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia«(Proverbios 28, 13).

Henry Vargas Holguín, Aleteia 

Vea también   El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento
- San Juan Pablo II














lunes, 20 de diciembre de 2021

¿Cuánto tiempo está presente Jesús en la Eucaristía tras recibir la Comunión?


La respuesta de san Felipe Neri

El gran tesoro de la Iglesia católica es la Eucaristía: Jesús mismo oculto bajo la apariencia de pan y de vino. Creemos, como dice el Catecismo, que “en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero’” (CIC 1374).

Además, esta presencia real de Cristo en la Eucaristía no termina inmediatamente después de recibirlo en la Comunión. El Catecismo continúa explicando cómo “la presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas” (CIC 1377).

¿Qué quiere decir esto cuando recibimos a Jesús en nuestra boca? ¿Cuánto tiempo permanece la presencia real de Jesús en nuestros cuerpos?

Hay una historia famosa sobre la vida de san Felipe Neri que nos sirve para responder esta pregunta. Cierto día, mientras Felipe Neri celebraba misa, un hombre recibió la Sagrada Comunión y abandonó pronto la iglesia. El hombre no parecía tener mucha consideración por la Presencia en su interior, así que Neri decidió aprovechar esta oportunidad como ejemplo didáctico. Envió a dos monaguillos con velas encendidas a que siguieran al hombre fuera de la iglesia. Después de un rato caminando por las calles de Roma, el hombre se volvió para ver que los monaguillos continuaban siguiéndole. Confundido, regresó a la iglesia y preguntó a Neri por qué había enviado a los monaguillos. San Felipe Neri respondió: “Tenemos que rendir el debido homenaje a Nuestro Señor, a Quien usted lleva consigo. Ya que usted ha descuidado la adoración a Él, envié a dos acólitos para que lo hicieran en su lugar”. El hombre quedó perplejo ante la respuesta y decidió ser más atento a la presencia de Dios en el futuro.

Por lo general, se supone que las especies eucarísticas del pan permanecen durante unos 15 minutos después de su recepción. Es un tiempo basado en la biología básica y refleja la declaración del Catecismo de que la presencia de Cristo “dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas”.

Por este motivo muchos santos han recomendado ofrecer 15 minutos de oración después de recibir la Eucaristía, como una muestra de agradecimiento a Dios. Esto permite al alma “saborear” la presencia de Dios y tener una auténtica conversación “corazón a corazón” con Jesús.

En este mundo de ritmo frenético, a menudo nos resulta difícil quedarnos mucho después de misa, pero eso no quiere decir que no podamos al menos decir una breve oración de gracias.

La cuestión principal es que tenemos que recordar que Jesús en la Eucaristía permanece con nosotros durante varios minutos y nos ofrece un momento especial en el que podemos conversar con Él y sentir Su amor en nuestro interior.

Así que ya sabes, que no te sorprenda si algún día tu párroco envía a unos monaguillos para que te sigan hasta tu coche si te olvidas y te vas antes de la misa.


Philip Kosloski, Aleteia 

VEa también     Sermón sobre la Comunión - Santo Cura de Ars
































 

jueves, 27 de mayo de 2021

El significado de los 7 dones del Espíritu Santo

 

¡Católico, toma nota!

Desde la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, en Pentecostés, los cristianos son conscientes de los dones con los que asiste al creyente la tercera Persona de la Trinidad.

El Catecismo de la Iglesia católica, en el número 1830, explica que “la vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo es, para muchos, el «gran desconocido» de la vida cristiana. No obstante, no es posible sin él la vida de fe, ni la esperanza, ni la caridad. Es él quien actúa en los corazones y quien transforma la vida de las personas.

Él es quien mueve a amar y quien impulsa los actos de valor. Es el Espíritu el que da alas a la evangelización y quien da inteligencia a los hombres para llegar a conocer a Dios. No puede existir la vida cristiana sin que Él la sostenga, ni siquiera la misma Iglesia.

Importante: No hay que confundir los dones del Espíritu con los frutos que el Espíritu produce en la vida de las personas. Los dones del Espíritu son siete y son los «regalos» que el Espíritu da. Mientras que los frutos, según ha enseñado siempre la Iglesia, son las perfecciones que esos dones producen en las personas.

Descubramos, entonces, cuáles son y cuál es el significado de los 7 dones del Espíritu Santo:

1EL DON DE LA SABIDURÍA

Es el don de entender lo que favorece y lo que perjudica al proyecto de Dios. Él fortalece nuestra caridad y nos prepara para una visión plena de Dios.

El mismo Jesús nos dijo: “Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt 10, 19-20).

La verdadera sabiduría trae el gusto de Dios y su Palabra.

2EL DON DEL ENTENDIMIENTO

Es el don divino que nos ilumina para aceptar las verdades reveladas por Dios. Mediante este don, el Espíritu Santo nos permite escrutar las profundidades de Dios, comunicando a nuestro corazón una particular participación en el conocimiento divino, en los secretos del mundo y en la intimidad del mismo Dios.

El Señor dijo: “Les daré corazón para conocerme, pues yo soy Yahveh” (Jer 24,7).

3EL DE CONSEJO

Es el don de saber discernir los caminos y las opciones, de saber orientar y escuchar. Es la luz que el Espíritu nos da para distinguir lo correcto e incorrecto, lo verdadero y falso.

Sobre Jesús reposó el Espíritu Santo, y le dio en plenitud ese don, como había profetizado Isaías: “No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra” (Is 11, 3-4).

4EL DE CIENCIA

Es el don de la ciencia de Dios y no la ciencia del mundo. Por este don el Espíritu Santo nos revela interiormente el pensamiento de Dios sobre nosotros, pues “nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1Co 2, 11).

5EL DON DE PIEDAD

Es el don que el Espíritu Santo nos da para estar siempre abiertos a la voluntad de Dios, buscando siempre actuar como Jesús actuaría.

Si Dios vive su alianza con el hombre de manera tan envolvente, el hombre, a su vez, se siente también invitado a ser piadoso con todos.

En la Primera Carta de San Pablo a los Corintios escribió: “En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. Sabéis que cuando erais gentiles, os dejabais arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos. Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema es Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo” (1Co 12, 1-3).

6EL DE FORTALEZA

Este es el don que nos vuelve valientes para enfrentar las dificultades del día a día de la vida cristiana. Vuelve fuerte y heroica la fe. Recordemos el valor de los mártires. Nos da perseverancia y firmeza en las decisiones.

Los que tienen ese don no se amedrentan frente a las amenazas y persecuciones, pues confían incondicionalmente en el Padre.

El Apocalipsis dice: “No temas por lo que vas a sufrir: el Diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis tentados, y sufriréis una tribulación de diez días. Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2,10).

7EL DON DEL TEMOR DE DIOS

Este don nos mantiene en el debido respeto frente a Dios y en la sumisión a su voluntad, apartándonos de todo lo que le pueda desagradar.

Por eso, Jesús siempre tuvo cuidado en hacer en todo la voluntad del Padre, como Isaías había profetizado: “Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh” (Is 11,2).

Así lo dice la misma Biblia, refiriéndose al significado de los 7 dones del Espíritu Santo:

«Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana» (Sal 143,10).

«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios […] Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 14.17)

Por Fé Explicada






































martes, 28 de marzo de 2017

¿Qué es el perdón apostólico

Reservado para quienes se encuentran en su lecho de muerte, puede ser un gran momento de gracia


perdón apostólicoPhilip Kosloski, aleteia
Cuando una persona está cerca del umbral de la muerte, hay una bendición en particular que la Iglesia reserva para este momento tan sagrado: el perdón apostólico. Es un perdón que puede ser dado por cualquier sacerdote, y que tiene el poder especial de quitar todas las penas temporales del pecado.
La Enciclopedia Católica explica exactamente lo que es el perdón apostólico y los requisitos para celebrarlo.
“La unción [de los enfermos] suele realizarse con el otorgamiento de la bendición apostólica, o “última bendición”, como se llama comúnmente. A esta bendición se agrega una indulgencia plenaria, que se obtiene, sin embargo, sólo a la hora de la muerte, es decir, se le da nunc pro tunc. Se confiere en virtud de una facultad especial concedida a los obispos y por ellos delegada en general a sus sacerdotes. Las condiciones necesarias para obtenerlo son la invocación del Santo Nombre de Jesús, al menos mentalmente, actos de resignación por los cuales el moribundo profesa su disposición a aceptar todos sus sufrimientos en reparación de sus pecados y se somete por entero a la voluntad de Dios … . Las palabras de san Agustín lo explican: “Por muy inocente que haya sido su vida, ningún cristiano debe aventurarse a morir en ningún otro estado que el del penitente”.
El perdón apostólico es precedido normalmente por el sacramento de la penitencia, siempre que la persona moribunda esté en condiciones de participar en él. El sacerdote reza entonces la “última bendición”.
Por los santos misterios de nuestra redención,

que Dios todopoderoso te libere
de todos los castigos en esta vida
y en la vida futura.
Que te abra las puertas del paraíso
y te dé la bienvenida a la alegría eterna.
R. Amen.
O como se rezaba tradicionalmente en tiempos pasados, añadiendo algún contexto adicional de la Biblia:
Que nuestro Señor Jesucristo, que dio a su bendito apóstol Pedro el poder de atar y desatar, acepte misericordiosamente tu confesión y restaure tu inocencia bautismal. Y yo, por el poder que me ha dado la Santa Sede, te concedo una indulgencia plenaria y la remisión de todos los pecados; En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Por los misterios sagrados de la salvación de la humanidad, que Dios Todopoderoso te perdone las penas de la vida presente y de la vida venidera, y que Él te abra las puertas del Paraíso y te admita a la felicidad eterna.
Es una bella oración y está destinada a acelerar el paso del alma penitente a las puertas del cielo, perdonando el castigo del pecado que ya se ha confesado o, al menos, del que se ha arrepentido completamente en sus corazón. No garantiza que alguien vaya directamente al cielo, pero despeja los obstáculos de la carretera, por así decirlo, para que el alma pueda elegir libremente correr hacia los brazos de Jesús.
La oración es un acto supremo de misericordia y tiene un gran poder, aprovechando la autoridad dada a san Pedro para “atar y desatar” (Mateo 16, 19). Es un regalo para un alma en su lecho de muerte y tiene el beneficio añadido de dar paz a la familia y amigos, asegurándoles que han hecho todo lo posible para acercar su alma a las puertas del Paraíso.


martes, 21 de marzo de 2017

¿Por qué tantos evangelios en misa empiezan con “en aquellos tiempos…”?

¡Si no pertenecen al texto original!

 Santa Misa: proclamando el evangelio
Debo confesar que me inquieta que casi todos los evangelios en la Eucaristía inicien con la frase “en aquellos tiempos”. Pareciera que la frase inicial pretende hacer énfasis en hechos ya acaecidos, del pasado. ¿Es que la Palabra de Dios no es eterna e inmutable? Y, en tanto eterna e inmutable ¿permanente y actual? ¿Por qué la insistencia litúrgica de que la proclamación deba iniciar con la frase “en aquellos tiempos” que, por otra parte, en ocasiones no se encuentra inserta en el texto bíblico que se proclama? Gracias de antemano por responder a mi inquietud.

Julio De La Vega-Hazas, aleteia 
Las palabras “en aquellos tiempos”, con que suele encabezarse el Evangelio que se lee en la liturgia no pertenecen al texto original. Son un añadido, una especie de cláusula de estilo para encabezar el texto, que no tiene más fin que el introducir el texto de forma elegante.
Se pregunta si no relativiza el contenido, de forma que haría alusión a hechos pasados, mientras que la palabra de Dios es eterna e inmutable. Lo cierto es que el Evangelio hace verdaderamente alusión a hechos del pasado, con o sin ese añadido. Pero voy a profundizar un poco en la cuestión, pues en el fondo alude a la persona de Jesucristo.
La Palabra de Dios eterna e inmutable es el Verbo divino, la segunda persona de la Santísima Trinidad (Verbo viene del latín verbum, que significa “palabra”). Pero resulta que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). La Encarnación supone la entrada de Dios en el tiempo, y con él en la historia humana, donde hay un pasado, un presente y un futuro.
San Juan lo narra como un hecho pasado –habitó-, con razón porque así es. La Revelación divina, que culmina con la persona de Jesucristo, tiene un valor perenne, pero a la vez se ha realizado en la historia, en un tiempo determinado. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católicatal es el misterio de Cristo, revelado y realizado en la historia según un plan (nº 1066).
Así, la existencia de Cristo es actual y durará por siempre, pero su existencia en carne mortal fue limitada en el tiempo, y sucedió hace veinte siglos. Es, pues, un hecho del pasado. Los evangelios narran precisamente esos años, los más importantes de la historia humana. Por tanto, narran hechos del pasado, aunque el mensaje que transmiten tenga valor universal.
Cualquier homilía lleva implícito este carácter: el ser una palabra pronunciada en el pasado, y el que tiene una vigencia actual. Es frecuente, por ejemplo, que comiencen con una frase parecida a “¿qué nos dicen estas palabras?”.
Desde hace unos siglos, un ataque frecuente a la fe cristiana consiste precisamente en negar o poner en duda la historicidad de lo narrado en la Escritura e incluso de la persona misma de Jesucristo. Si no correspondieran a sucesos históricos, entonces serían una ficción (algunos hablan de “mitificación”), y ya no tendrían el valor que tienen.
Por eso, aunque las palabras “en aquellos tiempos” no pretendan ser más que una introducción al texto, no vienen nada mal: diciendo que sucedió en el pasado, lo que están diciendo a la vez es que sucedió realmente, que no nos lo hemos inventado.



martes, 27 de diciembre de 2016

Quisiera volver a la Iglesia, ¿qué hay que hacer?

No es necesario rebautizarse

regresar a la Iglesia, conversión de San Pablo

Henry Vargas Holguín, aleteia
Es propio de los seres humanos tomar constantemente decisiones que pueden conducir a la persona por muchos caminos. Algunas de estas decisiones son irrelevantes, otras no y otras son muy trascendentales. Son decisiones de todo tipo, decisiones que abarcan todo aspecto de la vida, decisiones que con el tiempo se revelarán acertadas o no.

Una de estas decisiones trascendentales tiene mucho que ver con la relación con Dios; y, en el caso de los católicos, dicha relación con Dios pasa por la Iglesia.

Para muchos esta relación ha sido constantemente feliz, serena y fructosa. En otros casos es una relación tibia y esporádica, para algunos se trata de una relación de constante y total indiferencia y, finalmente, para otros, de odio y de rechazo abierto.

Algunos de estos dos últimos grupos optan por “abandonar” todo vínculo con la Iglesia. Pongo la palabra abandonar entre comillas pues si estas personas han recibido válidamente el sacramento del bautismo, seguirán siendo miembros de la Iglesia.

No podrán por tanto dejar la Iglesia, pues siempre pertenecerán a ella por el principio canónico de que una vez católico, siempre se es católico; o sea si la persona fue bautizada y, por alguna razón, se aleja, aun así continúa siendo católica.

Recibir el sacramento del bautismo en la Iglesia vincula a la persona a la Iglesia por siempre. Y ser miembro de la Iglesia no es cuestión de una simple afiliación a la misma, como tampoco es como hacerse socio de un club en el que, con un carnet, me apunto y me desapunto cuantas veces y por cualquier motivo quiera.

Por eso, en caso de retorno a la Iglesia, incluso de un apóstata, la persona no tiene que ser rebautizada, porque el bautismo es uno de los sacramentos que imprime carácter.

La Iglesia no es una institución que mantenga ficheros de sus “afiliados”, pues la Iglesia es madre y como toda madre normal no lleva un archivo de sus hijos.

Y aunque un hijo podría renegar de su madre y abandonarla, la madre nunca renegará de su hijo; el hijo siempre será su hijo y la madre siempre será su madre. De la misma manera, la Iglesia lleva a sus hijos en lo profundo de su corazón aunque algunos de sus hijos decidan abandonarla.

Lo que en realidad pasa es que se abandona la práctica de la fe, la vivencia de los sacramentos, el crecimiento espiritual.

¿Por qué algunos católicos se marginan de la Iglesia?
Los fieles que han optado por abandonar la Iglesia han tenido diferentes motivaciones: unos han sido presa de la confusión al desconocer la auténtica identidad de la Iglesia, y han preferido frecuentar algunas propuestas de ‘fe’ muy humanas. Otros se han echado encima una carga tan pesada de pecados que piensan que todo está perdido, y no es así.

En otros casos los fieles creen que, por la ley de lo más fácil, mantenerse al margen de la Iglesia es lo mejor y más cómodo. Otros han crecido en un ambiente familiar en donde apenas existe alguna tímida vivencia de la fe y acaban por perder todo vínculo con la Iglesia.

También los hay que dejaron la Iglesia por dejadez. No ven el por qué de lo que la Iglesia enseña, pide y espera de sus miembros. Otros abandonan la Iglesia por enfado, por desilusión. Se cree que los pecados de los hijos de la Iglesia hacen a la Iglesia pecadora, pero no es así.

Muchos otros han dejado la Iglesia porque se les ha enfriado el amor y el interés por ella, se duda de su honestidad, se le juzga bajo la lupa de la sospecha y se han escandalizado de los pecados de algunos fieles de la misma, incluso de quienes deberían recibir un buen ejemplo de fe.

En otros casos son las preocupaciones de la vida cotidiana las que absorben toda la atención y a las que se les da prioridad; se cree que Dios no tiene nada que decir o hacer.

Otros han recibido, con culpa o sin culpa, duros golpes en la vida que han sido una tentación para enfadarse con Dios y por tanto dejan toda práctica religiosa en la Iglesia. En otras personas hay alguna razón que a veces ni los mismos fieles pueden explicar con exactitud.
En fin, razones para dejar la Iglesia no faltan. Pero las motivaciones para volver a la Iglesia son también muchas, más numerosas y de mucho peso. En todo caso las personas que quieren volver no tendrán las puertas de la Iglesia -y de la iglesia parroquial- cerradas.

No importa por cuánto tiempo el fiel haya estado alejado de la Iglesia, siempre puede volver a casa. No importa por qué se fue o por qué dejó de ir a misa, siempre puede volver a la fe católica y practicar los sacramentos. No importa la causa, todos son bienvenidos de nuevo a la Iglesia y algo siempre habrá que hacer.

La Iglesia, como Jesucristo mismo, exulta de gozo cuando un fiel regresa. Recordemos las parábolas de la oveja perdida, del hijo prodigo. “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15, 7).

Y, efectivamente, algunos de estos fieles que han “abandonado” la Iglesia regresan al descubrir tarde o temprano lo equivocada que fue la decisión personal de abandonarla.

En el fondo del corazón descubrieron que, si se mira sin prejuicios la esencia de la Iglesia, la plenitud de la verdad y de la gracia está en ella.

Como también se da el caso de quienes, no conociendo la Iglesia o que nunca habían sido católicos, han descubierto su riqueza insondable y quieren conocerla a fondo e, incluso, después de un camino de formación, incorporarse en plenitud a la misma.

Una persona que regresa al seno de la Iglesia es porque se ha dado cuenta del valor que ella tiene. Es una persona que abraza realmente la Iglesia a conciencia y quiere formar parte de ella no por tradición, costumbre o por inercia sino por convicción, y con la convicción de que la Iglesia que Jesucristo fundó es la católica.

Una persona que quiere volver puede ir a ver al sacerdote de la parroquia a la cual se pertenezca en razón del domicilio o ir a una comunidad religiosa que más le llame la atención e iniciar un diálogo con algún sacerdote, religioso o religiosa. Si es el caso, el sacerdote o el(la) religioso(a) podrá derivar el caso al obispo de su diócesis acompañando a dicho fiel.

El diálogo es importante, pues sin diálogo no existe familia ni fraternidad. Por eso el fiel es invitado a venir y hablar y dar así el primer paso de regreso.

El párroco o los religiosos le indicarán a la persona qué hacer. Si tras ser bautizado no ha recibido los sacramentos de iniciación cristiana (comunión y confirmación) pues será preparado para ello pasando primero por el sacramento de la confesión.

Una vez recibidos estos sacramentos, el fiel podrá contar con un seguimiento junto a algún cursillo personalizado de formación en la fe.

Si el fiel reingresa con los sacramentos de iniciación cristiana pues se mirará qué más habrá que hacer; incluyendo, en muchos casos, la preparación al sacramento del matrimonio.

La Iglesia siempre acoge a sus hijos como lo hace Cristo pues los dos son una única e indisoluble unidad y realidad, la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo. Y Cristo, como la Iglesia, está para acoger a los pecadores; Cristo la fundó para acoger y servir a pecadores.
Cristo, cuando hablaba con las personas, no hablaba solo con sus discípulos, hablaba con ladrones, publicanos, prostitutas, etc. De manera pues que la Iglesia (una, santa, católica y apostólica) es el lugar de encuentro con Cristo, y allí es donde todos nos encontramos con Él como el médico que sana.